El Dolor de la Culpa 22 ¿habrá terminado?
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22 ¿habrá terminado?

¿HAbrÁ TERMINADO?

LUCAS

Una semana después, un mensaje de Azahara me invita a desayunar tras su turno de noche del jueves. Al día siguiente tiene libre, y yo entro de guardia con todos los sentidos en alerta, como si fuera Spiderman.

Tampoco sé nada de Ava. Es evidente que no puede contarme nada sobre la investigación y, como no ha habido ningún caso nuevo, estarán en compás de espera… o tan desconcertados como yo. Pero una llamada suya me saca de la ensoñación en la que estoy sumido, tumbado en el sofá después de comer.

Había decidido pasar la tarde en casa, intentando poner algo de orden en este caos, porque la visita sorpresa de mi madre me dejó un ultimátum: o limpio, o me manda a alguien que lo haga.

Y no, por ahí no paso. En mi casa no entra nadie, y menos alguien que no conozca.

Así que ahí ando, paseando la mirada por el salón —compuesto por apenas tres muebles, ocupados por cientos de libros y discos— sin saber por dónde empezar, cuando suena el móvil.

Sé que la llamada de la inspectora no va a traerme tranquilidad.

—Cuántos días, Martín.

—Caronte… —uy, no me gusta el tono. No hay ironía, no hay sonrisa. Mal vamos—. ¿Tu guardia de la semana pasada...? —se queda en silencio. Espero—. ¿Qué hiciste la noche anterior? ¿Saliste?

—Me tomé unas tapas con Mario y Carla, sí. Aquí al lado de mi casa. ¿Te mando el cargo de la tarjeta, inspectora?

—¿Crees que tengo ganas de broma, Lucas? —al menos ha vuelto a mi nombre de pila.

—Oye, no pretendía que te mosqueases. Disculpa si no te cuadra la jugada, pero estoy de puta madre sabiendo que, al menos esta semana, me he librado de ver sin vida a alguien a quien conocí...

en otras circunstancias. No tengo la culpa de que tus teorías se te estén viniendo abajo, Ava.

Pero mira lo que te digo: ojalá a ese hijo de puta lo haya atropellado un camión, o alguien le haya hecho una corbata colombiana, y no volvamos a saber de él.

Que tu caso quede sin resolver, para mí, sería un puto alivio.

—Claro… el niño pijo, al que no le falta un detalle, se siente genial porque, de momento, se está saliendo de rositas, ¿no, Lucas?

Pues te informo de que no es así. Aunque lo único que tengamos sea un trocito minúsculo de huella dactilar, resulta que es de tu puto dedo.

Así que, ya sabes… saca tus propias conclusiones.

—¿Me acabas de llamar niño pijo? ¿Pero a ti qué coño te pasa?

¿Crees que lo que tengo me lo han regalado?

¿Que mi puesto al que, como ya sabes, accedí por concurso oposición quedando primero entre un millón, me lo han servido en bandeja?

¿Mis notas, mi preparación? No, inspectora, no.

Yo estudié en la universidad pública, no como otras.

Me lo curré examen tras examen, día tras día.

Por eso estoy donde siempre quise, con la edad que tengo.

¿O eso no aparece en tu informe sobre mí?

—¿En la pública? Claro… ahí nadie medra, ni consigue nada por otros medios, ¿no?

Por supuesto. Ya sé de lo que eres capaz, Lucas.

Y sí, yo estudié en la privada. Con un buen puñado de becas.

Porque no creas que yo podía ir a llorarle a mamá cuando me rompían el corazón, o a pedirle a papá que me comprara un coche, o que me cambiara una bombilla fundida.

¿Y sabes por qué no, Lucas? ¿Sabes por qué… ?

—Ilústrame, Martín. —Mi tono sarcástico lo dice todo.

—Pues porque mi madre era una drogadicta que se pasaba el día enganchada, que solo estaba consciente cuando el que se suponía que era mi padre aparecía para drogarla, follársela y obligarme a mirar.

Se la ofrecía a todo el que llevaba a mi casa, y darle una paliza tras otra.

Y ¿sabes qué? Mi primera vez fue con once años, Lucas, con ese mismo hijo de puta que debía cuidarme, y después con no sé cuántos más.

Se detiene para tomar aire. Su voz se va quebrando a medida que me narra el horror por el que pasó siendo apenas una niña pequeña, y a mí el alma se me parte en mil pedazos al escucharla.

Pero me da la impresión de que necesita sacarlo todo, así que no la interrumpo a pesar de que el nudo en mi pecho cada vez es más grande y noto cómo mis mejillas se humedecen.

—No dices nada, ¿verdad? —continúa, y su risa suena quebrada, vacía—. Claro, esto es impensable para alguien como tú, con una familia perfecta, que se ha sentido querido, apoyado, que tiene amigos, y al que todo el mundo daría un riñón si se lo pidieras. Pero tranquilo, que de todo se sale. Mírame…

—Yo…

—No, no, si no he acabado. —Su voz se vuelve más áspera, más cortante—.

Con trece años, ese mismo cabrón me dejó embarazada.

Bueno, él o cualquiera, ni lo sé. Cuando se enteró, me dio tal paliza que acabé en el hospital.

Por fortuna para mí, perdí a ese niño. Sí, digo por fortuna, porque no podía sentir por esa criatura nada que no fuera rabia.

