El Dolor de la Culpa 15 olvidarse de todo
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15 olvidarse de todo

OLVIDARSE DE TODO

LUCAS

Por fin llega el viernes y me subo al primer AVE nada más salir del trabajo.

He metido lo justo en una mochila, un bocata, y me he ido caminando a la estación para no perder tiempo ni en coger el coche ni la moto.

Azahara me propuso quedar el sábado, pero le conté que tenía un evento con unos amigos en Madrid.

Al fin y al cabo, el próximo fin de semana se celebra la boda a la que quiere que la acompañe… y cada vez tengo más dudas.

Ya sentado en mi asiento, con los auriculares puestos, suena La Flaca. No sé por qué, pero la imagen de África me viene a la cabeza. Paso la canción. Ahora es Melendi quien desgrana Lágrimas Desordenadas. Let´s Get Loud es la última que escucho antes de dormirme en el asiento.

Al notar que el tren se detiene, me doy cuenta de que ya hemos llegado. Espero a que todo el mundo se apee, recojo mis cosas y me dirijo hacia la salida, donde me espera mi cita.

Subo la rampa y salgo a la calle. Olivia está allí, aguardándome. Me sonríe al verme y, como siempre —bueno, desde que Carla y yo lo dejamos—, me da un breve beso en los labios. Después, un abrazo largo que me reconforta más de lo que esperaba.

—Estás muy guapo, Luc —dice, repasándome con la mirada—. Pero tienes ojeras. No te trata bien la medicina. Pronto te hará falta a ti una sesión de tanatoestética.

—Fíjate, en cambio tú estás espectacular. El cuerpo te cuida bien.

Olivia es un mujerón. No demasiado alta, pero luce un cuerpo proporcionado. Las horas de entrenamiento han colocado cada curva justo donde debe. Imagino que tiene a todos sus compañeros en tensión constante… más aún en un sitio donde solo hay dos mujeres.

—Te quedas conmigo, ¿no?

—No debería... pero sí. Esta noche tengo reserva en el LAD.

Abre mucho los ojos y se detiene a mi lado, con una sonrisa que no deja lugar a dudas.

—Vienes fuerte, nene. Pensé que solo íbamos al club.

—Pues no. Necesito más. ¿Dónde habías reservado tú? Y dime cuánto te tengo que pasar por Bizum.

—Nada. El resto lo pagas tú.

Nos detenemos frente a su moto, una Ducati algo más antigua que la mía, pero igual de preciosa. Me tiende un casco, se sube y sujeta la montura para que haga lo mismo.

—¿Serás capaz de dejarme el control, al menos hasta llegar al hotel? ¿O quieres llevarla tú?

—No, toda tuya. Así me pego a tu culo.

La oigo reír y arranca. Se cuela entre el tráfico con la soltura de quien ha nacido para ello.

Y eso que esta hora es una locura: los que salen de trabajar se cruzan con los que entran de tarde, los que huyen de la ciudad, y el tráfico eterno de Madrid lo complica todo.

Por eso nunca vengo en coche o en moto cuando subo.

Soy incapaz de hacer lo que ella hace, con el virtuosismo de una especialista.

No en vano, es la segunda mujer que ha entrado en el GAR, el Grupo de Acción Rápida de la Guardia Civil.

—¿Vas bien? —pregunta al detenernos en un semáforo—. Sé lo que te cuesta ir de paquete.

—Voy bien, pesada. No te preocupes. Solo monto contigo… o con Ali.

—¿Cómo están, ella y los niños, y tu cuñado?

—Muy bien. Mucho trabajo, y los niños demasiado listillos, pero bien. Vi a tu hermana hace poco.

—Me lo dijo. Llegamos en un par de minutos. Espero que te guste mi elección. Y si quieres, podemos pasear por Debod.

—Te aseguro que no he venido a pasear… o sí, pero por tu cuerpo, sargento.

—Uuuh, me has puesto a mil, doctor. Has desintegrado mis bragas.

—Ah, ¿pero ahora usas de eso?

—Estoy segura de que te van a gustar —me provoca.

Y lo consigue. La excitación acumulada empieza a hacer de las suyas.

Olivia y yo salíamos juntos en otra vida.

Cuando decidió prepararse para entrar en el GAR y se marchó a Logroño, lo dejamos.

Más tarde, antes de empezar con Carla, coincidimos varias veces en Almería, en Madrid, en Córdoba… y siempre acabábamos enredados.

Nos entendemos muy bien en todos los aspectos. Especialmente en la cama.

Ahora, ella, que en su trabajo necesita tener el control absoluto todo el tiempo, se ha convertido justo en lo que yo necesito: quiere que la controlen.

Es la compañera perfecta de juegos. Nos conocemos tan bien que confiamos el uno en el otro sin dudar ni un segundo.

Y para muchas cosas —en este tipo de prácticas— eso es lo ideal.

Entramos en el parking del hotel y subimos directamente a la enésima planta. El trayecto en ascensor se me hace eterno; el estrecho habitáculo va ocupado por dos parejas de sexagenarios, y lo de empezar a jugar se queda, de momento, en un deseo frustrado.

Pero en cuanto cruzamos la puerta de la habitación, no espero más.

Cierro con el pie. Los cascos ruedan por el suelo y mi mochila corre la misma suerte.

La arrincono contra la pared sin darle tiempo a reaccionar, le subo las manos por encima de la cabeza y, ahora sí, me deleito en sus labios sin restos de maquillaje, suaves, apetecibles…

Solo con su aceptación, con la batalla juguetona de su lengua y los gemidos ahogados que se pierden en mi boca, ya estoy más que listo.

