El Dolor de la Culpa 27 quiero que termine todo
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27 quiero que termine todo

QUIERO QUE TERMINE TODO

LUCAS

Tras dejarla en su casa, negarme —una vez más— a subir, y tratar de convencerla de que estábamos bien, o al menos igual que siempre, llegué a la mía a una hora que ni recuerdo. Muy tarde, eso seguro.

El teléfono me despierta alrededor de la una del mediodía. Es Mario, recordándome que habíamos quedado para comer. Me duele la cabeza y el recuerdo aún fresco de la pesadilla en la que mi próxima «paciente» era ella me revuelve el estómago. No me apetece salir. Otra vez.

—Ya te lo he advertido —dice Mario con ese tono paciente que a veces usa conmigo—. Así que no te quejes si en un rato Carla aparece en tu casa para sacarte del zulo.

—Mario, te lo agradezco, pero anoche salí. Llegué muy tarde y he tenido pesadillas. No tengo ganas ni de mirarme al espejo. Además, hace un calor de mil demonios.

—¿Saliste? No jodas, Lucas. ¿No escarmientas?

—Su reproche me enciende por dentro, pero me contengo.

Estoy a un paso de colgarle, pero él continúa, como si estuviera presentando su alegato final—.

Mira, hacemos una cosa. Date una ducha, ponte algo cómodo y coge la mochila con el bañador.

Comemos en casa y pasamos la tarde en la piscina.

Los sábados apenas hay nadie. Tampoco me apetece salir por ahí.

Pero necesitas volver a la realidad, Lucas.

Lo de anoche no cuenta. Te estás encerrando.

—Lo de anoche no fue lo que piensas. Solo salí a rutear con la moto. Pero volví tarde. Punto.

—¿Solo? — pregunta, con esa suspicacia del que no se cree ni una palabra.

—No. Y es lo único que voy a decir, por ahora. Está bien, voy a comer con vosotros.

—Te esperamos en una hora. No traigas nada.

Cuelgo y me quedo un instante en la cama, espeso, con el cuerpo aún pegado a las sábanas húmedas por el sudor y las vueltas que debí dar durante la noche.

Me desperezo, paso una mano por mi pelo enmarañado y me obligo a moverme.

Arrastro las sábanas hasta el cesto de la ropa sucia, dejando el colchón desnudo para que se airee. Cuando vuelva, la vestiré de nuevo.

Me doy una ducha larga. Mucho más de lo habitual. El agua cae como un intento inútil de borrar las imágenes de Ava en mi mesa de operaciones, tan vívidas como perturbadoras. En su lugar, trato de traer a mi mente las de anoche: mucho más excitantes, mucho más reales.

No he vuelto a hablar con ella.

Ni un mensaje.

Ni una llamada.

Silencio.

Sigue pensando que es una más, aunque le dijera que con ella sí repetiría. No tiene ni idea de la verdad. Ni por asomo. Pero si ella no da el primer paso, yo tampoco lo haré. Es más seguro así. Para los dos. Para ella, sobre todo.

Me visto con unas bermudas caqui y una camiseta blanca. Cojo el casco, meto en la mochila una toalla, el bañador y una camiseta de repuesto. Estoy dispuesto a pasar la tarde con mi amigo… y con mi ex. ¿Puede haber una combinación más rara?

Salgo de casa cruzando los dedos para no encontrarme con mi adorable vecina. Pero la suerte no está de mi lado. ¿Es que esta mujer nunca tiene nada que hacer? ¿Por qué no se compra una vida y deja de husmear en la mía?

—Buenos días, Lucas. Creí que estabas de viaje o de guardia. No te he oído esta mañana.

—Buenas tardes, Sofía —respondo sin detenerme—. Hoy he sido discreto. Que tengas buena tarde.

Y me largo como alma que lleva el diablo escaleras abajo, solo para darme cuenta, ya en la calle, de que me he dejado el casco en casa. En algún momento entre cogerlo y salir, lo he olvidado. Pero con tal de no volver a cruzarme con ella, compruebo si llevo las llaves del coche… y decido usarlo.

Aparco junto a la puerta del bloque de Mario. Abro el maletero, saco la mochila y una botella de Ribera. Llamo al telefonillo. Su cara sonriente aparece en la pantalla.

—Sube.

Abro la verja y me cuelo en el jardín de la urbanización.

Llamo otra vez, esta vez al portal del edificio, y la puerta se abre sin más.

Subo al ático. Una música suave me da la bienvenida, mezclada con un olor delicioso que no logro identificar, pero que me despierta el hambre atrasada.

Las tripas me recuerdan que no he comido nada desde ayer al mediodía…

si es que se puede llamar comida al triste sándwich que me tomé antes de la cita con Ava.

Mario me recibe con un abrazo, vestido con una camiseta que parece haber sobrevivido a más ferias de las que puedo contar y un bañador naranja imposible de ignorar. Él, siempre tan discreto.

Carla aparece justo después, con una camiseta de mi amigo que le tapa lo justo, y lo que imagino un pequeñísimo bikini turquesa debajo. Se acerca y me saluda con un beso en la mejilla. Solo uno.

—No tienes muy buen aspecto, Luc —dice en cuanto se separa de mí, sin anestesia.

—En cambio tú estás guapísima. Mario te está tratando bien, ¿eh? —le lanzo el halago.

—No me puedo quejar —responde con una sonrisa traviesa, y le lanza un guiño al susodicho, que no tarda en protestar.

