11 no puede estar pasando #2
Mía unta el tomate en su pan con meticulosidad.
Coloca cada pizco de jamón sin que se salga ni uno solo, con la misma delicadeza que emplea en el trabajo cuando maneja instrumental quirúrgico.
La comisura de mis labios se curva involuntariamente al verla tan concentrada, y ella me pilla observándola.
—¿Qué me he perdido?
—Lo perfeccionista que eres hasta para eso —respondo, señalando la tostada donde no hay ni un trocito de jamón fuera de lugar.
—Ah. —Se ríe entre dientes—. Me extraña que tú lo digas, porque eres la persona más exigente en ese sentido que conozco. Tu perfeccionismo roza la paranoia.
—Paranoico es como voy a acabar.
—Deberías comer algo. —Corta la tostada por la mitad con el cuchillo. El sonido metálico resuena contra el plato—. ¿Quieres un trozo?
—No, gracias. Mi estómago está al límite.
Da un mordisco a su tostada, mastica despacio, como si estuviera eligiendo las palabras.
—¿De verdad crees que no es casualidad? Quiero decir, ¿piensas que hay alguien que quiere joderte? Y no en el buen sentido, lo cual no sería raro dado cómo estás. —Me guiña un ojo, provocadora.
—Oye, ¿pero tú no eras lesbiana?
—Pero no ciega.
Su respuesta me arranca una carcajada, la primera del día.
—Ja, ja, ja, vale. —Me froto las sienes—. No lo sé, Mía. Y no tengo ni idea de quién podría ser.
—Novio, amante, marido, hermano de alguna de tus chicas... no sé.
Sus palabras me escuecen más de lo que debería.
—Joder, lo dices como si fuera tirándome a todas y abandonándolas como damiselas en apuros. No es así. —Bajo la voz, consciente de que hay otras mesas cerca—. Es sexo, sí, pero consensuado. Me aseguro de que ninguna busque otra cosa, y te puedo confirmar que no tienen quejas.
—Madre mía, qué ego te gastas, jefe.
—No, joder, no quería sonar así. Quería decir que... —Me paso la mano por la cara, agobiado. ¿Qué coño hago hablando con Mía de con quién me acuesto?—. Da igual, déjalo. El caso es que no tengo ni idea.
Me levanto bruscamente, la silla chirría contra el suelo.
—Me marcho. No creo que tarde en llegar el siguiente, y Andrea estará preguntándose dónde estamos.
—¿Crees que me voy a quedar aquí? —Se limpia las manos con la servilleta y se incorpora—. Voy contigo. Y deja de darle vueltas. La policía dará con el culpable.
Hace una pausa, me mira directamente a los ojos.
—Por si tienes dudas, yo sé que tú no tienes nada que ver en esto.
—Gracias —respondo, apretando su brazo en señal de agradecimiento—. Por cierto, ¿qué tal con la inspectora Reyes?
Su expresión cambia, se vuelve más vulnerable.
—Es complicado. Ella no tiene muy claro si quiere una relación o no. Sigue arrastrando todos los estigmas que le han marcado a fuego toda su vida. A veces pienso que prefiere estar sola el resto de su vida antes que lanzarse.
—¿Por su orientación? —pregunto, y ella asiente.
—Ha roto muchas barreras, pero esta todavía le cuesta. Tiene claro lo que desea, otra cosa es que decida dejarse llevar por lo que siente.
—Apóyala. Es lo único que se me ocurre.
—Lo sé. Es lo que intento. —Suspira—. Hemos quedado varias veces, pero al final siempre acaba echándose atrás. Espero tener la paciencia suficiente, porque me gusta mucho. Cada cosa que descubro de ella, más.
Pago la cuenta y nos dirigimos hacia la salida. El aire fresco de la calle me devuelve un poco de lucidez.
—Qué complicada es la vida a veces —murmuro, más para mí que para ella.
Llegamos al IMLCF* y, justo en ese momento, el furgón con el cadáver de África se detiene frente a la entrada.
El motor se apaga con un suspiro metálico.
Inma sale a mi encuentro con paso apresurado, y al verme la expresión —seguramente sombría y tensa— ya sabe que algo no marcha bien.
Lo duro de la situación se refleja en mis hombros hundidos.
—Después hablamos —le digo, evitando su mirada inquisitiva.
En cuanto tengo el cuerpo sobre la mesa de acero inoxidable, inicio el ritual que me acompaña desde hace años. El frío metal bajo mis palmas me devuelve a la realidad mientras me coloco el equipo de seguridad. Los guantes de nitrilo se ajustan a mis dedos con un chasquido seco.
Me inclino ligeramente hacia el cuerpo y susurro las palabras que pronuncio ante cada cuerpo inerte:
—Siento todo esto. Sé que donde estés sabes que te trataré con el respeto que mereces.
Acabo, como de costumbre, trazando la señal de la cruz sobre su frente pálida, cuando la puerta de mi sala se abre de golpe.
Las dos inspectoras irrumpen con determinación, con sus pasos repiqueteando contra el suelo de linóleo.
Las miro sin comprender muy bien a qué viene esa inesperada visita, alzando una ceja con gesto interrogante.
—¿Os puedo ayudar?
—Lucas, estamos aquí por orden del juez. Quiere que estemos presentes durante la autopsia —es Ava quien me explica la situación, con voz firme, pero con un deje de disculpa.
