18 llevándome al límite #2
—¿Me estáis tomando el pelo? Vamos a ver… la única conexión entre esas chicas era que se habían tirado al forense. Y ahora resulta que ni eso. ¿Eso es lo que me contáis?
Saray y yo cruzamos una mirada fugaz. Luego asentimos sin decir palabra.
—¿Y qué cojones hacemos?
—El juez me ha ordenado que vigilemos a Caronte —respondo.
—Ya, acabo de hablar con él. Se cree que esto es el Ministerio del Interior.
Manda huevos… Ava, Saray, necesito vuestra opinión.
Las dos tenéis formación en distintas ramas de la psicología.
Y esto es una puta orden, u os pongo a patrullar a pie en el Polígono Guadalquivir. ¿Creéis que el forense es inocente?
—¿De qué sirve lo que pensemos nosotras, comisario? —le devuelve la pelota Saray.
—A mí me sirve.
—Sí. Lo creo —respondo sin dudar, tirándome a la piscina sin comprobar si hay agua.
—Yo también —dice Saray.
—Joder… Me cago en la puta de oros. A ver, hablad de nuevo con él. Hasta ahora ha colaborado. Preguntadle dónde estuvo anoche y que amplíe la lista de sus «conquistas» desde principios de año.
—Ayer volvió en el último AVE desde Madrid. Llegó a su casa sobre las doce, se duchó, vio la tele. El gasto de gas y la conexión a la televisión podrían corroborarlo. Además, me enseñó la reserva de un local en Madrid. Estuvo acompañado. Podemos hablar con la chica si es necesario.
—¿Sabes su nombre?
—Olivia Gallardo Nieto.
El comisario teclea en su ordenador. Al obtener la información, se acerca a la pantalla con el ceño fruncido y murmura un improperio.
—¿Estás segura?
—Sí. Tengo buena memoria, y no son apellidos precisamente comunes. ¿Por qué?
—Porque es sargento del puto GAR de los cojones. Segunda mujer que entra en el cuerpo. Y, por lo visto, es la hostia. Pero es posible, nació aquí. Estudió en el mismo colegio que nuestro forense favorito.
—¿El GAR? ¿El Grupo de Acción Rápida de la Guardia Civil? —pregunta Saray, sorprendida.
—El mismo. Vuestro médico tiene buenos amigos —comenta, y Saray me lanza una mirada mientras, a escondidas, saca la lengua—.
Su abogado fue el primero de su promoción.
También son amigos desde niños. No tiene un solo amigo que no sea respetable.
Ya lo he mirado. Estoy convencido de que cualquiera de ellos apostaría por él sin dudar.
Hace una pausa. Su tono cambia. Más frío. Más seco.
—Pero nosotros no somos sus amiguitos. Ni sus compañeros del alma. Y estamos buscando a un asesino frío, calculador y despiadado del que no tenemos ni una puta pista. Y eso ya me está tocando los cojones a dos manos. ¿Está claro?
—¿Y cuál es la moraleja? —pregunto, con un tono que me puede costar una semana cubriendo eventos deportivos.
—Que quiero un culpable. Y lo quiero para ayer. ¿He sido suficientemente claro, señoras? —ruge, dejándonos clavadas al suelo.
—Sí, comisario —respondemos al unísono.
—Perfecto. Pues ahora mismo volvéis a hablar con el forense de los cojones y que os dé una lista pormenorizada de todas y cada una de las chicas que se ha tirado, a las que ha mirado, ¡y con las que se ha pajeado, si hace falta! ¿Entendido?
Nos quedamos tan desconcertadas por la forma y el tono que tardamos un segundo en reaccionar.
—¿¡ENTENDIDO!?
—Síí, Santaolalla.
—Bien, pues ya estáis saliendo cagando leches. Y decidle al tontopollas de Castaño que entre.
—Te toca —le dice Saray al sargento cuando nos cruzamos con él—. Está muy, pero que muy alterado. No sé si deberías llevar el desfibrilador…
—Qué simpática, la niña —resopla Castaño mientras entra.
Salimos a la puerta de la comisaría en busca del coche, pero Saray me propone ir en su moto. Es más rápido, sí… pero yo no tengo casco.
