11 no puede estar pasando
NO PUEDE ESTAR PASANDO
LUCAS
—¿Qué sabemos? —pregunto cuando logro articular palabra.
Joder, que soy un profesional. Pero ¿otra chica igual? El aire no me llega a los pulmones.
—Buenos días a ti también, Caronte —me saluda la inspectora Martín—. Lo de «buenos» es por decir algo. Se llama África, tiene veintiocho años, trabajaba en un colegio según nos ha contado su hermana.
—¿África?
No, no, no. Esto no está pasando. Mi cuerpo se niega a dar un paso más hacia la habitación. El titubeo debe de ser evidente, porque veo cómo la inspectora se pone en alerta.
—No me jodas, Lucas...
Me obligo a acercarme, y entonces lo veo: un pequeño tatuaje de unicornio en su cadera izquierda. El mismo que acaricié con mis dedos.
—Hostia puta.
Las palabras se me escapan sin filtro, sin importarme que hay personas en la habitación pendientes de cada uno de mis movimientos. Salgo de la estancia como si me persiguieran los demonios. En el salón, los de la científica esperan con cara de impaciencia.
No la oigo llegar, pero siento su presencia a mi espalda.
—Lucas, por favor, dime que no la conoces.
Me giro y me bajo la mascarilla. Sus ojos, que esta mañana me parecieron azules, ahora son tan grises como el mar embravecido.
—Lucas... —insiste, con esa voz que usan los policías cuando saben que la respuesta les va a joder la vida.
—La conozco —admito—. Pero no he estado aquí en mi vida.
Exhala el aire que había estado reteniendo, y no sé por qué parece que mi respuesta la afecte tanto. Sus hombros se relajan apenas un milímetro.
—Al menos es algo. ¿Puedes demostrar que no has estado aquí?
—Tengo el cargo del hotel en mi tarjeta. Es lo único que puedo enseñarte. No debería haber huellas ni rastro alguno mío aquí.
—Vaya, un hotel. Qué romántico —dice con un sarcasmo que corta el aire.
—Su hermana estaba en casa —trato de justificarme, aunque no sé ni por qué siento la necesidad de hacerlo.
—¿Y también te quedaste a dormir con ella? —Su tono se vuelve gélido, hiriente.
—No. No duermo con nadie. No tengo que aclararte eso ¿no?
—¿Puedes hacer tu trabajo? Si no, llama a algún compañero.
No la dejo continuar. Los de la científica nos observan con esa expresión de prisa mal disimulada, y regreso a la habitación donde la vida de África se apagó hace apenas unas horas.
Esta vez no está amarrada a la cama —el cabecero no lo permite—, pero tiene las manos atadas a la espalda. No pudo defenderse. A simple vista, sigue sin haber signos de lucha, como si se hubiera rendido antes de empezar.
Vuelve a tener los ojos tapados. Algo que yo jamás haría, porque me gusta ver cómo disfrutan. Eso me dice que el asesino no es capaz de mirar a su víctima a los ojos mientras la estrangula. Un cobarde, al fin y al cabo.
Tomo la temperatura corporal con manos que tiemblan imperceptiblemente. Esta vez la muerte se produjo hace solo unas horas; el rigor mortis aún está presente. Los signos de asfixia son visibles: labios azulados, el mismo color que tiñe el filo de sus orejas.
Con cuidado, palpo la tráquea. El hueso está fracturado, igual que en los otros casos.
—¿Igual? —me pregunta la inspectora con voz más suave.
No me había dado cuenta de que había vuelto a entrar. Me giro y asiento.
—¿Ya has dejado de atacarme? —no puedo evitar preguntarle.
—Lo siento. —Se pasa la mano por el pelo—. Esto me empieza a parecer raro. Se parece a otro caso, en otro sitio, y te aseguro que no me gusta nada, Lucas. Ni un poco.
—¿A quién le gustan los asesinatos? Y más en una ciudad como esta.
—No es solo por eso. —Me mira con una intensidad que me pone los pelos de punta—. Hay algo que no ves, pero déjalo. Termina y dejemos trabajar a la científica.
Hace una pausa, observando la escena.
—Apuesto a que o encuentran tus huellas, o no encuentran nada en absoluto.
Me doy la vuelta y dejo caer los brazos a los lados del cuerpo.
El corazón me late a mil por hora cuando por fin entiendo lo que ha querido decir antes, el alcance real de su afirmación.
Me bajo de nuevo la mascarilla y respiro hondo, luchando contra la sensación de que si no aminoro el ritmo, van a tener que atenderme a mí también.
Un pinchazo intenso se extiende por mi brazo izquierdo, subiendo hasta casi el hombro como una llamarada eléctrica. Me masajeo el pecho, intentando relajar la presión que me oprime las costillas.
—¿De verdad crees que alguien quiere inculparme hasta el punto de montar todo este teatro, sembrando la escena de mis huellas? —Mi voz suena más ronca de lo que pretendo—. Eso no puede hacerlo cualquiera.
—No, pero sí alguien que te conoce. Que trabaja contigo, o que te ha tratado de alguna manera. ¿Estás bien? —pregunta al verme acariciarme el pecho.
—Ava, creo que ves muchas películas —bromeo sin humor, aunque el dolor empieza a remitir—. Ya se me pasa. Es ansiedad, no me va a dar un infarto. Y no me fiaría de ti para una RCP.
—Lucas... —Se acerca hasta que apenas nos separan unos centímetros.
