16 con ella siempre es más #2
Es arriesgado, claro. Las habitaciones contiguas también tienen terraza, y no sabemos si están ocupadas.
Pero su insinuación ha encendido en mí algo que anula por completo el cansancio.
Y ahora entiendo por qué eligió ese vestido.
Ella no suele vestir así. Es largo, amarillo, con la espalda completamente descubierta, y sé que debajo lleva lo mínimo.
Si es que lleva algo. Me resulta familiar el modelo, pero no consigo recordar de qué.
Tiro suavemente de ella hacia la terraza. Las vistas de Madrid, teñidas por la luz cálida del atardecer, son impresionantes.
La acerco a la barandilla y coloco sus manos sobre ella. Me pego a su cuerpo desde atrás. Solo con la intención ya estoy listo. Ella lo sabe. Juega sus cartas con maestría. Me conoce demasiado bien.
—¿Serás capaz de mantener tus gemidos a raya? —murmuro en su oído, con mi voz ronca por el deseo—. No quiero que acabemos en todas las redes sociales. Y tú tampoco, ¿verdad?
—Mantener el control contigo me cuesta un mundo —responde, bajito, con una sonrisa traviesa en los labios—. Pero lo intentaré. Llevo deseando este momento desde que vi esta habitación en la web.
Mi mano recorre su columna con la yema de los dedos, apenas rozándola. La piel se le eriza centímetro a centímetro con mi caricia. Aprieta los dedos en la barandilla y sé, sin necesidad de verla, que se muerde el labio para no hacer ningún ruido.
No quiero desnudarla. Bueno, sí que quiero, pero no lo haré. No todavía.
Mis manos pasean sobre la tela del vestido, acariciando su culo redondo y firme, una auténtica locura para cualquiera.
Luego una de ellas se desliza por el bajo de la falda, haciendo que separe las piernas instintivamente.
Asciendo desde su pantorrilla, despacio, notando cómo el calor va creciendo a cada palmo, igual que nuestra excitación.
Donde debería estar la ropa interior no hay nada. Solo su humedad resbalando por sus entrenadas piernas. Le empujo suavemente para que se apoye en la barandilla, dejándome su cuerpo a mi entera disposición. Un suspiro leve se escapa de sus labios, y me detengo.
—Lo siento… sigue —susurra, tensa, deseando que no pare.
Me acerco a su cuello y le hablo al oído, con voz apenas audible:
—Si haces cualquier ruido más, me detendré. Sea cuando sea, ¿entendido, sargento?
Asiente con la cabeza, obediente, y yo reanudo el juego. Aparto su melena hacia un lado y tomo una goma que siempre lleva en la muñeca para recogérsela. Quiero ver su cuello. Beso esa zona sensible con calma, mientras mis dedos exploran su interior húmedo, entrando y saliendo con precisión.
Le lamo la oreja, la muerdo suave. Giro su rostro hacia mí para capturar su boca y me pierdo en ella. Después, desciendo hasta su garganta, hasta el inicio de sus pechos marcados bajo la suave tela del vestido, sin detener el movimiento de mis dedos que ya conocen cada milímetro de su placer.
—Luc… para —murmura, y aunque me extraña, le hago caso. Siempre lo hago.
—Ve al baño, Luc. En mi neceser hay una bolsita de terciopelo negra. Tráela… o mejor, trae lo que hay dentro —bisbisea, apenas con aliento.
Antes de irme, llevo mis dedos a su boca. Los lame con hambre, mirándome desde debajo de sus pestañas. Le dejo un beso en los labios, me deshago del polo que llevo y camino al baño. Sonrío en cuanto veo el contenido de la bolsa.
Cuando regreso, con el juguete en la mano, me inclino a su oído:
—Estás muy juguetona hoy, nena.
Y ella sonríe. Esa sonrisa que me enciende más que cualquier palabra.
Con suavidad, esparzo su excitación por todo su sexo, deslizando la humedad hasta su otro orificio.
Estimulo la zona con calma, jugando con el plug, pasándolo entre sus labios antes de empaparlo bien.
Al insertarlo, su cuerpo se contrae en respuesta a la intrusión, y Oliv vuelve a gemir.
Me detengo y me separo, dejándola allí, temblando, mientras me siento en una de las sillas de la terraza.
—Lo siento… no volverá a pasar. Por favor, Luc… —suplica, apenas en un hilo de voz.
Todavía me recreo unos minutos más. Sé que, con el plug en su interior y tan excitada como está, lo está pasando realmente mal…
pero no se mueve. No ha intentado juntar las piernas ni ha perdido el control.
Cuando creo que ya es suficiente, me levanto.
Veo cómo sus hombros se relajan apenas, en un gesto casi imperceptible.
—Última oportunidad, Olivia. A la próxima, se acaba —le advierto, sabiendo que esta clase de juego la enciende… y a mí me fascina compartirlo con ella.
Asiente, y sus manos vuelven a aferrarse con fuerza a la barandilla.
—Luc —susurra, casi sin voz—. Amordázame.
—No. Contrólalo. Sabes que puedes.
Y sé que puede. Por eso lo hacemos. Porque fuera del trabajo vive en un estado de constante alerta, de tensión medida al milímetro… y aquí, conmigo, puede soltarse. Y yo adoro verla rendirse al placer, sin reservas. En ese sentido, somos perfectos.
Vuelvo a empezar.
Su oreja. Su cuello. Mis dedos bajando por su espalda a un ritmo insoportablemente lento, acariciando cada curva, cada músculo que se tensa bajo la piel. Con la otra mano le acaricio la garganta, deslizo los dedos por sus pechos y por fin llego a su sexo húmedo, palpitante.
Muevo el plug despacio. Ella gime sin emitir sonido, saca el culo hacia mí, ofreciendo más, sin decir palabra. Es un espectáculo tan morboso y delicioso que me tiene al borde. Pero aún no. Todavía no.
Mis dedos vuelven a juguetear con su entrada, rozándola sin penetrarla, provocando, apenas tocando el punto exacto. Ella se agita, buscando alivio, pero no se lo doy.
—No te muevas —le advierto al notar cómo sus caderas empiezan a moverse con más ansia.
—Por favor… no puedo más —suplica con voz temblorosa.