El Dolor de la Culpa 21 tratando de vivir #2
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21 tratando de vivir #2

—¿Qué? Tengo sobrinos, ¿recuerdas? Cinco y siete años. Y sí, voy a sus cumples, con los compañeros del cole y todo. Soy un tito enrollado.

—No te imagino rodeado de niños —responde, y hay algo en su tono que me pica, como si me viera distante, o frío. No sé. No me gusta.

—¿Y cómo me imaginas, inspectora? Pues que sepas que los niños alucinan conmigo. Mis sobrinos están encantados cada vez que paso tiempo con ellos.

—Y las mamis, más aún, seguro.

—¿Insinúas algo, inspectora?

—Como si no lo supieras. No voy a regalarte el oído, doctor.

Nos quedamos en silencio, mirándonos, hasta que una sonrisa —la curva más bonita de todas— se dibuja en su rostro y le ilumina los ojos.

Es ella quien aparta la mirada, justo cuando llega el camarero con un plato enorme de patatas bravas que no soy consciente de que haya pedido.

No tengo ni idea de dónde va a meterlas.

La observo comer, sin dejar de sonreír, y siento que algo en mí se ablanda. Es como si alguien me hubiera grapado la sonrisa a la cara. Hasta que me descubre mirándola y se detiene.

—¿Y bien? ¿Me explicas tu escrutinio, por favor?

—Ja, ja, ja… nada, nada. Cosas mías —digo, inclinándome hacia ella para limpiarle con una servilleta un poco de salsa que le ha quedado en la comisura de los labios—. Tenías un poco de…

Y entonces ocurre algo que no esperaba: se sonroja. Baja la mirada hacia la mesa, coge su vaso y bebe un sorbo de refresco. Ese gesto la humaniza aún más, me desarma.

El teléfono vibra y rompe el momento. ¿Íntimo? Puede. Íntimo, sí.

—Joder, lo siento, Ava. Tengo que cogerlo —digo, con un nudo en el pecho y un escalofrío que me recorre hasta el último milímetro de la piel.

Al otro lado me informan de un accidente laboral en un polígono industrial. Es una mala noticia, lo sé, pero no puedo evitar sentir cierto alivio. Hoy, al menos, podré respirar sin una chica en mi mesa de autopsias.

—Mentiría si te dijera que no preferiría quedarme contigo… pero el deber me llama. Ha habido un accidente en Las Quemadas y me necesitan.

—Ve. Yo pago.

—No, ya lo dejo pagado, no te preocupes.

—Lucas, vete ya. El otro día invitaste tú. No seas pesado. Corre, coño.

Y como no es el momento de discutir, me levanto sin más. Cojo mis gafas, guardo el móvil en el bolsillo, le aprieto suavemente el brazo —necesito tocarla antes de irme— y salgo a la carrera hacia el IMLCF para recoger el equipo y la moto. Hora de volver al tajo.

Cuando llego, el despliegue es imponente: ambulancias, patrullas de policía y equipos de emergencia ocupan el lugar, mientras los trabajadores que no han resultado heridos se resguardan a la sombra de una nave aledaña. Me acerco, me identifico y, sin demora, me conducen hasta el punto crítico.

Allí, en el suelo, hay tres cuerpos inmóviles. Los bomberos se mueven por la zona, apuntalando lo que queda del techo desplomado, que se ha llevado por delante —según intuyo— la vida de al menos dos o tres personas. Los sanitarios siguen intentando reanimar a una más.

—Eh, Lucas, joder, tío... A ver si un día quedamos para tomar algo, que solo nos cruzamos en mierdas de estas —me saluda Tiago, sin rodeos.

—¿Qué ha pasado?

—El techo ya estaba tocado por las últimas lluvias. Se vino abajo sin que sepamos aún exactamente por qué. Habrá que investigarlo. Hay al menos tres víctimas mortales, muy jóvenes, Lucas.

Me acerco a los cuerpos. Solo puedo certificar lo evidente: no hay signos vitales.

Y, de haberlos, sería prácticamente imposible mantenerlos con vida.

Llevo años en esto, pero hay imágenes que uno nunca consigue borrar.

Presentan diversos aplastamientos; dos de ellos están irreconocibles. Dos chicas y un chico.

A mi lado, escucho a los sanitarios dar por finalizada la reanimación del cuarto, otro chico. Según lo que veo, el impacto le ha debido fracturar todas las costillas y perforar órganos vitales. Nos esperan horas intensas.

Tiago se acerca para despedirse cuando me ve terminar con la toma de datos.

Hemos anotado hasta el último detalle. Quedamos en hablar, tal vez vernos en mejores circunstancias.

Me monto en la moto y vuelvo al Instituto, donde pronto llegarán los cuerpos...

y con ellos, un rosario de familiares a los que no se podrá atender hasta después de las autopsias.

Pero eso es algo que aún ignoran, probablemente ni siquiera saben que la tragedia ya ha tocado sus puertas.

Cuando los cuatro cuerpos llegan y tenemos toda la documentación necesaria, comenzamos nuestro trabajo.

La expresión de Andrea lo dice todo en cuanto abrimos la primera bolsa.

La chica sobre la mesa parece estar dormida.

Su rostro está intacto, pero el impacto ha dejado el resto de su organismo en un estado difícil de procesar.

—Andrea, sal si no te encuentras bien —le dice Mia, al ver cómo la palidez le roba el color a sus mejillas.

—Estoy bien... solo dame un segundo, mientras Lucas hace su ritual. No esperaba que estuviera así.

Ellas salen, y yo procedo. Como siempre, pongo música, le pido permiso a la fallecida y le aseguro, en voz baja, que le diré a su familia que no sufrió. Espero que, si algún día me los encuentro en el más allá, no me lo reprochen.

Cuando suena Losing my Religion, las chicas regresan. Andrea ha recuperado algo de color.

—¿Mejor? —pregunto.

Asiente en silencio y se coloca el equipo para iniciar el procedimiento. Nos movemos como engranajes de una maquinaria perfectamente engrasada. Precisión, respeto y coordinación.

La puerta se abre. Álvaro se asoma sin atreverse a entrar del todo.

—Doctor, ya están todos los datos informatizados.

—Gracias, Álvaro.

I Want to Know What Love Is, y Another Brick in the Wall suenan una tras otra mientras trabajamos, meticulosos y en silencio. Solo la música parece recordar que fuera de aquí sigue existiendo algo parecido a la vida.

Al llegar las ocho, apenas hemos terminado con los cadáveres. En un rato tendremos que atender a las familias, y yo ya estoy al límite del agotamiento. Juan, mi compañero, que acaba de incorporarse al turno, se ofrece a cubrirme en ese trance y me pide que me marche a casa en cuanto termine.

Llamo a mi hermana y me invita a desayunar. Me dirijo directamente al lugar donde hemos quedado y, por un rato, charlamos de los niños, de su trabajo… y nos olvidamos del mío. De la presión constante. De la espada que sigue suspendida sobre mi cabeza.

Los días siguientes transcurren en una calma extraña.

Azahara no me ha escrito, y estoy tentado a presentarme en su trabajo, a buscarla.

Pero me pidió espacio, y me siento obligado a respetarlo.

Ella se lo merece. Merece encontrar a alguien que la valore como la persona que es, alguien que la haga reír, soñar, y que quiera compartirlo todo con ella.

Y esa persona… no soy yo.

Por más que lo intente, no lo soy.