15 olvidarse de todo #2
—¿Paro o voy algo más allá?
—Solo un poco… lo justo. Ya sabes.
Y claro que lo sé. Quiere que la lleve al límite y no la deje terminar.
Las veces que haga falta, para que cuando vayamos al club su deseo esté a flor de piel.
Para que al volver al hotel, apenas sin tocarla, estalle como fuegos artificiales.
Solo ella es capaz de mantener ese nivel de control. Y eso, me vuelve loco. No sabe cuánto.
Sus suspiros y jadeos me lo ponen difícil.
La rapidez del polvo anterior no me bastó para liberar la adrenalina que llevo acumulada estas semanas.
Pero estos días con ella me servirán para vaciarme hasta la próxima vez que nos veamos…
si es que hay próxima, o si aparece alguien dispuesta a algo así.
La tercera vez que me detiene, obedezco.
Sé que si sigo, se correrá, y no es eso lo que queremos.
Salimos de la ducha y nos tiramos en la cama envueltos en las toallas, aunque el pelo mojado empapa las sábanas.
Cuando se da cuenta, se levanta para buscar una toalla con la que no estropear sus rizos, y yo me recreo sin pudor en su trabajada anatomía.
—Estás tremenda, sargento.
—Me halagas… teniendo en cuenta que debes de ser el patólogo más sexy del mundo.
Sale del baño con el pelo suelto, algo más seco. Se tumba a mi lado hasta que nuestros estómagos rugen con impaciencia.
—¿No has comido? —pregunta.
Alzo una ceja. Ella se ríe, me da un manotazo suave en el pecho y espera que responda. Como no lo hago, se sube encima de mí, sin preocuparse de que la toalla caiga al suelo, dejando a la vista todo su espléndido cuerpo.
—Me matas, Oliv.
—Luc, ¿qué nos pasa?
—¿Puedes ser más específica? —respondo mientras acaricio la curva de su cintura, bajando hasta sus caderas. Noto cómo su humedad desborda y moja mi piel.
—¿Por qué no podemos ser normales?
—Uy, uy… A ver, que en la cama cada uno puede hacer lo que le dé la gana. Y a nosotros nos va esto. No hay más.
—¿Cuántas veces te has repetido eso para creértelo? Tenemos treinta y cuatro años, y estamos solos. Yo voy a todas las misiones que me mandan. Nuestros amigos tienen parejas, hijos… Coño, si hasta Rafa se casó. ¿Y nosotros? Míranos. Follando con cualquiera para suplir... ¿qué?
—Estoy bien así, Oliv. No quiero una relación.
No quiero hijos. Veo demasiada mierda, y eso que vivo en una ciudad pequeña.
Y tú… tú siempre quisiste estar ahí. Mírate, joder.
Solo sois dos mujeres las que lo habéis logrado.
Yo creo que habría muerto en la primera prueba.
Eres la tía más fuerte que conozco. No necesitas a nadie a tu lado para nada.
Y oye… contigo no follo. Lo sabes, ¿verdad? Esto no es solo sexo.
—¿Y si, cuando vuelvo de una misión, me gustaría que en casa hubiera alguien que me echara de menos? Que me llamara, que se preocupara por cómo ha ido el día… Que si pasan dos días sin hablar, desee hacerlo. No sé… lo que tiene todo el mundo. Mis padres, mi hermana… los tuyos.
—Yo te echo de menos. Y me preocupo cuando no sé de ti. Cuando estás fuera, ricitos.
—Ya, pero no es lo mismo. No me esperas cuando llego. No anhelas mi olor en tu cama. No…
—Ven aquí, anda, que estás muy sensible —la atraigo hacia mí y ella se refugia en mi cuello. Me encanta el olor de su pelo, de su piel. Y creo que, a pesar de la ducha, sigue oliendo a mí. A nosotros. A lo que fuimos y dejamos ir.
—A veces me dan ganas de dejarlo todo y mandarlo a la mierda —susurra.
—No lo dirás en serio —me separo para mirarla. Y ahí está, la sinceridad más brutal reflejada en sus ojos castaños.
—Ya ves… Una casa con vistas al mar, un par de niños, un chico que me prepare el desayuno de vez en cuando, que me consuele cuando me duela la barriga… o la cabeza…
—Oye… ¿tú quién eres y qué has hecho con mi Oliv?
—Me hago vieja, Luc.
—Venga, nena, eso no te pega. Eres la mejor en moto, una de las mejores tiradoras. Tus compañeros te admiran, y eso no es fácil. No digas esas cosas. Además… quién sabe. Mira a Rafa, como tú dices. ¿Quién le iba a decir dónde encontraría a su chica? Que, por cierto, menudo bombón.
—Es muy guapa, sí. Y, por lo que dicen, una mujer maravillosa.
—Solo la he visto una vez. Con su cuñado. Venga, mi niña… Mira, voy a anular lo del club y nos vamos de tapeo, de copas, o lo que tú quieras. Luego al hotel, si te apetece. Y si no, cancelo todo y volvemos. Lo que tú digas. Light, hard, o como te dé la gana. Hoy mandas tú.
—Nooo… Llevamos tiempo esperando esto. Y el shibari *me apetece mucho. Lo del hotel también. Mañana será otro día. Solo confío en ti para eso. Y sabes que me gusta.
—No hace falta ir, te lo digo en serio.
—Tus amantes tienen mucha suerte contigo —se separa de mí y me acaricia la cara, despacio, como si memorizara cada milímetro de mi piel. Como si no la conociera ya.
—Esto es solo contigo, cariño. Con ellas no duermo, no me ducho, y no converso. Ya lo sabes. Solo follo. Y una vez.
—Pues con más motivo… No sé por qué no estamos juntos. Somos perfectos el uno para el otro.