26 ¿Tocando fondo? #3
—En realidad, te he traído justo donde me pediste.
Mira —le doy la vuelta suavemente, tomándola de la cintura—.
Hay unas vistas preciosas de la ciudad. Ya es tarde, pero los atardeceres aquí son impresionantes.
Yo subo de vez en cuando porque me gusta circular por esta carretera con la moto.
Es uno de mis lugares favoritos. Lo que haga la gente aquí, es cosa suya.
—Eres un caso, Caronte. Pero sí, las vistas son bonitas.
—Todas lo son —le susurro cerca del oído. ¿De dónde me sale esta estupidez ahora?
—¿Aquí traías a tus chicas cuando eras un crío? —pregunta, curiosa.
—No. Cuando era un crío, me limitaba a estudiar, salvo en verano, que lo daba todo, pero en Almería —respondo.
Seguimos muy juntos, yo detrás de ella, y su perfume, mezclado con el aroma de su cabello, me está volviendo loco. Me aparto un poco, acercándome al borde, y ella vuelve a tentarme.
—¿Te asusto?
—Es posible —respondo, sintiendo cómo se acerca a mi lado y me roba el aire, a pesar de estar en mitad del campo—. Si nuestra situación no fuera la que es, puedes estar segura de que, al menos tú, estarías pasándolo mucho mejor que ahora.
—¿Y eso? —Con las sandalias que lleva, es casi tan alta como yo, y su voz susurrante a mi lado me quita la poca cordura que me queda.
—Estarías subida a lomos de mi moto, con las manos en el manillar, y...
—se aleja un instante y, tras asegurarse de que la moto está estable, se coloca del revés, sin dejar de mirarme.
Se tumba, poniendo las manos por encima de la cabeza buscando el manillar.
Me acerco sin dudarlo. Si quiere jugar, jugaremos.
Le coloco las manos en el manillar y me mira con los ojos encendidos. Miro hacia el otro coche que, a juzgar por los cristales empañados, sus ocupantes están bastante entretenidos.
—¿Así? —pregunta con una sonrisa pícara—. ¿Y ahora?
El vestido se abre dejándome ver su escueta ropa interior negra, el pantalón me aprieta de forma incómoda y no hemos empezado.
—Te desataría el vestido —susurro.
Y es lo que hago. Descubro que no lleva sujetador, y que sus pezones están rígidos, reclamando atención.
Me acerco a su boca mientras le cuento lo que quiero hacerle.
Ella se incorpora un poco y atrapa la mía, apagando mi sed con un beso intenso que me pone a mil.
Rompo el contacto y deslizo los labios por su cuello, su garganta, hasta llegar a sus pechos, que suben y bajan acelerados por su respiración. Paso la lengua y ella suelta un gemido.
Me detengo y la miro:
—Si te oigo, paro. Los vecinos están ocupados, pero tú eres agente del orden; no quiero que tengas problemas ni que aparezcas en ninguna parte. ¿Podrás?
Asiente, y vuelvo a sus hinchados botones. Los lamo, los chupo y los muerdo, justo como sé que le gusta, mientras una de mis manos baja, se cuela entre sus braguitas y su piel suave y húmeda.
—¿Qué más? —sigue con el juego.
—Te follaría con mis dedos, hasta que te corrieras, como sé que te gusta. Pero recuerda: si quieres premio, tienes que mantenerte en silencio —digo, entrando y sacando mis dedos de su anegado interior, colando uno más en cada embestida, hasta casi cuatro.
Sé que acogería la mano entera, pero la estabilidad de la moto no es la misma que en otro lugar, así que me conformo con verla disfrutar. Mi acoso a sus pezones, sus contracciones cada vez más intensas y sus fluidos abundantes son suficiente prueba de que está al límite.
No me detengo. Sigo con mis embestidas y la miro: se muerde el labio, embargada por el placer.
—Lucas —gime—, ¿y tú?
—No te preocupes por mí. Disfruta, cariño. Dámelo.
—Jodeeer —jadea en un tono tan bajo y sensual que me eriza hasta el último pelo.
Se suelta del manillar y, algo que nunca hago, pero con ella no me importa, se incorpora despacio, todavía acelerada, buscando mi boca para arrasar con mi cordura, con mis dedos aún en su interior. Los saco y los chupo para limpiar sus restos, consciente de que es un sabor adictivo.
Sin importarle, vuelve a acortar la distancia y me besa de nuevo. Baja una mano hacia mi bragueta para desabrocharla, pero la detengo.
—Lucas, vas fatal.
—No importa. Estoy bien. Deja de preocuparte.
Los del coche se bajan justo cuando termino de abrocharle el vestido, pero ella sigue sentada en la moto, todavía demasiado relajada para moverse. Su respiración es lenta, el cuerpo aún tibio del deseo, y la expresión serena, como si no tuviera ninguna prisa por volver a la realidad.
—No esperaba esto cuando te propuse quedar, te lo aseguro —dice con una sonrisa que mezcla sorpresa y ternura—. Solo quería que te despejaras un poco.
—Lo has conseguido, te lo prometo —respondo, dejando un beso suave en sus labios antes de ofrecerle la mano para ayudarla a bajarse—. ¿Nos vamos? ¿O prefieres quedarte un rato más?
Ella alza la mirada hacia mí, pero noto que sus ojos se desvían un instante hacia el coche, donde los otros aún siguen la fiesta en el capó. Entonces toma mi rostro entre sus manos, obligándome a mirarla.
—¿Estamos bien? —pregunta en voz baja. Hay una súplica velada en su tono, una inquietud que no intenta disimular.
—Sí, Ava, estamos bien —respondo con calma, acariciando su mejilla con el pulgar.