13 calma
CALMA
LUCAS
El resto del turno pasa como una sombra.
Apenas soy consciente de un par de entradas registradas para el día siguiente y de una llamada de la inspectora, que de nuevo me cita en comisaría para no sé qué de una lista.
Le respondo que le confirmaré en cuanto hable con mis abogados, y, cuando por fin me marcho al ver llegar a Inma —quien cubre la guardia de hoy—, solo puedo pensar en llegar a casa y pasar un rato con mi nueva amiga.
Ni siquiera me detengo a ducharme, como suelo hacer tras un turno así.
—Lucas, deberías cogerte unas vacaciones —me aconseja mi compañera.
—Ya veré... Por ahora no puedo. Si cada dos días tengo que presentarme en comisaría para alguna gilipollez, ¿vacaciones para quedarme aquí?
Prefiero seguir trabajando, la verdad. —Recojo mis cosas y me dirijo a la puerta—.
Me largo, he quedado para desayunar y aún quiero ducharme antes. Te veo pasado mañana, compi.
Estoy ajustándome el casco cuando suena el móvil. Espero a que se conecte el Bluetooth para responder.
—Buenos días.
—¿Desayunamos?
—He quedado con Azahara. ¿Comemos juntos? Tengo que hablar contigo, mañana otra vez visita policial.
—¿Y ahora qué? Tendrás que encontrar la forma de arreglar esa tensión con la inspectora, a ver si te dejan en paz. ¿A las dos en Norte y Sur?
—No, mejor vente a casa. Hago algo de pasta o lo que surja.
—Ok, nos vemos. Y piénsate lo de la inspectora...
—No. Yo no...
—Ya, ya.
Sus palabras dan vueltas en mi cabeza mientras me adentro en el tráfico espeso de esta hora: padres dejando a los niños en el colegio, empleados entrando en tiendas, buses, furgonetas y el lento caos de una ciudad donde casi hay más coches que personas.
Al llegar a casa abro la cochera y aparco la moto.
Cuando salgo, la veo. Azahara está en la puerta, esperándome.
Lleva un vestido corto, veraniego, de tirantes, acorde a este cálido junio, y juraría que sus piernas lucen un tono más dorado que ayer.
Me acerco con sigilo, recreándome un segundo de más en sus formas, redondeadas y perfectas, aunque ella no lo crea.
No me lo ha dicho, pero sé que no le gusta su cuerpo.
—¡Ay, hola, Lucas! No te había visto —saluda con dos besos que impregnan su aroma en mi mejilla. Después de tantas horas de guardia, ni siquiera sé a qué debo oler yo.
—Acabo de llegar. Venía del garaje. Quería ducharme allí, como siempre, pero necesitaba salir pitando. El tráfico está insoportable. ¿Te importa si subo a darme una ducha rápida?
—No, claro. Te espero.
—¿Subes? —pregunto, señalando el portal.
—Bueno... si no es molestia —duda un instante.
—Solo si no lo es para ti. Te advierto que mi casa es un caos. Igual te sientas sobre un libro... o sobre diez. Puede que haya un par de vasos en la mesa. Ni recuerdo cómo lo dejé al salir. En el trabajo soy metódico, perfeccionista, pero en casa...
—No creo que me asuste. Vamos.
Subimos. En algunos tramos la dejo pasar delante y, joder...
el vaivén de su culo me lo pone muy, muy difícil.
Y no hablemos de sus piernas. Simulo que se me ha desatado una zapatilla para detenerme y dejar que me saque ventaja.
Necesito un desahogo, y pronto. Casi se vuelve una urgencia fisiológica.
Llegamos al rellano y, como si el universo disfrutara troleándome, ahí está la vecina cotilla. Sale justo en ese momento para regar las plantas del descansillo. Son de plástico. ¿Qué coño hace entonces con una botella de agua?
—Buenos días, Lucas... y compañía.
—Buenos días, Sofía —respondo apresurado. Abro la puerta con el móvil, sin darle opción a asomarse al interior, y entramos rápidamente.
—¡Ja, ja, ja! ¿Iba a regar una palmera de plástico? —pregunta Azahara, entre asombrada y divertida.
—No preguntes. Mi amigo dice que tiene algo pendiente conmigo y por eso me vigila.
—No sé de qué te extrañas...
—A ver, en mi vida le he dado pie a nada. Y, para continuar, las cotillas no me ponen nada de nada.
—¡Ja, ja, ja! Pensé que ibas a decir que es mayor para ti.
—Ah, no. Eso me da igual. ¿Quieres un café mientras me ducho?
—Vale. Lo preparo yo. ¿Es de cápsulas?
—No. Es la de Brad Pitt. Tiene un menú entero. Pero siéntete libre de trastearla. Y no, no venía él en la caja.
—¡Ja, ja, ja! Hoy estás graciosillo, doctor. Anda, vete a ducharte o acabaremos desayunando a la hora del aperitivo —dice, empujándome con suavidad para que me marche.
El calor de sus manos en mi pecho me activa hasta la última célula del cuerpo.
Pongo la ducha lo más fría que puedo soportar y, aun así, la erección late con dolorosa obstinación, exigiendo atención.
Dirijo el chorro helado a la zona en cuestión, pero ni con eso logro que se calme del todo.
Me obligo a pensar en cosas poco excitantes —cualquier cosa menos la preciosidad morena que me espera, seguramente, en mi cocina o en el salón— y caigo en la cuenta de que, aparte de Carla, es la única chica que ha pisado este piso.
