21 tratando de vivir
TRATANDO DE VIVIR
LUCAS
Desde que Ava y yo tuvimos aquella cita —o lo que fuera—, me cuesta cada vez más sacarla de la cabeza. Y, para colmo, ha vuelto a pedirme la lista de las chicas con las que estuve desde principios de año. Cada vez se me hace más difícil no pensar en ella.
El fin de semana pasado fui a la boda de una amiga de Azahara.
Fue raro. Fingir que éramos algo más que amigos mientras mi mente estaba llena de unos ojos azules y una sonrisa que me saca de quicio…
fue un puto caos emocional. Pero allí estaba su ex, con la misma mujer por la que la dejó, y nosotros actuamos como pareja.
Bailamos —un poco—, dejé que coqueteara conmigo, incluso hubo algún beso inocente.
Inocente para mí, al menos, porque si realmente hubiera sido mi chica, esos besos no habrían sido así.
Hacia las cinco de la mañana, hora en la que le pedí que volviéramos a casa.
Cuando llegamos, me volvió a invitar a subir. Y otra vez, tuve que decirle que no. Supongo que toda la cercanía de la noche le dio esperanzas. Me dolió rechazarla. Pero fue lo correcto.
—Azahara, yo… joder, es que por eso no quería ir contigo. Ya te he dicho que no es que no me gustes, solo que no estamos en el mismo momento. Y no quiero hacerte daño.
—Tal vez solo quiero compartir cosas contigo.
Que no te vayas con desconocidas, Lucas —su mano acarició mi pelo, bajando lentamente hasta mi mejilla, donde se entretuvo en el contorno de mi barba recortada—.
Siempre he hecho lo que se esperaba de mí.
Pero ya no soy una niña. Quiero experimentar. Y quiero hacerlo contigo.
—Venga, sube. Los dos hemos bebido y este no es el mejor momento para hablar de esto. Mañana te llamo y comemos juntos, si te apetece. O mejor, desayunamos el lunes. No creo que mañana esté operativo… estoy mayor para estas juergas.
Le di un beso en la mejilla. No dijo nada más, pero la decepción en sus ojos me perforó el alma.
Azahara no me llamó ningún día. Tampoco contestó a mis mensajes. Empecé a preocuparme. Hoy miércoles, justo cuando dejo la moto, entra por fin un mensaje suyo:
Azahara: Creo que necesito un tiempo. Me ha gustado conocerte. Tengo que aclarar mis ideas. Tienes razón: no estamos en el mismo punto.
Le respondo al instante:
Yo: Me gustaría hablar contigo en persona.
Azahara: No creo que sea buena idea, al menos por ahora. Echaré de menos nuestras charlas. Pero respeto tus deseos.
Y así comienza otro día. Uno más en el que temo que suene el puto móvil y me llamen para identificar a otra víctima.
Una de esas que, por desgracia, conozco demasiado bien: sus tatuajes, sus marcas, si tiene lunares, piercings, o qué color tenían sus ojos...
Pero la llamada no llega. Hoy es un día tranquilo. Inquietantemente tranquilo.
A las tres salgo a comer algo. Hace un calor sofocante.
El verano, que parecía haberse olvidado de nosotros, ha decidido hacerse notar con toda su furia.
Llego al bar de siempre. No tengo demasiada hambre, solo un leve gusanillo.
Esta mañana las chicas trajeron un desayuno digno del más peliculero brunch.
Andrea e Inma se van de vacaciones y han querido celebrarlo a lo grande, con todo tipo de delicias.
No les había contado que había salido a comer, y ahora, refugiado del calor implacable del mediodía —más de cuarenta grados—, me siento junto a una mesa cerca de la salida de aire acondicionado.
Miro el móvil con la esperanza de que Azahara me haya escrito de nuevo, pero no.
El último mensaje que aparece en el chat es el que yo envié.
Entonces, en la parte superior se ilumina una notificación nueva: es un mensaje de Ava.
Apenas hemos hablado desde el día siguiente a nuestra «cita», y ahora me escribe…
no sé si debo verlo como algo bueno o malo.
No me da tiempo a leer el mensaje; desaparece en un instante y, al instante siguiente, recibo una llamada.
—¿Me he echabas de menos?
—Muchos días, doctor. He tenido que venir al barrio a atender una llamada. ¿Has comido ya?
—Uy, que va, hace días ya —la desafío.
—Eres repugnante.
—Te lo recordaré, inspectora —le devuelvo la broma—. Estoy en el Sara, acabo de llegar, ni siquiera me han tomado nota. ¿Te pido algo?
—Por favor, lo más calórico que haya, estoy famélica. Y una Coca-Cola con mucho hielo.
—¿Vienes sola? —pregunto, sorprendido de que no mencione a Saray.
Justo en ese momento aparece el camarero y, sin dejar de escucharla, pido lo primero que se me ocurre. Ava suena apagada, y por eso intento picarla un poco, a ver si la animo.
El bar está casi vacío. Es tarde, y con este calor, nadie se anima a salir al mediodía. Solo locos como yo acabamos aquí pasadas las tres.
—Saray ya se ha marchado, ha acabado su turno, doctor.
—Ah, ¿así que esto es una cita? —bromeo.
—Eres insoportable —susurra cerca de mi oído.