Eso y que ni recuerdo cuándo fue la última vez que tuve un polvo en condiciones.

Y con ella no será uno solo; tengo que recargar las pilas para rato.

Con una mano le sujeto las muñecas; con la otra, tanteo la abertura de su mono vaquero, palabra de honor, sin conseguir encontrarla. Noto cómo se ríe en mi boca.

—¿Me dejas? —susurra, divertida, ansiosa.

La suelto. Como por arte de magia, el mono cae a sus pies, dejándola solo con un conjunto de lencería que me deja sin aliento.

—Tenías razón. Me encantan tus bragas.

—Lo sabía. Aún te conozco bien.

—Mejor que nadie —respondo, volviendo a inmovilizarle las manos por encima de la cabeza mientras tanteo sus labios con una sonrisa. Jadea al notar mi erección pegada a su cintura—. No sabes las ganas que tenía de ti. De esto.

Gimo cuando me muerde el labio. Que no pueda tocarme no significa que no sepa volverme loco solo con su forma de besarme o de mirarme… con esos suspiros que me sacuden.

Coloco una pierna entre las suyas y la froto, notando el calor que emana de su sexo.

Si la dejara, podría mojarme, estoy seguro.

Pero no le voy a dar la opción. Bajo por su cuello, beso su piel dorada, muerdo el filo del encaje negro de su sujetador y lo bajo para hacer lo mismo con el pezón erecto, que se endurece aún más al contacto con mi lengua.

—Lucaasss...

Bajo una mano y la deslizo entre sus bragas, acariciando su piel sedosa, húmeda, cálida. Esparzo sus jugos con los dedos, lentos, firmes.

—Joder… No sabía que te echaba tanto de menos. No pares… Dios...

Me encanta lo expresiva que es. No se corta. Sabe pedir, suplicar si hace falta para conseguir lo que desea. Y si se trata de dar, es igual de generosa... cuando la dejo.

—Oliv… ¿seguimos igual?

Solo con ella he dejado de usar preservativo. Desde hace años. A no ser que algo haya cambiado.

—Sííí... y por favor, ya...

No necesito más. Si la dejo un poco más, no será igual. Retiro los dedos, desabrocho el pantalón, me lo bajo y busco espacio suficiente para poder entrar en ella, que me llama a gritos.

—Diooos, Lucas... ¿por qué coño no quedamos más a menudo?

Me lo pregunta justo cuando la empotro contra la pared, y el sonido de nuestros cuerpos sudorosos, unidos por el deseo, llena la habitación. A veces la vida te pasa por encima. A nosotros nos arrolló.

—Oliv… no puedo más. Y no quiero dejarte a medias.

—¿A qué esperas? Solo estoy conteniéndome un poco —susurra, y no necesita ser más explícita.

Subo una mano a su garganta y presiono, lo justo.

Solo para privarla del aire en el instante exacto en el que su orgasmo la sacude y la hace estallar.

Yo me corro con ella, al mismo tiempo. Unos segundos —menos de siete— en los que, con demasiada presión, podría haber pérdida de conocimiento.

Pero no. La suelto, masajeo la zona y la animo a recuperar el ritmo normal de la respiración.

Acaricio sus muñecas. Ella rodea mi cintura con las piernas, se agarra fuerte, y sin salir de ella intento llegar al baño sin que nada se nos escape.

—¿Bien? —pregunto mientras me acabo de quitar la ropa para entrar en la ducha. Ella hace lo mismo. Sonríe y deja un beso cálido en mi espalda, provocándome un escalofrío.

—¿Por qué, Luc?

—Logroño, Oliv. Logroño. Para nosotros, nuestra carrera iba por delante de todo lo demás. Seguro que tienes un montón de compañeros encantados de salir contigo.

—¿Y de pensar que estoy loca porque me gusta esto? No, gracias. Eso no lo comparto más que contigo. ¿Por qué rompiste con Carla? Por lo mismo, ¿no?

Asiento en silencio. Ella se encoge de hombros.

—Tal vez, algún día, encontremos a alguien con quien practicar… o alguien que nos llene tanto que ni lo echemos de menos. También podría ser.

—Es posible —respondo.

Acciona la ducha y se mete debajo, con el agua casi fría.

Hasta en eso coincidimos. Me acerco por detrás, masajeo su cuello y su garganta con suavidad.

Noto cómo se relaja. Ha traído su champú; tiene el pelo rizado y usa uno específico.

Lo cojo y echo un poco en la palma de la mano.

Se lo lavo con mimo, como sé que le gusta.

—Sería tan fácil... —susurra, pensativa, dejando un beso suave en mis labios. Y, de pronto, parece triste.

—Eh... no te pongas así. Se supone que este finde era para disfrutar —trato de animarla mientras le aparto el pelo mojado de la cara y retiro con los dedos las gotas que resbalan por sus mejillas—. Por cierto, dime cuánto te ha costado todo esto. No era necesario tanto derroche.

—Ah, no, tú has pagado lo demás. Y la comida también corre de tu parte.

—Eso tenlo claro. Y voy a ponerlo en práctica ahora mismo —respondo, sin darle tiempo a entender a qué me refiero. Me agacho, coloco una de sus piernas sobre mi hombro y me adentro en sus pliegues, húmedos y cálidos.

—Eh, que no me refería a eso… joder, Luc —gime, aunque su tono no suena muy convencido de que quiera detenerme.