El Dolor de la Culpa 17 otro revés #2
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17 otro revés #2

—Buenos días, jefe.

Cagüen… ya empezamos.

Fulmino a Mia con la mirada cuando me llama así. Ella estalla en carcajadas al verme.

—Y yo que pensaba que vendrías relajado…

—Vamos a ver, niñata, ¿tú qué te crees que he estado haciendo el fin de semana?

—Mejor no me meto en ese jardín, que igual me pincho. Yo sé lo que he hecho… y también lo que habría hecho de ser tú. Si has desperdiciado tu talento y tus posibilidades, es cosa tuya, jefe.

—¿No tienes papeleo que hacer? Anda, vete a limpiar el condensador de fluzo o algo así.

—Ja, ja, ja. ¿Tú te crees que llevo aquí dos días y me vas a enredar? ¡Si he visto Regreso al Futuro un millón de veces! Me la sé de memoria, doctor. Que no, que no me pillas.

Y así, consigue arrancarme una sonrisa. La mala hostia empieza a disiparse. Cuando llega Andrea, nos encuentra a los dos apoyados en la mesa, con un vaso de café del súper en la mano y riéndonos a carcajadas.

—Uy, qué buen rollito de lunes por la mañana.

Pero la tregua se acaba en cuanto entra la llamada.

Han encontrado el cadáver de una chica.

Me piden que me dirija al lugar. Calle Pintor Saló.

—Lucas… no me digas que…

Dejo a Mia con la pregunta a medias. Ni la respondo ni la miro. Agarro la mochila con el equipo, salgo pitando hacia la moto y, al arrancar, le pido a Gemini que llame a la inspectora Martín.

—Lucas, dime que no has estado aquí.

—Dame más datos —ruego, con las sienes martilleando de presión.

—Es el edificio de Mercadona.

—Dime algo que no sepa.

—Segundo piso…

—Joder, joder, joder… ¿Berta?

—No. Abby Miñones.

—¿Quién? Bueno, no importa. Llego en diez minutos.

Aparco en el primer hueco que encuentro, algo casi milagroso en esta calle, incluso para una moto.

El operativo ya está desplegado. Los conozco a todos; ni siquiera necesito identificarme.

No espero al ascensor. Subo los peldaños de dos en dos, jadeando cuando alcanzo el segundo piso.

La puerta, entreabierta, parece darme la bienvenida.

—Hola —saluda Reyes al verme entrar.

No me detengo. Camino directo hacia la habitación. Hace unas semanas, estuve aquí con una pelirroja preciosa que dijo llamarse Berta… aunque ya no sé qué creer. Los de la científica revolotean como buitres, esperando a que yo haga mi parte para lanzarse sobre la escena.

Pero la sorpresa me frena en seco.

En el suelo, atada a la pata de la cama, hay una chica menuda, de piel canela y pelo trenzado.

Nada que ver con la voluptuosa pelirroja con la que me acosté.

Mi cuerpo reacciona antes que mi mente: los músculos se tensan, la garganta se me cierra.

Ava observa mi expresión y, al instante, capta la verdad.

—No es ella, ¿verdad?

—No. No la he visto en mi vida. Pero sí… estuve aquí. Eso puedo asegurarlo. ¿Quién la encontró?

—Yo.

Y entonces sí, Berta aparece en mi campo de visión. Demacrada, llorosa, pero aún jodidamente hermosa.

—Berta…

—Lucas… Tú… me dijiste que eras médico…

—Médico forense, sí. Lo siento —respondo, acercándome.

Berta se lanza a mis brazos. Se aferra a mí con fuerza, incomodándome, como si yo pudiera salvarla de algo.

—Cuéntame lo que sepas —le pido, tratando de suavizar la voz.

—Ya he hablado con la policía. He llegado hace un rato. Subí a mi habitación, pensando que ella estaría trabajando y…

Su voz se rompe. Vacila. Se tambalea.

La sujeto a tiempo y la conduzco fuera del dormitorio para que se siente. Ava nos sigue en silencio.

—Lo siento… —musita Berta entre sollozos—. Me la encontré así, tal como está ahora… Vi que estaba… que estaba…

El llanto estalla. Es un torrente que ya no puede contener. Ava interviene, serena.

—¿Quieres un vaso de agua? Lucas, puedes ir…

Me señala la puerta de la habitación. Asiento, aprieto la mano de Berta entre las mías —ya enfundadas en guantes— y la dejo con Ava.

Instantes después, tengo a la inspectora Martín pegada a la espalda.

—Lleva poco tiempo muerta. Mira: aún no ha alcanzado el rigor mortis completo —digo mientras saco el termómetro y lo paso por la frente de la víctima. No es el método más preciso, pero sirve para una estimación aproximada—. Puede que lleve muerta unas siete u ocho horas.