Miro el teléfono, absorto, antes de darme cuenta de que se ha sentado justo frente a mí.
—Hola a ti también. En la última cita estuviste más simpática. ¿Has estado haciendo ejercicio para tener tanta hambre, inspectora? —le suelto, manteniendo ese juego de dobles sentidos que llevamos días practicando.
—Pues no —responde con una sonrisa pícara—. Vas a tener que seguir imaginando, doctor.
—Mmm, no lo dudes. En realidad, solo tengo que tirar de memoria, ¿no?
Se levanta de repente.
—Voy al baño —anuncia, sin darme tiempo a replicar.
Cuando ha dado apenas dos pasos, se vuelve, me lanza una mirada desafiante y me saca el dedo corazón. Mis carcajadas estallan, sonoras, mientras ella se aleja sin perder esa arrogancia encantadora que me tiene atrapado.
Mientras ella está ausente, traen lo que he pedido: dos bocadillos de tortilla con mayonesa y bacon.
No tengo ni idea de si le gustarán, pero ha dicho que quería algo calórico, y esto fue lo primero que se me ocurrió.
También traen los refrescos. Le doy un largo trago a mi Coca-Cola y cojo una aceituna de la pequeña bandeja que han dejado junto a los platos.
Llega unos minutos más tarde y se deja caer en la silla con un suspiro.
Tiene el rostro húmedo, y apenas quedan restos de un labial color cereza como único maquillaje.
Ni rastro de máscara de pestañas ni de base, y aun así sigue estando guapísima.
Quizá incluso más. Bajo sus ojos se dibujan unas tenues ojeras, pero eso no le resta belleza; al contrario, la vuelve más real, más cercana.
Toma una servilleta de papel y se seca el rostro con movimientos lentos. Me regala una sonrisa leve, cansada, que no llega a sus ojos.
—¿Empezamos de nuevo? —pregunta, y al ver mi expresión perdida, añade—: Hola, Lucas. Me alegro de verte aquí y no en una escena del crimen, aunque eso rompa la línea de investigación.
—Hola, Ava. Yo también me alegro. Y lo siento… pero ojalá te rompiera todas las líneas y no hubiera más escenas —respondo, intentando mantener un tono amable—. ¿Qué te pasa? ¿Ha sido un día duro?
—Una historia de malos tratos. Los vecinos han llamado, pero cuando hemos llegado, el chico ha dicho que no, que, palabras textuales: «estaban follando y se les ha ido de las manos». A todo esto, tiene un ojo morado y, probablemente, un brazo roto.
—¿Él es la víctima?
Asiente en silencio, coge una aceituna y luego su bebida.
Le da un sorbo y la deja con fuerza sobre la mesa.
Se suelta la coleta, y todas mis alarmas saltan al instante.
Se masajea el cuero cabelludo con las yemas de los dedos, cierra los ojos por un segundo y luego mueve el cuello en círculos, intentando destensar los músculos.
—No es la primera vez. Ella es una loca de cuidado, pero lo tiene dominado. Lo controla y manipula a través del sexo. Es bastante mayor que él… y pinta muy mal.
—Qué poco profesional eso de «loca», inspectora —digo, intentando aliviar la tensión con una sonrisa.
No responde al comentario, pero sus labios se curvan apenas. Mira el bocadillo sin tocarlo. Parece que le gusta lo que ve, pero en lugar de comer, se recuesta en la silla y resopla, resignada.
—Son muchas veces ya, Lucas. Y yo… yo no lo entiendo. Si te soy sincera, creo que nunca voy a entender estas situaciones. Supongo que tú también te enfrentas a ellas. ¿O me equivoco?
Niego con la cabeza. Busco su mano por encima de la mesa.
No sé si es apropiado o no, pero a estas alturas de la película me da igual.
Que sea lo que tenga que ser. La aprieto con suavidad.
Para mi sorpresa, no se retira; al contrario, entrelaza sus dedos con los míos.
Encajan. Y un escalofrío me recorre por completo.
—Es una mierda, sí —susurro—. Pero es que la vida no es fácil, Ava. Y o comemos, o me voy a tener que marchar sin darle ni un bocado. No sé si he acertado con lo que pedí.
—Calórico es, desde luego —dice, y por fin se permite una sonrisa auténtica, aunque sea breve.
Nos disponemos a comernos los bocadillos, cada uno sumido en sus pensamientos, acunados por los sonidos típicos de cualquier bar: el tintinear de los vasos, el aroma del café que ya empieza a expandirse para quienes lo toman después de comer, el murmullo de los pocos comensales, el ir y venir del camarero entre las mesas...
Pido otro refresco y ella hace lo mismo.
Ha devorado el bocadillo y ahora mira la carta con interés.
Yo sería incapaz de comer nada más, pero quizá ella no haya desayunado…
o tal vez los nervios le abran el apetito.
Me gusta que no se preocupe por lo que come, que no esté contando calorías.
Aunque, claro, no le hace falta: es muy delgada.
—Voy a pedir unas bravas. ¿Te animas? —dice, mirándome con esa chispa que ya me resulta familiar.
—Uf, no. Inma y Andrea se van de vacaciones mañana y han llevado al trabajo un desayuno digno de un cumpleaños infantil.
Me lanza una mirada inquisitiva, arqueando una ceja. Me encojo de hombros, sonriendo antes de aclarar: