El Dolor de la Culpa 14 un día tras otro
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14 un día tras otro

UN DÍA TRAS OTRO

LUCAS

La psicóloga me está esperando cuando llego, cinco minutos tarde. Empezamos mal. Me taladra con la mirada nada más entrar. No sé por qué he vuelto. Tengo con ella el mismo feeling que con una piedra… No, peor. En mi despacho tengo piedras con más empatía que ella.

Sí, colecciono piedras como pisapapeles. En Almería suelo encontrar a veces bombas volcánicas y, si me gustan, las traigo para la mesa.

—Buenas tardes, Lucas. Nunca mejor dicho —espeta con sarcasmo.

—Lo siento, había mucho tráfico —me excuso, con voz cansada.

—Pues haber salido antes. Tú pediste la cita, no yo.

—Esto ha sido un error. Siento hacerte perder el tiempo. Mejor me voy. Ahora te abono la consulta.

—Siéntate. Y deja de comportarte como un niño —ordena con ese tono seco que hace que se me hiele la sangre.

No puede haber una tía más intimidante que ella.

Y eso que no soy fácil de impresionar, pero me hace sentir como si tuviera diez años y me fueran a castigar sin recreo.

Le hago caso y me dejo caer en el sofá, que es de todo menos cómodo.

A veces pienso que lo tiene ahí precisamente como elemento de castigo.

El despacho, aunque pretende ser acogedor, a mí me recuerda a una cámara de tortura moderna.

En las paredes cuelgan cuadros sin sentido: manchas que no forman nada, quizá expresamente elegidos para desquiciar al paciente.

Un jarrón sobre la mesa exhibe tulipanes amarillos.

Con todos los colores del mundo, y va y escoge el amarillo…

—Supongo que la policía se ha puesto en contacto contigo. Ya sabrás cuál es mi situación. Por eso te pedí la cita. Estoy algo… agobiado.

—¿Has sido tú? —pregunta con la voz más fría que he oído en mi vida.

Joder… se supone que está aquí para ayudarme, no para destruirme. Es la última vez que vengo. Buscaré a otra persona.

—Eres mi psicóloga. Deberías saber si soy capaz de cometer algo así.

—Cualquier persona en un momento determinado puede cometer un homicidio accidental. Más si practica ciertas parafilias. Dejaste a tu novia porque no quisiste arrastrarla a eso. ¿No te dice nada sobre tu comportamiento?

—¿Tratas así a todos tus pacientes, o solo te pasa conmigo? ¿Es por mis gustos sexuales? ¿Soy yo? ¿O simplemente no entraste en medicina y te frustraste? ¿Qué cojones tienes conmigo?

—Tienes todos los números para ser un sociópata de manual. Eres atractivo, brillante, manipulador. Siempre consigues lo que quieres. ¿Por qué no podrías haber sido tú?

Me levanto del sofá y me acerco a su mesa. Ella no se inmuta, parapetada tras el portátil en el que no deja de escribir. Frustrado por su aparente indiferencia, lo cierro de golpe. No se lo espera. Recula bruscamente, empujando el sillón hacia atrás.

—Escúchame bien —le digo con la voz baja, pero firme, contenida como dinamita—. No soy ningún sociópata. No manipulo a nadie. Y en cuanto a lo otro, sí: soy inteligente. Pero me lo he currado. Todo. Desde que tengo uso de razón.

Y la inteligencia, querida, no se compra en una universidad privada como tu título ni tus másteres. No digo que todos lo hagan, pero el tuyo, o te lo dieron en una rifa o te arrodillaste para conseguirlo.

Y sí, sé cómo suena. Y eso es exactamente lo que pienso.

—No tienes ni un gramo de empatía ni profesionalidad —prosigo—. Al menos conmigo. Y no, no he asesinado a nadie. Porque, por si no lo sabes, esto no ha sido un accidente. A esas chicas las asesinaron. Y si esa información sale de estas cuatro paredes, sabré que fuiste tú.

Hago una pausa sosteniéndole la mirada. Su cara es una máscara. No parpadea, no gesticula, no muestra ninguna emoción.

—Gracias por tu inestimable ayuda. Estoy seguro de que tus informes a la policía han sido un auténtico regalo para mí.

Menos mal que, pese a mis conocimientos científicos, sigo creyendo en el karma. Y el karma, doctora, ni mereces ese título, por mucho diploma que lo acredite, pone a cada uno en su sitio.

Me giro sin darle opción a responder.

—Espero no volver a verte en mi vida.

Cojo el casco y salgo dando un portazo que retumba en todo el pasillo. Al llegar al mostrador, donde está la secretaria —o lo que coño sea—, me planto delante de ella con la mandíbula apretada.

—Cobra la sesión. Y dile a tu jefa que borre mi historial. O mejor aún, que me lo envíe, porque si no lo hace, emprenderé acciones legales por calumnias y otras lindezas —suelto, sin molestarme en moderar el tono.

La chica parpadea un par de veces, con los ojos tan abiertos que parece que le van a saltar de la cara. No sabe si hablar, si correr o si llamar a seguridad. Entonces Itziar sale de la consulta y me pide que vuelva a entrar.

—No.

Le dice a la chica que no me cobre la consulta.

—Deseo que me la cobre. No me marcharé hasta que lo haga —respondo sin mirarla.

—Lucas, por favor… Ha sido un malentendido —intenta justificarse.

