El Dolor de la Culpa 19 agotado
52%

19 agotado

AGOTADO

LUCAS

Ni idea de en qué estaba pensando cuando la cité en ese local para el día siguiente. Ni siquiera sé si irá. No le di mucho margen para reaccionar.

Por suerte, tras el infierno con el caso de la compañera de piso de Berta, el día se sucede tranquilo.

Podemos ponernos con los informes. El primer análisis me confirma lo que intuía: no estaba drogada.

Y debido a su complexión menuda, le fue fácil someterla.

Pero la chica sufrió. Se dio cuenta de que iba a morir.

Y encima tuvo que soportar el dolor del tobillo fracturado.

Hay algo más. Un dato nuevo. Encontré restos de látex en su vagina. Recientes. Y desgarros.

No se lo he dicho a Ava. Lo he incluido en el informe que le envié, y supongo que aún no lo ha leído, porque no me ha llamado. Pero entonces suena el móvil.

—¿Por qué coño me estoy enterando ahora de que la chica fue violada? —me suelta en cuanto descuelgo—. He estado contigo toda la mañana, Caronte. ¿No te pareció relevante?

—Soy patólogo, Ava. Solo puedo decirte lo que el cuerpo cuenta.

La que tiene que descubrir el resto eres tú.

En la escena no había nada fuera de lo común, salvo la posición en la que estaba atada.

Ya te dije que no fue drogada. Tal vez se resistió más de lo esperado y eso lo excitó.

O tal vez no fue el mismo agresor. Probablemente por eso no es Berta la que está en el tanatorio.

—No me jodas… —se calla un instante, luego añade—: como digas una de tus tonterías ahora, te corto las pelotas.

No es el momento, pero su arrebato me hace sonreír. Ava me

pone las pilas, me hace sentir vivo, y hace mucho que no lo sentía

—¿No me estarás diciendo que hay dos tíos por ahí estrangulando chicas, y ambos están relacionados contigo? Esto se pone muy feo, Lucas.

—Ava, estoy agotado. He tenido un fin de semana muy intenso a todos los niveles, y tú sabes que las últimas semanas no han sido nada fáciles. Si supiera algo que pudiera ayudarte, te juro que te lo diría. Recuerda que la diana la tengo yo. Pero no lo sé. Y te juro por mis sobrinos que no puedo más.

Hago una pausa. Tomo aire.

—Me aterra cuando estoy de guardia. Estoy convencido de que ese hijo de puta —que no sé cómo, pero conoce mis horarios y rutinas— va a volver a hacerlo. Es su forma de machacarme, obligarme a ser yo quien las reciba. Es perverso, ¿no crees?

Me estoy abriendo en canal con ella. Pero más allá de mis amigos o mi hermana, Ava —que es ajena, pero a la vez implicada— es quizá la única persona que podría llegar a entenderme.

—Estoy casi seguro de que nunca le he hecho daño a nadie. Y sin embargo, el karma —o su maldito representante— me está jodiendo la vida a nivel Dios. No me lo merezco, ¿sabes?

Al otro lado solo se escucha su respiración. Luego un suspiro largo. No sé si va a colgar o si va a hablar.

—Lucas… —pronuncia mi nombre con una voz suave, templada. Se detiene, como si buscara las palabras adecuadas—. No debería decir esto. Ni tú ni yo deberíamos… pero te prometo que voy a encontrarlo. Y no, no te lo mereces.

Hace otra pausa. Me la imagino con los ojos cerrados, mordiéndose el labio.

—Pero por favor, no me ocultes algo así la próxima vez. Si llega a llamarme el comisario o el juez y yo no tengo ni idea… se me habría caído el pelo. Oye… ¿y si alguien está tratando de castigarte por tu vida sexual? Porque… en realidad, es lo único que se nos ocurre.

—Ya. Lo sé. Pero lo que no se me ocurre es quién. Tú me conoces, sabes que no miento, no voy contando historias. Soy claro, directo. Explico cada paso, doy siempre la opción de parar. Solo ha pasado una vez… y joder, solo han pasado unos meses. No llevo años haciendo esto con desconocidas.

—¿Saliste con alguien después de Carla? Salir, no acostarte.

