El Dolor de la Culpa 16 con ella siempre es más
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16 con ella siempre es más

CON ELLA SIEMPRE ES MÁS

LUCAS

Llegamos al hotel, ubicado en un edificio en el que nadie imaginaría que se esconde un auténtico templo del placer.

No es lujoso por fuera, pero por dentro tiene todo lo que a Oliv y a mí nos gusta.

Y estoy deseando tenerla atada a la cruz de san Andrés para, por fin, dejarla disfrutar del orgasmo que llevo negándole toda la tarde.

No es la primera vez que venimos. Cada vez elegimos una habitación distinta, y hoy me he decantado por la «Pasión». Además de la cruz, hay esposas, fustas, látigos, un diván ergonómico, un jacuzzi y una cama enorme.

Al abrir la puerta y ver la cruz, la sonrisa de Olivia lo dice todo.

—Me gusta, sí señor. Pero que sepas que no voy a durar ni un segundo.

—Tenemos hasta las nueve. Después, imagino que el desayuno del hotel nos esperará, ¿no?

—Por supuesto. Sabes que en esta cadena son buenísimos.

Deja el bolso y los cascos sobre una mesa, donde nos espera una botella de champán con fresas. Se acerca a mí y rodea mi cuello con los brazos. Es la única persona, aparte de Carla, con la que me he permitido esta intimidad.

Busco la cremallera de su mono. Al final me hizo caso y se volvió a poner el mismo que llevaba esta mañana, al recogerme.

Lo dejo caer, y queda nuevamente con ese body negro que me vuelve loco desde el primer momento en que se lo vi.

No se lo quito. Tiro de ella hasta llevarla frente a nuestro primer juguete.

Le subo los brazos hasta los largueros y ajusto las correas.

Su respiración se acelera, errática, a ratos superficial.

—Oliv, respira hondo. Si sigues así, te vas a desmayar —le advierto—. No somos novatos.

—Estoy muy alterada… y no entiendo por qué. Es cierto, no somos novatos, ni desconocidos —me dice, y obedece una vez más, buscando acompasar el aire en sus pulmones.

Acaricio sus piernas mientras las acomodo en los travesaños y las sujeto con las correas, subiendo las manos lentamente, asegurándome de que no pueda soltarse.

Gime. Suspira. Sus ojos castaños son puro fuego y sus labios entreabiertos son una invitación directa a perderme.

Mis dedos hábiles desabrochan el body y acarician sus labios húmedos, arrancándole un jadeo ahogado.

Ya no le queda ni rastro del autocontrol que tan necesario le es en su trabajo.

Mis dedos se adentran en su humedad. Ella intenta cerrar las piernas sin éxito, lo que hace que su placer se intensifique aún más. Después de tantas horas de espera, debe de estar al borde del abismo… pero aún no he terminado con su tortura deliciosa.

Camino hasta la zona de los juguetes y escojo un látigo pequeño de siete colas. Noto su mirada fija en mí. Antes de seguir, me quito la ropa que me estorba: el vaquero me aprieta hasta límites ridículos. Me quedo solo con el bóxer negro, aunque también empieza a incomodarme.

Con calma, comienzo a recorrer su cuerpo, desde los hombros hasta los pies, con las suaves colas de cuero. Vuelve a respirar con rapidez. Le bajo las copas del sujetador del body, dejando sus pechos endurecidos a la vista, y vuelvo a pasar el látigo suavemente sobre ellos.

—Lucas… vas a matarme —suspira—. Te juro que voy a correrme y no me has tocado.

Sin previo aviso, le doy un latigazo suave pero firme.

Su gemido es una descarga eléctrica directa a mi entrepierna.

Siento que yo también podría correrme sin necesidad de rozarme.

Repito el gesto: dos, tres, cuatro veces más, aumentando apenas la intensidad.

Luego, con el mango, recorro su piel desde el centro del pecho hasta su sexo que ya gotea de puro deseo.

Al notar la presión, se deja ir, vencida por un orgasmo sublime que la sacude por completo.

Yo contengo el aliento. Tengo que hacerlo si no quiero rendirme con ella.

—Joder, Luc…

La desato y la coloco boca abajo en el diván.

Todavía está envuelta en las mieles del orgasmo, con la piel enrojecida y los músculos temblando.

Sin esperar a que termine de recuperarse, me empalo en ella desde atrás, profundo, sin detenerme más que cuando siento que estoy a punto de acabar.

Pero esa no es mi intención. Antes quiero regalarle otro.

Deslizo una mano bajo su vientre, elevando su cadera, y la acaricio con precisión.

Solo cuando sus gritos se ahogan en su propio brazo, y el modo en que me aprieta por dentro me avisa de que está a punto, acelero.

Me dejo ir, rendido al vértigo de un orgasmo brutal del que no quiero salir.

Pero, justo en el último segundo, otra persona —que no es ella— cruza mi mente. Y maldigo por dentro.

Después, nos damos un baño en el jacuzzi. Relajante, desde luego, no es. Aprovechamos el resto de los juguetes hasta que el reloj nos obliga a pensar en irnos. Pero una de mis «órdenes» la deja perpleja, tanto que me mira como si creyera que el champán me ha sentado mal.

