El Dolor de la Culpa 14 un día tras otro #2
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14 un día tras otro #2

Ahora, mis turnos, su empresa —que la tiene desbordada—, sus responsabilidades con los niños y con un marido que hace más horas que un reloj, nos tienen más separados de lo que quisiéramos.

Aun así, seguimos ahí, compartiendo comentarios sobre libros, series o artilugios tecnológicos que en realidad nos importan poco, pero nos hacen reír.

O nos mandamos cualquier noticia que nos sorprende.

Y esa música que dice que es «de viejos», aunque sé que, en el fondo, también le gusta.

Así que, con las caritas de Nerea y Adri flotando en mi mente, decido que mi destino será la carretera de Los Villares.

Subiré hasta las antenas y luego bajaré por la otra vertiente, más segura, aunque mucho menos satisfactoria para mí.

Pero no quiero, por nada del mundo, que por una estupidez mía mi familia sufra.

No por mí.

La entrevista con las inspectoras me pilla por sorpresa, y durante un instante necesito parar y pensar si lo que me están pidiendo es realmente necesario.

Pero si se trata de salvar vidas —y tanto ellas como yo tenemos claro que habrá más víctimas de este tarado o tarada, aunque por mi experiencia apostaría a que es un hombre—, entonces no hay muchas dudas.

Les pido un momento para hablar con Mario a solas. Como estamos en un despacho y no en una sala de interrogatorios, la escena —por llamarla de alguna forma— no resulta tan violenta como cabría esperar. O quizá es que estar aquí empieza a parecerme una rutina.

—¿Cómo lo ves? —pregunto, una vez que nos aseguramos de estar solos en la sala. Si hay micros o cámaras, ya es algo que escapa a nuestro control. No me encanta la idea.

Mario recorre con la mirada las esquinas de la habitación, se levanta y palpa bajo la mesa.

Todo parece impoluto, a pesar de las carpetas con informes sobre la mesa y una cajonera cerrada.

¿De verdad aún se guardan archivos en papel?

Vuelve a sentarse, se revuelve el pelo oscuro, ese que se peina sin sentido, porque siempre termina pareciendo que acaba de levantarse.

—Me parece una opción. Pero es tu vida privada la que vas a airear.

Ya bastante ha hecho la zorra de la psicóloga saltándose la confidencialidad, que deberíamos denunciar, por cierto, como para que tú ahora les des más carnaza.

Pero, pensando en las chicas, puede tener sentido.

Estoy sin ideas, Luc, no sé qué aconsejarte.

Ellas lo están planteando como una colaboración, pero si quisieran podrían pedirle al juez que te obligue a declarar.

Y no lo han hecho... Tal vez tu amiguita tenga algo que ver.

—Mario, lo único que quiero es que esto no vaya a más, que ese hijo de puta acabe en la cárcel.

Porque en este país matar sale demasiado barato.

Siento que mi familia tenga que enterarse de esto, sobre todo mis padres.

No sé qué pensarían de mí. Lo demás... me importa entre poco y nada.

Y por supuesto, no quiero que esto afecte a los niños.

—Mientras no haya atención mediática, puede ser. Pero, no tengo ni idea de cómo todo este embrollo no ha trascendido aún.

—Tengo una teoría…

Me conoce tan bien que ya sabe por dónde voy, y enseguida responde:

—Eso no es una teoría, es un hecho. El juez frecuenta esos ambientes. No aquí, claro, pero su mujer y él tienen fama. Menudas fiestas montan en la playa, sobre todo. Lo sabe un círculo muy selecto.

—Ah, que lo sabías.

—La pregunta es: ¿cómo lo sabes tú?

—He coincidido con él en Madrid. Por cierto, el viernes, después de salir, viajo allí hasta el domingo. Hay un evento en el Inkr.

—Ya sabes lo que pienso. Pero eres mayorcito.

—No te he pedido permiso. A lo que íbamos… ¿Les doy la lista o no?

—Sí. Tampoco son tantas.

Unos golpes suaves en la puerta llaman nuestra atención. La inspectora Martín asoma la cabeza con una sonrisa tímida, pidiendo permiso.

—¿Estáis listos?

Asentimos los dos y ellas entran con vasos de café de máquina.

—¿Aquí tampoco llega el presupuesto para una cafetera decente? —pregunto, intentando romper la tensión que ahora, al detenerme un segundo, me doy cuenta de que sí está presente.

—Se ve que no —responde Saray con media sonrisa—. Deberíamos ponernos en huelga, ¿no crees, doctor?

—Estoy contigo —respondo, divertido. Noto cómo Ava lanza una mirada que echa chispas, lo que no hace más que divertirme más—. Si quieres, cuando todo esto acabe, nos encadenamos unos días en la puerta de la comisaría, y otros en la del IMLCF.

—¿Tienes que arreglarlo todo atando gente? —pregunta Ava con un tono que no identifico.

—Oye, oye, inspectora, que he dicho que yo me encadeno.

—Me gustaría verlo —añade, desafiante, mientras deja un café frente a mí—. Solo con dos de azúcar.

—Cuando quieras —le susurro mientras se aleja.

Mario me fulmina con la mirada. La inspectora Reyes se contiene para no soltar una carcajada.

—A ver, señores —interviene Mario con su tono de abogado en modo irónico—, algunos tenemos cosas que hacer. Lucas, si vas a entregarle a las inspectoras la lista de los reyes godos, será mejor que empieces.

—¿Nadie te ha dicho que eres tan gracioso que dan ganas de vomitar, abogado?

—Solo hay seis, inspectora —añado con resignación.

—«Solo», dice —replica Ava con sarcasmo—. Si es que no sé de dónde sacas el tiempo… ni las ganas.

—Uf, si yo te contara…

Con esos tira y afloja terminamos la mañana. Les doy los nombres y las direcciones de las chicas. Nada más. Solo conozco el apellido de algunas.

La cara de Ava es un poema cuando le doy detalles de ellas: cosas significativas que me contaron mientras tomábamos una copa. Fragmentos de su vida.

—Te mantendré informado, Lucas —dice Ava a modo de despedida.