18 llevándome al límite
LLEVÁNDOME AL LÍMITE
AVA
—No estás siendo objetiva —insiste, acorralándome con la mirada.
—Tal vez tu mejor baza es que no lo sea. Cada vez tienes la cuerda más apretada, doctor. Y, por ahora, solo Saray y yo confiamos en tu inocencia.
Está tan cerca que puedo oler el perfume suave que apenas disimula el aroma de su gel. Esa mezcla me altera de formas que no debería permitirme.
—Ava, sé sincera —se acerca un poco más—. ¿Crees que las maté yo?
Trago saliva. Él lo nota.
—¿Puedes justificar ese supuesto viaje? Porque eres muy inteligente, quizás de las personas más inteligentes que conozco… y si yo quisiera borrar mi rastro, compraría un par de billetes y montaría una coartada perfecta.
—¿Quieres saber dónde estuve? ¿Y con quién? ¿O también lo que hicimos? Estoy seguro de que te encantaría… y algunas partes de tu cuerpo, todavía más, inspectora.
Se acerca a mi oído y susurra:
—Todavía te mojarías más de lo que estás ahora mismo.
No reculo. No me muevo. Creo que ni siquiera respiro. Se separa lo justo para mirarme, con esa sonrisa suya que me pone de los nervios.
—Ni en tus sueños, Caronte.
—Oh, ya lo creo… y también en los tuyos, Martín.
Tu cuerpo lo dice todo. No puedes verlo, pero si miras mis ojos, estoy seguro de que mis pupilas están tan dilatadas como las tuyas.
El precioso azul de tus iris es apenas un reflejo.
Y si no llevaras ese sujetador con relleno, tus pezones estarían marcados en esa camiseta. ¿Sigo?
No puedo más. Me aparto justo cuando Saray entra en la sala y nos lanza una mirada de esas que atraviesan.
—¿Me voy? —pregunta, la muy cabrona.
—No. Nos vamos las dos. Solo le preguntaba al doctor si tiene pruebas de dónde ha estado este fin de semana.
—Espera, inspectora, te lo enseño —dice, sacando el móvil. Me muestra una reserva a su nombre y al de una chica de un club en Madrid. Comprobaré el sitio en cuanto salga—. Te aseguro que lo disfrutarías mucho.
—Ya… Solo que tú no re… —intento replicar, pero no me deja.
—Siempre hay una primera vez —responde con una voz tan sensual que estoy tentada de apretar las piernas. No lo hago. No pienso darle ese poder. Me alejo hacia la puerta, pero antes de salir, me vuelvo y le advierto:
—Cada vez más apretada, doctor. No te la juegues.
—Solo contigo —replica, y maldita sea si no consigue que me hierva la sangre. Si hasta ahora habíamos mantenido las distancias, lo de hoy lo ha puesto todo patas arriba. Y sí, está jugando conmigo. Y no, no tengo claro si me gusta o si quiero encerrarlo para bajarle los humos de una puta vez.
Al salir del IMLCF, Saray, que se había mantenido en un sospechoso silencio, explota en cuanto llegamos al coche.
—¿Me lo explicas?
—No hay nada que explicar. Me ha preguntado si creía que era culpable y… joder, no le he respondido. —Caigo en la cuenta mientras hablo—. Pues nada, ya no vuelvo.
—Mira, Ava, te conozco desde hace años. Hemos compartido casos muy jodidos. Pero este se está enredando demasiado y sé que tus implicaciones van más allá. Temo que pierdas la objetividad y no veas la realidad.
Me detengo antes de subir al coche. Ella ya está sentada en el asiento del copiloto. Me mira. Le sostengo la mirada.
—¿Crees que es culpable?
—¿Cuántas veces vamos a tener esta conversación?
—Las que hagan falta.
—No. No lo creo. Lo que haga en su tiempo libre y con sus amantes no lo convierte en un asesino. Para mí, no encaja con el perfil, por mucho que la zorra de su psicóloga diga lo contrario. No cuando lo ves trabajar, ni por cómo trata a la gente.
—Podría encajar en el perfil de un sociópata —rebato.
—No, no podría. Y lo sabes. Tu máster en investigación criminal y en psicología forense te lo dicen bien claro. No busques la salida fácil, Ava. Tú no eres así.
—Lucas también tiene un máster en psicología forense… además de un doctorado en no sé cuántas cosas.
—¿Cuáles de las conductas sociópatas crees que tiene el doctor?
Teniendo en cuenta que todos presentamos alguna en mayor o menor medida.
A ver: ¿falta de remordimiento? ¿Manipulación?
¿Empatía superficial? ¿O es que lo ves incapaz de establecer vínculos emocionales profundos?
Porque impulsivo no es, al menos hasta donde yo sé.
Y no viola normas sociales, salvo que se salte algún semáforo como hacemos todos.
Tiene amigos desde la infancia, eso también lo sabes, así que ese rasgo queda fuera.
—¿Vas a enumerar uno por uno todos los dichosos rasgos sociópatas?
—Llevo días estudiando ese perfil. ¿O te piensas que no curro?
No muestra tendencia a la agresión —intento hablar, pero me corta de nuevo—.
No, nena, eso no lo es —ya sabe por dónde iba—.
¿Irresponsable? Ni de coña. No lo conozco desde hace años, vale, pero me parece el tío más meticuloso, planificador y perfeccionista que conozco.
Tiene razón, pero no cedo.
—Además, ¿en qué tipo de sociópata lo encajarías?
—¿Sexual? —le sale una carcajada que, al final, me arranca una sonrisa.