—No. Quedé con una chica un par de veces y, cuando no entendió que no buscaba una relación, la dejé. Por eso no repito.

—¿Está en la lista?

—Juraría que sí. Pero fue el año pasado. Igual no. No la consideré parte del grupo. Después de ella no hubo nadie más hasta este año. Solo Olivia. Pero ella no cuenta.

—¿Con ella sí repites?

No me gusta cómo suena esa pregunta. ¿Hay celos en su tono?

—Ella es distinta. Somos amigos. Fuimos pareja, y luego tomamos caminos separados. Jugamos en la misma liga. Y antes de que preguntes: no, cuando estuve con Carla, Olivia volvió a ser solo una amiga. No soy infiel si tengo pareja. ¿Irás mañana?

—No sé si es buena idea.

—Solo una copa, Ava. Creo que los dos nos merecemos una tregua.

Suspira de nuevo. Supongo que está sopesando la respuesta.

—Lucas… los dos estamos hasta el cuello en este caso, y no sé si deberíamos. De verdad. No es que no me apetezca, pero tampoco estoy segura de si debería haberte dicho lo que acabo de decir… Me haces perder los papeles. Mañana te digo algo. Que tengas buena noche.

—¿Sigues trabajando? —pregunto, intentando alargar la conversación. No quiero que cuelgue. No sé qué me pasa desde hace unos días, pero me apetece escucharla, tenerla cerca aunque sea por la voz.

—¿Te parece que esto es fácil? No tenemos una puta mierda, Lucas. Y odio cometer errores.

—Eso ya lo he descubierto, incluso en el poco tiempo que llevamos conociéndonos de verdad. Te dejo. Voy a terminar otros papeleos. Buenas noches, Ava.

Cuelgo. Me paso la mano por la cara, agobiado.

Bufo y dejo caer la cabeza entre las manos, desesperado.

Tiene razón. Cada día siento más la espada sobre mi cabeza, y cada vez más afilada.

No sé si han encontrado huellas mías otra vez, el juez sabe que estuve allí y, supongo, a estas alturas la inspectora ya le habrá dicho que no fue con Aby con quien me acosté.

—Jefe —la voz de Andrea me saca de mis pensamientos, que empezaban a tornarse peligrosamente oscuros—. Échate un rato, te veo hecho polvo. Mia ha traído comida, por si te apetece llenar el estómago antes.

—Gracias, Andrea. Pero no tengo hambre. El bocata del mediodía me sigue dando vueltas en el estómago. Si yo estuviera ahora mismo en la mesa, apuesto a que los calamares saldrían enteros.

—Uff, quita, quita… no quiero tener esa visión tuya. Qué horror.

—Voy a salir un rato, ¿vale?

—Ok. No te preocupes.

Salgo solo con el móvil en el bolsillo. En la calle hay un par de furgonetas de prensa aparcadas frente a la comisaría. Me giro y tomo dirección contraria, hacia el parque Figueroa. Al llegar a la esquina, justo frente a la entrada principal de los juzgados, llamo a Mario.

—Eh… ¿cómo estás? No he querido llamarte —dice directamente, sin saludo previo—. He visto las noticias.

Su tono suena preocupado, tenso. No me sorprende. Él nunca se anda con rodeos.

—Mal, joder. El fin de semana fue una locura, y lo peor es que volvía tranquilo.

Iba tan bien, Mario… pero a medida que me acercaba ya sabía que iba a estallar todo.

Esta mierda va a acabar con todas. Y lo peor: a esta chica ni siquiera la conocía.

Esta vez fue distinto. No la drogó. La violó. Y fue atroz.

Se lo suelto de golpe, sabiendo que no dirá nada. No solo porque es mi amigo, sino porque también es mi abogado y necesita estar al tanto de todo.

Escucho un suspiro al otro lado. Luego un murmullo, imagino que de Carla.

—Salúdala de mi parte.

—Carla, Lucas te manda saludos. —Lo oigo hablar con ella—. Cariño, si no te importa, salgo un momento, ¿vale? Espera… voy a la terraza.

Mario vive en un ático. Supongo que ha salido para hablar conmigo con privacidad.

—Ya se ha corrido la voz —digo tras unos segundos—. No he visto las noticias aún. No sé si se ha filtrado que son tres las víctimas. Estoy muy jodido, Mario. Cada día es un martirio.

