17 otro revés
OTRO REVÉS
LUCAS
Pasamos la mañana en el spa y comemos cerca de la estación. Después, vamos al Thyssen. A Oliv no le entusiasma mucho, pero a mí me basta con ver los cuadros de Van Gogh para que merezca la pena.
En cuanto coja las vacaciones me marcho a Ámsterdam. De este verano no pasa. Siempre lo he tenido pendiente, pero ahora siento una necesidad extraña y urgente de ir.
—¿Sigues usando tus pañuelitos para tus conquistas? —pregunta Oliv, apoyándose en mi hombro mientras intenta entender qué me fascina del cuadro Les Vessenots in Auvers.
—Sí, los mismos. No sé en qué estaría pensando mi hermana al regalármelos… ¿Qué te pasa? ¿No te gusta?
—A ver… tú sabes que no soy muy de arte. Y la pintura, menos. Pero intento ver qué te entusiasma de esto: tantas pinceladas verdes… No sé. Prefiero la arquitectura. Es práctica. Y la escultura, sobre todo…
—Sí, sí, la renacentista. Ya lo sé. Tú con eso de ver músculos, aunque sean de mármol o bronce, te lo pasas en grande. Pues a mí me gusta Van Gogh, qué le voy a hacer.
—Ya, pero hijo… llevamos un cuarto de hora mirando el mismo cuadro. Y siempre venimos al mismo.
—Oye, que yo no te dije nada ayer en la exposición de los gladiadores, ¿eh? —la pincho, dándole un leve codazo.
—Vaaale, te perdono —responde con una sonrisa ladeada.
La tarde la pasamos tumbados en El Retiro. El tiempo acompaña y, aunque esta noche hemos dormido bien, conforme se acerca la hora de despedirnos, la nostalgia se instala entre los dos. Tal vez tenga razón y debamos plantearnos algo a largo plazo… pero sigo sin verme con ella.
No como una pareja real.
No compartiendo mi vida con ella.
Otra imagen me cruza la mente.
Otro nombre.
Otra persona completamente distinta.
—Nene, o nos vamos ya o vas a perder el tren.
—De buena gana me quedaba aquí…
—Vente conmigo. Todavía me quedan días libres. ¿Mañana tienes guardia?
Asiento. Ella se incorpora, estudiando mi rostro.
—Y temes que…
Le he contado todo. Sabe por dónde van mis miedos. Solo hay un motivo por el que deseo regresar. Bueno, dos. Aparte de mi familia, claro.
—¿Me mantendrás informada? Tal vez pueda hacer algo.
—No lo creo… pero sí, seguiré poniéndote al día. Cuando estés por aquí.
Me levanto de un salto y le tiendo la mano. La ayudo a incorporarse, la atraigo hacia mí y dejo un beso suave en sus labios.
—Gracias, Oliv, por estar siempre.
—Sabes que sí. Que puedes contar conmigo. Siempre. Forever and ever. Oye, quiero tatuarme eso. Cuando vaya a Córdoba, te aviso y pides cita. ¿Te animas?
—Hecho.
Caminamos hasta la estación. A pesar de insistirle en que se marche, se empeña en acompañarme.
Ha dejado la moto en un parking cercano, y cuando llegamos, la obligo a que se suba.
Nos despedimos fuera del recinto. Le quedan casi cuatro horas de trayecto y se le hará de noche en el camino.
Es la mejor sobre esa moto, su especialidad, pero también sé que le gusta dar más gas del necesario.
—Llámame cuando llegues. Que no esté esperándote en casa no significa que no te quiera ni que no me preocupe por ti, ricitos.
—Sí, papi —dice abrazándome y la noto sollozar sin querer hacerlo.
— Eh, no se te ocurra llorar. Solo tienes que silbar y aparezco a tu lado. Ah, no… que era hago chas y aparezco a tu lado.
—Eres idiota. Pero te quiero. Ah, y ve a por ella. Estoy segura de que está loca por ti también. Su actitud no es normal, te lo aseguro.
—Sí, claro… Vete ya, que te espera un buen trecho.
—Claro, como los pijos como tú podéis viajar en tren tan ricamente…
—Seguro que preferirías viajar con un desconocido que habla a gritos o se pone a ver vídeos de TikTok sin auriculares antes que disfrutar de tu máquina entre las piernas.
—Mmmm… otra máquina también me gusta en ese sitio, doctor. A pesar de las agujetas.
Le doy la vuelta y le propino un cachete en el culo, que seguramente no ha notado por culpa del mono de cuero, aunque le sienta como un guante.
Se eleva un poco sobre las puntas de los pies y deja un pico en mis labios.
Luego se monta, arranca la moto tras ajustarse el casco y bajar la visera.
Me saluda con la mano mientras se incorpora al tráfico lento de un domingo madrileño a las ocho y media.
Me acomodo en el asiento. La cercanía de julio parece haber disuadido a muchos de viajar, y he tenido suerte: el asiento contiguo va libre.
Nadie quiere irse de vacaciones a las puertas del infierno, no en estas fechas.
Amo mi ciudad, pero en verano se vuelve inhabitable.
Es tiempo de huida hacia el norte o hacia la playa, tan lejos como se pueda.
Abro el lector y me sumerjo en La chica de Baelo Claudia. Sin embargo, mi cabeza no tarda en irse a otra parte, y la pregunta aparece flotando sobre mí como en los dibujos animados: ¿Por qué yo no puedo tener algo así? Claro que ellos viven dentro de un libro… La realidad es bien distinta, ¿no?
El reloj vibra anunciando una notificación. Sonrío al ver el nombre del remitente:
Azahara: ¿Qué tal tu finde? ¿ya en casa?
Yo: ¿Te llamo?
