El Dolor de la Culpa 25 cábalas y más cábalas #2
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25 cábalas y más cábalas #2

En el tiempo que tardo en llegar a la comisaría recibo una llamada de mi jefe.

Para mi sorpresa, no es para echarme la bronca, como esperaba.

Me dice que está en la oficina, que hay varias cosas que quiere tratar conmigo.

Así que, al parecer, la amenaza a la comisaria ha surtido efecto. No ha dicho nada. Menuda elementa…

También me llama mi compañera. Aunque estaba de descanso, se ha enterado de todo y vuelve para echarme una mano, sin importarle que le insistí en que se quedara con su chica unos días más. Pero Mia, como siempre, lo ha entendido. Y la ha animado a regresar.

Nada más llegar, me dirijo directamente a mi mesa.

Allí tengo el planning con las fechas de las chicas, la cronología que fui trazando en la pared y que ahora vuelve a parecer una telaraña maldita.

Tomo un bolígrafo, añado a Azahara y comienzo a contar los días desde que ella y Lucas se conocieron.

Han pasado más de veinticuatro días. Pero examino de nuevo las fechas que él me dio sobre los encuentros…

y una en particular me llama la atención.

—Joder… claro —murmuro en voz baja.

La boda. Han pasado exactamente veinticuatro días desde la boda.

Me congelo. Este cabrón da por hecho que se acostó con ella después del banquete. Todo está cogido con pinzas, sí, pero es lo único que coincide con las otras tres víctimas. El número veinticuatro. Otra vez.

—Martín, ¿qué tienes? —me sobresalta la voz del comisario a mi espalda. Casi tiro todo lo que tengo sobre la mesa. Recoloco los papeles a toda prisa y le explico mi teoría.

—Ufff… —es lo único que dice al principio, mientras se pasa una mano por la nuca, claramente tenso.

—Ya, lo sé… suena flojo, pero es lo único en común. Es todo lo que tenemos.

—Pues tira por ahí, Ava. Esto se nos va de las manos. ¿Quién era esta chica?

Le cuento todo lo que sé de Azahara, la enfermera, y del estado en el que ha quedado Lucas. Escucha con atención, aunque su expresión sigue siendo escéptica. Al final, me pregunta con un tono más suave, casi paternal:

—¿Podría estar fingiendo?

—No. Imposible. He visto a mucha gente rota: padres, hijos, hermanos…

Lo de Caronte ha sido… —sacudo la cabeza, tragando saliva—.

No solo por la chica, que como las demás no se merecía esto, sino por cómo se culpa.

Cree que todo empezó la noche en que le entró en aquel bar.

De hecho, creo que a partir de ahora va a culparse por hablar con cualquier mujer.

¿Crees que deberíamos vigilar a su hermana y a su madre?

Lo miro con seriedad.

—Antes pensaba que alguien quería inculparlo. Ahora creo que además quiere destrozarlo. Y no hay mejor forma que atacando a quienes más ama.

—A ver… de momento centrémonos en las chicas que quedan —dice, con un gesto de prudencia—. Averigua a quién crees que atacará la próxima… y qué día le toca guardia. Que no sea mañana, claro. Después ya veremos.

Se marcha y me quedo sola con mis pensamientos y una rabia difícil de tragar. Un rato después, cuando creo que tengo la lista más o menos perfilada y las dos posibles siguientes víctimas delimitadas, aparece Saray. Está seria, pero su aspecto es mejor que cuando se fue. Me levanto para recibirla.

—Eh, se te ve bien. Y te ha dado el sol. ¿Qué tal con Mia?

—No se lo esperaba y le gustó la sorpresa. Muy bien, la verdad. Creo que se acabó lo de andar dando vueltas. Me gusta. Vamos a ver a dónde nos lleva esto.

Sonríe, y entonces me pregunta:

—¿Y tú? ¿Lucas?