—¿Y la inspectora?

—¿Qué pasa con ella?

—¿Cómo va eso?

Le cuento la conversación que hemos tenido. Parece estar de acuerdo en que me sincerara, aunque me advierte que tal vez me estoy implicando demasiado. O que más bien… nos estamos implicando.

—Es complicado, Mario.

—Contigo todo es complicado, Luc. Desde que eras un crío.

—¿Ya se ha mudado Carla contigo? —cambio de tema.

—Se queda de vez en cuando. Otras, voy yo.

—Me alegro de que os vaya bien.

El resto de la noche transcurre con una lentitud desesperante.

Demasiada. Tengo ganas de que amanezca para ver a Azahara.

Ella es como un paño caliente sobre una herida: dulce, cariñosa…

Y dejando a un lado que, si yo fuera distinto, si no pensara en otra persona y no estuviera metido en este puto lío, tal vez podría tener algo con ella…

me gusta pasar tiempo a su lado. Lo que tengo que cuidar es que no malinterprete lo que hay entre nosotros.

En cuanto llega la hora, no me entretengo ni en despedirme. Me ducho —esta vez sí— para no tener que pararme a nada al llegar.

Yo: Voy a por el casco y te recojo, ¿en media hora?

Azahara: No hace falta, me voy caminando. ¿Te veo en la esquina de Medina Azahara?

Yo: Ok, cojo el casco de todas maneras, por si luego te apetece dar un paseo.

Mientras conduzco camino a casa, me pregunto qué cojones estoy haciendo. ¿Tiene claro que esto es solo amistad? Tal vez debería decírselo una vez más.

Desde el trabajo hasta el punto de encuentro hay apenas cinco minutos. Al final, decido no coger el casco. Me parece más urgente aclarar las cosas que alimentar falsas expectativas. Aparco lo más cerca que puedo, activo la alarma y camino hasta la cafetería donde hemos quedado.

Busco una mesa en el interior. Cuando la camarera se acerca, le pido que espere un segundo, que mi amiga está a punto de llegar. Me sonríe con un «vale» amable antes de alejarse.

Azahara llega unos minutos después. Lleva el pelo recogido en una coleta que despeja su rostro.

En los días que no nos hemos visto, ha debido tomar el sol: su piel luce un bonito tono dorado.

Al verme, su sonrisa se ensancha. Me levanto para saludarla.

Me da dos besos y su olor me envuelve, cálido y familiar.

—Uy, qué carita tienes. Ya me he enterado… Lo siento —dice con ternura.

—Ya… Tal vez no deberíamos haber quedado. Siempre te cuento un montón de mierdas.

—Bueno, los amigos están para eso, ¿no? —me responde, cogiéndome la mano sobre la mesa y apretándola con suavidad, con esa sonrisa suya tan dulce.

—Supongo que sí…

Charlamos durante un buen rato. Al final, como siempre, acabamos paseando por su barrio. Casi a la una, frente a la puerta de su casa, me pregunta si quiero quedarme a comer. Pero una vez más rechazo la invitación. No quiero subir. No quiero que se generen malentendidos.

—Lucas, ¿vas a seguir rechazando cada invitación de subir a mi casa?

—Si puedo, sí. Pero a ver… No quiero que pienses lo que no es, Azahara. En otro momento, quizá me lo habría planteado. Pero ahora solo puedo ofrecerte mi amistad.

No le digo que lo último que quiero es verla sobre una mesa de autopsias en una de mis guardias.

—¿Por qué? ¿Es por la inspectora?

—¿La inspectora? No tengo nada con ella. Ni con nadie. No es por eso. Es por mí. Ya te lo dije. No quiero que te hagas ilusiones. Me gusta estar contigo, pero antes de hacerte daño… prefiero que lo dejemos claro.

—Está bien. Me voy. Hoy entro de noches otra vez y tengo cosas que hacer esta tarde. Ya hablaremos.

Abre el portal y entra sin volver la vista. No hay besos, ni un abrazo, ni un simple adiós. Está claro que esto no era lo que quería. Así que le daré el espacio que necesita. Es una mujer excepcional.

Y no es para mí.