24 niña, piensa en ti #2
Entro en modo automático, una vez más. No recuerdo nada hasta que, ya en el IMLCF, la traen y la colocan sobre nuestra mesa. Todavía lleva las muñecas anudadas. El pañuelo que cubría sus ojos se lo quité yo mismo al entrar, casi sin darme cuenta de lo que hacía.
Todo sigue el mismo ritual de siempre. Otra víctima. Otra vez la inspectora a unos pasos de distancia, silenciosa, vestida con la ropa reglamentaria para estar presente. No interrumpe. Ya sabe cómo hacerlo.
Le pido perdón —esta vez por demasiadas cosas—, le marco la señal en la frente y le prometo lo mismo que a todas: que haré lo posible por darle respuestas a su familia. Después, enciendo el altavoz, pero hoy no pongo mi lista habitual. Hoy suena Antonio José.
Bienvenida a tu Canción, Ya se me Olvidó y Niña Piensa, en ti como una letanía imposible de ignorar.
El resto de los temas, todos del mismo artista cordobés que tanto le gustaba, se suceden sin que los escuche realmente.
Estoy demasiado metido en mis demonios, en el recuerdo de hace apenas dos días, cuando nos reíamos por cualquier tontería y le deseaba lo mejor para su nueva etapa.
En su cadera derecha descubro un tatuaje diminuto: una lámpara de aceite fusionada con un estetoscopio, representando la profesión que tanto amaba. Lo contemplo en silencio. Ese cabrón no solo le arrebató la vida: también le robó la oportunidad de seguir haciendo lo que amaba.
Me quedo inmóvil unos segundos antes de hacer la primera incisión. Andrea y Sergio —el compañero nuevo, entró un poco antes que ella— se mueven por la sala. A pesar del día que llevo, juraría que hay química entre ellos.
—Lucas, ¿estás bien? —pregunta Andrea, al notar que me he detenido con el bisturí en la mano.
—No es mi mejor día, si te soy sincero… Pero es mi trabajo —respondo sin mirarla.
—Podemos llamar a Miguel, ya lo sabes —sugiere con suavidad.
—No —contesto con firmeza—. Se lo debo.
Ella asiente en silencio y regresa a lo suyo. Entonces, Ava se acerca, sin atreverse a mirar el cuerpo de Azahara.
—Lucas, no tienes que hacerlo —dice con un tono inusualmente suave—. Sé que esto es duro para ti.
—Como si te importara —le escupo, más por inercia que con intención real.
—No puedes salvar a todo el mundo —insiste.
—A ella sí. Bastaba con no haberle dado ese puto papel con mi Instagram. Toda la que se me acerca acaba aquí —respondo con la voz hecha trizas.
—Sabes que era su día, tú mejor que nadie. Y estoy segura de que los días que haya vivido contigo los ha disfrutado... en cualquier sentido. Deja de culparte por todo, Lucas. No te das cuenta de lo que eres capaz de ofrecer a los demás.
—Claro —respondo, sarcástico—. Por eso estás aquí, para asegurarte de que todo esté correcto. Como si no supiera hacer mi trabajo. De seguir así me van a culpar hasta del puto apagón.*
—Como si pudiera evitarlo —murmura—. No tiene que ver contigo. Tenía que estar aquí, y lo sabes.
—¿Te importa dejarme trabajar, Martín? —le digo, con toda la crueldad que encuentro en mi garganta. Hoy lo último que puedo soportar es a ella tocándome los huevos… y no precisamente en sentido literal.
Se separa de mí, dándome espacio.
Vuelvo a centrarme en mi tarea, reinicio los pasos del protocolo casi de forma mecánica, diseccionando cada parte de su cuerpo como si necesitara dejarla convertida en una especie de Frankenstein.
Sé que no es así, pero necesito hacer algo.
Mi intuición me dice que esta vez no la ha drogado, como una de las víctimas anteriores.
Lo que no entiendo es por qué no hay señales de lucha.
Aunque tal vez... ella, que conocía el caso, que sabía lo que podría ocurrir, decidió no resistirse.
Quizá pensó que, si colaboraba, tendría una oportunidad de salvarse.
Se equivocó.
—¿Andrea, has tomado la muestra de cabello? —pregunto, sin recordar si lo ha hecho o no. No estaba presente del todo.
—Sí, jefe —responde ella, algo cauta—. ¿Crees que no…?
Deja la pregunta en el aire. No hace falta terminarla. Yo ya tengo la respuesta.
—Diría que no.
—No jodas, Lucas. ¿Esta tampoco? —interviene Ava desde el fondo de la sala—. Pero no parece haber habido forcejeo, ¿no?
—No lo hay. —Trago saliva, pero el nudo en mi garganta no se deshace—. Azahara sabía lo que podía pasar. Intuyo que pensó que, si cooperaba, podría convencerlo… que tal vez no la mataría.
No puedo más. La presión en el pecho me supera.
Un sollozo me estalla por dentro y se escapa, quebrando el aire.
Dejo caer el material sobre la bandeja con manos temblorosas y me aparto unos pasos, buscando oxígeno que no encuentro.
Me agacho, y ahí es cuando siento la mano de Ava en mi espalda. Firme. Cálida. Real.
