El Dolor de la Culpa 20 por fin algo
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20 por fin algo

POR FIN ALGO

AVA

Me pregunto qué coño estoy haciendo arreglándome para ir a esta cita…

o lo que quiera que sea esto que Lucas me ha propuesto.

Me he cambiado de ropa mil quinientas veces y nada me parece adecuado.

Al final, elijo un vestido que, en circunstancias normales, no me pondría ni loca.

Pero si él juega conmigo, hoy me toca a mí mover ficha.

Hace calor, así que los tirantes —por llamarlos de alguna forma— son una excusa perfecta.

El vestido es azul petróleo, semitransparente.

Demasiado, quizás. El encaje cubre justo el pecho, pero el resto...

el resto solo insinúa, dejando la piel a la vista.

La espalda está completamente descubierta, con unos tirantes finos que se cruzan en un dibujo intrincado, dejando expuesto el tatuaje de las golondrinas, aunque el de la palabra amor, justo en la nuca, queda oculto.

La falda, también transparente, cubre lo justo con un culotte de encaje del mismo tono.

El largo, a media pierna, podría dar un aire ingenuo…

si no fuera porque todo lo demás grita lo contrario.

Me calzo unas sandalias de tiras con tacón alto, que manejo regulín, y añado una cartera a juego.

Dejo el pelo suelto, algo que no suelo hacer, y me peino el flequillo hacia adelante.

Me maquillo apenas los ojos para realzar el azul, un toque de rubor rosado con destellos dorados y los labios en un tono natural, jugosos pero sin exagerar.

Tomo un taxi y, a las once y diez, cruzo la puerta del local.

No lo veo, pero su presencia es evidente.

Doctor suena a todo volumen y el sitio está bastante lleno.

No me molesto en buscarlo. Me acerco directamente a la barra: necesito una copa, la garganta la tengo tan seca que apenas puedo tragar.

Si Saray me viera ahora, se partiría el culo de risa.

—Estás impresionante, inspectora. Pensé que no vendrías —susurra a mi espalda, demasiado cerca.

Claro que lo está. ¿No era eso lo que quería? Pero Lucas no…

—Me apetecía salir. Aunque sea martes.

—Gracias por no dejarme colgado —dice mientras acerca su móvil al datáfono justo cuando iba a pagar. Al ver cómo lo miro, se encoge de hombros—. Te invité yo. Déjame, al menos, pagar esta. Si vamos a tirarnos los trastos a la cabeza, dame una tregua hasta que nos sentemos. ¿Vamos?

Su mano en mi cintura me quema. Literalmente. Y aunque podría apartarla, no lo hago. O mejor dicho: no quiero hacerlo. Me guía hacia una mesa alejada de la barra, donde la música no golpea los oídos. Me retira la silla. Me quedo un segundo paralizada, sorprendida. Él sonríe, encantado de sí mismo.

—Tengo manos, ¿eh? —le provoco, al sentarme.

—Ay, no. Por favor, tonterías de micromachismos no, a ti no te pega. Sé que tienes manos. Preciosas, por cierto. Y me gusta tu nuevo tatuaje —dice mientras pasa el dedo por las palabras acts non verbs, escritas en mi brazo.

Su contacto me eriza la piel.

—Solo ha sido educación, nada más —añade, con sinceridad.

—Sí, me lo hice hace unas semanas —respondo, esquivando el resto de sus palabras.

—Pues me gusta, sí… Pero el de la nuca me gusta más.

—A ver, Lucas, dime. ¿Por qué estamos aquí? ¿Por qué me has hecho venir? Porque, sinceramente, ni yo misma sé por qué he venido.

—Tampoco lo sé. Mi vida era tranquila. Hasta monótona.

Y ahora… es un puto caos. Ya te conté cómo me siento.

Quedar contigo fue un impulso, y sabes que yo no soy de impulsos.

No quería hablar de trabajo, ni de toda la mierda que nos rodea…

pero es inevitable. Tú y yo sabemos que en la lista que te di falta alguien.

Y eso me acojona. Mucho. Todo esto ya me supera, pero si algún día, en vez de ellas, tuviera que identificar a otra persona…

—¿Por qué ellas no? —le corto. Necesito que sea sincero, aunque eso complique mucho más las cosas.

—Ya lo sabes —responde, evadiendo la pregunta, pero con razón. Lo sé desde hace semanas.

—¿Y por qué te fuiste a Madrid?

No puedo evitar preguntarlo.

—Necesitaba desconectar.

Niego con la cabeza, doy un trago a mi Puerto de Indias y me echo el pelo hacia un lado, dejando al descubierto el cuello y parte del hombro. Lucas traga saliva al ver cómo el vestido deja entrever más de la cuenta.

—¿Por qué tiene que ser todo tan complicado? ¿Sabes que si el comisario o el juez nos ven, me apartarán del caso? Incluso me podrían abrir expediente.

—¿Vuelvo a ser sospechoso? ¿Han encontrado huellas mías esta vez?

—No, no ha habido nada. Al parecer no tocaste nada… o ha pasado demasiado tiempo. Y, en realidad, nunca has sido sospechoso. Al menos para Saray y para mí. Pero esto es irregular, Lucas.

—No quedaremos más si eso es lo que quieres. ¿Cómo va la vigilancia a las chicas? De todas formas, el juez juega en otra liga.

—Es imposible, Lucas. Son muchas, no tenemos suficientes efectivos, diga lo que diga el juez. Mañana propondremos otra línea. Y ahora, por favor, dejemos el tema. ¿Qué era eso que decías del juez?