Miro alrededor. Hay demasiados oídos cerca. Debemos ser profesionales, y hablar de la vulnerabilidad del doctor tal vez no sea lo más apropiado aquí. Bajo la voz y le cuento todo. Le muestro mis sospechas, los patrones, el número veinticuatro.

Ella escucha en silencio, sin interrumpirme. Asiente, seria, y coincide conmigo. Sobre eso nos ponemos a trabajar.

Los días siguientes son una auténtica locura. Saray, Castaño, el comisario y yo no paramos. Buscamos, comparamos, cruzamos datos, tratamos de encontrar similitudes. Analizamos a todos los cercanos a Lucas, pero no damos con nadie que encaje como sospechoso.

Hemos establecido una posible relación entre los asesinatos y el número veinticuatro. A partir de ahí, todo gira. Pero incluso con eso, la lista de chicas que podrían estar en peligro se reduce a unas cuatro en cada noche previa a las guardias de Lucas. Y de él… no sé nada.

He intentado hablar con él varias veces, pero no responde a mis llamadas.

Desde el día que encontramos a Azahara se ha mostrado esquivo, distante, como si se hubiera escondido dentro de sí mismo.

Cuando nos hemos cruzado, me ha parecido otra persona.

Está destrozado. En apenas unos días, da la impresión de haber perdido peso, y las ojeras que se le marcan bajo los ojos no dejan lugar a dudas: no duerme.

Le aseguré que encontraría al responsable.

Han pasado dos semanas… y seguimos sin tener nada.

Las dos guardias de estas semanas han estado tranquilas.

Justo las dos veces en las que Lucas tenía una coartada sólida: una noche la pasó en casa de su hermana, con sus sobrinos; la otra, en una cena con su amigo y abogado.

Eso nos obligó a rehacer la hipótesis y revisar la lista de posibles víctimas.

Porque, si algo tengo claro, es que el número veinticuatro está en el centro de todo. Aunque todavía no sepa por qué.

Al salir de comisaría, lo intento otra vez. Es viernes, quizá le apetezca tomar algo. Marco su número. Nada. No contesta. Entonces hago algo que no debería, pero necesito saber cómo está. Nunca he visto a alguien tan roto como él.

—A lo mejor es que no quiero hablar contigo, Martín —responde de pronto. Su voz suena áspera, cansada.

—¿Y si no llego a ser yo? —le provoco, intentando arrancarle alguna reacción.

—Me acabas de llamar con tu número personal, Ava. ¿Quién más podría ser?

—Me preocupas —admito, sin rodeos.

—¿Por qué? —pregunta, como si no supiera que la atracción entre nosotros es mutua.

Como si desde el día en que me abrí con él y después el día que se derrumbó tras la muerte de Azahara, no hubiese habido un antes y un después.

Como si no supiera que lo que tenemos ya roza lo íntimo, lo profundo. Algo que no comparto con nadie más.

—Lo sabes perfectamente. ¿Te apetece una copa? ¿O cenar? O… lo que sea —añado. Y apenas termino de decirlo, ya sé que me va a salir caro. Pero no me arrepiento.

—¿«Lo que sea»? No. Mejor no, inspectora. No estoy de humor. Esto no se ha acabado, y tú lo sabes tan bien como yo.

—Pues aprovechemos el impás.

—No deberías perder el tiempo conmigo. Y lo sabes. Además, eso te pone una diana en la espalda.

—Ya la tengo. Qué más da. Quiero que venga a por mí. Sería la mejor manera de atrapar a ese cabrón.

—O de que te pase algo. Y yo ya… No, Ava. Déjalo. Disfruta del finde.

—Bueno… pues me tomaré esa copa sola. Adiós, Lucas.

He lanzado la pelota a su tejado. Él sabe perfectamente cuál es mi bar favorito. Lo hemos comentado alguna vez. Y le acabo de decir que iré. Así que me marcho a casa, me doy una ducha larga, dejando que el agua arrastre parte de la tensión acumulada… y me arreglo para salir.