25 cábalas y más cábalas
CÁBALAS Y MÁS CÁBALAS
AVA
Nunca le había visto así. Está desolado. Destrozado, tanto física como anímicamente. Es imposible que la persona que tengo delante pueda ser culpable de algo más grave que haber conocido a esas chicas. Y eso, hasta donde yo sé, no es un delito.
—Martín… —salgo de la sala de autopsias para responder una llamada desde la oficina. Está claro que este fin de semana será largo, y no solo para Lucas, también para nosotros.
—Ava —me llama uno de los compañeros de la científica, el encargado de notificarme cualquier hallazgo relevante—, hay huellas del forense.
—¿Cómo dices? —pregunto, incrédula.
Es imposible. Salvo cuando irrumpió en su piso como un huracán y buscó por todas partes, yo no le vi tocar nada. Al darse cuenta de que estaba contaminando la escena, se puso los guantes de inmediato. Solo la había tocado a ella, y yo estaba delante.
—En el móvil de la chica —añade—. Hay varias huellas, entre ellas las suyas. De toda su mano.
—Ah… claro. Eran amigos. No me parece raro. Cenaron juntos hace un par de días, creo. Igual se hicieron un selfie o ella le enseñó algo. Pero gracias por informarme. ¿Sabéis de quién son las otras?
—Estamos en ello. Solo quería que lo supieras. Te voy contando. Hablamos, Ava.
¿Cómo demonios voy a decirle que en el móvil de su amiga hay huellas suyas? Aunque no haya nada más, eso bastará para que lo vuelvan a poner en el punto de mira… justo ahora, cuando apenas puede sostenerse en pie.
Vuelvo a entrar. Ya han guardado el cuerpo de Azahara.
Los auxiliares y Lucas hablan en voz baja, aunque ese tono comedido es habitual en ellos.
Son respetuosos. Incluso han quitado la música que había estado sonando todo el tiempo.
La última canción me ha dejado un nudo en el estómago: Que Alguien me lo Explique, del mismo artista que, por lo que he podido intuir, era el favorito de la chica.
—Ava —me llama Lucas al verme reaparecer. Me acerco. Tiene los ojos rojos, hinchados, y las ojeras marcadas. La devastación lo ha calado hasta los huesos—. Hemos terminado.
—¿Podemos hablar en otro sitio? No me siento muy cómoda aquí —le digo.
—Claro, perdona. Vamos.
Sale primero, pero se detiene para dejarme pasar. Me guía hacia una sala anexa, sobria, con una mesa y varias sillas. Imagino que es donde se reúnen cuando no hay trabajo. Me ofrece asiento. A mí también me está pasando factura este caso, pero verlo así es el remate. Me descoloca.
—Lucas, sé que no es el mejor momento, pero… —respiro hondo—. A riesgo de jugármela, cosa que cada vez me importa menos, tengo que decirte que han aparecido huellas tuyas en…
—¡Pero si no he estado en su casa en mi puta vida! Bueno, sí, hoy. Joder, Ava, tienes que creerme. ¡Yo no…!
—Lucas, eh… Lucas, escucha —le tomo la mano, en un intento por detener ese gesto compulsivo de pasarse las suyas por el pelo—. Mírame.
Lo hace. Sus ojos ya no son ese verde brillante que suele iluminar su rostro; ahora son de un pardo opaco, enrojecidos, rodeados de venitas que delatan la batalla silenciosa por no desmoronarse.
—En su móvil —le digo en voz baja—. Supongo que…
—Joder, pues claro. Y también habrá alguna foto de los dos. O debería. Yo las tengo. Mira.
Saca el móvil del bolsillo de sus pantalones cargo y empieza a buscar entre las fotos. Me muestra varias. En la última, tomada hace apenas unos días, se rompe. Es del día en que los vi juntos, en el Sojo.
—Esto tiene que ser una pesadilla… Dime que no es verdad. Que va en un avión camino de Kenia. Dímelo, Ava. Estoy soñando, ¿verdad?
Me lo pregunta entre sollozos, con la voz temblorosa, como un niño al que le han arrebatado lo único bueno que tenía.
No debería hacer lo que estoy a punto de hacer. Pero él estuvo en mi casa cuando más lo necesitaba, sin dudar ni un segundo. Y ahora soy yo quien no puede titubear.
Me acerco y lo abrazo. Él se aferra a mí como si estuviera a punto de hundirse, sin dejar de llorar ni un segundo.
—Lucas, ni tú ni yo podemos hacer promesas… pero te juro que encontraremos a quien está haciendo esto. Aunque sea lo último que haga como policía.
Se suelta de mi abrazo. Se limpia las lágrimas con rabia, arrastrando el dorso de la mano por la mejilla. Se aparta el pelo de la frente con un gesto mecánico. Me mira, esbozando una sonrisa triste que apenas consigue disimular el temblor de sus labios.
—¿Ya no soy sospechoso? —su voz no lleva solo sarcasmo, ese que utiliza cuando se pone a la defensiva. También hay rabia, dolor, impotencia… desesperación.
—No hagas esto, Lucas.
—Según mi psicóloga, soy un sociópata de manual, ¿no? Todo esto podría ser una comedia.
—The Oscar goes to… Serías el mejor actor del mundo. Y, con tu permiso, me reservo la opinión sobre tu terapeuta. Tengo que marcharme. A mí también me aguarda un fin de semana largo y jodido. No quiero ni imaginarme lo que me espera cuando llegue.
