El Dolor de la Culpa 13 calma #2
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13 calma #2

Su tono cambia, se encoje ligeramente sobre la silla. La observo, esperando que se detenga, pero veo en su expresión que necesita contarlo, así que la dejo.

—Acabé en casa de un tío de la boda. Un impresentable... —se detiene, traga saliva—. Luego me persiguió durante meses, me hizo la vida imposible. Me costó que entendiera que había sido un error.

Cuando terminamos, ambos tenemos compras pendientes y decidimos pasarnos por El Corte Inglés.

Tras hacernos con lo que necesitábamos, nos damos cuenta de que casi es la una.

Me propone tomarnos una cerveza, pero como he quedado con Mario, tengo que rechazarla.

La emplazo a otro día, cuando salgamos de guardia o coincidan nuestros turnos.

La acompaño un buen trecho, aunque insiste en que no la lleve hasta casa, y nos despedimos con un beso suave en la mejilla, de esos que dejan ganas de más.

Me cruzo con Mario justo cuando está saliendo del parking de la calle Sevilla. Al verme, sonríe y se ofrece a echarme una mano con las bolsas. Subimos a casa entre bromas.

—Lo siento, pretendía haber vuelto antes y dejar listo el almuerzo, pero me he entretenido demasiado —me disculpo, dejando las bolsas sobre la encimera.

Mario me clava una mirada a medio camino entre reproche y la burla.

—No entiendo a qué juegas. Te gusta, ¿por qué no le das una oportunidad? —lanza la pregunta que hasta yo mismo me hago a ratos.

—¿Me ayudas con esto y preparamos un risotto de setas? He traído parmigiano reggiano y un chianti —propongo, desviando la conversación.

—¿Y qué celebramos? —pregunta, extrañado.

—La vida. —Sonrío, abriendo la botella.

—Vaya, qué profundo te has puesto. Venga, abre el vino y saca el queso. Con que dejes un poco para el arroz me vale. Y cuéntame: ¿qué es eso de volver mañana a la comisaría? Está claro que la inspectora se inventa cualquier excusa para tenerte cerca.

—Claro, soy el hombre ideal. Cero problemas, todo flores y corazones... —ironizo mientras corto el queso—. Venga, hombre, no jodas. No le faltarán tíos detrás.

—Pero igual no es a esos a los que quiere —insinúa, divertido, dándome un codazo.

El rato juntos, siempre que evitamos hablar de trabajo, es un soplo de aire fresco.

Con Mario es imposible aburrirse. Me cuenta que, por fin, se ha decidido a tomarse en serio lo suyo con Carla, porque eso es lo que ella quiere.

No termino de verlo claro; siempre ha sido un poco manipuladora, de las que llevan a todos a su terreno.

Pero no es mala persona. Si encajan, tal vez funcione.

—Oye, ¿no tenías sesión con la terapeuta hoy? —me recuerda, lanzando una carcajada cuando me ve mirar el reloj, sobre las seis de la tarde. Estamos enfrascados en una partida de Mario Kart; le he ganado siete veces seguidas, pero su vena competitiva no lo deja rendirse.

—Hostia, se me había olvidado. Es en media hora. Creo que ya te he humillado bastante por hoy —bromeo, soltando el mando mientras mi personaje, Mario, va segundo.

—¡Serás cabrón! Para una vez que iba ganando... —protesta, tirando el mando al sofá.

—Vale, vale, has ganado: una a siete. No está mal para ser tú —me burlo, levantándome.

—Contigo no se puede. Todo se te da bien, tío.

Me encojo de hombros y sonrío, disfrutando del pique.

—Tú tienes el glamour, yo lo demás. No se puede tener todo.

—Sí, sí… pero el que siempre se las lleva de calle eres tú. Desde infantil. Con esa carita de ángel y esos ojitos verdes...

—Ja, ja, ja... genética, colega. No es culpa mía.

Salimos aún entre risas, picándonos. Y, cómo no, mi vecina aparece como si tuviera un radar para pillarme cada vez que salgo.

—Hola, Lucas... Ay, pensé que seguías con tu amiga —dice, escaneando a Mario con la mirada.

—Pues no, Sofía —respondo, irónico—. Se fue después de comprobar que ibas a regar tus plantas de plástico.

—No eran las plantas —se justifica, con la excusa preparada—. Iba a echar agua con lejía en las esquinas del portal, para que no se meen los perros.

—Ahh, bien, haciendo labores comunitarias. Muchas gracias, Sofía.

Cierro la puerta y, antes de que entre en su piso, vuelve a tirarme el anzuelo.

—Oye, Lucas, he hecho arroz con leche. Sé que te gusta. Pásate luego y picamos algo, te tomas un postre...

—Gracias, pero hoy ya he comido arroz. Dos veces en un día me parece demasiado. Aun así, gracias de verdad.

—Bueno, pues te lo llevo en un táper, para cuando te apetezca. O pásate tú.

—Ya veremos, Sofía.

Empujo a Mario escaleras abajo, mientras él se descojona a mi costa. Abajo, ya no aguanta más y estalla en carcajadas.

—¿Ves? Eres la hostia, colega.

—¿Cuántas veces tendré que darle largas? Qué intensidad de mujer, por Dios.

—¿Pero alguna vez has tenido algo con ella y no me lo has contado? —pregunta entre risas.

—¿Quééé? ¡Claro que no! Se te va la pinza. ¿Te imaginas ese control las veinticuatro horas? Si hasta creo que tiene mi cuadrante pegado en la nevera.

—Bueno, tendrás que reconocer que está muy buena.

— Sí, no digo que no. Pero ni de coña. ¿Te la imaginas? Además, ¿qué parte de solo sexo es la que no entiendes? ¿Tú la ves atada y, después, si te he visto no me acuerdo?

—Atada sí, la verdad, tiene su morbo. Lo demás, con lo extrema que es, como que no encaja, ¿no? —se carcajea—. Pero vamos, parece que solo vives para eso.

—Dejemos el tema. ¿Nos vemos mañana en comisaría o te recojo?

—Quedamos directamente en el despacho.