Sé que la policía judicial o la designada por el juez puede estar presente durante estos procedimientos, pero no esperaba que este fuera el caso, dado que en el anterior examen no se habían personado. Un escalofrío de inquietud me recorre la espalda.
—Esperad, que os traigan una bata y el equipo necesario... —hago una pausa, observando sus rostros expectantes—. Espero que no interrumpáis. No es agradable lo que vais a ver.
Al entrar, Mía y Andrea cruzan miradas tensas con las inspectoras. Les explico brevemente la situación mientras el ambiente se vuelve más denso. Es Mía quien se encarga de traerles el material de protección, para que no contaminen.
—Andrea, lo primero el cabello, por favor. Quiero estar seguro de los narcóticos —indico, ajustándome la mascarilla.
A primera vista, todo coincide exactamente con la víctima anterior.
Cada detalle, cada marca, como si siguiera un patrón macabro y calculado.
Conecto el altavoz como siempre —mis auxiliares ya están acostumbradas a mi peculiar método de trabajo, pero las inspectoras intercambian miradas de sorpresa—.
Hoy necesito algo más intenso: Crazy de Aerosmith, seguida de Welcome to the Jungle y Knockin´On Heaven´s Door son las elegidas por la lista aleatoria de Alexa.
—Hoy vas fuerte, jefe —comenta Andrea al escuchar las primeras notas, esbozando una sonrisa tensa.
Con todo el cuidado del mundo, lavamos el cuerpo y tomamos nota de cada detalle: marcas, lunares, tatuajes, pendientes, piercings.
Cada anotación resuena en el silencio entre canciones.
Después comienzo, junto con la ayuda experta de Mía, a realizar la incisión para determinar la causa exacta de la muerte, como si no la supiera ya...
Tras el análisis preliminar, corroboro que no ha sido agredida sexualmente, igual que Valeria, y que la han asesinado sin ninguna otra finalidad aparente más que quitarle la vida.
Le tomo una radiografía para mostrar a las inspectoras cómo la fractura del hioides corresponde exactamente a las marcas violáceas que se extienden alrededor de su cuello.
Revisamos las uñas con lupa —aparecen sin restos aparentes, aunque tomamos muestras por si algo se nos escapa—, pero estoy convencido de que no vamos a hallar ningún vestigio útil, igual que no hay señales de forcejeo. Sus nudillos están intactos, sin rasguños defensivos.
Iba muy drogada, estoy completamente seguro. Sus pupilas dilatadas y la laxitud muscular así lo confirman.
Cuando terminamos con todo el protocolo y tras adecentar el cuerpo con cuidado, me dispongo a hablar con los padres, que ya esperan en el pasillo, informados por su hija menor. Sus sollozos amortiguados se filtran a través de la puerta.
Ava me sugiere acompañarme con un gesto casi imperceptible, y no tengo claro si es buena o mala idea. Ni siquiera estoy seguro de que sea legal proceder así, pero Inma, como siempre, me salva el pellejo acercándose con determinación.
Al salir del encuentro con los padres, después de mucho más tiempo del que suelo necesitar, siento que mi energía está bajo mínimos.
El dolor de sus lágrimas aún me oprime el pecho.
Que la dichosa inspectora siga ahí, pegada a mis pasos como una sombra, no mejora las cosas.
Tengo que completar el informe con los datos que Andrea ha estado recopilando y enviárselo al juez, tal como se me ha requerido.
Mi móvil rompe el silencio y veo en la pantalla iluminada del reloj que es Azahara. Si alguien puede levantarme el ánimo un poco, es ella. Sin prestarles atención a las policías, lo saco del bolsillo trasero y me dispongo a escuchar su voz, que siempre consigue calmarme.
—Hola, preciosa —es lo primero que me sale, con más calidez de la que he mostrado en toda la mañana.
Ava me mira de reojo y en sus ojos hay algo que no logro identificar. ¿Sorpresa? ¿Curiosidad? No me aparto ni bajo el tono; me da igual que oigan la conversación.
—Hola, ¿cómo estás? Me he enterado de lo que ha pasado y, como sabía que tenías guardia…
—No muy bien, si te soy sincero —suspiro, frotándome la nuca con la mano libre—. Acabo de hablar con los padres. Ni en un millón de años se acostumbra uno a esto, pero qué te voy a contar a ti. ¿Qué tal tú?
—Bien, tranquila de momento. ¿Quieres que desayunemos mañana cuando salgas? Entro de turno de noche, así que puedes desahogarte conmigo si te apetece.
Y esa frase lleva a mi mente enferma a otra situación que no es precisamente la que ella está sugiriendo. Sacudo la cabeza para alejar esos pensamientos inapropiados. No, ella no. Ella es diferente.
—Vale, ¿te recojo cuando salga?
—No, mejor me dices un sitio y voy para allá.
—Ok, te mando la ubicación de mi casa, pero si quieres quedamos... ¿en Roldán, en la puerta de Gallegos?
—Perfecto, luego tengo que hacer unas compras. Oye, Lucas... —se detiene un segundo y percibo la vacilación en su tono. Tengo que animarla a que continúe.
—Dime —respondo con suavidad.
—Cualquier cosa que necesites, me llamas. Si no te lo cojo en el momento, en cuanto pueda te devuelvo la llamada. ¿Ok?
—Vale. Gracias. Hablamos.