—Dios, Lucas… —susurra. Y no dice nada más. ¿Qué podría decir? Yo tampoco sabría qué decirle si estuviéramos en posiciones opuestas. Nadie puede vaciar este dolor. Nadie puede cargar con esto por mí.
La imagen de Azahara se repite una y otra vez en mi cabeza.
Sus ojos vacíos. Su cuerpo inerte. Pero intento aferrarme al recuerdo de la primera vez que nos vimos, cuando apareció con esa sonrisa torpe, medio escondida detrás de la timidez, y esa absurda diadema con forma de pene que tanto la avergonzaba. Y, joder, aún así reía.
Reía.
—¿Te traigo agua…? ¿Una infusión, un café? —pregunta Ava en voz baja, todavía con la mano en mi espalda.
—¿Qué tal una máquina del tiempo? ¿Te queda alguna? —respondo sin mirarla, con la voz rota. Alzo los ojos desde el suelo y trato de incorporarme, pero mis piernas no me responden. Vuelvo a caer sobre los talones y respiro hondo, derrotado—. Dame un momento, ¿vale?
No se mueve de mi lado. Sigue ahí, con su mano apoyada en mi espalda, quemándome a través de los guantes, de la bata, de la ropa, de todas las capas que llevo encima.
Su contacto —su mera presencia— me reconforta, aunque me cueste admitirlo.
Y en este instante, en medio del dolor, solo hay otra persona que podría aliviarme de esta forma: Oliv.
Mi amiga, mi confidente, mi todo en más ocasiones de las que puedo contar. Pero ella está a miles de kilómetros.
Sin embargo, Ava… con sus sarcasmos, sus sospechas —o lo que fueran—, con esa manera de observarme sin decir nada, también logra calmarme. De otro modo, uno que no comprendo, pero que se me mete bajo la piel.
Respiro hondo y consigo ponerme en pie. Esta vez, sin interrupciones, termino mi trabajo.
Cada movimiento es un ritual de despedida.
Y es entonces cuando confirmo dos cosas: que la violó, con una violencia inusitada, y que la estranguló hasta matarla, rompiéndole el hueso hioides, como en los casos anteriores.
No es casualidad.
Lo hace a propósito. Aprieta con tal fuerza que esa frágil estructura no resiste. Su rostro, tan hermoso, vuelve a mostrar el mismo tinte azulado de las demás víctimas… pero esta vez hay algo que no encaja.
También tiene petequias. Y esas, sé muy bien, no son propias de una asfixia por compresión del cuello.
—¡Joder! —mascullo, volviendo a examinar su pecho, al que no había prestado suficiente atención, cegado por la idea de que la muerte se había producido por estrangulamiento.
Pero no. Esta vez no.
Vuelvo a abrir el tórax. Corazón y pulmones hablan.
Y lo que cuentan no coincide con las otras víctimas: no murió por asfixia traqueal.
No del todo. Este cabrón le provocó un colapso torácico, probablemente aplicando peso o presión sobre su pecho, impidiéndole respirar.
Aplastó sus pulmones hasta hacerlos fallar. El corazón se rindió después.
Entonces, ¿y las marcas del cuello?
—Quizá la dejó inconsciente primero… —pienso en voz alta—. Tal vez por eso no hay signos de lucha. La noqueó, o la asfixió ligeramente hasta desvanecerla. Y después… terminó el trabajo. Pero ¿por qué? ¿Por qué cambiar ahora?
—¿Qué ocurre? —pregunta Ava, acercándose con rapidez, aunque sin irrumpir.
—La ha matado de otra forma —respondo sin rodeos, sin aliento—. Ese hijo de puta ha cambiado el método. Y no es improvisación. Sabe. Sabe demasiado de procedimientos forenses… y policiales. Demasiado.
—¿Puedes explicarte? —pregunta, con el gesto tenso y la voz contenida.
Le muestro lo que he descubierto. Le explico la diferencia en los órganos, la evidencia en los tejidos, las marcas que se me pasaron por alto al principio: presiones difusas en el pecho, poco claras. ¿Pies? ¿Rodillas? ¿Una carga? No lo sé. Pero están ahí.
—Hijo de puta… —murmura Ava, mirando los restos de Azahara como si pudiera reconstruir lo ocurrido—. ¿Pretende despistarnos?
—No. No lo creo. —Niego con la cabeza, cerrando los ojos un instante—.
Está probando. Buscando. Cambia el patrón, sí, pero mantiene su firma.
Y Dios, espero que lo que pienso sea cierto: que la dejó inconsciente antes de matarla.
Porque si no fue así… ¿cómo coño voy a mirar a su familia y asegurarles que no sufrió?
Un silencio incómodo se extiende entre nosotros, llenando el espacio con todo lo que no nos atrevemos a pronunciar. Solo se escucha el zumbido tenue de los fluorescentes, los pasos de Andrea y Sergio en segundo plano, el leve tintineo del instrumental en las bandejas de acero inoxidable.
Y ese dolor que me carcome desde dentro.
* Apagón de casi doce horas en algunos lugares de la península ibérica, que tuvo lugar el 28 de abril del 2025.