El Dolor de la Culpa 27 quiero que termine todo #2
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27 quiero que termine todo #2

—Venga, no te enfades —cede Mario—. Vamos a bajar un rato a la piscina. Solo te pido que tengas cuidado, Luc. No la conoces bien, y hay gente capaz de cualquier cosa por su trabajo.

—Ella no es así —digo con firmeza, cerrando la conversación.

Cojo la mochila y me cambio en el baño del pasillo.

Bajo con ellos a la zona de la piscina, solo con la toalla, como siempre.

Hay poca gente, lo cual se agradece. Pasamos el resto de la tarde entre chapuzones, charlas a medias y ratos al sol.

El ambiente se relaja, pero yo no termino de desconectar.

Sin darme cuenta, reviso el móvil. Miro si tengo algún mensaje pendiente, y sin pensarlo, abro el último chat de Instagram con Azahara.

Después, su WhatsApp. Su perfil sigue activo.

Supongo que su familia aún no ha sido capaz de cerrar sus redes.

Me detengo a mirar sus fotos, su sonrisa radiante, su energía.

En una de ellas estamos juntos, el día de la boda de su amiga. Tan llena de vida...

—Luc, no deberías hacer eso —dice Carla con dulzura. Su voz suena cerca. Me giro: está tumbada boca abajo, apoyada en los codos, mirándome. Sus dedos recorren con descuido mi brazo, como solía hacer en otra vida.

—Lo sé... pero a veces no puedo evitarlo. No es justo, ¿sabes?

—Ya, cielo... hay muchas cosas que no lo son —responde con una ternura que me estruja el pecho.

Mario, a su lado, juguetea con los dedos en la piel de su cintura. Ella sonríe, pero en ocasiones parece ausente, como si una parte de sí misma flotara lejos de aquí.

Pasadas las nueve, cuando el sol ya no besa la hierba del jardín y la sombra ha conquistado cada rincón, decido que es hora de marcharme.

Mario insiste en que me quede a cenar, que nos tomemos algo después, pero mi humor se ha ido hundiendo poco a poco durante la última hora.

No tengo ganas de nada. Solo quiero llegar a casa, tirarme en el sofá con un libro entre las manos y, tal vez, dejar que una playlist o una serie me acompañe en silencio.

Justo cuando empiezo a despedirme, Mario repara en un detalle.

—¿Y el casco?

—Lo olvidé en casa. Mi adorable vecina me estaba sometiendo a un tercer grado al salir, así que, como ya tenía las llaves del coche en el bolsillo, decidí no subir otra vez. Me vine directamente.

—¿Has pensado en mudarte? —pregunta Carla, pillándome desprevenido.

—¿Por la vecina? No, solo es como un grano en el culo, pero adoro ese piso. Si algún día me voy, será porque dejo esta ciudad... y no creo que eso ocurra. Igual con suerte encuentra novio y deja de preocuparse por mi vida. No pierdo la esperanza —bromeo con una risa floja, sin entusiasmo.

Recojo la mochila y me encamino hacia la puerta, seguido por ellos, que caminan tras de mí como una pareja de padres preocupados.

—No tengo quince años, estoy bien. Podéis dejar de mirarme como si fuera a romperme.

—Eso pasaría si no te quisiéramos, melón —responde Mario, abrazándome con fuerza—. Quedamos esta semana para comer, ¿vale?

—Sí, pero en un sitio donde no haga tanto calor. Joder, qué ganas de que llegue septiembre y poder largarme unos días.

—¿Al final vas a Ámsterdam? —pregunta él.

—¿Ámsterdam? —se sorprende Carla—. ¿Te vas?

—Primero me escaparé unos días a la Isleta, como siempre. Luego ya veré, pero es probable, sí. Y ahora sí... me voy. A ver si esta noche consigo dormir sin pesadillas.

—Llama a un psicólogo, Luc. Te haría bien —me aconseja Carla.

—Sí, claro, como la mía, que dijo que tenía todas las papeletas para ser un sociópata.

—¿Qué? —pregunta, incrédula.

—Que te lo cuente tu chico. De verdad, estoy loco por llegar. Salir de aquí y llegar a casa a estas horas es una puta odisea. No sé cómo se te ocurrió mudarte aquí, tío.

—Ah, sí, claro. Vivir en el centro es mucho mejor, dónde va a parar —me vacila Mario con una sonrisa burlona.