El día que llegué al hospital fue el último que los vi, a él y a la que me parió.

Ya no controla las lágrimas. Imagino las gotas resbalando por sus mejillas mientras habla, y lo único que deseo es ir y abrazarla. No lo pienso, dejo todo como está y salgo de casa cerrando despacio para ir hasta la suya.

—En el hospital cursaron la denuncia —continúa, con su voz entrecortada por el llanto—, pero cuando vinieron los de asuntos sociales, lo único que pedí es que me sacaran de aquí, que me llevaran a otra ciudad.

Acabé en Málaga, en un piso tutelado, hasta los dieciocho.

Cinco años en los que solo estudié y trabajé cuando pude para ser la mejor y para que me dieran esas becas de las privadas de las que hablas.

Por eso estoy aquí, por eso soy la mejor.

Hace una pausa y escucho cómo se suena la nariz.

—Así que, Lucas, perdona si quiero atrapar a ese tío, seas tú o quien sea. No puedo permitirme ni un fallo. Ah, por cierto, tal vez por culpa de ese... de ese cabrón que se tiraba a mi madre, nunca pueda ser madre. Pero a ti eso qué coño te importa.

Llego a su casa y veo que sale alguien. Corro para que no me cierren el portal y me cuelo justo cuando la puerta se está cerrando. Ella sigue sollozando al otro lado del teléfono, su voz quebrada resuena contra mi oído.

Subo a su planta sin detenerme a esperar el ascensor, subiendo los escalones de dos en dos. Llamo al timbre. La oigo caminar hacia la puerta —o eso creo— y veo que la mirilla se oscurece cuando posa un ojo en ella.

Abre y me mira sin creer que esté allí, con los ojos hinchados y enrojecidos.

—¿Qué...?

No me importa lo que piense, lo que pueda pasar o lo que crea que soy, porque ante todo soy humano, y el dolor me traspasa como a todo el mundo.

Más si es de alguien como ella, que desde hace días no sale de mi mente a ninguna hora.

Así que tiro de ella —que lanza un vistazo al móvil para comprobar que he colgado— y la abrazo.

En contra de lo que creía, ella se deja y se acomoda en mi cuello, rodeando mi cintura con sus brazos, dejándome que me pierda en el olor de su pelo.

Ahora lo lleva recogido en un moño mal hecho, sujeto con una pinza a la que le faltan dientes y que no sé cómo logra sostener todo ese cabello.

—Ya, Ava, lo siento. No tenía ni idea, no quería que te sintieras mal ni hacerte recordar todo esto.

Tiembla entre mis brazos y en ella no queda ni un resto de la mujer fuerte y luchadora que conozco, o creo conocer.

Esa con los arrestos suficientes para detener al delincuente más peligroso sin tener en cuenta que su vida puede estar en peligro.

Ahora es esa niña de once años a quien su madre debió proteger y, sin embargo, dejó a merced de las hienas.

—Pasa —dice en un susurro, sorbiéndose la nariz.

No me suelta; coge mi mano y me lleva hasta el interior de su impoluto piso, decorado con un estilo y una clase muy acordes con su apariencia exterior.

—Siento todo este numerito. No soy de quejarme ni de contar mis mierdas, pero estoy sobrepasada. El juez me presiona, la comisaria jefe me presiona, el comisario también, y Castaño piensa que no soy objetiva en lo que respecta a ti. —Se sorbe de nuevo la nariz, intentando recomponerse.

—¿Y lo eres? —pregunto sin ser consciente de que la comprometo con esa pregunta y de que la tensión cada día es más intensa.

Me mira y todavía hay lágrimas recorriendo sus mejillas.

Sus ojos están enrojecidos, y los labios hinchados me hacen no poder desviar la mirada de ellos.

Me controlo y limpio los restos del llanto con mis dedos.

Para mi sorpresa, ella sujeta mis manos contra su cara y deja un beso en mis dedos.

Supongo que se da cuenta de la corriente que hay entre los dos y se levanta, alejándose un poco para ofrecerme algo de beber, sin responder a mi pregunta.

—Agua, Ava, solo eso. He venido corriendo y estoy frito.

—No tenías que haber venido. —Se aleja hacia la cocina y se lleva mi mirada puesta en su espalda.

Lleva una camiseta blanca de tirantes finos, corta, demasiado corta, y un pantalón que más bien parece un culotte.

Trago saliva y desvío la atención hacia los libros que tiene en la estantería.

Hay más que hace unos meses. Me levanto a echarles un vistazo y me detengo en algunos de true crime, técnicas forenses, medicina legal, psicología criminal.

—Una literatura muy constructiva, Ava —le comento cuando la presiento detrás de mí.

—A ver, leo de todo. Te has quedado con el estante de literatura real, por llamarla de alguna manera.

Me doy la vuelta para mirarla. Parece algo mejor, aunque sus ojos siguen enrojecidos y de vez en cuando exhala algún suspiro. Me tiende el vaso, que cojo y me bebo de un trago. Se lo devuelvo y, antes de que se vaya para dejarlo en la cocina, le pregunto:

—¿Mejor?

Asiente, pero sigue pareciéndome muy frágil, no la mujer segura que vuelve loco a cualquiera o, al menos, a mí, aunque no quiera admitirlo.

—No tenías que haber venido, hace calor y...