12 cada día más #2
—¿Están buscando un chivo expiatorio? ¿Es eso lo que quieren?
Porque si es así, conmigo no cuenten. No podría dormir tranquilo sabiendo que hay un asesino suelto mientras se encarcela a un inocente solo porque conviene.
Lo siento, pero no. Y con esto no afirmo que sea este el caso, únicamente digo que yo no soy el indicado para emitir sentencias.
Mi trabajo es esclarecer los hechos, no hacer pronósticos; no soy meteorólogo.
Las inspectoras tampoco, o eso creo. Y sí, la formación en psicología de Martín puede aportar mucho, pero de ahí a adivinar... Supongo que para eso estamos aquí, ¿no?
Madre mía… Se está jugando la carrera enfrentándose así al juez y al jefe. Pues tiene más clara la inocencia de Lucas que yo misma.
—Si no necesitan nada más, tengo un millón de expedientes que cerrar y me gustaría terminarlos antes de jubilarme. Con su permiso...
—Vaya, vaya, Castaño. Y ustedes, inspectoras.
Salimos los tres del despacho del comisario sin decir una palabra, con un silencio que se hace pesado hasta volver a nuestra mesa. Es el sargento quien rompe la tensión.
—¿Esto acaba de pasar? —nos pregunta, mirándonos a las dos alternativamente—. ¿Han intentado endosarle el muerto, con perdón, a Caronte? ¿Me he perdido algo, Ava?
—Exactamente eso. Y no sé si ha ocurrido algo que ignoramos, pero hemos pasado de tener una prueba circunstancial —que, de hecho, el mismo sospechoso sabía que habría— a querer quitárselo de encima a toda costa.
—¿Qué os han dicho a vosotras? —inquiere Rubén, intrigado.
Le resumimos punto por punto cómo nos han interrogado, porque aquello no ha sido otra cosa.
—¿Y creéis que van a por él?
—Personalmente, creo que quieren cerrar esto antes de que estalle en prensa. Les interesa que quede como dos incidentes aislados.
—Pero tú estás segura de que habrá más —puntualiza Castaño, dejándose caer en su silla y desabrochándose un botón de la camisa. Parece agobiado... o preocupado, no lo sé—. ¿Qué te pasa con ese tío, Ava?
—Nada, ¿por? ¿Otra vez con eso? Pensé que te había quedado claro la primera vez que lo preguntaste. Y sí, estoy... estamos —rectifico, mirando de reojo a Saray— seguras de que habrá más. —Ella asiente con convicción, sin apartar la vista de la pizarra.
—Es como si sintieras algo por él... o tuvierais algo. Bueno, mientras sigas siendo objetiva, haz lo que te dé la gana.
—¿Se puede ser objetiva cuando tu jefe y un juez te piden que empapeles a alguien sin pruebas?
—Tienes razón, es complicado. Y si va a haber más... ¿qué pasa, que se ha tirado a medio mundo?
—Es joven, libre, está bueno... Puede hacer lo que le dé la gana, Rubén —reconoce mi compañera.
—¿También te ha camelado a ti, Reyes?
—Pues mira, no. Pero vamos, eso salta a la vista, hijo —responde Saray, divertida.
Suelto un suspiro y me desperezo como si pudiera desentumecer también las ideas.
—Bueno, chicos, os dejo con vuestras teorías de pasillo. Voy a repasar otra vez las imágenes, a ver si la musa de la inspiración se digna a visitarme. Y después, necesito unas vacaciones donde no exista wifi, ni redes, ni móvil... Solo mar, sol y un par de libros de mil quinientas páginas.
—Y alguien que te empotre, a ser posible, ¿no? —añade Saray, soltando una carcajada.
—Mira, ni eso. Ya me basto yo solita.
—¡Ufff, niñas! No, no quiero esa imagen en mi cabeza —protesta Castaño, tapándose los oídos como un crío—. ¡Parad! Uno tiene necesidades, pero no traumas.
Mi móvil vibra sobre la mesa. Miro la pantalla y veo el número del comisario, otra vez. Que no sea otra encerrona, por favor, o me cago en todo lo cagable. Me dispongo a responder conteniendo un bufido. Saray y Castaño me observan, y cuando les enseño quién llama, los dos niegan con la cabeza.
—Suerte —murmura Castaño, bajito.
—Martín —respondo a la llamada.
—A mi despacho. Ahora.
De camino, siento que avanzo directa al matadero. «Joder con el comisario de los cojones», pienso, tragándome la rabia. Golpeo la puerta y su voz, áspera, me indica que entre. El tono me deja claro que hoy me toca ser su saco de boxeo.
—¿Sí?
—¿A ti qué coño te pasa? —Suelta sin miramientos, sin darme ni tiempo a sentarme. De hecho, ni lo intento.
—¿Puedes ser un poco más específico?
—El juez te hace una pregunta y tú, ¿le vacilas?
—¿Que yo qué? Si queréis condenar a un inocente, adelante, pero conmigo no contéis.
—¿Pondrías la mano en el fuego por él? —insiste, cargado de sarcasmo.
—No. Ni por él ni por nadie, ni siquiera por mis hijos, si los tuviera. En un momento crítico, nunca sabes qué pasa por la mente de una persona. Pero te diría que, casi al cien por cien, él no lo ha hecho.
—¿Y por qué las dos fiambres antes se acostaron con él? ¿Por qué atadas, vendadas y asfixiadas? ¿Es una especie de juego, como dice el juez?