Pero es ella quien lo hace primero.
—No quería molestar —dice al descolgar.
—No molestas. Ya voy en el tren. ¿Y tú? ¿Tu guardia?
—Tranquila, de momento. Por lo visto, ayer fue de órdago. Hubo de todo: accidentes, comas etílicos, peleas… ¿Qué tal con tus amigos? ¿Y tu evento?
Me sabe mal mentirle, pero… ¿cómo le explicas a alguien a quien apenas conoces —y a quien has rechazado dos veces— que te has ido solo a tener sexo con una amiga, cuando ella te lo ha puesto en bandeja? No. No puedo hacerle eso.
—Muy bien —respondo—. Vuelvo sin ganas de hacerlo y menos sabiendo que mañana me toca turno guay, pero lo he pasado bien. Las pilas, a tope.
—Me alegro. Y no te preocupes por mañana, seguro que tienes un turno tranquilo. ¿Te parece que nos veamos el martes para desayunar, como la otra vez?
—Sí, claro. Tú dime dónde y allí estaré. Si quieres, por tu barrio.
—Bueno, mañana hablamos y concretamos. Tengo que ir a triaje. Te dejo, doctor.
—Adiós, enfermera.
¿Se puede ser más cliché que nosotros?
Sonrío con tristeza.
Porque, aunque no debería doler, me dan ganas de llorar al pensar en cómo tengo que negarme, una y otra vez, algo que tal vez… con el tiempo, podría ser bonito.
Aunque no me despierte esas cosas.
Como lo hace otra persona.
La siguiente llamada es de Mario. Ya estaba tardando. Está claro que Ricard tendrá que esperar.
—No voy a darte detalles, y no quiero saber si ya te has acostado con Carla ni cuántas veces —me adelanto, seco. Sé que lo que quiere es cotillear sobre lo mío, pero también sabe que, cuando no viene conmigo, no suelo contarle nada.
—¿Oliv bien? No parece que hayas desfogado mucho… vienes con la misma mala hostia con la que te fuiste.
—No es eso, Mario. Es que… antes de que preguntes, ya te respondo yo. Acabo de hablar con Azahara y, en cierto modo, me siento mal.
—Es fácil: dale lo que quiere.
—Es que ella no es como las demás… Venga, dejemos el tema. ¿Qué tal con Carla? ¿Mejor?
—Sí, mucho mejor. Hemos pasado el finde juntos también. Acabo de dejarla en casa. Hemos estado en El Puerto de Santa María.
—Ah. No me habías dicho nada —y me jode enterarme el último. Me lo trago, pero lo noto clavarse como una espina.
—Surgió de pronto… Oye, la semana que viene es la boda esa de la amiga de Azahara, ¿no?
—Sí.
—Buuuf.
—Justo eso.
—Bueno, tienes una semana para decidir.
—Ya le dije que sí. Trataré de pasarlo bien… y de que ella también lo haga.
—Ay, Luc. Si te vieras como te ven los demás…Venga, te dejo, que seguro que estabas enfrascado en alguna lectura de las tuyas —añade—. Yo estoy muerto y tengo que revisar un caso para mañana. Hablamos, bro.
—No te acuestes tarde —bromeo, medio sonriendo.
—No, mami —responde con una carcajada cansada.
Llego a casa algo cansado, pero con la cabeza ya en el lunes y la maldita guardia que se avecina. Antes de subir, noto la vibración del teléfono en el bolsillo trasero del pantalón. Me doy cuenta de que el reloj se ha quedado sin batería. Extraigo el móvil y veo en la pantalla que es Olivia.
—Doctor, ya he llegado.
—Hostia puta, Oliv, ¿cuántos límites de velocidad te has saltado? ¿Estás mal de la cabeza? Has tardado tres horas cuando son casi cuatro.
—Soy Guardia Civil, chaval. Controlo —me vacila.
—Sí, mis cojones.
—A esos también los controlo. Te dejo, que parece que estás de malas.
—Tú me pones de malas haciendo tonterías, sargento. Descansa.
Cuelgo y me meto en la ducha. Me quedo bajo el agua un buen rato, sin prisa.
Salgo desnudo, todavía con el vapor pegado al cuerpo.
Mientras la lavadora empieza a dar vueltas con la ropa del finde, rebusco en la nevera y me preparo un triste sándwich.
Mañana no tendré tiempo para hacer la compra, pero el martes será urgente pasar por el súper.
Nada más tender la colada, me meto en la cama. Pero el sueño es un campo de minas.
Una tras otra, las chicas con las que me he acostado en las últimas semanas se presentan ante mí en forma de cadáver sobre mi mesa de autopsias.
También están metidas en una bolsa para cadáveres Oliv, Azahara, Ava…
Y es con ese último nombre que me despierto, gritando, desesperado, a las cinco y media.
El corazón me late con fuerza, como si quisiera salirse del pecho. Me levanto y doy la noche por concluida.
Me tiro en el sofá y enciendo la tele, pero no presto atención a lo que emiten. Una serie cualquiera, ruido de fondo. A las siete y media, la alarma del móvil me saca del sopor incómodo en el que me había sumido.
Sin darme cuenta de que sigo desnudo, voy hasta la cocina a preparar café. El frío de la encimera y la mirada atónita de mi vecina al otro lado de la ventana me despiertan del todo.
Le dedico una sonrisa, alzo mi taza de Van Gogh como brindis improvisado y me retiro a mi habitación para vestirme, todavía riéndome.
Menudos buenos días le he dado a mi vecina favorita. Ya tendrá más motivos para acosarme…
A las ocho menos cuarto salgo de casa con el tiempo justo, rumbo al hospital y con la esperanza de que el turno me dé un respiro.