—Tengo uno en la taquilla, boba. No te iba a proponer ir sin él. Siempre llevo dos. Aunque si prefieres no venir, llámalo tú y que te lo mande por correo… o por WhatsApp.
—No. No quiero dejar rastro digital. Pero sí voy a llamarlo, por si quiere que esté presente alguno de sus abogados.
Marco su número. Lo tengo guardado con un icono de barquero, por aquello de su apellido. Cuando responde, tira de ironía.
—No esperaba que me echaras de menos tan pronto, inspectora…
—Dios… qué ganas tengo de perderte de vista. Vamos de nuevo a patearte el culo, doctor. El comisario quiere tu rosario de ligues desde enero. Palabras textuales: quiere saber hasta en quién piensas cuando te masturbas.
—Ja, ja, ja. Esto se pone interesante, Martín. Voy a salir a comer. Estaré en el Sara, como la otra vez. ¿Te pido algo?
—Un tranquimazín para aguantarte.
—Tanta tensión no es buena, nena.
—Si vuelves a llamarme así, ve llamando al dentista. Vas a necesitar una dentadura nueva.
Su risa, musical y despreocupada, me desarma. Me sorprendo sonriendo. Saray me lanza una mirada reprobatoria y niega con la cabeza.
—Ni lo digas —le advierto antes de que abra la boca.
—Es que no te ves la cara. Ah, por cierto… lo de antes ha sido muy, pero que muy heavy. Por un momento os vi dándole caña sobre la mesa de autopsias.
—Uy, claro que sí —respondo con sorna.
—Solo te digo que estáis jugando con fuego. Y el fuego, Ava… quema.
—¿Y tú con Mia?
—¿Subes? —pregunta cambiando de tema con descaro.
—Mira, ya sé qué preguntarte para que me dejes en paz.
Me abrocho el casco y me acomodo detrás de ella. Me gusta su moto. Siempre he querido una, pero nunca me he decidido. Tal vez ya va siendo hora.
—Te lo digo en serio, Ava. No sé adónde queréis llegar tú y Caronte, pero hoy no habéis sido nada discretos.
Su voz suena clara a través del intercomunicador.
—A ningún sitio, Saray.
—Bien. Mientras lo tengas claro.
El tráfico es un infierno. Demasiados coches. Yo, que disfruto yendo a los sitios caminando, lo noto enseguida. Cuando no estoy de servicio, es lo que suelo hacer.
Aun así, con la moto, llegamos en apenas media hora. Saray se cuela por cualquier resquicio y se coloca siempre en cabeza. Va directa al bar donde dijo que estaría.
Y allí están Lucas y Mia, sentados bajo el porche. Aunque Saray diga que no, a ella se le ilumina la mirada en cuanto la ve.
—Os he pedido un refresco. Supongo que estando de guardia no podéis beber cerveza —nos dice Lucas a modo de saludo.
Saray no se corta; saluda a Mia con un beso corto en los labios, pese a que se han visto hace apenas unas horas.
Lucas me mira y sonríe.
—Gracias —respondo, aceptando el refresco.
—Vosotras bien ¿no? —si ella me pica, yo también.
—Mejor que vosotros, seguro —responde la auxiliar, y Lucas suelta una carcajada.
—Venga, chicas, haya paz. Y gracias por hacerme reír. Me hacía falta. Inspectoras… vosotras diréis.
Termino con una lista más larga que la de la compra a primeros de mes.
Aunque falta una, claro. Cuando me la tiende, sus ojos verdes me atraviesan como si pudiera leerme.
Me siento transparente. Acaba de comer antes que yo y, al levantarse, se acerca demasiado.
Me susurra al oído, casi rozando mi piel.
—Mañana. A las diez. En el Notre Dame.
No me da tiempo a responder. Se marcha siguiendo a Mia, que ya camina hacia su trabajo.
Saray me lanza una sonrisa de medio lado.
—¿Dónde te ha dicho? —cabrona, sabe perfectamente que me ha propuesto quedar.
—No pienso ir.
—Vaale…
Me está volviendo loca. Estoy harta de que me maneje a su antojo… o al menos de que lo intente. Desde hace unos días no desaparece de mi cabeza. Siempre emerge. Siempre está. Por una cosa o por otra, consigue llevarme al límite una y otra vez.