—Mira, ni el juez ni tú tenéis diez años. Esa falsa inocencia no cuela. Que no lo hayáis practicado no significa que no sepáis de qué va. No me tomes por imbécil. Y no, tampoco yo voy a hacer la primera comunión, Miguel.
—Llevo más de veinticinco años con Ana.
—Con más motivo.
—¿Perdona? ¿Estás insinuando que la engaño? —Su voz se vuelve peligrosamente calmada. Sé que después de esto viene el huracán.
—¿Qué? ¡Claro que no! ¿Qué tendrá que ver?
Y no pienso hablar de tus prácticas ni con tu mujer ni con nadie, joder.
Lo que pregunto es: ¿qué demonios tiene que ver todo esto con Caronte?
Es un tío de treinta y cuatro años, que sabe que es atractivo y que puede tener a quien quiera, cuando quiera y como quiera.
Sí, esos juegos pueden ser excitantes, pero te aseguro que, si alguien puede controlar, es él.
Tú no lo has visto trabajar, yo sí. Además, es respetuoso, educado y, por muy raro que te suene, es un caballero.
Ninguna de esas chicas hace nada que no quiera.
Pregunta a sus compañeros: darían la cara por él sin dudarlo.
Se hace respetar, es meticuloso, y por mucho que diga la psicóloga, de compulsivo no tiene nada.
—¿Aunque tenga esas parafilias?
—Anda, ahora hasta sabes cómo se llama. Y sí: desde mi punto de vista, sí. Todos tenemos nuestras rarezas. OnlyFans está lleno de gente que gana dinero enseñando los pies o el sobaco, por decir algo que ni siquiera es demasiado morboso.
—¿Lo dices en serio? Siéntate, anda. ¿El sobaco? ¿Cómo sabes tú eso? —Me mira incrédulo, casi divertido.
—Soy poli, ¿recuerdas? Y ya sabes en qué tipo de casos he trabajado todos estos años.
—Creo que te tengo infravalorada en tu puesto —bromea. Eso me relaja. Por primera vez en toda la conversación, arrastro la silla y me siento frente a él.
—Déjalo, que mi puesto me gusta. —Cruzo las piernas, ya más tranquila—. ¿Se ha mosqueado mucho su señoría?
—No. Creo que solo quería confirmar su decisión de no presentar cargos contra Caronte. Pero es que no los hay.
Trato de que no se me note el alivio al oírle decir eso. Pero sé que Lucas sigue teniendo una diana tatuada en la espalda, y estoy segura de que él también sabe que no será el último cadáver que le toque levantar.
—¿Y si intentáramos vigilar a las chicas con las que ha tenido relaciones en los últimos dos meses? —sugiero, casi sin dar importancia a la propuesta, cruzando los dedos para que dé el visto bueno.
—¿Esta última fue después? —pregunta Miguel, mientras se inclina hacia el calendario de papel, uno de esos obsoletos que guarda en la esquina de su mesa.
Pasa las páginas hacia atrás hasta dar con la fecha del primer caso: veintidós de marzo.
Clava el dedo sobre el día y levanta la mirada—. ¿Cuándo fue esta?
—No le he preguntado la fecha exacta. Solo sé que fue después.
—¿Puedes llamarle y que te lo confirme? A ver si logramos trazar un patrón. —Hace girar el bolígrafo entre los dedos, pensativo—. ¿De verdad crees que alguien quiere inculparlo?
—Sí. El motivo lo ignoro, pero estoy convencida.
Miguel asiente, se pasa la mano por la barba de dos días y deja escapar un leve bufido.
—Podríamos hacer una lista de esas chicas y averiguar si hay exnovios celosos, hermanos protectores, padres... Aunque tiene que estar muy ido de la cabeza para vengarse de un tío cargándose a sus ligues en vez de ir a por él directamente. Es retorcido.
—¿Lo ves viable? Saray me lo sugirió antes, pero no quise que te lo comentara hasta estar segura de que lo aprobarías.
Es muchísimo trabajo, justo ahora que estamos a un paso de las vacaciones de verano.
Es raro, sí... Pero imagina la agonía de saber que alguien va a por ti por algo que ni entiendes y que quienes pagan el precio son inocentes; su único error fue cruzarse contigo. Es maquiavélico.
Miguel me observa unos segundos, calibrando mis palabras. Finalmente, niega con la cabeza, resignado, y estira el brazo hacia su teléfono fijo.
—Espera. Voy a llamar a la inspectora Reyes y a Castaño. Esto no podemos moverlo solos.
Marca rápido. Cuando contestan, su voz se vuelve seca y directa:
—Ven a mi despacho y avisa al sargento. Ahora.
Un par de golpes en la puerta nos avisan de que ya están ahí. Miguel les hace un gesto para que pasen y se sienten. Saray entra primero, ladeando la cabeza, curiosa. Castaño la sigue, con expresión de «aquí huele a lío».
—Reyes —empieza Miguel, entrelazando las manos sobre la mesa—, Ava me ha comentado que se te ocurrió investigar quiénes son las chicas de Caronte y a partir de ahí trabajar para protegerlas y atrapar al cabrón que las está matando.
Saray me mira como si no se esperara que lo sacara a relucir. Rubén Castaño abre tanto los ojos que parece que se le van a caer de la cara. Se queda congelado, con la boca entreabierta, como si necesitara un café doble para procesarlo.
El siguiente paso es hablar con Lucas Caronte y poner en marcha el operativo, si es que el juez lo autoriza... y sinceramente, no tengo ni puta idea de si lo hará o no.