El Dolor de la Culpa 12 cada día más
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12 cada día más

CADA DÍA MÁS

AVA

He llevado investigaciones complicadas en todos los años que llevo en el departamento.

Desde que me incorporé a esta comisaría, jamás había afrontado un caso como este.

Y aunque estoy casi segura de que Caronte no tiene nada que ver, algo me dice que no será la última chica que encontremos en la misma situación y con idénticas características.

Estamos a un cadáver de que lo califiquen como caso serial y, cuando eso ocurra, detener el foco mediático será imposible.

Hasta ahora hemos capeado como hemos podido porque las familias de ambas víctimas han preferido preservar su intimidad, y el juez ha decretado el secreto de las actuaciones para que no se filtre nada.

Salvo los rumores de siempre, en una semana todo se olvida, al menos para el gran público.

El problema es que seguimos igual. En las escenas, la única huella que el juez no admite es la de Lucas, hallada en el primer caso; en el segundo, nada: todo escrupulosamente limpio.

Apoyada en mi mesa con un café de máquina en la mano —amargo y rancio—, Lucas vuelve a mi mente.

Lo recuerdo practicando la necropsia de la última víctima, la música de fondo, su concentración absoluta y ese gesto que hizo cuando entré…

¿una cruz? No lo imagino creyente a ese nivel, pero Caronte es un tipo enigmático en todos los aspectos.

—Apuesto a que esos pensamientos tienen dueño —dice Saray, que ha aparecido de no sé dónde. Me observa con una ceja arqueada.

—Es que, joder, no soy una novata y que no haya ni un indicio me tiene muy jodida —murmuro, frotándome las sienes con gesto cansado.

—Oye... —La miro, y por el brillo de sus ojos oscuros sé que se le acaba de ocurrir algo que se nos había pasado por alto. En ese momento, Castaño entra desde la calle, acompañado del novato. Ha regresado de una salida.

—Hola, ¿qué tramáis vosotras dos? —bromea al vernos absortas, observando las fotos del caso en la pantalla del iPad—. Parecéis a punto de descubrir la sopa de ajo.

—Saray estaba a punto de decir algo —respondo sin levantar la vista de las imágenes.

—No, ya no me acuerdo —responde mi compañera, pero hay algo en su tono que no me convence.

—Eso suena a que no quieres que me entere, y si es del caso del médico de los muertos, debería saberlo. También estoy metido en él —replica Castaño, intentando husmear de soslayo el contenido de la tableta.

—No, de verdad, es una tontería —insiste Saray, desviando la mirada.

—Vale, luego no pidáis ayuda —espeta Castaño, visiblemente molesto. Se da la vuelta y Ledesma, que no sabe muy bien qué hacer, lo sigue.

—¿Qué ha pasado? —le pregunto a mi compañera en cuanto sus pasos se alejan por el pasillo.

—Que se me había ocurrido que tal vez podríamos pedirle al doctor una lista de las chicas con las que se ha acostado después de la última víctima, y tratar de que nos concedan un seguimiento o una vigilancia o algo así —dice bajando la voz, como si las paredes pudieran escucharnos.

—Uf... Lo veo complicado. Dudo que nos lo diga, o que sepa siquiera sus apellidos. Una cosa es recordar sus nombres y algunos detalles, y otra muy distinta...

—Pero sabes que suele ir a sus casas, lo del hotel fue algo puntual. Es más fácil de rastrear —me interrumpe—. Y si... ¿reconstruimos los últimos pasos de las dos chicas?

—Según sus amigas, les dijeron que habían quedado con un chico por Instagram. Pero en sus perfiles no hay nada. Y no salieron de casa —explico, dejando el iPad sobre la mesa—. Fueron sus amigas las que no estaban en casa. Quienquiera que hiciera esto lo tenía todo planeado.

—Vale, ¿y cómo sabe los movimientos de Lucas? —pregunta lo que tantas veces he meditado en estos días.

Me paso la mano por la cara, agotada. No me gusta nada la idea que manejamos, pero estoy convencida de que no se detendrán con ellas.

—Pues porque lo conoce, Saray, ya lo sabes —suspiro con resignación.

—¿Y si vigilamos sus movimientos? ¿Su entorno?

—¿Sin que lo sepa? —Me dejo caer en la silla, rendida. Nunca un caso me había quitado el sueño como este, y ni siquiera es el más difícil que he llevado.

—No lo sé, estoy lanzando balas al aire.

Estoy tan perdida como tú, solo que mi experiencia y la tuya son algo diferentes, y si a ti no se te ocurre nada, a mí me deja en blanco —admite, tomando asiento en la silla de enfrente—.

Es que no me cabe en la cabeza que, si no ha sido él, alguien quiera inculparlo sin un motivo.

—Que sepamos.

—¿Has husmeado en su pasado? —me pregunta como si fuera algo extraño.

—Sí, desde que me dejó claro que sabía muchas cosas de mí y yo estaba completamente in albis sobre él.

—Anda... Así que el doctorcito está bien informado de ti.