—Venga, Ava, deja de justificar lo injustificable. ¿Desconsiderado y sin atención por los demás? No me jodas…
—Tienes razón, pero…
—Que no, chica, que no. Hay que buscar por otro lado. Y una cosa: ¿cómo es que Berta no estaba en la lista?
—Porque fue en Semana Santa.
Su boca se abre en una «o» perfecta. Sabe lo que eso significa tan bien como yo.
El móvil vibra en mi bolsillo. Supongo que es el dichoso juez, que no ha podido asistir al levantamiento porque estaba en un juicio.
—Martín —contesto al descolgar.
—¿Por qué cojones esa chica no estaba siendo vigilada? —me suelta de golpe, sin saludar.
—Buenas tardes, señoría. Esa chica fue anterior a las primeras. No podíamos prever que el asesino iría a por ella. De hecho, se ha equivocado de víctima.
—¿Cómo dices?
—Caronte no conocía a la fallecida. Estuvo con su compañera de piso, no con ella.
—Quiero saber ya cómo ese hijo de puta sabe con quién y cuándo se acuesta el puto forense, porque seguimos teniendo claro que él no es culpable, ¿verdad?
—Lo único que tengo claro es que la víctima murió entre las doce y la una, y que Caronte acababa de llegar de un fin de semana en Madrid. Supuestamente estaba en su casa. Si se confirman su conexión a la tele por cable y el gasto de gas, le darán la razón. Solo eso.
—Quiero que os peguéis a ese tipo como una lapa. Pero una lapa invisible. No quiero que se tire un pedo sin que os enteréis, ¿me oyes, Martín? Esto se nos va de las manos. Cada vez es más difícil contener a la prensa.
—Estoy viendo furgonetas de medios de comunicación en la puerta del IMLCF. Acabamos de salir de la autopsia. Según Caronte, la víctima no fue drogada. Intentó forcejear y él cree que, en el intento, el asesino le rompió el tobillo.
—Esto hay que pararlo ya.
—Por supuesto, señoría.
Me cuelga sin más. Me quedo mirando el móvil, apagado en mi mano, como si esperara que me diera respuestas. Pero no las hay.
—Me cago en todo… ¿Quién coño me mandaría ir aquel día al piso de la primera chica?
—Como si hubiera sido una elección. Te olvidas de que esto no es Madrid, no tenemos siete mil especialistas en violencia de género. Y tú eres la mejor.
—A veces lo dudo. ¿Qué se nos está escapando, Saray?
—Obvio que muchas cosas. ¿Vamos a comisaría?
—Sí. El juez ha ordenado que nos peguemos a Lucas como culo en calzoncillo. Está histérico. Lo que no entiendo es por qué la prensa no se enteró antes, y justo hoy sí.
—Para mí que el juez tiene algo que ver. Tiene pinta de…
—Uy, no sigas por ahí. ¿O es que Lucas también te parece sospechoso?
—Mira, porque soy lesbiana. Que si no, te diría exactamente de qué tiene pinta el doctor. Y tú, que lo tienes a tiro, no aprovechas.
—Lo que me faltaba —murmuro, divertida.
Subimos al coche, aprovechando que no llevamos uno oficial rotulado.
Salimos sin mucho contratiempo de la zona.
La prensa está al acecho, y no puedo evitar sentir lástima por Lucas.
Si se corre la voz de que es sospechoso, podría perder su puesto.
No sería justo. Y ahí estoy de nuevo, defendiéndolo. Exculpándolo.
Cuando llegamos a la oficina, el comisario nos reclama amablemente a su despacho
—Está que muerde. No sé si es que su mujer lo hace dormir en el sofá o qué, pero no me gustaría estar en vuestro pellejo —nos suelta Rubén al vernos pasar.
—Pues ya la he tenido con el juez —le cuento mientras camino—. Y parece que la prensa se ha hecho eco. Esto se está complicando de verdad.
Llamamos a la puerta y oímos su voz dándonos paso.
Está al teléfono, caminando de un lado a otro del despacho.
De vez en cuando se pasa la mano por el pelo, que aún conserva un brillo saludable a pesar de las canas que empiezan a asomar en las sienes.
Se desploma en el sillón con un suspiro exasperado.
Es un tipo grande, supera fácilmente el metro ochenta y cinco y sus más de noventa kilos no son de grasa: está fuerte.
Se nota que se cuida, incluso a sus cincuenta y tantos.
—¿Qué cojones ha fallado? —brama, lanzando el móvil contra la mesa—. Teníamos a las chicas vigiladas. Esa no. ¿Por qué?
Inspiro hondo. Seguimos de pie; no nos ha invitado a sentarnos.
Me enrollo las mangas de la americana negra que, inexplicablemente, decidí ponerme esta mañana.
Con la temperatura que hace, ha sido un error.
Aunque aquí dentro, con el aire acondicionado funcionando a pleno rendimiento, el despacho parece una sucursal del Polo Norte.
—Primero, Abby no era la chica con la que estuvo Caronte. Y segundo, su compañera de piso, Berta —la que sí estuvo con él— fue antes, en Semana Santa. Empezamos la vigilancia a finales de abril —explico con seguridad.
—O sea, ¿que tenemos a un puto pirado que se carga a las chicas de forma aleatoria? ¿Me estáis diciendo que no tenemos una mierda?
—No exactamente —interviene Saray—. Lo que no tenemos es la fecha de inicio de sus «elegidas», y por algún motivo que aún desconocemos, se confundió de víctima.