El Dolor de la Culpa 26 ¿Tocando fondo?
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26 ¿Tocando fondo?

¿TOCANDO FONDO?

LUCAS

Sé lo que pretende. Y sé adónde va a ir.

Lo cierto es que llevo semanas mal. Desde lo de Azahara, mi cabeza no está bien…

y tal vez ella sea la única que pueda entenderlo.

Oliv sigue de misión; apenas hemos hablado un par de veces, durante escasos minutos, cuando le permiten hacer llamadas.

No quise contarle lo que pasó. No tiene sentido preocuparla estando tan lejos. Bastante tiene ya.

Mario también intenta sacarme de este estado.

Incluso el día que estuve con mis sobrinos, ni ellos consiguieron hacerme olvidar, aunque fuera un instante, la maldita idea de que Azahara se cruzó en mi vida solo para terminar muerta.

Por más que mi hermana y él insisten en que no fue culpa mía, no puedo evitarlo. No lo siento así.

Hoy no he ido a trabajar. He pasado todo el día encerrado en casa. Al menos tres veces he oído abrirse la puerta de mi vecina. Sus pasos se detienen frente a la mía… y luego se alejan, sin llamar. Esta mujer es un enigma. No sé qué pretende, qué espera. ¿Una señal? ¿Una invitación? ¿Un reproche?

Imagino que el juez instructor del caso está haciendo su parte y que por eso mi nombre no ha salido a la luz.

En ningún medio se me menciona como sospechoso, lo cual —dentro de lo que cabe— me da cierta tranquilidad, si es que aún puede llamarse así.

Supongo que tampoco quiere que ciertos detalles personales terminen expuestos.

En estos tiempos, cualquiera se atreve a publicar cualquier cosa, y la confidencialidad de los locales en que hemos coincidido ya no es garantía de nada.

Me meto en la ducha. La parte sensata de mi cerebro me grita que me quede en casa. Que no me acerque. Que me mantenga al margen. Pero saber que va a salir sola esta noche, que podría haber alguien observándola, siguiéndola... Eso basta para que mis impulsos tomen el control.

Me visto con rapidez. Me hago un sándwich, pero apenas le doy dos mordiscos antes de dejarlo sobre la encimera. Cojo la moto y los dos cascos. A eso de las once, salgo rumbo al lugar donde sé, sin ninguna duda, que me la voy a encontrar.

Me habló de su soledad. Me confesó que no tenía amigos. Se sinceró conmigo en un momento que nunca olvidaré, y alcanzamos un grado de intimidad que no sé si merezco… ni siquiera sé si quiero, no ahora, no en esta situación. Pero no puedo evitarlo. Voy hacia ella como las moscas a la miel.

Y no, no puedo dejar que le pase nada. No a ella.

Con la visera levantada, avanzo por las calles vacías de una ciudad que parece contener el aliento.

La noche es inusualmente fresca para la época del año.

El viento me golpea la cara y despeja un poco la maraña de pensamientos que me devora.

Mi cabeza va a mil revoluciones. Repaso posibles escenarios, intento encontrarle sentido a todo esto.

¿Por qué alguien querría destruirme así? ¿Con qué fin?

Supongo que, por ahora, el hecho de que mi nombre no haya trascendido y que, oficialmente, no se sospeche de mí, debe tenerlo cabreado. Y eso solo puede significar una cosa: que en el próximo ataque —si no conseguimos detenerlo antes— dejará una prueba más directa, más contundente.

Una que me señale sin margen de duda.

Porque ni siquiera las huellas en el móvil de Azahara han servido.

Aparco la moto y, antes de entrar, respiro hondo.

Cojo los dos cascos. La música que suena ya me da ganas de dar media vuelta y volver a casa.

Espero a que termine el reguetón —porque no me siento con ánimo de soportarlo— y cuando cruzo la puerta, los primeros acordes de una bachata comienzan a sonar.

Creo que es Me Enamoré de ti y ¿Qué? No voy a reconocerlo en voz alta, pero me gustan las bachatas.

Más de lo que debería. La veo nada más entrar.

Está en la barra, supongo que acaba de llegar.

Está pidiendo algo. Lo que no me gusta es el imbécil que se le ha acercado demasiado para mi gusto.

Camino hacia ella sin pensarlo dos veces, y con la mano libre le rodeo la cintura, saludándola con un beso breve en la mejilla.

Lo bastante cercano, lo bastante evidente.

—Hola. Siento llegar tarde —digo, solo para que el capullo que tiene al lado se dé por aludido.

—Hola —responde ella, sonriendo al verme—. ¿Lo de siempre? —pregunta, como si supiera algo que yo no.

No tengo ni idea de a qué se refiere, pero juego el papel.

—Claro, cariño.

El tipo por fin capta el mensaje. Se marcha sin decir ni una palabra. Perfecto.

—Justo a tiempo, doctor. Ya iba a partirle un brazo. Y solo llevaba aquí dos minutos. ¿Bailamos?

—¿Bachata? —pregunto, aunque es obvio lo que suena.

—Podemos bailar sevillanas, pero igual no queda tan bien. —Me lanza una mirada traviesa.

—Ava… no sé si es buena idea. No es que sea un gran bailarín y hacer el ridículo no me seduce.