—No sigas por ahí, Reyes, que te mando a patrullar.

—Como si fueras mi jefa —se burla.

—Pero tengo mano con el comisario —respondo, sacándole la lengua—.

Venga, volvamos a lo importante —adopto un tono más serio—.

Sí, el tipo es brillante. Fue el primero de su promoción; desde secundaria tuvo claro que lo suyo era la medicina forense y lo logró sin problemas.

Sacaba las mejores notas en ESO, Bachillerato, Selectividad y carrera.

Obtuvo el máster en un año y el doctorado en dos.

Una carrera que a algunos se les hace eterna, él la terminó en nueve años, doctorado incluido.

Es un genio. Y en la oposición quedó el primero.

—Cualquiera diría que lo admiras —me pincha Saray.

—No es para menos.

—Y un tipo así, ¿por qué necesita salir de «caza» para follar?

—Lo que no necesita es una relación. Puede tener a quien quiera, cuando quiera y donde quiera. Y hace lo que le apetece. Si no lo consigue, no le preocupa. No es un obseso en sentido estricto, solo tiene esos gustos… peculiares.

—¿Me estás diciendo que controla? Que si al último segundo le dices que no, ¿pararía? —pregunta, inclinándose hacia delante con curiosidad.

—Diría que sí.

—Joder, ese tío es perfecto. ¿Dónde está la pega? No quiere compromisos, cumple, es un cerebrito, tiene una moto que alucinas, es educado, guapo... No le falta de nada; más bien le sobra algo entre las piernas. Qué pena que no me gusten los tíos: le tiraba la caña, pero ya.

—¡Ja, ja, ja! Eres la leche, nena.

En ese instante, Ledesma aparece para avisarnos de que el comisario quiere vernos. Saray me mira; yo me encojo de hombros y, como si fuéramos al matadero, nos dirigimos a su despacho.

Llamamos a la puerta y nos da paso. Junto a él está el juez Casasola.

—Sentaos —ordena el comisario—. Su señoría está aquí para saber si tenemos novedades sobre el caso de las chicas.

—No, comisario. Nada nuevo. Los informes son los que el doctor envió: no fueron violadas, no hay huellas ni ningún rastro biológico, salvo el de sus compañeras de piso.

Nada más. Es un fantasma. Contactó con ellas por Instagram y esa conversación ha desaparecido.

Los compañeros de Delitos Informáticos están intentando recuperarla, pero lo ven complicado.

—Inspectoras, me gustaría hacerles una pregunta —dice el juez, mirando al comisario. Este hace un leve gesto que pasaría desapercibido para cualquiera, menos para mí—: si tuvieran que dar su opinión, ¿dirían que el doctor es culpable?

«Hay que joderse...» pienso. Y yo que creía estar a salvo.

—No —respondemos Saray y yo al unísono, sin titubear.

—¿Ni siquiera por accidente en uno de esos juegos sexuales? —insiste. No es por ignorancia: el juez ronda los cuarenta y cinco y esa inocencia fingida no le pega nada—. Quiero decir... el informe de su psicóloga lo describe como un hombre impulsivo y de carácter imprevisible. Tal vez...

«Menuda zorra la psicóloga», pienso.

—Lo que yo sé de él es justo lo contrario, señoría.

Y, en caso de que fuera un accidente, es médico.

Está en su naturaleza salvar vidas, no quitarlas.

Además, no hay ningún juego sexual, como usted lo llama; las chicas no tuvieron relaciones con el asesino, tal y como refleja el informe —subrayo cada palabra, remarcando que todo lo que pregunta ya lo sabe.

—¿Asesino? ¿No homicida?

—No. Hay un motivo, aunque aún no lo sepamos, y una premeditación; eso está claro —responde Saray, cortante.

No me pasa inadvertida la forma en que se miran el juez y el comisario. No sé si me gusta o me repugna: parece que están intentando tendernos una trampa. Justo entonces, el sargento entra tras golpear la puerta; supongo que Santaolalla también lo ha convocado.

—Sargento, ¿podría decirnos si cree usted que el doctor es el autor de los crímenes? —pregunta el juez. Mi cara de sorpresa debe de ser un poema; esto es totalmente irregular, fuera de protocolo. Y por la expresión de Rubén, está igual de atónito que yo.

—¿Disculpe? —balbucea, perplejo—. ¿Me está pidiendo un juicio basado en haber visto a ese hombre dos veces?

Lo lamento, señoría —responde mirando a Casasola—, pero no soy juez ni jurado y no tengo la menor autoridad para emitir ese dictamen.

Es más: para eso está la investigación en curso, ¿no es así, inspectoras? —Punto para el sargento.

—Pero si tuviera que valorarlo desde su experiencia —insiste el juez, implacable—. Por algo está en este equipo; no es el primer delincuente de este calibre al que se enfrenta. ¿Qué diría?

«Hay que joderse», reflexiono, sintiendo cómo la sangre me bulle en la sien. Estoy a punto de estallar, pero la mirada del sargento me detiene.