El Dolor de la Culpa 26 ¿Tocando fondo? #2
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26 ¿Tocando fondo? #2

Por un momento, su seguridad parece desvanecerse —o eso creo—, pero enseguida se yergue en la silla y pierde la mirada entre las parejas que bailan en la pista.

Sus dedos, con las uñas pintadas —algo poco habitual en ella—, ahora lucen un rojo intenso, igual que su vestido.

Juega distraída con el filo de la copa, y tengo la sensación de que está a años luz de mí, de aquí y de todos los que llenan el local.

Me permito observarla con atención: apenas lleva maquillaje, solo rímel que alarga sus pestañas hasta el infinito, resaltando el color vibrante de sus ojos.

Un toque de colorete y unos labios pintados de un rojo más oscuro y profundo que el cereza que suele usar; con esta luz, el tono se vuelve aún más nítido.

Hoy apuesta por el rojo. No lo sabe, pero es un color que me seduce. Y a ella le queda increíble.

Con un gesto sutil, coloca su larga melena hacia un lado, dejando al descubierto la otra parte de su cuello esbelto.

Imposible no imaginar recorriéndolo con la lengua, y, por una vez en mucho tiempo, la idea de ir más allá no me atrae.

Solo quiero deslizarme por su garganta, deshacer el nudo de su vestido y perderme entre sus piernas, juguetear con ella como sé que le gusta.

Una de las ventajas —esta sí— de mi memoria.

Coge la copa sin darse cuenta de que ya no queda nada. Al llevarse solo el hielo a los labios, la separa y la mira sorprendida.

—¿Quieres otra? —le pregunto al ver que ha regresado.

—No, gracias. Creo que me voy a marchar.

Vuelve a aparecer esa Ava vulnerable que me confesó su pasado, y eso me encoge el corazón. Espero no ser el culpable de este cambio de humor. Acerco la silla y tomo su mano con suavidad.

—Oye, perdóname si te hice sentir mal, no era mi intención. No soy de los que piensan que los chicos pueden acostarse con quien quieran y las chicas no. No lo decía en ese sentido, sino que, bueno… joder, está claro que hubo feeling entre nosotros.

—¿Y crees que ya no lo hay? —otra vez lanza el anzuelo, y hoy no estoy para resistir sus envites.

—Sabes que sí. Y también sabes por qué no quiero… y no, no es porque no desee repetir, aunque no quiera admitirlo; contigo, esa excusa no sirve.

Me mira sin apartar los ojos, una sonrisa victoriosa baila en ellos, pero no dice nada. Es tan consciente como yo de que no podemos —o no debemos— o quién sabe. La tensión entre nosotros es más que evidente.

—¿Sabes qué? —niego con la cabeza— Me gusta este Lucas. El que es sincero y no teme dar su brazo a torcer.

—Después de abrirte en canal conmigo, es lo mínimo que puedo hacer. De todas formas, nunca lo he negado, pero me gusta jugar contigo. Y reconócelo: a ti también.

—Tienes razón, me da vidilla.

Ahora sí sonríe, y descubro, para mi desesperación, que también me gusta esa curva en ella. Más que cualquier otra, quizás.

—Lucas, llévame a tu lugar favorito. Me apetece dar una vuelta en moto. ¿Sabes? Estoy planteándome comprar una.

—Mi lugar favorito, ya te lo he dicho, está a casi cuatro horas. Y es un poco tarde. ¿Sabes pilotar? —pregunto, tratando de ocultar mi sorpresa.

—Bueno, pues alguno que tengas aquí. Y sí, sé. Cuando era niña me encantaban, pero no tuve muchas opciones, como comprenderás.

Me levanto y, sin saber por qué, le tiendo la mano. Me mira, y luego se encuentra con mis ojos, divertida.

—¿Vamos o no? —pregunto, ante su duda.

—Sí, sí, solo me has pillado por sorpresa.

Toma mi mano y, como si fuésemos algo más que lo que sea que seamos —que, por otra parte, ni yo sé qué es—, salimos del local dejando atrás el jaleo de la música, el murmullo de la gente y el ruido de las bolas de billar y el futbolín.

Caminamos sin soltarnos hasta mi montura y, al llegar, se detiene a observarla con detenimiento.

—Es una auténtica preciosidad —afirma, más para ella que para mí.

—Lo es —respondo sin que note que mis ojos se desvían de mi preciada joya hacia ella.

Le tiendo el casco, se lo pone y me acerco para abrochárselo, aprovechando para acariciar su cabello, que retiro y coloco detrás de la oreja.

—¿Te he dicho lo guapa que estás hoy con el pelo suelto?

—¿Tratas de ligar conmigo, doctor? —pregunta clavando sus ojos en los míos, con las pupilas ligeramente más dilatadas que hace unos minutos.

—¿Cuela? —respondo con falsa inocencia.

—Ja, ja, ja. Anda, tira. No enciendas algo que no puedas apagar.

—¿Y si puedo apagarlo? —la tiento.

—La pregunta es: ¿vas a hacerlo? —se baja la visera justo cuando yo me pongo el casco y me subo. Sostengo la moto y espero a que se acomode detrás de mí, tan pegada sin que tenga que decírselo, que diría que puedo sentir su corazón latiendo a la misma endiablada velocidad que el mío.

El vestido se sube y ella se endereza para metérselo por debajo y que no le incomode. Voy más allá y dejo una caricia en su rodilla. Sin que sepa que el intercomunicador ya está encendido, la oigo suspirar.

—¿Bien, inspectora?

—Te quemarás, Caronte —su voz juguetona suena nítida por el altavoz del casco.

Pongo el contacto y dirijo la moto rumbo al mirador donde suelen ir las parejas a tener un rato de intimidad...

o al menos lo hacían antes. La verdad, ni sé si todavía se hace eso.

Era hace unos años el típico lugar para echar un polvo en el coche.

Ignoro si seguirá siendo así, pero también es un mirador a las faldas de la sierra, con unas bonitas vistas de la ciudad.

Y si tenemos suerte, veremos algunas estrellas, aunque cada vez hay más contaminación lumínica.

De día es una ruta para hacer senderismo, y hay unas cuevas cercanas.

En fin, un sitio donde la gente disfruta de la naturaleza, y a mí me gusta ir en moto.

No dice nada, no pregunta. La noto cómoda, relajada, y buena yendo de paquete. Sabe cómo coger las curvas, se mueve conmigo. Estoy seguro de que le encantaría llevarla, pero eso es otro nivel en el que no estamos, y no sé si estaremos alguna vez.

—Se nota que te gustan las motos. Vas muy bien.

—Me haces sentir cómoda. La llevas genial. Vas seguro, y eso es un plus. ¿Todo lo haces bien, Lucas?

—¿Vas con segundas, Ava? —le pregunto sinceramente, porque me ha descolocado.

—Tómalo como quieras.

Llegamos tras media hora de camino. Solo son trece kilómetros, pero el asfalto de los últimos no es bueno y hay muchas curvas. Es de noche, así que voy despacio. De todas formas, no tenemos prisa; al menos yo no, y por lo que veo, ella tampoco.

Detengo la moto. Solo hay un coche algo alejado. Se baja y se quita el casco, sacudiendo el pelo como en las películas. Mejor no pensar en lo que eso me provoca.

—¿Me has traído a donde la gente viene a follar, Lucas? —pregunta, divertida e intrigada a partes iguales.