—¿Y si me pego a ti? —susurra cerca de mi oído, con ese tono dulce y provocador, dejando que el aroma de su perfume —ese que huele a chuches de cereza— me invada los sentidos.

—A la mierda. Vamos.

Dejo los cascos en una mesa cercana, donde también depositamos las bebidas que ha pedido.

Imagino que la mía es una tónica, como sabe que suelo tomar.

Tomo su mano y la llevo hasta donde algunas parejas se mueven al ritmo sensual de la música.

No sé si es peor bailar con ella o escucharla cantar la letra mientras se mueve conmigo.

Esto se nos está yendo de las manos. Y no sé si debemos —o siquiera podemos— seguir con este juego más que peligroso.

Sobre todo ahora.

Te has metido en mi vida

Me consumes el aire

Corazón peligroso

No te importa quemarme

Me enamoré de ti, ¿y qué?

Me enloqueció tu piel, ¿y qué?

Me arrodillé

A tu amor imposible…

Cuando la canción termina, sus pupilas ocupan por completo el azul de sus iris. Se separa de mí, con la respiración agitada. Igual que yo.

Y no solo por el baile.

Camina de vuelta a la mesa y da un trago largo a su bebida. Hago lo mismo. Me dejo caer en la silla, sintiendo que necesito recuperar el aliento… y la cordura.

—Qué poco aguante tienes, Caronte —dice ella, con una sonrisa burlona.

—No sigas, Ava —le pido con un suspiro cansado.

Se sienta a mi lado. Cerca. Demasiado cerca, después del baile en el que mis sentidos han saltado todas las alarmas. El deseo está ahí, palpable, casi insoportable. Y no me vale cualquiera. Ya no.

Y eso me inquieta.

No puede ser.

Nunca.

O, al menos, ahora no.

—Eres igual de consciente que yo de lo que pasa, ¿verdad? ¿O sigo siendo una más y…?

—Ava, basta. Por favor.

Pongo un dedo sobre sus labios, esos labios color cereza que me están gritando que los haga míos, en todos los sentidos. Me tientan con una intensidad que amenaza con hacerme perder la poca cordura que me queda tras estos meses de infierno.

—Eres un puto cobarde, Lucas.

—Es posible. La heroína eres tú. Yo solo soy un médico que ni siquiera salva vidas.

Sé que eso la golpea, que le duele. Pero dejar que se haga ilusiones no es algo que quiera. No sería justo. Ni para ella… ni para mí.

Se acomoda en el sillón, echándose hacia atrás, y el vestido rojo que lleva —ceñido, con un sutil brillo y anudado a un lado— se sube más de lo recomendable.

El escote, que prefiero no mirar demasiado, deja poco a la imaginación.

Las piernas, que rara vez enseña en su día a día, quedan al descubierto, igual que el pequeño tatuaje del caballito de mar en su tobillo y la frase decorada con estrellas que le adorna el empeine.

Es curioso. Durante la semana viste sobria: trajes de chaqueta, vaqueros, camisas o camisetas sencillas.

Pero en sus salidas parece transformarse en otra mujer.

Una completamente distinta. Y esos tatuajes...

le dan un aire salvaje y sensual que me cuesta ignorar.

Desvío la mirada, incómodo con lo que pienso, y observo el local.

Está lleno, a pesar de la fecha. ¿Es que este año nadie se va de vacaciones?

—Lo siento, Lucas —dice de pronto, tras unos minutos de silencio.

—No importa —respondo, sin demasiada convicción.

—¿Cómo sigues?

—Sin muchas ganas de hablar del tema, si no te importa. Con unas ganas locas de irme unos días —o unos años— al fin del mundo. O, mejor aún, a mi refugio. Olvidarlo todo.

Me mira. No pregunta. Solo espera. Así que continúo.

—Tengo una casa en un pueblito de Almería. Era de mis abuelos, pero se mudaron a la capital y yo me la quedé. Pasé allí muchos veranos… y no quise venderla. Me gusta hacer esnórquel, o pasarme horas en una playa donde no haya nadie. Solo mar, sol y silencio.

—No te imaginaba así —replica, sorprendida.

—¿Y cómo me imaginabas, inspectora?

—Bueno… sí, tienes ese aire un poco hippie, pero ahora mismo, con esos pantalones y la camisa, hasta pareces un pijito.

Llevo pantalones tipo chino azul marino y una camisa blanca de lino, remangada hasta los codos. El toque informal lo dan mi pelo —que necesita un buen corte—, el arito en mi oreja y la barba que pide a gritos una recortada. Pero no he tenido ánimo ni para eso.

—¿Sabes que te pasas la vida prejuzgando a la gente? —le digo, arqueando una ceja.

—Supongo que fijarme en cada detalle viene con el trabajo. Me cuesta compartimentar.

—Tampoco debo parecerte tan mal… No me costó mucho convencerte. A menos, claro está, que…

—No lo digas —me interrumpe, mirándome con seriedad— si no quieres que lo que sea que haya entre nosotros termine aquí y ahora. Y sin remedio.

Me deja sin palabras por un segundo.

—No me acuesto con cualquiera, Lucas. Y menos con uno distinto cada fin de semana, como hacen otros… Pero tampoco es que tú lo pongas muy difícil. Y, para colmo, estás muy bueno.