Comienzo a examinarla. Como las otras dos chicas, tiene los ojos cubiertos. Pero esta vez lleva un antifaz de dormir, de esos con muñequitos. Parece muy joven. No sé si llega siquiera a los veinte.

Sus muñecas están atadas a la espalda, sujetas a la pata de la cama. Está sentada, colocada como una muñeca rota. Lleva un tanga de encaje negro. Otro detalle diferente.

Las marcas de su cuello comienzan a definirse. No hay huellas de dedos. No fue con las manos. La han asfixiado con algo más contundente. Un cinturón, tal vez.

Mientras recorro la habitación con la mirada, buscando el posible objeto utilizado, Ava capta mi intención.

—¿Ocurre algo?

—Acércate —le indico, señalando el contorno rojizo alrededor del cuello.

—No lo hizo con sus manos…

—No. Parece un cinturón. O un pañuelo. Y por la postura de las piernas… te diría que la chica se resistió.

Ava aprieta los labios. El tono de voz se le hiela.

—Hijo de puta.

Tomo las fotos desde distintos ángulos, para añadirlas después al informe del IMLCF. Cuando termino, me dirijo a la puerta casi sin decir palabra. Pero Berta me detiene antes de salir.

—¿Lo pillaréis? ¿Por qué le han hecho eso? Si a ella… ni siquiera le gustaban los chicos.

Omito decirle lo que pienso —que probablemente no era a su amiga a quien buscaban—. Me limito a responder que las investigadoras son muy buenas. Y yo haré todo lo que esté en mi mano.

—Lucas… —me llama de nuevo. Me detengo—. ¿Por qué en mi cuarto? ¿Y por qué… así? Como cuando tú y yo…

—No lo sé, Berta. No lo sé —le miento.

Y me marcho con un vacío dentro que no sé cómo seré capaz de llenar.

Después de los análisis preliminares, se confirma lo que temía: no drogaron a esta chica. Y sí, forcejeó con su atacante. Aun así, sus uñas están impecables, sin rastro de piel o sangre. Pero tiene una fractura en un tobillo, seguramente causada por ese hijo de puta que le hizo todo eso.

Miles de preguntas se agolpan en mi cabeza, pero no soy yo quien debe responderlas. Es Ava. Es Saray. Es la ley. Yo solo pongo luz en la oscuridad.

Una vez más, ambas están presentes durante la necropsia. Observan cada detalle con atención. Al final, van a saber más que nosotros de procedimientos forenses.

—Ava, ¿para qué coño os di la lista de las chicas?

—Esa chica no estaba en la lista, Lucas.

—¿Cómo? —pregunto, desconcertado. Pero luego recuerdo—. Hostia puta… No está siguiendo un orden. Sabe toda mi trayectoria… desde no sé cuándo. Estuve con Berta en Semana Santa.

—¡No me jodas! ¿Dónde estuviste anoche entre las doce y la una?

—Mi AVE llegó a las doce menos cinco. Me fui caminando a casa. Llegué, me duché —el gasto de gas lo puedes comprobar—, cené, y me fui a la cama. Por cierto, soñé contigo.

Abre la boca, quizá para responder, pero la corto:

—Y no, no te gustaría. Me desperté con una pesadilla y me fui al sofá hasta las siete y media. Mi vecina, la cotilla del primero, puede corroborarlo: le di unos buenos días que no esperaba. ¿Vuelvo a ser sospechoso?

Ahora mismo no hay nadie más en la sala. Solo nosotros. Y la tensión podría cortarse con un bisturí eléctrico.

Ava me sostiene la mirada. Está tan cerca que mi mente se llena de imágenes que no debería permitir. Ninguna es buena. O sí, pero ninguna recomendable.

Sus ojos azules se oscurecen por el dilatado de las pupilas. Su respiración se vuelve irregular. El dulzor de su perfume me acaricia el rostro y tengo que contenerme. Quiero subirla a la mesa, colarme entre sus piernas y besarla como nunca antes la han besado.

—No tengo claro si alguna vez lo has sido o has dejado de serlo, Caronte —murmura cuando por fin consigue hablar, alejándose apenas unos centímetros.

—Entonces dime por qué te estoy dando detalles de mi vida sin mi abogado presente, inspectora —replico, acortando de nuevo la distancia.

—No hagas esto más difícil, Lucas.

—Ah… vuelvo a ser Lucas.

—Quizá ni tú ni yo deberíamos estar en estos casos, ¿no crees? Estamos demasiado involucrados. Los dos —dice, fingiendo una seguridad que se le escurre por la voz.

—Olvídate si crees que voy a dejarlo.