10 ¿esto es real? #3
Encaminamos los pasos hacia allí, y me queda claro que el paseo es una excusa para estar más rato juntos.
El sonido de nuestras pisadas sobre la gravilla llena el silencio cómplice.
No sé hacia dónde irá esto, pero por una vez en mi vida no pienso planear nada.
Voy a dejar que pase lo que tenga que pasar.
—Te estoy contando un montón de rollos y tú llevas un siglo sin abrir la boca —me dice, deteniéndose bajo una farola y frunciendo el ceño con cierta preocupación.
—¿Me has visto quejarme? Me gusta escucharte. Tienes muchas más anécdotas que yo. Podrías escribir un libro.
Sus ojos se iluminan ante el cumplido, pero enseguida se pone seria, como si hubiera tomado una decisión importante.
—Lucas, la semana que viene es la boda de mi amiga. ¿Vendrías conmigo?
Joder. Me pilla completamente desprevenido. Las palabras se me atascan en la garganta y no sé qué contestar. Ella me observa expectante, mordisqueándose el labio inferior.
—¿Crees que es buena idea? —logro articular al fin—. Quiero decir, acabas de dejar a tu novio y que vayamos juntos... no sé.
Se cruza de brazos y suspira.
—Pues por eso. Él es amigo del novio, no quiero tenerlo al lado toda la noche. Necesito... necesito alguien que me haga sentir bien.
—¿Y qué dirá tu amiga? —pregunto, aunque una parte de mí ya está considerando la posibilidad. Madre mía, se me va la puta olla.
—Teniendo en cuenta que no aguantaba a Francis, le encantará —responde con una sonrisa.
Me paso la mano por el pelo, nervioso.
—Cuenta conmigo, pero te advierto: las bodas y los bailes no son lo mío. Tengo dos pies izquierdos.
—¡Ja, ja, ja! —Su risa cristalina resuena en el parque—. Da igual, no es que yo sea Pavlova.
—Ni idea de quién es, pero vale... —hago una pausa—. Ah, ya, la bailarina rusa, ¿no?
—Esa.
Mi móvil vibra con insistencia en el pantalón. Miro la pantalla del reloj y se lo enseño a Azahara, que sonríe animándome a responder con un gesto de la mano.
—Hola, Mario. Sigo con Azahara, te llamo cuando salga de la guardia.
—¿En serio? Pero ya…
Le pido a mi nueva amiga si le importa que nos hagamos una foto. Ella acepta, acercándose hasta que noto el perfume dulce de su piel. Nos hacemos un selfi con los árboles del parque de fondo y se la mando a mi amigo para que deje de montarse películas.
—Mañana, si tengo un rato, te llamo, bro.
—Ok.
Volvemos hacia su portal caminando más despacio de lo necesario, como si ninguno de los dos quisiera que nuestra cita terminara. Cuando estoy subiéndome a la moto, dispuesto a ajustarme el casco, se acerca.
—¿Quieres subir? —pregunta en voz baja, con una mirada que dice mucho más de lo que expresan sus palabras.
El corazón me da un vuelco. Sé exactamente a qué se refiere y la tentación es casi irresistible. Pero algo me dice que no debo precipitarme.
—No es una buena idea —digo, aunque me cuesta un esfuerzo sobrehumano—. Quiero seguir con esto, tomárnoslo con calma, al menos de momento. ¿Te parece?
Sus ojos reflejan una mezcla de decepción y comprensión.
—Vale —susurra.
Se inclina hacia mí y deja un beso suave en mi mejilla. Su aliento cálido me eriza la piel. Se adentra en su portal y, cuando la puerta se cierra, se da la vuelta y me tira un beso que atrapo en el aire. Como un completo gilipollas, me lo llevo a los labios, saboreando el momento.
Una llamada me arranca de la ducha matutina. El agua aún gotea de mi pelo mientras tanteo el móvil con manos resbaladizas.
—Caronte, tienes que ir a certificar una muerte. ¿Tienes equipo?
—¿Crees que en mi casa tengo al CSI? —gruño, secándome la cara con el dorso de la mano—. Tardo diez minutos en llegar. Ve pasándome los datos.
El agua fría de la ducha interrumpida me deja un regusto amargo en la boca. Me visto a toda prisa, con esa sensación de urgencia que ya conozco demasiado bien.
Entro en el anatómico forense como una exhalación.
Mis pasos resuenan en los pasillos vacíos mientras recojo el equipo: cámara, guantes, fundas para los pies, mascarilla.
El olor a desinfectante me golpea las fosas nasales.
Cuando tengo todo, bajo corriendo las escaleras y me subo de nuevo a la moto.
El rugido del motor corta el aire matutino mientras me dirijo a la dirección que me han enviado por mensaje. Las calles aún están medio vacías, pero el tráfico ya empieza a espesarse. Acelero entre los coches, esquivando espejos retrovisores por centímetros.
La inspectora Martín me espera en la puerta del edificio. Sus brazos cruzados y la rigidez de su postura me ponen en alerta antes incluso de verle la cara.
Cuando nuestros ojos se encuentran, su expresión lo dice todo. Las arrugas de preocupación se le marcan más profundas de lo habitual, y hay algo en su mirada que no me gusta nada.
Niego con la cabeza instintivamente, como si pudiera rechazar lo que me espera ahí dentro. Me pongo los guantes de látex con movimientos mecánicos, las fundas para los pies, la mascarilla, el equipo fotográfico...
Pero cuando cruzo el umbral y veo la escena, se me hiela la sangre.
La disposición del cuerpo, la posición de los objetos, hasta el ángulo de la luz que se filtra por la ventana... todo me resulta dolorosamente familiar. Como si hubiera estado aquí antes, como si esto fuera una pesadilla que se repite una y otra vez.
Mi pulso se acelera. Esto no es casualidad.