El Dolor de la Culpa 11 no puede estar pasando #3
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11 no puede estar pasando #3

Cuelgo y veo que la empresa funeraria ya está esperando en el pasillo, con su furgón negro aparcado junto a la entrada.

Les acompaño hasta donde África aguarda su penúltimo traslado, envuelta en la funda mortuoria que oculta los horrores que hemos documentado.

Ava no se despega de mí ni un metro, como un perro guardián.

No tengo ni idea de qué coño está esperando.

Cuando se llevan a la chica y yo me encamino al despacho para preparar el informe, tengo los nervios suficientemente alterados para encararme con ella. La frustración acumulada me bulle en las venas.

—¿Me puedes decir qué haces pegada a mí toda la puta mañana, Martín?

—le espeto, girándome bruscamente para mirarla a los ojos—.

¿Qué crees que voy a hacer ahora, manipular los informes?

¿No tenéis nada más que hacer que joderme la existencia?

Por si no te has dado cuenta, estoy bastante hundido ya.

Abro la puerta de mi despacho con más fuerza de la necesaria y me dejo caer en el sillón, derrotado. Apoyo la cabeza sobre la mesa fría y dejo los brazos colgando a los lados del cuerpo como un muñeco roto.

—¿Ya está? ¿Puedo hablar? —pregunta, y esta vez no hay ni rastro de su habitual tono sarcástico o irónico. Su voz suena... ¿comprensiva?

Levanto la cabeza, dispuesto a recular si es necesario.

—Sentaos las dos. Y perdonadme —digo, pasándome las manos por el pelo—. Esto me está superando. Si ya me planteaba muchas cosas antes, ahora mismo estoy al límite.

Unos golpes secos en la puerta nos hacen perder la atención y girarnos hacia el sonido.

—Hola, doctor, me han dicho que hay un problema con la wifi. Estoy revisando todos los despachos.

Álvaro aparece sin que nadie lo haya llamado, asomando la cabeza por la puerta entreabierta. No me ha dado tiempo ni a introducir mi contraseña en el ordenador.

—No lo sé, no he entrado al sistema todavía —respondo con cansancio—. Si no te importa, cuando lo compruebe te aviso.

—Ah, bueno, está bien —se retira, cerrando tras él y dejándonos a los tres con la mirada fija en la puerta, como si esperáramos que volviera.

—Será posible que hasta internet me la juegue —suspiro, resignado, dejándome caer de nuevo en el respaldo del sillón—. ¿Qué querías contarme?

—¿Os apetece un café? —nos pregunta la inspectora Reyes, pero me da la sensación de que solo es una excusa diplomática para que nos quedemos solos Ava y yo.

—Uno solo, por favor.

—Descafeinado con leche, Saray. Gracias —añade Ava con una sonrisa tensa.

Saray sale con pasos sigilosos, cerrando la puerta tras ella con un clic suave que deja el despacho sumido en un silencio espeso.

Me quedo en silencio, esperando que hable.

Me he apoyado contra el borde de la mesa y ella hace lo mismo al otro lado, de modo que la distancia entre nosotros se acorta peligrosamente.

Puedo percibir el perfume que usa —algo dulce y sofisticado que me recuerda vagamente a...

¿también huele a chuches?—. Nuestras miradas se cruzan, retándose, y no entiendo muy bien qué pretendemos ninguno de los dos.

Pese a todo, el ambiente no es tenso; más bien al contrario.

Que me desafíe con esa mirada penetrante me lleva al límite de una manera que me gusta, y ella lo sabe perfectamente.

—¿Vamos a ver quién parpadea antes? —saco la broma a relucir para romper la tensión, y le arranco una sonrisa genuina, una que hace mucho tiempo que no veía y que ilumina su rostro.

—Eres un imbécil —dice, pero su tono ha perdido toda la dureza anterior.

—Sí, a veces, pero te gusta —replico, esbozando una media sonrisa.

—Y un prepotente, creído, pagado de ti mismo, arrogante, altanero, presuntuoso, autoritario... —enumera, contando con los dedos mientras se acerca de manera imperceptible.

—Uy, cuántos piropos —interrumpo con falsa modestia—, pero estoy seguro de que el último te encanta especialmente.

Solo con este intercambio ha conseguido rebajar mis niveles de cortisol de manera ostensible.

—¿Quieres saber lo que me pareces tú? —contraataco, irguiéndome ligeramente—. Altiva, vanidosa, egocéntrica, despótica, impertinente, insolente... Puedo seguir si quieres.

—Y yo que pensaba que los de ciencias teníais un vocabulario limitado —dice, alzando una ceja con gesto burlón—.

Me sorprendes, doctor. Y ya, después de esta muestra ilimitada de cariño por ambas partes que parece haber relajado definitivamente el ambiente, sin necesidad de jueguecitos con ninguna de tus conquistas —ahí vuelve a estar la pullita, afilada como siempre—, he de decirte que las primeras huellas que se han buscado han sido las tuyas, y no se ha hallado ninguna coincidencia. Mini punto para ti, doctorcito.

Se cruza de brazos y me observa con esa sonrisa torcida que tanto me descoloca.

—Eso no quita que sigas en la cuerda floja —prosigue—. Y supongo que el hecho de que conocieras a la víctima te quita el mini punto, dejándote exactamente a cero.

—Cero es mejor que menos uno en este caso —respondo, encogiéndome de hombros.

—Podría verse así —concede, ladeando la cabeza—. No sabía que usabas música para... bueno, ya sabes.

—Ni que lo supieras todo de mí —replico, y luego suavizo el tono—. Lo siento, no he querido sonar borde. Es un ritual, eso y otras cosas me ayudan a concentrarme. A mantener la cordura, diría.

—Eres muy concienzudo —admite, y hay algo parecido al respeto en su voz—. No te imaginaba tan... tan profesional.

—Gracias por la confianza —le respondo con ironía, aunque sin acritud—. ¿Te has fijado en la edad de mis colegas? De los doctores, me refiero. Soy el más joven y eso no es casualidad, inspectora, igual que tú y tu compañera.

Me incorporo completamente y la miro directamente a los ojos.

—Yo sí sé cosas de ti. Y nunca te menospreciaría. Sé que eres la mejor en tu campo, por eso, aunque no deba hacerlo, confío en que encontrarás al culpable, sea quien sea...

Hago una pausa y señalo hacia el ordenador.

—Y si no te importa, debería enviarle el informe a Casasola de una vez, si es que este cacharro funciona.

—Haré lo que esté en mi mano —dice, enderezándose también—. Espero no verte en unos días, Lucas. Al menos, no aquí.

—Si quieres una cita, no tienes más que pedírmela, inspectora —le digo con intención deliberada—. Aunque...

—Ya, ya —me corta, agitando la mano con gesto desdeñoso—. Y no, no te preocupes. Hay muchos peces en el mar con menos taras que tú y que yo, para qué engañarnos.

Se dirige hacia la puerta con paso decidido, pero se detiene con la mano en el pomo.

—A ninguno de nosotros nos conviene el otro, Lucas.

Y sin embargo, la forma en que lo dice suena más a una advertencia que a una afirmación.

* Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses.