24 niña, piensa en ti
NIÑA, PIENSA EN TI
LUCAS
Termino la semana con una guardia de cuarenta y ocho horas. Las de fin de semana son así: si te toca el sábado, haces también el domingo. Lo bueno es que, de ese modo, solo caen una vez cada varias semanas.
Aún no he llegado cuando el móvil vibra anunciando una llamada. Es bastante habitual que los sábados haya algún accidente y nos hagan personarnos en el lugar del siniestro.
Anoche me quedé en casa. Tuve varias oportunidades de salir, pero no me apetecía. Y, para ser sincero, lo único que realmente deseaba no estaba en el menú.
Con el equipo ya cargado en la mochila, consulto la dirección y el corazón me da un vuelco. No puede ser. La llamada viene de Ava. Ella me ha avisado, no es lo habitual. Pero si estaba de servicio, puede que haya recibido el mismo aviso que yo. ¿Casualidad?
No soy consciente de cómo he llegado. No recuerdo semáforos, ni giros, ni haber aparcado la moto.
Solo sé que he subido las escaleras a trompicones, con los pulmones ardiendo y el corazón hecho un nudo, suplicando en silencio que no sea ella.
Que todo esto sea un error grotesco, una coincidencia cruel.
Que el nombre que retumba en mi cabeza no encaje con el rostro que voy a encontrar al otro lado de esa puerta.
Ava me espera en el umbral, con el rostro serio, triste. Sus labios se mueven, pero no dice nada. No la miro. No puedo. Cruzo el umbral como una exhalación, con los ojos barridos de ansiedad, buscando una cara distinta, otra silueta, cualquier señal de que me estoy equivocando.
Pero entonces la veo.
Y el mundo se detiene.
La sangre me zumba en las sienes, como si me hubieran arrancado de golpe el corazón del pecho y lo hubieran estampado contra el suelo.
Mi mirada tropieza con su rostro —su rostro— y toda mi profesionalidad, toda esa fachada de frialdad que he construido durante años, se resquebraja como el hielo bajo los pies.
Me arrodillo junto a su cuerpo sin pensar.
El suelo está frío, pero no lo siento. Le tomo la cara entre las manos desnudas, sin guantes, sin protocolo, como si aún pudiera devolverle algo de calor, de vida.
Su piel está helada, los labios entreabiertos, la expresión congelada en un último suspiro que no llegué a escuchar.
El murmullo de los técnicos, las conversaciones de fondo, la luz que se filtra a través de las cortinas... todo se convierte en un zumbido lejano, ajeno. Solo estamos ella y yo, atrapados en esa escena que jamás debió repetirse. Porque no es la primera.
Y eso lo cambia todo.
—¡Lucas! —grita Ava—. Estás contaminando la escena. Joder, ¿en qué coño estás pensando?
—No… no… no… —balbuceo—. Tú no…
Siento que mi corazón ha dejado de latir junto al suyo. Retiro el pañuelo que cubre sus ojos y ahí están. Abiertos. Apagados. Sin vida. No como la última vez que la vi. No como cuando nos despedimos.
El aire huele a desinfectante barato. Trago saliva, pero no me baja por el gaznate. Me duele el pecho como si me hubieran arrancado algo de dentro y lo hubieran dejado allí, junto a su cuerpo, para burlarse de mí.
—Lucas, Caronte, oye…
La voz de Ava me alcanza, pero yo estoy lejos. Muy lejos. Abrazado a su cuerpo aún sin desatar, con la cabeza de Azahara reposando sobre mi pecho, empapándose de las lágrimas que ya no puedo contener.
—Ven. Levanta… —insiste.
La miro sin verla. No entiendo. Solo quiero quedarme allí.
Que alguien me devuelva su sonrisa, su timidez, esa forma de sonrojarse.
Su osadía el último día que me besó. La ilusión con la que afrontaba su nuevo proyecto…
Quiero que vuelva. Que respire. Que se mueva.
Que me empuje con una broma para romper la tensión.
Que me diga que soy idiota por llorar. Pero el silencio me lo niega todo.
—Lucas, por favor. No sé qué relación tenías con ella, pero estás liándolo todo. Supongo que la conocías… la conocías, ¿verdad? Déjame llamar a un compañero tuyo. O al juez. No puedes seguir así.
—¡No! No quiero que nadie la toque. ¡Joder, no! ¡Ella no!
Poco después —no sabría decir cuánto tiempo ha pasado—, Miguel, un compañero, llega.
Con ayuda de Ava, logran separarme de Azahara.
Me arrancan de su lado. Me obligan a ponerme los guantes, las calzas, el equipo completo y me sacan de la habitación.
Pero su imagen va a quedar para siempre grabada en mi memoria.
—Lucas…
Un sollozo me alcanza y al girarme veo a su hermana. La reconozco. Fue en aquella boda a la que Azahara y yo fuimos juntos. Me acerco y nos abrazamos.
—¿Por qué…? —musita.
Es la única pregunta para la que no tengo, ni tendré, respuesta. Solo sé que, de algún modo, soy el motivo. Una vez más.
—Ella era luz… siempre pensaba en los demás. Tú la conocías. Sabes cómo era. Lo ilusionada que estaba con lo de Kenia… —Ava permanece en silencio a nuestro lado, dejando que Leles se desahogue—. La llamé un montón de veces. Quería ayudarla con las maletas, pero no respondió. Y cuando llegué…
Se rompe. La abrazo fuerte, muy fuerte, como si pudiera protegerla de algo. De todo.