Le respondo con una mueca, abro la puerta y salgo a la calle, sintiendo el aire caliente de la noche. Camino hacia el coche deseando, por una vez, que los sueños no me lleven al mismo lugar oscuro de siempre.

El domingo pasa sin pena ni gloria. No tengo noticias de Ava, aunque estoy tentado, una y otra vez, de escribirle.

Pero no lo hago. Apenas pruebo bocado; solo leo, dormito en el sofá, hablo con mi madre y con mi hermana, que me propuso pasar el día con los niños.

Tuve que inventarme una salida para excusarme y le prometí que la próxima semana iría.

El lunes arranca con la misma desgana. Llego al Anatómico sin ilusión.

Inma, que ha vuelto tras unos días libres, me saluda con cariño.

Desde el sábado por la noche, una idea descabellada no deja de martillearme la cabeza, y aunque no he tenido el valor de llevarla a cabo, hoy, a pocas horas de comenzar la guardia, decido echarle cojones e intentarlo.

Ya con el casco puesto, antes de subirme a la moto, marco su número. La mañana ha sido inquietantemente tranquila, y eso me da mala espina. Ella contesta a la quinta llamada, con voz seca.

—Martín.

—¿Podemos hablar?

—Ah, ¿pero te acuerdas de mí?

—Ya veo. Venga, hasta luego —cuelgo sin darle tiempo a más. Si quiere ir de borde, yo puedo ir más lejos.

Regreso a casa cargado de mala leche. Estoy a punto de estampar el casco contra la encimera de la cocina, pero, en el último segundo, me contengo.

Me voy directo al baño, desnudándome por el camino, y me meto bajo la ducha, ignorando el rugido del estómago, que ya me suplica algo de piedad.

Al cabo de unos minutos salgo, con la toalla atada a la cintura.

Me da igual si Sofía, mi entrometida vecina, está ya en la ventana espiándome: estoy en mi casa, qué cojones.

Voy a la nevera y saco un táper con ensalada de patata que preparé anoche. Le echo un poco de orégano, cojo una botella de agua y unas regañás. Coloco un salvamanteles en la encimera y me dispongo a comer cuando el timbre me sobresalta.

Como sea la dichosa vecina, me van a tener que llevar preso, pienso, mientras me acerco a la puerta. Pero cuando miro por la mirilla, me quedo helado.

—¿Qué coño…?

—Hola a ti también. Querías hablar, ¿no?

Sus ojos recorren mi cuerpo sin prisa, deteniéndose en el tatuaje del símbolo de Asclepio que quizás no notó la vez anterior. Luego, en la frase que hay debajo: The show must go on. Y finalmente en las golondrinas de mi clavícula. Acerca una mano y las roza con los dedos, erizándome la piel.

—¿En serio? No me fijé antes...

—Yo en las tuyas sí. Pasa. ¿Sabes lo que significan? —pregunto, apartándome para dejarla entrar. Ella lo hace, aunque se queda cerca de la puerta.

—Sí. Protección y buena suerte. Los marineros creían que, si morían lejos, las golondrinas llevarían su alma a casa.

—También representan la lealtad y el amor eterno. Dicen que son monógamas y que siempre regresan al mismo lugar para reencontrarse con su pareja. En la mitología griega se asocian con Afrodita, diosa del amor y la fertilidad. ¿Y tú? ¿Con cuál te quedas?

—Un poco de todas… Pero ¿el amor eterno, tú? —me lanza una mirada cargada de ironía, de esas que me encienden.

—¿Por qué no? Por cierto, ¿has almorzado? Yo iba a hacerlo ahora.

—No, pero no quiero molestarte. Come tranquilo —responde, y al ver cómo la miro, resopla—. Dios, es que no se puede contigo...

—Me pongo algo y comemos juntos. No te enfades, inspectora —le digo en tono suave, y me acerco para apartarle un mechón rebelde escapado de la coleta.

También le levanto un poco el flequillo, porque a juzgar por el rubor en sus mejillas, le está agobiando—.

Ponte cómoda. En el frigo tienes refrescos y cerveza.

En la vinoteca, vino, claro. Sírvete lo que te apetezca.

—Te espero, no te preocupes —responde, algo azorada, aunque con una sonrisa que me hace sentir que tal vez…