23 días inciertos
DÍAS INCIERTOS
LUCAS
No sé si ir a su casa fue un error… o si lo fue reconocer que quiero —o, mejor dicho, que me gustaría— tener algo más con ella. Al menos una vez más. Desde entonces, los días han sido un batiburrillo de idas y venidas en mi cabeza, imágenes que no quiero tener y que mucho menos necesito ahora.
Quedé con Azahara, y ambos llegamos a la conclusión de que necesitábamos alejarnos. Yo, porque no deseo nada con ella que no sea una amistad; y ella, porque lo que quiere va mucho más allá, y seguir en este punto le está haciendo daño. Y eso es lo último que quiero.
Es una mujer excepcional y no merece a alguien tan inestable como yo. Estoy seguro de que encontrará a un chico que le haga feliz en todos los aspectos, con quien se ría y sea completamente ella misma. Como debería ser siempre.
Hemos quedado otro día para despedirnos.
Le han concedido una plaza de voluntariado en Kenia, a través de la Fundación Pablo Horstmann.
En un principio buscaban una enfermera pediátrica, pero su experiencia en urgencias y el dominio de tres idiomas le han abierto la puerta.
Se marcha en una semana y quiere celebrarlo conmigo.
Le propuse salir a cenar y luego tomar una copa. Así que esta noche he dejado la moto en casa; nos moveremos por la zona de la Ribera y, si decidimos subir a la sierra, pediremos un taxi.
Fue ella quien eligió el sitio, y hemos quedado en mi casa, desde donde solo hay un paseo. Cuando llama al portero y me dispongo a salir, mi vecina decide que es buen momento para saludarme, como si llevar días sin verme justificara interrumpirme.
—Buenas noches, Lucas, ¿todo bien? No te he visto mucho últimamente.
—Todo perfecto, Sofía. Si no te importa, me están esperando.
Y me marcho, dejándola en la escalera, plantada con su eterno conjunto de pantalón corto y camiseta ajustada. ¿No se da cuenta de que no tengo ningún interés en ella? Qué intensidad de señora…
Abajo, sin cruzar siquiera la cancela, me espera mi amiga.
Preciosa, como siempre. Lleva un vestido corto de verano, rojo y con algo de vuelo, y unas cuñas que le añaden unos centímetros.
Me parece que ha perdido peso, aunque no se lo voy a preguntar.
Estaba perfecta antes, y lo está ahora. Quien salga con ella tendrá mucha suerte.
Me acerco tras recrearme un instante en su imagen. El pelo suelto, ondulado, le da un aire más desenfadado de lo habitual.
—Buenas noches, princesa —la saludo.
Ella sonríe y se acerca para darme dos besos.
—Estás muy guapa.
—Gracias. Tú tampoco estás mal.
Caminamos por las calles, que a pesar del calor están abarrotadas de turistas: pieles rojas como gambas, calcetines con sandalias, mochilas o riñoneras colgando.
Todo un desfile pintoresco en los alrededores de la mezquita.
Los autóctonos, mientras tanto, ya empezamos a emigrar hacia la sierra o la costa, huyendo del calor que no perdona.
La zona de la Ribera está a reventar. Imagino que Azahara reservó con antelación, porque, a pesar de ser temprano, no cabe un alma.
Entramos en el Moriles Ribera. Tenía ganas de conocerlo desde que lo inauguraron, pero aún no había ido.
Para mi sorpresa, ella ha pedido una mesa en el interior.
Afuera aún hace demasiado calor; tal vez en otra época del año sea diferente, pero ahora mismo…
mejor dentro. El lugar es una antigua casa reformada con mucho gusto.
Me detengo a observar cada detalle mientras nos conducen por las distintas estancias.
Finalmente, nos ubican en una mesa para dos en un largo pasillo con suelos de mosaico geométrico que imitan los antiguos enlosados, y paredes con paneles en dos tonos.
Es un espacio acogedor, elegante, con personalidad.
Charlamos mucho. Le cuento que llevo dos semanas de relativa calma, que la policía sigue sin pistas…
o eso creo. Ella escucha con atención, asiente en silencio, y luego cambia de tema con la dulzura de quien no quiere hurgar más de la cuenta.
Me habla de Kenia con los ojos brillantes de la emoción que le provoca su nueva etapa como voluntaria en la Fundación Pablo Horstmann.
Su voz se llena de entusiasmo mientras describe el proyecto: atención médica gratuita en zonas rurales, formación para el personal local, campañas de vacunación y asistencia a niños en situación crítica.
Me habla de las condiciones duras, del miedo lógico, de la nostalgia que sentirá al estar lejos de su familia…
—Creo que lo necesito tanto como ellos —añade en voz baja—. Debo ordenar mis ideas y… poner un poco de distancia.
Yo no digo nada. Solo la miro. Sé a lo que se refiere, y me parte el alma no ser capaz de darle lo que me pide.
Le pregunto qué opina su familia, y ahí aparecen los matices.
—Mi padre está encantado —dice—. No sé si te lo conté alguna vez, pero es médico, oftalmólogo. Estuvo en varias campañas en África antes de casarse con mi madre. A él le parece genial.
—¿Y tu madre?
—A ella no le hace ninguna gracia. Sigue sin entender que dejara al capullo de mi ex.
