El Dolor de la Culpa 15 olvidarse de todo #3
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15 olvidarse de todo #3

—No es cierto. Ya te lo he dicho: no quiero una relación. Ni niños.

Le dejo un beso en la punta de la nariz y, sin que apenas se dé cuenta, la giro para quedar sobre ella y le subo las manos por encima de la cabeza. Al notar mi erección, se le escapa un jadeo.

—Deberíamos vestirnos si quieres continuar con los planes —le susurro, sin despegarme de su cuerpo—. Primero, vamos a echarle algo al estómago.

Y eso hacemos. Cenamos en uno de los restaurantes que sé que le gustan. Poco, tampoco es cuestión de vomitar después, y con los nervios —al menos yo, como siempre que vamos a una de estas sesiones—, ella pone rumbo al club.

Nos cambiamos en el vestuario. Normalmente, el dress code es cuero, látex y ese tipo de vestimenta con la que me siento algo ridículo, aunque a Oliv le quedan como para arrancárselas con los dientes.

Esta vez no se ha molestado demasiado: simplemente se ha desnudado y se ha quedado con un body negro que deja muy poco a la imaginación.

Las miradas de quienes están en el ropero se desvían inevitablemente hacia su cuerpo.

Eso sí, aunque no es lo habitual, ella siempre lleva un antifaz. No puede permitirse que alguien la reconozca.

La tomo por la cintura y le susurro al oído que no sé si me apetece que nadie más la vea así. Y es cierto. Pero sé que esta sesión le apetece tanto —o más— que a mí.

—Solo es un rato, doctor. Después soy toda tuya —responde, rozando mis labios con los suyos.

La sala donde se lleva a cabo la sesión no está muy concurrida. Este tipo de actos son de aforo limitado. Se necesita espacio, concentración, cierto silencio... y una atmósfera de calma si es posible.

Veo que han dispuesto varias mesas. Supongo que por ahí va la dinámica de hoy. Lo primero que nos proponen es escoger quién va a ser atado. Olivia no duda ni un segundo. Aunque sé que está nerviosa, su trabajo la ha entrenado para mantener la presión a raya. Se acerca al mueble con paso firme.

Me uno a ella. Sobre la mesa están las cuerdas que vamos a utilizar. Las tomo y, sin dejar de mirarla, se las presento acariciándole los hombros con ellas. Olivia sonríe.

Siguiendo las instrucciones, se tumban boca arriba. Vamos realizando paso a paso los movimientos que nos indican. No es la primera vez para nosotros, y eso se nota: la seguridad en mis manos y la tranquilidad que me transmiten sus ojos me relajan.

Cuando acabo, Olivia está completamente expuesta: los brazos atados a las patas de la mesa por encima de la cabeza, las piernas flexionadas y abiertas, rodeadas por las cuerdas.

El escueto body está empapado y sus pulsaciones, disparadas.

Pero esta sesión no es de sexo. Al menos, no en el sentido estricto.

Las caricias que le prodigo mientras la voy atando disparan su excitación, que crece como la espuma, alimentada por la tensión acumulada de antes y la expectación de lo que está por venir.

Ceder el control —ese que siempre ejerce con firmeza— la coloca al borde de sus propios límites, y lo sé.

La noto vibrar bajo mis manos, rendida al juego, deseosa y vulnerable.

—¿Estás bien? —murmuro, acercándome a su boca y dejando un beso suave sobre una de las pasadas de cuerda en sus brazos.

—Sííí… muy bien —jadea—. No sabía cuánto necesitaba esto.

Después de jugar, tentarla, acariciarla sin darle opción a resistirse y dejarla con las ganas, el tiempo de la sesión llega a su fin. Toca desatarla.

Empiezo por los brazos, con calma, prestando atención a cada gesto. Aflojo los nudos con cuidado, masajeo sus muñecas marcadas por la presión de la cuerda y acerco sus manos a su pecho, arropándolas contra su cuerpo con delicadeza.

—¿Mejor?

—Dentro de un rato, seguro que mucho más —me reta con una media sonrisa.

Paso a las piernas. Deshago cada ligadura y recorro con los dedos las marcas rojizas que han empezado a dibujarse en su piel.

Aunque no quiera, es casi imposible no intentar soltarse.

Es instintivo, sobre todo en alguien como ella.

Tal vez alguna de esas marcas se oscurezca un poco más tarde, pero no me preocupa.

En su bolso le he metido una de esas barritas que mi hermana usa para los golpes de los niños.

Se la pasaré por las señales antes de que nos vistamos, mientras me recreo en el tacto cálido y sedoso de su piel.

La ayudo a doblar las piernas, sin perder la ocasión de acariciar su sexo por encima de la tela húmeda. Tal y como suponía, está empapada. Un gemido se le escapa al notar mi toque. Intenta cerrar las piernas por puro reflejo, pero no se lo permito: me coloco entre ellas, firme.

—Pronto, cariño…

—Creo que nunca me había sentido así. Esta sesión ha sido brutal —susurra al incorporarse, apoyando la frente en mi hombro.—Cada vez lo haces mejor —añade, con la voz aún entrecortada.

—Me inspiras —le respondo, sin necesidad de decir nada más. Entre nosotros, sobran las palabras.

* El shibari o kinbaku es un estilo japonés de bondage que implica atar siguiendo ciertos principios técnicos y estéticos, y empleando cuerdas generalmente de fibras naturales.