—Oliv —digo, con un tono que no le resulta habitual.

Me observa, alerta.

—Espósame.

—¿Cómo? —pregunta, desconcertada.

—Lo has oído. Átame, si lo prefieres.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

Durante unos segundos duda. Luego, sin mediar palabra, coge las cuerdas que antes usé con ella y me ordena que me tumbe en la cama, esta vez con la cabeza hacia los pies del colchón, donde hay unos postes que, intuyo, usará para inmovilizarme.

Los nervios me recorren la piel como corriente eléctrica, pero también crece la excitación, imparable.

Obedezco cada indicación sin rechistar y acabo teniendo uno de los orgasmos más intensos que recuerdo, con ella encima de mí, tras haber hecho todo lo que se le ha pasado por la cabeza.

Y desde luego, imaginación no le ha faltado.

Nos damos una ducha rápida. El tiempo ha volado, como siempre que nos vemos tan poco.

De camino al hotel, vamos en un silencio cómodo, placentero.

Esta vez me pide que conduzca yo, dice que no puede controlar el temblor en las piernas.

Y debe de ser cierto. Aunque está en muy buena forma, las mil y una posturas nos han pasado factura. A los dos. A ella, más.

Sentirla abrazada a mi cintura mientras montamos en moto me trae recuerdos de otros años, cuando apenas éramos unos críos. Tal vez, solo tal vez, tenga razón y en algún momento nos perdimos en el camino sin darnos cuenta de lo que estábamos dejando atrás.

Quizá aún estemos a tiempo.

Pero, mudarme a Logroño…

Esperar a que vuelva de cada misión.

Si ya me cuesta como amigos imaginarla tan lejos… pensar en algo más me asusta.

Lo descarto. Pero esa sensación de querer algo distinto, de necesitar más, me trae de nuevo a la mente a otra persona. Y no es la primera vez que sucede en estas últimas horas.

—¿Estás bien, Luc? —su voz suena por el interfono del casco.

—Sí… solo un poco cansado. Y hambriento —miento.

—¿Puedo preguntarte algo?

—¿En serio? ¿Todavía me preguntas si puedes preguntarme? Oliv, nos conocemos desde hace… ¿cuánto? ¿Veinte años?

—Más diría yo. ¿Por qué me has pedido eso?

Sabía que lo preguntaría. Era cuestión de tiempo. Hace años que no me dejo atar, y menos con nadie. Por supuesto, solo con ella.

—Me apetecía. Después de tantas horas dominando, me sentía con ganas de soltar el control.

—Para eso no hacía falta atarte —responde con picardía. Inteligente, como siempre.

—No lo sé. Me salió sin pensarlo.

—Vale… pongamos que me lo creo. Estoy cansada y todavía con las endorfinas por las nubes, pero no me voy a olvidar. Conozco técnicas de tortura.

—Ja, ja, ja… y yo también. Lo he pasado muy bien. Me hacía falta algo así.

Llegamos al hotel y nos damos un festín con el desayuno.

No he visto a nadie comer como esta chica y, aun así, mantenerse como lo hace.

Me encanta que una mujer no tenga reparos en comer lo que le apetezca.

Es cierto que, por su trabajo, necesita estar en forma, pero cuando alguien se pasa el día contando calorías o con dietas extrañas... me resulta agotador.

En lugar de dormir —para así poder descansar bien por la noche— decidimos pasar el día visitando varias exposiciones.

Empezamos con la de Friends, esa serie mítica que a Oliv la tiene fascinada.

Luego vamos a la del Titanic, que a mí me obsesiona desde pequeño, y después nos perdemos entre los gladiadores del Museo de Arte Moderno.

Cerramos la jornada con una inmersión sensorial en el universo de Van Gogh y Klimt, en el Nomad.

Al regresar al hotel por la tarde, después de haber sobrevivido solo con un bocadillo de Rodilla, me muero de hambre.

También estoy agotado, así que le propongo cenar allí mismo, esperando que proteste.

Pero, para mi sorpresa, no pone ninguna objeción.

Miramos la carta del restaurante principal, pero nada nos convence; demasiadas delicatesen sin alma.

En lugar de eso, bajamos al restaurante a pie de calle, donde el menú encaja mucho más con nuestros gustos.

Pedir algo por Uber en un hotel como este sería poco elegante, pero cenar en la terraza, con vistas a la Gran Vía, es un plan perfecto.

Con unas croquetas, unas bravas, una ensalada César y un par de cervezas, el cansancio acumulado de tantas horas sin dormir —y con más actividad física de la habitual— empieza a notarse. Subimos a nuestra habitación, con la digestión haciendo su trabajo y los párpados pesando.

—Oliv, mañana he reservado un masaje después del desayuno.

Ya que no me dejaste compartir los gastos de la habitación, al menos déjame invitarte a eso.

Y... digo yo, lo de la terraza… —No responde, pero la forma en que me mira me lo dice todo.

Su mirada es una invitación directa. Lo entiendo al instante. Sé perfectamente lo que quiere.