22 ¿habrá terminado? #2
—No podía dejarte así. Mi madre me educó bien: no se deja a los amigos solos en malos momentos, y me pareció que el tuyo lo era.
—¿Somos amigos? —pregunta, y ahora sí hay algo de picardía en su tono.
—Lo más parecido, supongo.
—¿Quieres tomar algo más?
Su pregunta suena inocente, pero la forma en que la miro provoca que se sonroje.
Se da la vuelta y regresa hacia la cocina con el vaso en la mano, aunque se detiene a medio camino y, sin mirarme, dice que tiene limonada.
La trae al salón. Me invita a sentarme en el sofá y ella se acomoda a mi lado.
Se recoge una pierna bajo el trasero, y su rodilla roza la mía.
El leve contacto eriza el vello de mis brazos. Si lo nota, no dice nada.
—Lucas, esto no lo sabe nadie. Conseguí —y no preguntes cómo— borrarlo de mi historial. No quiero que nadie me vea como una víctima.
—¿Saray no lo sabe? Se os ve muy cómplices.
—Solo ella… y ahora tú. Sé que tengo un par de hermanos, pero no los conozco ni quiero hacerlo.
Mi padre murió hace unos años, dijeron que fue un ajuste de cuentas.
Mi madre logró salir de ese mundo: un buen tipo se enamoró de ella y la rescató de la mierda.
Pero no la he vuelto a ver… ni siquiera sabe que estoy aquí, o eso creo.
—No temas. De mis labios no saldrá una sola palabra. A fin de cuentas, tú y yo apenas somos conocidos… y no en las mejores circunstancias, al menos de cara al resto. ¿O me equivoco? Ahora que estás mejor, debería irme. No quiero poner en riesgo tu carrera.
—Todavía hace calor. Quédate un rato. Cuando caiga el sol, te marchas —me mira, y sus pupilas se dilatan ligeramente—. Si es lo que quieres —puntualiza, tras una pausa calculada.
—¿Qué quieres tú?
Se da cuenta de que no ha servido la limonada. Se levanta y va hasta una botella de cristal decorada con limones. No le falta detalle. Sirve en los dos vasos a juego, me tiende uno y bebe del suyo.
—¿Nunca respondes a las preguntas? Estoy haciendo una colección con tus silencios, Martín.
—No si son difíciles. No me gusta equivocarme… resta puntos.
—Ja, ja, ja… ya, ya… Bueno, pues cuando tengas alguna clara, sin miedo a fallar, me la dices. Me alegro de que estés un poco más animada. Me has dejado descolocado, no esperaba verte tan vulnerable.
—También tengo días malos. Solo que intento que sean los menos.
Pero si me tocan los ovarios a dos manos, pues…
salto. Y te entiendo, ¿sabes? Tienes tu vida perfectamente montada y esto la ha desbaratado por completo.
Desde tus rutinas hasta la forma en que ves tu trabajo.
Pero, joder, estás rodeado de gente que daría todo por ti. Que te quejes… me ha hecho estallar.
—¿No tienes amigos? —Me arrepiento en cuanto las palabras salen de mi boca—. Lo siento. No respondas. Soy un bocazas.
—No, solo a Saray. Y quizá a Rubén —me mira, y ante mi gesto de desconcierto, aclara—: el sargento Castaño.
Y el comisario… que me aprecia como a una pupila.
Pero nadie sabe nada de mí. Tú me conoces mejor que ellos, puedes estar seguro.
Y eso que solo fue… bueno, lo que fuera.
Alexa, conecta el teléfono —le pide al altavoz.
Toma su móvil de la mesa y, supongo, busca una lista de reproducción.
No me Basta, creo que se llama, empieza a sonar.
La letra tiene algo... no sé si con doble intención o simplemente le gusta la artista.
India, por cierto. Cordobesa, del mismo barrio que la inspectora Reyes, tengo entendido.
Después suena Pablo Alborán con Hablemos de Amor y No Está en tus Planes. Y entonces me sorprende con Melendi: Destino o Casualidad.
—No es música muy animada… aunque la segunda de Alborán sí. Es muy tú. Te pega. Y volviendo a lo de antes… Si esto termina bien, o no, ya dependerá de ti. Pero puedes contar conmigo.
—¿En calidad de qué, Lucas?
Ahora soy yo quien se queda sin respuesta. Y soy sincero, porque no lo sé. Es cierto que no suelo repetir… pero es que ella no es como las demás. No ahora. Después de toda esta mierda, no lo tengo claro.
—No tengo idea, Ava. Pero seamos realistas: desde que nos vimos en el hospital sabemos lo que deseamos. No solo tú… yo también. Y voy más allá: esto es nuevo para mí. Y a riesgo de que puedas usarlo en mi contra, te lo diré: no puedo sacarte de mi cabeza ni un segundo. ¿Estás contenta?
Un jadeo escapa de su garganta. Sus pupilas parecen sacadas de una peli de Disney, y supongo que las mías también, solo de imaginarla de nuevo rendida a mí… o yo a ella. Y eso sí que es nuevo… y, a la vez, aterrador.
—Y no lo volveré a decir. Me voy… o acabaremos haciendo algo de lo que no sé si nos arrepentiremos después. Hoy no es el día. Tú estás sensible… y yo, jodido.
—¿Y qué hay de tu famoso «yo no repito»? —me desafía, y siento la necesidad de recuperar el control, aunque sea por un instante.
Tiro de ella hasta tumbarla en el sofá. Me coloco sobre su cuerpo, le sujeto las manos por encima de la cabeza.
La camiseta se le sube, y uno de sus pezones queda al descubierto.
Lo observo; se eriza con solo mirarlo. Me inclino y lo chupo, mordiéndolo con suavidad.
Un gemido se le escapa. Subo hasta su boca, pero no le doy lo que espera, lo que ambos deseamos. En cambio, susurro contra sus labios:
—A todo cerdo le llega su San Martín… Quién sabe, tal vez tú seas el mío.
Le bajo la camiseta y me incorporo. Me levanto y le tiendo la mano para ayudarla a hacer lo mismo. Sus ojos lanzan chispas. Su respiración, como la mía, lucha por volver a la normalidad. La erección me incomoda en las bermudas. Pero no. Hoy no.
—Me voy.
—Sí, vete a buscar a otra a la que tirarte… una que no te dé problemas —escupe, teñida de celos.
Me detengo, a un milímetro de ella. Y cosas del destino: A un Milímetro de Ti empieza a sonar.
—No me he tirado a nadie desde Madrid. Te lo he dicho: no te saco de mi puta cabeza, inspectora.
Te imagino… tan mojada como debes de estar ahora.
Gimiendo mientras me doy un festín entre tus piernas.
Atada a tu cama… o, fíjate, a la mía. O incluso sin ataduras.
Solo con imaginarte, ya me tienes listo.
Pero no… no es el momento. Por mucho que lo desee.
Es ella quien rompe la distancia y asalta mi boca como una ladrona.
La agarro del cuello. Su mano desciende hasta mi entrepierna, avivando aún más el deseo.
Recupero la cordura, aflojo el agarre, me separo con suavidad y le doy un último beso antes de dar media vuelta y salir de su casa… sin decir nada más.