—Dios… mis padres… —solloza aún más alto.
—Caronte, necesito hablar contigo —dice Ava con voz contenida.
—Leles, vuelvo enseguida —le susurro, aunque apenas puedo controlar el temblor en mi garganta.
—¿No puedes esperar? A veces no tienes ninguna empatía, Martín. ¿Qué coño quieres? ¿Que te diga que no salí anoche? Pues no salí. ¿Coartada? No tengo, ¿vale? Pero no he estado aquí en mi puta vida. Y no, no me acosté con ella. Créeme o no, me da igual.
Respiro hondo, pero no me detengo.
—La conocí el viernes que inauguraron la feria.
Vinimos hasta la puerta de su casa y se echó atrás.
Tomamos algo en el Zoco, paseamos… desde entonces hemos quedado varias veces.
Tengo los mensajes de Instagram, de WhatsApp…
Ella no tenía que estar aquí. Ese hijo de puta ha perdido el control.
Ya no es solo con las que se han acostado conmigo.
Parece que basta con que se me acerquen…
o con que él crea que lo han hecho. ¿Algo más?
—Lo siento. No sé qué decirte… ¿Puedes irte a casa? Que te cubra tu compañero.
—No. Por supuesto que no. Soy un profesional, ante todo. Voy a seguir. Solo tenías que haber esperado un poco.
—No deberías.
—No eres tú quien va a decirme lo que debo o no hacer. Cuatro chicas han sido asesinadas y no tenéis una puta pista que no sea circunstancial. Déjame trabajar.
Mi tono es demasiado alto. Todos nos miran. Leles se desmorona de nuevo. La atrapo justo antes de que caiga.
La acompaño hasta una silla. Una sanitaria se acerca a ofrecer su ayuda, pero Leles no suelta mi mano.
—Leles… debería entrar y…
—Ve. Estaré bien. Tengo que llamar a mis padres… pero antes… antes se lo diré a mi marido. Gracias, Lucas. Y… por favor, cuídala.
Joder, joder, joder… ¿cómo coño voy a cuidarla si no fui capaz de protegerla de ese malnacido? Ojalá nunca le hubiera dado ese puto papel…
Exhalo con fuerza, intentando controlar las pulsaciones que aún martillean en mis sienes.
Vuelvo al dormitorio de Azahara, ahora fijándome en cada detalle, en todo lo que antes no pude —o no quise— ver.
Miguel ya ha hecho las fotos pertinentes y, justo en ese momento, el equipo de la científica entra con sus kits, sus polvitos y su meticulosa indiferencia.
Sé que no encontrarán nada. El muy cabrón lo hace bien.
Lo que sí tengo claro, sin necesidad de pruebas, es que a ella también la violó. Lo intuyo por cómo está dispuesta, por el tipo de escena, por lo que ya he visto antes. Aunque esta vez es distinto, más doloroso. Esta vez… es ella.
La pregunta que no deja de golpearme, que se repite como un eco nauseabundo, es: ¿Cómo coño accede a ellas? ¿Las sigue? ¿Las espía? ¿Tiene acceso a información confidencial? Porque no hay otra manera. No con este nivel de precisión. No con esta impunidad.
Mi mirada cae al suelo. Su móvil está allí, tirado junto a la mesilla.
Imagino que en esa pantalla siguen los restos de nuestra última conversación.
Mi mensaje deseándole buen viaje. Las llamadas perdidas de su hermana.
Los mensajes sin leer. Toda una vida detenida en una notificación que ya nunca se abrirá.
Y ahí, en medio de todo, me doy cuenta de lo que de verdad me rompe: No tuve tiempo de explicarme, de abrazarla como se merecía, de decirle que sí, que era especial.
Y que ahora no sé si alguna vez voy a perdonarme por no haberlo hecho.
No recuerdo en qué momento salgo de la escena. Ni quién me dio permiso. Solo sé que estoy en la moto con las manos temblando, los guantes aún puestos y el corazón hecho jirones. Estoy con la frente apoyada en el manillar, respirando como si el aire doliera, como si no fuese suficiente.
Azahara.
Tenía una forma única de mirar el mundo. Y lo peor no es que esté muerta. Lo peor es que la mataron por mi culpa. Porque se cruzó en mi camino. Porque alguien —el hijo de puta que sea— decidió que su vida tenía menos valor que su propia rabia. O que su retorcido sentido de la justicia.
¿Y si no la hubiera conocido? ¿Y si no le hubiera dicho que fuéramos a aquel sitio? ¿Y si me hubiera acostado con ella? ¿Habría sido diferente?
Preguntas estúpidas. Pero necesarias cuando todo duele.
Miro el retrovisor. No veo nada. Solo mi reflejo. Desencajado. Ojeroso. Roto.
Me coloco el casco, como si eso pudiera protegerme de algo. Del dolor. De la culpa. Del miedo a que esto no acabe nunca.
Solo quiero retroceder. Cinco horas. Un día. Una semana. Lo que sea. Quiero verla cruzar la calle con esa forma tan suya de caminar. Quiero que me abrace. Quiero decirle que me alegro de no haber subido aquella noche. Que me dio paz. Que ya no era solo una más.
Pero ya no hay tiempo.
Y yo me estoy rompiendo por dentro, pedazo a pedazo.