16 con ella siempre es más #3
—Claro que puedes. Pero tal vez yo no —respondo—. Estás tan jodidamente sensual que estoy al límite. Voy a metértela, y no va a ser suave. Si no quieres, dilo ahora.
—Hazlo —dice apenas, un murmullo ahogado por el placer que la devora.
Me desabrocho el pantalón y bajo el bóxer al mismo tiempo.
Subo su vestido de golpe y me acerco por detrás.
Rodeo su cintura con un brazo, elevándola un poco para facilitar la entrada.
Cuando la penetro de una sola embestida, su cuerpo se arquea.
Sé que se ha mordido el labio con fuerza para no gritar.
—Dios…
—Shhhh —susurro mientras bombeo con fuerza, sintiendo el contraste con la presión del plug, que debe estar llevándola al límite.
Con la otra mano, pellizco su pezón con delicadeza cruel.
Sus músculos se contraen y la estrechez de su interior me arrastra a un orgasmo intenso, salvaje, como hacía tiempo no sentía, a pesar de todo lo que ya hemos hecho esta noche.
Pensé que habíamos superado todos los límites…
pero ella siempre consigue sorprenderme.
—Eres increíble, cariño —murmuro, pegado a su oído.
Espero unos segundos, sintiendo nuestras respiraciones entrecortadas. Cuando me retiro, lo hago despacio. Ella sigue apoyada en la barandilla, con el espectacular anochecer de Madrid a nuestros pies.
Con cuidado, extraigo la joya de su culo. Ella apenas se estremece. La tomo en brazos, todavía temblorosa, desmadejada, y la llevo dentro. La deposito en la cama, donde su cuerpo queda extendido, hermoso, entregado al placer de lo vivido.
Me tumbo a su lado y ella me mira con una sonrisa que lo dice todo: la complicidad que compartimos, lo mucho que nos conocemos, el cariño que nos profesamos y que, por más que pase el tiempo, nunca se agota.
Acaricio su cabello, suelto ya del moño mal hecho que le recogí antes, y dejo un beso lento en sus labios hinchados y rojos de tanto mordérselos para no gritar.
—Pensé que lo de anoche había sido la leche, pero esto ha sido… joder, Luc.
—He pensado lo mismo. ¿Te apetece un baño? No vamos a irnos sin estrenar esa bañera preciosa, ¿no?
—Me parece una idea maravillosa.
—¿Por qué me suena tanto ese vestido si nunca te lo había visto puesto? —le pregunto, entre curioso y excitado.
—Porque sale en una peli que hemos visto mil veces —responde mientras juega con la espuma de la bañera, y el agua le descubre los pezones duros, poniéndomela dura otra vez.
—Ahhh, ya decía yo... La del rubio ese que te gustaba tanto. Una comedia romántica de hace mil años… joder, sí, el que estuvo con Penélope Cruz, ¿no?
—Ja, ja, ja… O sea, ¿de ella sí te acuerdas, pero de él no?
—Yo de lo que me acuerdo es de tu culo en ese vestido, sargento. Si tus compañeros te vieran así, se pajearían todavía más pensando en ti.
—¿Era necesario que tuviera esa imagen en la cabeza? Joder, Lucas. ¿Y tú qué crees, que tus compañeras no se tocan pensando en ti?
—Al menos una no —respondo, divertido.
—Pues el resto sí, estoy segura.
La conversación se apaga poco a poco, como el agua del baño que comienza a enfriarse. Me levanto y le alcanzo el albornoz. Me lo agradece con una sonrisa suave, esa que siempre me desmonta.
Nos metemos en la cama, desnudos y en silencio. Sé que algo le ronda la cabeza.
—Suéltalo —le digo, acariciando con calma la curva de su cintura—. O échale aceite a esos engranajes, que te chirrían desde aquí, sargento.
Mis dedos bajan hasta su cadera, delineando el tatuaje lineal de una balanza, nuestro signo. Libra.
—Hagamos un trato —suelta de pronto.
—Uy, cada vez que hago un trato contigo acabo perdiendo. A ver, ¿qué se te ha ocurrido ahora?
—Si en diez años no hemos encontrado a nadie, si seguimos con los mismos gustos, llevándonos como ahora… nos planteamos volver a estar juntos.
—Pero, Oliv, que no me voy a mudar a Logroño. Te lo he dicho mil veces. Y tú no vas a dejar lo que tanto te ha costado construir.
—Lo que decida hacer con mi trabajo es asunto mío. Tú solo di sí o no. No es tan loco, nos queremos. En la cama somos perfectos. Solo nos separa la distancia.
—Y que no quiero una relación con hijos, una casa, la rutina… Joder, claro que te quiero, pero no estoy enamorado de ti. Y tú tampoco de mí.
—¿Y eso qué importa? Si somos perfectos juntos.
Y por un instante —uno solo, o quizá más de uno— otra persona atraviesa mi mente. Con ella sí me imagino una relación de verdad, no solo sexo. Sacudo la cabeza, intento apartarla de mi pensamiento, pero últimamente aparece demasiado a menudo. No quiero. No debo.
Una y no más.
—Ah, la hostia… Es que hay alguien en tu cabeza —dice Olivia, convencida.
—¿Qué? No, claro que no. Serías la primera en saberlo. Y no estaría aquí contigo. Al menos no desnudo, en la misma cama, después de haber hecho el amor mil veces. Sabes que no me gustan las infidelidades.
—Pero no estás con ella. Lo que no entiendo es por qué.
—Deja de montarte películas. Esto no es Cómo perder a un chico en diez días.
—Anda, si te has acordado —responde divertida.
—Sí. Y déjame decirte algo: ese vestido te queda mejor que a Kate Hudson.
—Vale, entonces hagamos el trato.
—Anda, duérmete. Mañana te contesto, pesada.