El Dolor de la Culpa 20 por fin algo #2
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20 por fin algo #2

Se gira con una media sonrisa, sujetando el manillar.

Me subo detrás de él, dudando si agarrarme o no, pero la inercia al arrancar me arrastra hacia atrás y, de forma instintiva, me pego a su cuerpo.

Me advierte que me sujete. Sé que sonríe.

Le encanta provocarme, y se le da de lujo, sobre todo después de esta noche.

El aroma de su perfume se cuela a través de la visera, que dejo ligeramente abierta.

No va deprisa; no sé si es por prudencia o simplemente porque no le apetece llegar.

A mí me gustaría que el viaje fuera más largo. Tal vez así podría aclarar mis ideas…

No tengo que decirle dónde vivo. Lo recuerda perfectamente. Su memoria es prodigiosa, y aunque para el resto de los mortales eso parecería un don, sospecho que para él a veces debe de ser una condena.

Se detiene justo al lado de mi portal. Me mudé hace unos meses. Es un apartamento de dos dormitorios, cerca del centro. Es cierto que hay bastante tráfico, pero mi piso da a un patio interior, así que no hay ruido ni apenas contaminación. Y tiene todo lo que necesito.

Me bajo sin querer hacerlo. Me quito el casco y se lo entrego. Y, sin saber muy bien cómo, de mis labios se escapan las únicas palabras que no debería pronunciar:

—¿Quieres subir?

—Sí. Pero no voy a hacerlo. No hoy, al menos. Sube tú. Mañana trabajas —dice, y contra todo pronóstico, alza la mano y acaricia mi mejilla. El contacto me estremece—. Lo he pasado bien. No sabía que hablar contigo me vendría tan bien. Veo que eres humana... por debajo del uniforme, inspectora.

—¿Y eso lo has descubierto hoy?

—Lo he redescubierto. Venga, sube. Me espero hasta que entres.

—Eres todo un caballero, doctor.

—Sabes que sí. Mi madre me educó muy bien.

Doy la vuelta y encaro los escasos metros que me separan del portal. Abro. Solo cuando cierro la segunda puerta creo escuchar el rugido de su moto alejándose. Una sonrisa se dibuja en mis labios. Y una idea, quizás una clave para atrapar al asesino, cruza fugaz mi mente.

La noche transcurre entre sueños rotos y deslavazados. Descanso poco y mal. Unos ojos verdes me acompañan casi todo el tiempo y una sonrisa socarrona me desarma por dentro, dejándome a veces sin aliento.

Me levanto temprano, me doy una ducha larga y me pongo lo primero que pillo: pantalón ancho de lino y chaleco a juego.

Me echo encima la cazadora vaquera porque en comisaría hace más frío que en Laponia.

Antes de ir al trabajo, paro en una panadería cerca de allí y compro café frío y dulces.

No, no donuts. Eso lo dejo para las pelis y mis días libres.

Me llevo napolitanas y algo recién hecho.

Cuando llego, no hay nadie de mi turno. Dejo el botín sobre la mesa y me sumerjo en mis elucubraciones frente al tablero. Un rato después, Saray entra sin que me dé cuenta. Me ve apoyada en la mesa, con el vaso de café en la mano, completamente absorta.

—¿Te has caído de la cama, Ava? Ah, ya sé... cierto maromo no te ha dejado dormir.

La miro tratando de procesar lo que ha dicho. Cuando caigo en la cuenta, le saco un dedo. Una peineta en toda regla.

—Acércate, anda. Creo que tenemos algo.

—¿Y todo ese despliegue e inspiración? —pregunta señalando los apuntes, los nombres, las fechas... y los dulces.

—¿Vas a escucharme o vas a seguir montándote pelis de serie B?

Se sienta frente a mí, en silencio. Espera que le cuente lo que estoy viendo. En ese momento, el comisario entra acompañado de la comisaria jefe. Joder. Pues sí que estamos bien.

—Martín, Reyes —dice el comisario—, la comisaria quiere saber si tenemos algo…

—Buenos días, inspectoras —saluda la comisaria.

—Buenos días, comisaria —respondemos al unísono.