—¿Así que no te puedes quejar? —dice Mario, rodeándola por la cintura y agarrándole descaradamente el culo, apenas cubierto por un microscópico tanga con menos tela que las bragas de una Barbie, antes de plantarle un beso que haría ruborizarse a un adolescente.

—Eeeeh... valeee —me quejo, fingiendo ofensa.

—¿Envidia, doctor Caronte? —pregunta él, con una ceja alzada.

—Es posible, abogado. Toma —le tiendo una bolsa especial para botellas—. He traído vino.

La saca, lee la etiqueta y silba.

—¿Has hecho algo que merezca ser celebrado o te sientes culpable? Este vino es caro de cojones.

—A la próxima traigo un Don Simón de brik, no te preocupes.

Me da un manotazo amistoso en el hombro y se aleja camino a la cocina con la botella.

—¿Me echas una mano con la mesa, Luc? Dejemos al Berasategui este entre fogones —dice Carla, y el tono casual no engaña: se avecina interrogatorio.

—Vamos, déjame que suelte la mochila.

—Dame —me la quita de las manos con naturalidad y la lleva al despacho de Mario. Se nota que está muy cómoda en su casa. Imagino que lo suyo va más en serio de lo que él quería admitir al principio.

—Se os ve bien. ¿Ya has encontrado lo que buscabas? —le pregunto en el salón, mientras me pasa el mantel para que lo extienda. Sé que así la desarmo y le corto el impulso de acribillarme a preguntas.

—La verdad, Luc... no tenía grandes expectativas.

Lo nuestro dolió, si soy sincera. Pero ahora estoy feliz.

Mario es maravilloso. Nos entendemos, nos reímos…

Creo que ninguno de los dos esperaba esto.

—Hace una pausa, pero no tarda en volver al ataque—.

No me cambies de tema, que te conozco. ¿Cómo estás tú?

—Jodido, Carla. ¿Cómo quieres que esté? Si pudiera, huiría a Alaska... aunque sabes que odio el frío. No consigo superar lo de Azahara. A pesar del poco tiempo que pasamos juntos, era una mujer... increíble.

Mi voz se quiebra sin querer. Carla lo nota, claro que lo nota. Se acerca y me abraza sin decir nada. Aunque me resista, me conoce demasiado bien. Sabe que tras mis toneladas de indiferencia se esconde un corazón más frágil de lo que me gusta admitir.

—No fue tu culpa —susurra contra mi cuello.

Su olor, tan familiar de otros tiempos, me relaja. La abrazo más fuerte.

—Ni la de las otras chicas —añade, con voz suave.

—Me crucé en su camino —digo, casi sin aliento.

—Sabes que eso no es cierto. Era su momento, Lucas.

—Ehhhh... ¿me tengo que preocupar? —La voz divertida de Mario nos sorprende justo cuando Carla acaricia mi rostro con ternura.

Desde que están juntos, la relación entre los tres se ha vuelto extrañamente amable. Ya no hay tensiones ni reproches velados. Carla parece feliz. De verdad. Sus ojos brillan como nunca se los había visto.

—Eso deberías preguntártelo tú —respondo, y consigo que Carla suelte una carcajada.

Me aclaro la garganta y Carla se aparta de mí con familiaridad. Saca los cubiertos del cajón y los coloca sobre la mesa mientras le planta un beso a Mario, que acaba de dejar las copas sobre la encimera.

A Mario siempre le ha gustado cocinar, y hoy se ha lucido con una paella de marisco que podría competir con la de cualquier chef, y aunque los planes eran bajar a la piscina, después de la comilona nos quedamos en el sofá, ellos en uno y yo en el otro, hasta que el calor se hace más llevadero y la digestión menos pesada, con el rumor de la música de fondo.

Mario y yo siempre hemos compartido gustos musicales, pero en esta playlist se nota la mano de Carla: entre alguna canción de Fonsi empieza a sonar una bachata de Prince Royce. Cuando me burlo, mi amigo se encoge de hombros y sonríe con descaro.

—Igual tu amiga nueva también te hace cambiar de gustos —me pincha, divertido.

Carla lo observa un segundo, y luego me lanza una mirada inquisitiva, arqueando una ceja.

—¿Me he perdido algo?

—Pregúntale a tu chico —respondo con fingida indiferencia—. Yo no tengo ni idea de qué habla.

—Sus historias con la poli —suelta Mario antes de que le lance un cojín que impacta de lleno en su cara.

—¡Para, para, para! —Carla se incorpora de un salto, alarmada—. ¿Te has liado con una poli y me estoy enterando ahora? ¿No me digas que es la que lleva el caso de las chicas?

Se pone en pie y camina hacia mí con expresión entre atónita e indignada.

—¿Se te va la cabeza o qué? ¿Has pensado que quizá intenta sacarte información? De verdad, Lucas, eres más bobo de lo que pensaba.

—¿Y qué hay de la confidencialidad, señor abogado? —le espeto, visiblemente molesto—. Ah, claro, como te acuestas con ella, eso ya no cuenta, ¿no? Genial, Mario. Creo que la próxima vez le voy a pedir a Mónica que me represente.

—Oye, oye, calma —dice levantando las manos—. Yo no le he contado nada, ha sido tu bocaza la que lo ha soltado todo. Ella solo sabía lo que tú mismo le dijiste. Que conocías a Azahara, nada más.

—Lo de Ava lo has mencionado tú. Y ya que estáis tan interesados... anoche estuve con ella. Pero no, no nos acostamos.

Aunque, para ser sinceros, lo que pasó tampoco puede llamarse exactamente no acostarse, pero ese matiz me lo guardo.