Mi móvil suena. Al mirarlo, se lo enseño: es la comisaria jefe. Respondo. Y aunque no debería, activo el altavoz.
—Comisaria.
—Inspectora Martín, ¿esto qué es, una puta broma? ¿Otra chica? ¿No se suponía que teníamos una lista?
Lucas niega con la cabeza, se pinza el puente de la nariz y se levanta, visiblemente tenso. Lo tomo de la mano y lo obligo a sentarse. No puedo permitir que vaya a más.
—Esta chica no estaba en la lista. Caronte y ella solo son… eran amigos —corrijo, tragando saliva—. ¿Cómo podemos suponer que este hijo de puta va a por cada chica que se le acerque al doctor?
—Me da igual lo que los relacione, inspectora. Quiero que lo cojan ya. A él, al puto forense o a quien sea. Esto se está yendo de las manos. Esta es una ciudad tranquila. No quiero sobresaltos. ¿Lo oye?
Me hierve la sangre. Me toca los ovarios que lo único que quiera sea un detenido, culpable o no. Y no voy a consentirlo.
—Estamos haciendo todo lo que está en nuestras manos, comisaria. Supongo que lo que usted quiere es un culpable, ¿verdad? ¿No un inocente en la cárcel y un asesino suelto? ¿O sí?
—¿Me estás acusando de algo, inspectora? Me sería facilísimo apartarte del caso y poner a alguien menos… ¿rebelde? ¿Qué tal se te da hacer DNIs?
Lucas abre los ojos, incrédulo, y va a quitarme el móvil de la mano, pero lo impido colocando la palma en su pecho. Al contacto, mi piel se enciende. Le hago una seña para que espere y no dudo en responder a mi superiora.
—¿Es consciente de que grabo todas las llamadas, comisaria? Llevo demasiados años en esto y he visto muchas mierdas. Le pido tiempo. ¿O cree que me encanta ver cómo ese cabrón va sembrando el caos por la ciudad?
—Espero que no te estés tirando un farol, Martín, o pienso despellejarte. ¿Ha quedado claro? Y borra esta jodida llamada si eso es verdad. Haz tu trabajo de una vez.
—Cuente con ello.
Cuelgo. Lucas se relaja un poco, pero sé que viene la bronca. Y, aunque me fastidie, eso es buena señal. Está volviendo en sí.
—¿Se te va la puta olla, Ava? ¿Has amenazado a la comisaria jefe? Definitivamente no estás bien. A ver… te agradezco que confíes en mí, pero, joder, ¿hasta el punto de jugarte tu carrera?
—No se trata solo de ti, Lucas. Son ellas. Ninguna de esas chicas se merece esto. Ninguna mujer se merece que un cabrón así se ensañe con ellas por algo que aún se me escapa. Y ahora, por favor, repasemos todas las fechas. ¿Puedes?
—Sí, claro. Pero déjame coger un café. Debe de quedar alguno de esos fríos en la nevera. Mia los trae a veces. ¿Quieres uno?
—Por favor.
Se marcha un minuto y regresa con dos capuchinos de supermercado y un par de botellas de agua.
Me tiende una de cada y me invita a acercarme a la mesa que hay en la sala.
Saca el móvil del bolsillo, abre el calendario y empieza a revisar fechas.
Yo me siento frente a él y voy apuntando, una por una, todas las que me va diciendo, con los nombres y los lugares correspondientes.
En un momento dado, levanto la vista. Lo observo mientras repasa la pantalla, moviendo los labios en silencio. Cuando se da cuenta de que lo estoy mirando desde hace un rato, interrumpe la tarea y me devuelve la mirada.
—¿Me he perdido algo? —pregunta, ladeando un poco la cabeza.
—Sé que tener la memoria que tú tienes, en algunos casos, es una putada… pero para mí es alucinante.
—Puede parecerlo —responde, encogiéndose de hombros—, pero ya te digo que, en muchos casos, no lo es.
Como hoy. O como con las otras chicas. Por más que intento recordarla, en las ocasiones que compartimos, no lo consigo.
Pero sus ojos, los de hoy… sin vida… me van a perseguir el resto de mi vida.
Y esta fecha —añade, señalando el móvil con la pantalla encendida—, esta no me va a abandonar jamás.
Hace una pausa. Traga saliva. Me mira, culpable.
—Por cierto… quiero pedirte perdón por cómo te hablé antes. Ahí dentro —señala la puerta con un gesto del mentón—. No podía controlarme.
Le da un trago al café, mirando de nuevo la lista. Yo también la observo. En mi cabeza, la red que había dado por absurda empieza a tomar forma. El número veinticuatro vuelve a parpadear como un neón rosa en mitad de la niebla.
—No tienes que disculparte —le digo—. La tensión pasa factura de formas muy distintas. Tengo que irme… no sé qué me voy a encontrar cuando llegue a comisaría.
Me levanto y recojo el vaso y la botella vacíos, decidida a tirarlos por el camino, pero él se pone en pie al mismo tiempo y me los pide, ofreciéndose a dejarlos en la papelera.
Me acompaña hasta la puerta. Y una vez allí, me detengo. Estoy tentada de volver a abrazarlo, de decirle que no está solo, pero no lo hago. Me limito a abrir y salir. Justo cuando estoy cruzando el umbral, su voz me llama.
—Ava…
Me doy la vuelta.
—No te juegues tu carrera por mí. Yo no soy nadie.
Lo miro a los ojos, y respondo con seriedad.
—Haré mi trabajo lo mejor que sé. Como siempre, Caronte.