—¿Quieres que mi abogado llame a la inspectora Martín y le pida tu declaración? ¿O prefieres que hable directamente con el juez? A ver qué opinan del malentendido.

—Por favor… —murmura.

—Para eso venía. Para pedirte un favor profesional. Me hacía falta tu ayuda. Y mira en lo que ha acabado. Espero no volver a verte. La próxima vez traeré a mi abogado. Así que, por favor, ¿me das mi informe?

—No puedo hacer eso —responde con un hilo de voz.

Sé que miente.

Saco el móvil del bolsillo lateral de las bermudas y llamo a Mario.

—¿Mario, puedo exigir que me den mi informe en la clínica psicológica? ¿Tienen que entregármelo?

—¿Qué ha pasado? Sí, claro. Ley 41/2002, de autonomía del paciente. Tienes derecho a solicitar tu historial completo. ¿Me cuentas por favor?

—Ahora te llamo. Espero que esta señora conozca la ley que me acabas de citar; si no, se la buscaré en Google. Gracias, no estaba seguro del artículo. Además, para eso eres mi abogado.

Cuelgo y vuelvo a guardar el móvil en el bolsillo. Itziar no dice nada, pero su actitud derrotada lo dice todo.

Se da la vuelta, evitando mi mirada, y me dice que la acompañe.

Entra en su despacho y empieza a teclear. Me hace un gesto para que me acerque y me muestra una carpeta con mi nombre. Me la envía al correo y cierra la ventana.

—La copia de seguridad, por favor.

Boquea, como si el aire le faltara. Esta mujer se cree que soy imbécil. Llevo años en esto. Sé perfectamente que todo se duplica, que todo deja huella.

Resignada, entra en otra carpeta. Teclea una clave, creyendo que no soy capaz de retenerla. Pero en cuanto salga de aquí la apuntaré. Mi memoria fotográfica tiene sus ventajas, aunque a veces sea más maldición que don. Eso tampoco lo sabe mucha gente.

Borra la copia delante de mí.

—Espero que no haya más.

—No. Te lo aseguro.

—No es que tu palabra tenga mucho valor para mí, pero tendré que creerte.

Salgo tras comprobar que el correo con mi historial ha llegado. En el mostrador, abono la sesión. Esta vez, la secretaria no pone pegas. En la sala de espera hay otra paciente. La miro sin verla, con la sangre bullendo a tal velocidad que creo que voy a colapsar.

Dos imágenes se cuelan en mi mente: los ojos oscuros de Azahara, decepcionados por mi negativa, y los ojos azules de Ava, siempre con ese brillo desafiante. Su perfume. Su olor. Su…

Y como si pensar en ella fuera un conjuro, su número aparece en la pantalla de mi reloj.

Me detengo, justo antes de subirme a la moto, y descuelgo.

—Dime —respondo, seco.

—Hola a ti también.

—Ava, no. No es el día.

—Nunca es el día, Lucas. Lo que te hace falta es un polvo.

—¿Te ofreces voluntaria para el desahogo? —le lanzo, mordaz. La oigo suspirar. No es nada sutil. Puedo imaginar sus pupilas dilatadas. Sonrío al pensarlo.

—¿A qué hora vienes mañana?

—Tengo todo el día para ti —sigo provocándola—. Cuando tú quieras. ¿A las once?

—Bien. ¿Qué te ha pasado? ¿Quieres hablar?

—¿Con la inspectora que quiere verme entre rejas?

—No seas capullo, sabes que eso no es verdad. Si alguien apuesta por ti, Lucas, esa soy yo.

—¿Y si mañana aparece otro cadáver con mis huellas? ¿O con cualquier otro tipo de rastro mío? —la desafío. Quiero ver hasta dónde llega. Saber si realmente está de mi lado.

—Presunción de inocencia, Lucas. Siempre.

—No te preocupes. Estoy bien… o lo estaré. En cuanto cabalgue unos kilómetros con mi chica. Acabo de ponerle fin a mi relación con la psicóloga. Por fin. Debí hacerlo hace meses.

—En eso estamos de acuerdo. Tengo un par de amigos que son muy buenos, si quieres te paso sus números. Aunque te vendría bien hablar, tienes razón: yo no soy tu mejor opción. Disfruta de tu chica… y ten cuidado.

El tono de esas dos últimas palabras me remueve por dentro. Me hace sentir demasiado. Cosas que no debería.

—Hasta mañana —digo antes de colgar.

Monto en la moto y arranco. Sé que no llevo la ropa adecuada, y que mi estado físico —ni mucho menos el mental— es el mejor para hacer kilómetros.

Pero si las cosas fueran distintas, si la responsabilidad y mi familia me importaran una mierda, pondría rumbo a Málaga ahora mismo.

Solo por el placer de escuchar el rumor de las olas un rato.

Ir, dejarme llevar, y volver esta noche…

o mañana temprano, antes de mi cita en la comisaría.

Pero siempre que la cabeza amenaza con estallarme, el recuerdo de mis sobrinos acude al rescate.

Sí, esos dos enanos de los que me enamoré en cuanto los vi por primera vez.

Porque fui yo quien los vio antes que nadie, después de sus padres.

Ni los míos, ni los otros abuelos, ni los hermanos de mi cuñado.

Fui yo. Porque mi hermana y yo, a pesar de los años que nos separan, siempre hemos tenido una relación especial.

En cierto modo, creo que durante muchos años fui su juguete favorito.