—Si es tan amable —empiezo—, llevo un rato trabajando en esto…

Le muestro unos apuntes. Nombres, fechas, flechas que conectan los casos. Caótico, sí. Pero hay un patrón oculto. Y lo estoy rozando con la yema de los dedos.

—¿Qué estamos viendo? —pregunta, interesada.

—Ella es Valeria. Estuvo con Caronte el cinco de abril. Fue la primera víctima.

Me mira sin entender del todo adónde quiero llegar. Continúo:

—La segunda chica es África. Su cita con nuestro doctor fue veinticuatro días más tarde, el veintinueve de abril…

Santaolalla se inclina hacia el calendario de la pared y pregunta:

—¿Un martes?

—Supongo que no hay un día específico para acostarse con alguien si no tienes pareja —respondo, algo molesta.

El comisario me lanza una mirada reprobatoria. Me corrijo de inmediato.

—Perdón, no quería sonar borde.

—Continúa, a ver si logro ver adónde quieres ir a parar —dice, dándome margen.

—Bien. Abby, la tercera chica… que por si no lo sabían, nunca estuvo con Lu…

—me corrijo a tiempo—, con el doctor Caronte.

No sabemos por qué, pero el asesino confundió a su compañera de piso con ella.

O lo hizo a propósito. Lo ignoramos. Bueno…

Berta, la chica que murió, estuvo con él veinticuatro días antes que Valeria: el doce de marzo.

Pero como hasta ahora pensábamos que todo comenzaba en abril, ella no estaba en la lista.

—¿Me estás diciendo que el patrón que las une son esos veinticuatro días? —el comisario me mira como si acabara de descubrir América.

—Exacto. Otra cosa que hemos pasado por alto: siempre actúa cuando Caronte está de guardia. Quiere que sea él quien acuda a la escena, que las vea, que las certifique. Es parte de su juego, de su perversión. O eso parece, hasta ahora.

—¿Y cómo sabemos si avanza o retrocede con las fechas? —pregunta Santaolalla.

—Aún no lo sabemos. Pero podemos especular, jugar con las combinaciones de citas desde principios de año y cruzarlas con los días en que Lucas tiene guardia. Es la única manera de anticiparnos y poner protección.

—¿O…? —interviene la comisaria, entrecerrando los ojos.

—O tenderle una trampa.

—Creo que no te sigo —añade Santaolalla, frunciendo el ceño.

—No. Ni de coña, Ava —dice Saray, que ya me conoce demasiado.

—¿Podéis decirme qué cojones me he perdido? Perdón, comisaria —se disculpa Santaolalla.

—La inspectora pretende inmolarse para pillarlo —salta Saray—. Ir a los mismos sitios que las chicas, donde Caronte las contactó o donde ellas lo hicieron a él. Ponerse a tiro de ese hijo de puta.

—¿Estás hablando en serio? —La comisaria abre los ojos, claramente alarmada. Yo asiento. Ella niega con la cabeza, firme.

—Estoy de acuerdo con tu compañera. No. Y es mi última palabra. No autorizo esa operación, inspectora Martín. Con todo lo demás adelante. Dispón de los efectivos que necesites. Vigila a las chicas, a Caronte, a su entorno. Pero nada de exponerte. ¿Ha quedado claro?

Los días siguientes son una paranoia de fechas, nombres y apuntes cruzados.

Un puzle gigantesco con una sola pieza maestra: Lucas Caronte.

En mi cabeza solo hay una idea fija: atrapar a ese hijo de puta, sea como sea, y demostrar que Lucas es inocente.

Aunque cada día ese círculo parezca cerrarse un poco más.

Lucas nos proporciona un cuadrante con las fechas de sus guardias.

Volvemos a repasar los nombres de las chicas con las que ha estado desde principios de año.

Buscamos cualquier vínculo con los veinticuatro días, cualquier patrón, cualquier indicio...

Pero no encontramos nada que nos dé una pista sólida.

La frustración se instala entre nosotros como una espesa capa de pátina.

Estamos agotados, irritables, perplejos.

Y para colmo, la próxima guardia de Lucas llega con una novedad.