—¿No le contaste que te engañaba?
—No. ¿Para qué, si la decisión ya estaba tomada? Que piense lo que quiera. Mi hermana, en cambio, sí me apoya. Así que… dos contra una. Ja, ja, ja.
Terminamos de cenar y nos tomamos la copa en el Sojo Ribera, rodeados por una multitud que se mueve al ritmo de una música que ni me gusta ni sabría decir si se puede bailar. Al final, acabamos en un rincón apartado de la terraza donde, al menos, podemos seguir charlando sin levantar la voz.
Un par de copas más tarde, decidimos poner fin a la velada. Es sábado, y mañana he quedado con mis sobrinos para llevarlos a la piscina de su urbanización.
Ya en la calle, alejados por fin del bullicio del local, mi móvil vibra. En el reloj aparece una notificación de alguien que ha decidido ignorarme las dos últimas semanas:
Ava : Para no sacarme de tu cabeza, te he visto muy bien acompañado, doctor.
Sonrío al leerlo, pero decido responder más tarde. Vaya, vaya… la inspectora está celosa. Y eso que lo único que he hecho esta noche ha sido bailar… si es que a eso se le puede llamar bailar.
—¿Algo divertido? —pregunta Azahara al ver que guardo el móvil.
—Una tontería —respondo con una sonrisa evasiva.
Paseamos hasta su casa porque ha insistido en que quería aire fresco. Y lo cierto es que, tras el calor sofocante del día, ahora corre una brisa ligera que se agradece.
Al llegar a la puerta de su edificio, y sin darme tiempo a reaccionar, se acerca y me besa. Dura solo un segundo. Lo que tardo en darme cuenta de que no es ella a quien deseo.
Me aparto con cuidado, intentando no ser brusco. Ella, avergonzada, murmura una disculpa.
—Azahara… pensé que habíamos dejado esto claro —le digo con suavidad, levantándole la barbilla para que me mire a los ojos.
—Sí, lo sé. Pero como no nos vamos a ver en una temporada… pensé que… joder, Lucas, te tiras a cualquiera. Luego no digas que el problema no soy yo.
—Es que tú no eres cualquiera. Precisamente por eso. Me importas, y quiero conservar lo que tenemos. No es un polvo lo que quiero contigo.
No responde. Solo me observa en silencio. Sus ojos castaños brillan más de la cuenta. No sé si por las copas, por la decepción… o por la mezcla de ambas.
Al final, suspira y me abraza.
—Gracias por ser como eres. Otro en tu lugar habría pasado de todo y se habría acostado conmigo sin pensar en nada más. Tú… tú eres especial.
—Sí, claro… tan especial que me estoy yendo a casa solo, rechazando una oportunidad como la que tú me das. Tal vez, cuando vuelvas, tendrás que visitarme en la cárcel, con una tarta de manzana y una lima escondida para los barrotes.
—Ja, ja, ja. Vale, también te llevaré unos vaqueros y una camiseta. Porque el mono naranja no te pega nada. Ni el de rayas, como los hermanos Dalton.
Me echo a reír con su ocurrencia. Sé que es el momento de irme. Le acaricio la mejilla y dejo un beso suave en sus labios. La animo a que entre. Cuando se gira para despedirse desde dentro, le digo adiós con la mano.
Me marcho. Más ligero de lo que esperaba… aunque por un instante me arrepiento de no haber decidido subir.
Saco el móvil del bolsillo y le envío un audio a la inspectora:
—Podías haberte acercado. Sabes que puedo con las dos. Por cierto, me alegra saber de ti. Pensé que te habías marchado a Canadá.
Ava : Mira que hay capullos en el mundo… y tener que toparme contigo dos veces, eso ya es mala suerte. Espero que el polvo haya sido de tu gusto.
Sonrío, aunque en realidad me pica la curiosidad. Sé que no tengo por qué hacerlo, pero sin pensarlo demasiado, busco su contacto. Aún la tengo guardada con una foto de Dakota Johnson, porque, joder, me recuerda demasiado a ella.
La llamo.
—No te debo ninguna explicación —le digo en cuanto responde—, sobre todo teniendo en cuenta que ni siquiera te has dignado a saludarme. Pero te la voy a dar: no ha habido polvo. ¿Contenta? Estoy llegando a mi casa, solo… y entero.
Hago una pausa breve, dejo que el aire se tense entre nosotros, y añado:
—Ahora la pregunta es… si no tienes amigos, ¿qué hacías tú por ahí? ¿Acaso eras tú la que buscaba un polvo rápido esta vez? Si es así, ya sabes: solo tienes que decirlo.
—Dios… no sé cómo te aguanto —resopla, con ese tono entre harta y divertida que solo ella sabe usar—.
He salido con Saray, estaba un poco depre.
Tu amiguita Mia se ha ido de vacaciones, ¿lo recuerdas?
Y la otra se ha montado una película en la cabeza que…
Coño, tampoco sé por qué cojones te estoy dando explicaciones. Hasta mañana, Caronte.
—Adiós, inspectora. Sueña con los angelitos… o con el barquero de la laguna Estigia —respondo, jugando con mi apellido. Mi voz suena más ronca de lo que pretendía, como si escondiera algo que no quiero nombrar.