—Nada, olvídalo. No es relevante. Y habíamos quedado en no hablar del caso. Oye, ¿Mia y Saray están juntas?

—No sabría decirte exactamente qué tienen.

Saray es muy reservada en esos temas. No ha sido fácil para ella llegar hasta aquí y, con su orientación…

peor aún. En su familia todavía es un tabú.

Imagínate. Son de etnia gitana. Aun así, lleva fuera de ese entorno desde que decidió estudiar.

Y encima, ser policía. Sus padres tenían incluso un matrimonio concertado.

Lucas abre los ojos como platos, sorprendido. No esperaba eso.

—¿Hablas en serio? ¿Todavía hay gente aquí, en pleno siglo veintiuno, que hace esas cosas?

—Ja, ja, ja —mi risa suena cargada de ironía—. Se nota que perteneces a otra clase social, Lucas. Claro que existe. Te sorprenderías de las mierdas que siguen ocurriendo en este «primer mundo», como tú lo llamas. Tus padres son los dos profesionales de carrera, ¿verdad?

—Sí. ¿Y? Mis abuelos eran pescadores en un pueblo que hoy apenas tiene trescientos habitantes. Que mi madre quisiera estudiar y que ellos la apoyaran me parece lo lógico.

—Claro, Lucas. Eso hacen los padres con mayúsculas. Pero los que lo son solo por accidente… esos no. Te lo digo porque lo sé de primera mano.

Bebe un trago de su copa, y yo lo imito. Miro a mi alrededor. A pesar de ser martes, el local está lleno, sobre todo de gente joven que ya está de vacaciones.

—Hay resentimiento en tu tono, Ava —dice él.

Joder, ¿puede ser que me encante cómo pronuncia mi nombre? Sacudo la cabeza, como si eso pudiera despejarme de su voz, y él insiste:

—¿No?

—Sí, es posible. Mi vida tampoco fue fácil. Pero no quiero hablar de eso… si no te importa.

—¿De dónde eres? —pregunta, supongo que por mi acento, que a veces delata mis años vividos en Madrid.

—Nací aquí, pero pasé muchos años en la capital. Después de salir de la academia. Estudié criminología y psicología, oposité al cuerpo… fui la primera. Por eso volví. Quería hacerlo a mi manera.

—Mucho más tranquilo que Madrid… hasta ahora.

—Supongo que necesitaba volver a mis raíces. Aunque amarguen. Háblame de ti. Pero no profesionalmente. Eso ya lo sé. Háblame de tu familia.

—¿Lo va a usar en mi contra, inspectora? —vuelve a ese tono juguetón que me pone en alerta.

—No. Considera que estás hablando con una amiga.

—¿Somos amigos? —me provoca. Y yo le sigo el juego.

—Seremos lo que tú quieras —dejo que la frase repose unos segundos, bebo un sorbo y lo observo mientras achica los ojos, a punto de responder—. Cuando esto termine —añado.

—¿Estás segura, Ava?

Ahora no soy la inspectora, ni Martín. Solo Ava.

—Si no resultas ser un asesino en serie… Esos personajes no me ponen.

—¿Y yo sí? —susurra, inclinándose hasta quedar a escasos centímetros de mí. Pero es que se lo he puesto en bandeja.

—Cuando acabe, Lucas.

Se retira, y ahora mismo mi corazón late a dos mil por hora. Es la única persona que tiene el poder de desestabilizarme, y no sé si eso, en esta situación, es bueno o no.

—Tengo una hermana, dos sobrinos a los que adoro —crecen demasiado deprisa y saben más que Einstein—, un cuñado que trabaja demasiado, y un mejor amigo que ya conoces.

Un padre jubilado de banca, y una madre maestra de infantil que se retira este año.

¿Algo más para satisfacer tu curiosidad, inspectora?

Si él supiera...

—¿Qué hago aquí?

—¿Te soy sincero? —Asiento. Sin duda, quiero saberlo.

— No tengo ni idea de por qué te propuse esto.

Más allá de lo que tú y yo sabemos, que además no es el momento.

Simplemente me apetecía. Y te advierto, Ava, no lo entiendo.

No te conozco tanto como para sentirme así contigo...

y encima eres quien tiene que decidir si soy o no culpable.

—Eso no es verdad. Quien tiene esa responsabilidad es el juez. Yo solo tengo que armar un caso del que no tengo más que circunstancias y una maldita huella parcial. Lucas, mañana trabajo. Me voy a marchar. Esto no ha sido una buena idea.

—Te llevo.

—No sé si mi vestido es muy apropiado para montar en moto.

—Ava, es completamente transparente. Qué más da lo que pueda o no verse en la moto. Pégate a mí y no se verá nada.

Lo dice mientras se levanta y coge los cascos. Ni siquiera me había dado cuenta de que estaban en la silla. Tenía claro que me iba a ir con él, y solo de pensarlo, se me eriza la piel y se me acelera el pulso.

Salimos del local y, a escasos metros, veo su moto. Me tiende el casco. Cuando me lo pongo y voy a abrochármelo, aparta mis manos con suavidad y lo hace él. Sus pupilas se dilatan más de lo que ya estaban. Se coloca el suyo y sube, sujetando el asiento para que lo haga yo.

—Lucas... ¿qué has bebido? —pregunto, dudando.

—Tónica.

—¿En serio?

—Soy médico. Conozco demasiado bien los efectos del alcohol y el tráfico. Claro que es en serio. Además, me gusta la tónica. Y el bitter. Y el agua con gas. Pero también disfruto de una cerveza bien fría y de un buen tinto, si lo hay. ¿Algo más, inspectora? ¿Subes?