Apoyo la frente contra la pared. El frescor del mármol y la idea de que pueda acabar como las otras dos me cortan de golpe la calentura.
Cierro el grifo, salgo goteando hasta el dormitorio y me seco deprisa.
Bermudas azul marino, polo beige, deportivas; alboroto el pelo con los dedos y, al mirarme en el espejo, casi no me reconozco: las ojeras me hunden los ojos, que han perdido parte de su brillo.
Me echo unas gotas de K, mi perfume, respiro hondo un par de veces y salgo a enfrentarme a mi tentación.
—Veo que Brad te ha preparado el café —bromeo al verla de espaldas, asomada a la ventana del salón, mirando la terraza bañada por el sol de junio.
—Sí, ha sido muy amable. —Se gira y sonríe—. Oye, está buenísimo, por cierto. Me encanta este sitio.
—¿Por Brad o por el café?
—Ja, ja, ja, por los dos. Y tú. Joder... me he dejado el filtro en la cafetera. Espera, voy a ver si lo encuentro. Lo siento, yo... no sé qué me pasa contigo.
Demasiado peligrosa. Demasiado perfecta. Necesito salir de aquí antes de cometer la estupidez que estoy deseando cometer.
—¿Nos vamos? —pregunto, intentando sonar ligero, aunque sé que suena a huida.
—Si es lo que quieres... —Su voz baja, retadora, me lanza directo al infierno.
—No, pero es lo que debemos hacer. Créeme.
—¿Por qué? Yo no te...
—Ni se te ocurra terminar esa frase. —La interrumpo, con un hilo de voz tan ronco que casi gruño—. He tenido que ducharme con agua fría para aplacar el calentón que me provocaste subiendo esas escaleras delante de mí. Pero no... créeme, no es buena idea. Yo no soy bueno para ti.
Da un paso, invade mi espacio hasta que su cuerpo roza el mío. Siento su pulso, su respiración que se vuelve irregular; sus pupilas, oscuras, se dilatan como si absorbieran toda la luz de la habitación.
—¿Y si estoy cansada de los buenos? Que luego no lo son tanto —su tono es firme, cargado de intenciones—. Quiero probar otras cosas, Lucas.
Su forma de pronunciar mi nombre... es cálida, líquida, como si derritiera en su lengua un trozo de chocolate, cálido, dulce sin empalagar, suave… Un susurro que me recorre la espina dorsal.
—No hagas esto. No ahora. —Mi voz sale ronca, rota. Todos mis esfuerzos por contenerme se desmoronan como un castillo de naipes bajo la brisa. Le pongo una mano en la cintura; su piel arde bajo mis dedos—. Vamos.
Ella suspira, resignada, mientras agarra su bolso.
—¿Te lo pensarás? —me pregunta, casi en un ruego.
—No tengo nada que pensar. No sabes cuánto te deseo, Azahara, pero no quiero. No debo.
—No lo entiendo.
Me acerco a su oído, sintiendo el temblor de su respiración.
—Confía en mí —susurro, rozando con mis labios su mejilla.
Salimos de nuevo al rellano. Caminamos en silencio hasta la cafetería, que, como siempre a estas horas, está hasta arriba.
Esperamos un buen rato para conseguir una mesa en la terraza, invadida por palomas descaradas que picotean migas y, si te despistas, se llevan tu tostada entera.
No sería la primera vez que un estruendo de platos rotos sobresalta a todos por culpa de una maldita paloma campando a sus anchas por una mesa repleta.
No me gusta este silencio incómodo que se ha instalado entre nosotros. Estos días todo había fluido tan bien… y ahora esto.
—Azahara… —tomo su mano sobre la mesa y le acaricio los nudillos con suavidad—. No te enfades. Quiero que seamos amigos, de verdad. Para mí eso vale mucho más que un polvo, te lo juro. Y no, no es que no me gustes, ya te lo he dicho.
Ella suspira, mirando a un punto indefinido más allá de mi hombro.
—No te preocupes... Es solo que últimamente mi autoestima anda por los suelos, y que me rechaces justo cuando sé que… —Deja la frase en suspenso.
—Uf, no lo digas, que hasta a mí me suena fatal —bromeo, intentando aliviar la tensión.
—Lo siento, tienes razón —admite, esbozando una sonrisa fugaz.
Aprieta mis dedos con un gesto casi infantil y los suelta justo cuando llegan los desayunos. Ella ha pedido un pan integral de no sé qué, con tomate y jamón. Yo, lo mismo, pero con un pan de pueblo que tiene mejor pinta. Ella toma leche manchada; yo, café con leche, como siempre.
A medida que comemos, los ánimos se distienden y acabamos riéndonos con mil anécdotas, sobre todo de urgencias los fines de semana, cuando los borrachos llegan tambaleándose, sueltan barbaridades que no recordarán y terminan con un chute de vitaminas del grupo B y un par de puntos de sutura mal contados.
—¿Nunca te has emborrachado? —pregunta de pronto, divertida.
—No. Nunca he tenido tiempo —contesto encogiéndome de hombros—.
Tampoco soy de fiestas ni de juergas. Siempre que podía me escapaba a la playa, sobre todo desde que saqué el carné de conducir.
Y allí, pues bueno, cervezas, algún cubata...
pero emborracharme, vomitar y despertarme con resaca, eso nunca. ¿Y tú?
—Un par de veces... —baja la mirada, removiendo su café con la cucharilla—. Una de adolescente y otra en una boda, hace años. Nunca más. Apenas bebo, ya lo has visto. La última acabó fatal, y no pienso repetir.