En el ambiente enrarecido de la habitación, su perfume y el aroma de su champú se mezclan con el olor del lugar. Por un segundo, esa familiar combinación me hace sentir mejor, más centrado.
—Si encuentran restos tuyos aquí, va a ser muy difícil que te libres. ¿Dónde estuviste anoche?
—En casa. Desde las nueve, más o menos. Me duché cuando llegué, había estado paseando y, a pesar de no hacer mucho calor, me refresqué al llegar.
Preparé algo de cena, puse Netflix, después me fui a la cama a leer un rato.
No sé si hay forma de verificar el consumo de datos del wifi o del canal, ni idea.
Me paso la mano por la cara, exhausto.
—Ava, te juro por mis sobrinos que no he estado aquí en mi vida. Conocí a África hace algo menos de dos meses. Y no sé por qué cojones estoy dándote explicaciones sin mi abogado.
—Porque no te estoy interrogando. Solo estamos hablando como amigos.
—¿Somos amigos? —ahora soy yo quien tira de sarcasmo.
Sus ojos se endurecen.
—Lo que eres es un capullo. ¿Has terminado?
Miro hacia la cama donde yace África y compruebo que los análisis in situ ya están completos.
Asiento y me quito la mascarilla, saliendo de la estancia con pasos que resuenan demasiado fuerte en el silencio.
Ella sale detrás de mí para dar acceso a los compañeros de la científica, justo cuando aparece la inspectora Reyes.
—Buenos días, doctor.
—Buenos días, supongo —mascullo.
—Déjalo, Saray, que hoy se ha levantado con el capullo subido —interviene Ava—. Por cierto, doctor —vuelve al tonito impertinente—, ¿antes o después de la otra chica?
—Después.
—Joder, encima con orden cronológico.
—Si su excelencia no necesita usarme de diana más, ya he terminado aquí. Me marcho. —Recojo mi equipo con movimientos bruscos—. Adiós, inspectoras. Espero no verlas en unos meses. O años.
—Ya te gustaría, doctor capullo —la oigo rezongar a mis espaldas.
A pesar del malestar que aún siento, sus palabras me arrancan una leve sonrisa. Hay algo en su forma de insultarme que me resulta... familiar. Reconfortante, incluso.
Bajo las escaleras de dos en dos. La misma escena que la última vez se repite en la entrada: familiares destrozados, vecinos curiosos, periodistas como buitres. Con la diferencia de que esta vez no conozco a la hermana y no me paro a decirle nada. No podría mirarla a los ojos.
Monto en la moto y, antes de arrancar, llamo a Mario.
—¡Hellou por la mañana! —Su tono delata que su noche y su amanecer no han sido como los míos.
—Veo que te levantas de buen humor. Me alegro. —Arranco el motor—. Acabo de certificar la muerte de África.
—¿La seño de primaria? No jodas. —Su voz cambia radicalmente—. Dime que se le ha caído un piano encima, o que la ha atropellado un autobús, o que un coche amarillo con reguetón se ha saltado un semáforo...
—No, Mario, no. No tiene gracia.
—Hostia puta, Lucas. Esto es una pesadilla. ¿Al menos dime que no hay rastro tuyo?
—No debería haberlo.
—Es verdad que a esta te la llevaste a un hotel, que su hermana estaba en casa ¿no?
—Sí.
—¿Cómo estás?
Acelero entre el tráfico, esquivando coches con más agresividad de la necesaria.
—Mal. Y encima Ava tocándome los huevos. A veces me da la impresión de que quiere ayudarme, otras que está celosa, otras que me quiere ver entre rejas. No sé, bro, estoy muy jodido de varias maneras que no molan.
—¿Y Azahara? ¿Ya…?
—No, y no creo que pase. Me gusta, pero no es el momento de nada serio. No quiero que acabe en mi mesa.
—Ya… A ti la que te pone es otra.
Sin saber ni cómo, he llegado al trabajo. Me encuentro aparcando sin darme cuenta de qué hago, como si hubiera estado en piloto automático. A mi paciente le queda un rato para llegar, y yo necesito un café. O diez diazepanes. No lo tengo claro.
Mía me encuentra en la puerta, dudando si entrar o no.
—Eh, jefe, traes mala cara. —Me observa con esos ojos que no se pierden nada—. Llevamos tres años trabajando juntos y te conozco lo suficiente para saber que algo te pasa. —Hace una pausa—. Ay, no me digas que es otra chica como la anterior... ¿Y también la conocías?
No hace falta que le diga nada. Bufa y se aparta el flequillo de la cara con un gesto exasperado.
—¿Cómo estás?
—¿Tú qué crees?
—Si soy sincera, no puedo ponerme en tu pellejo. Ni quiero, además. Oye, ¿no es mucha casualidad?
—No creo en las casualidades, Mía. Y menos en este sentido.
—¿Alguien intenta inculparte? ¿Por qué? —Abre mucho los ojos ante mi afirmación, y no es para menos.
—Voy a tomarme un café. O un gin-tonic. ¿Vienes? —le pregunto—. Hay tiempo antes de que llegue el cadáver, y aún no ha empezado nuestro turno.
—Vamos.
Caminamos hasta la avenida cercana, y nos sentamos en una cafetería con ventanales amplios que dan a la calle. Ella pide un ColaCao y una tostada que yo sería incapaz de digerir ahora mismo; yo, un café solo que necesito como el aire.
Cuando nos traen las consumiciones, me mira con esa expresión expectante que conozco tan bien, esperando que le cuente algo. Pero no sé ni si debo ni si puedo. Las palabras se me atascan en la garganta.