El Dolor de la Culpa 10 ¿esto es real? #2
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10 ¿esto es real? #2

—¿Puedes? —señalo el casco.

—Sí, espera. —Se deshace la coleta, y un tirón incómodo me aprieta el pantalón vaquero al ver cómo se le suelta el pelo en cascada sobre los hombros. Urge un alivio, y pronto.

Se coloca el casco con cuidado y se apoya en el estribo para subirse, agarrándose a mi hombro.

—No es muy cómoda para dos, pero... agárrate fuerte.

—Pero es preciosa. No había visto ninguna así. Bueno, en las carreras.

Arranco el motor, que ruge como un animal despertando, y conecto el bluetooth.

—¿Te gustan las carreras? —Vaya, esto promete.

—De niña más. A mi ex le gustaban y casi me hizo odiarlas. —Su voz suena ligeramente distorsionada por el intercomunicador, pero percibo un deje de amargura.

—¿Tu ex?

—Rompí con él. Tenías razón. Merezco más.

—Pues si estás bien, me alegro. Nos vamos —la aviso, y ella se acerca a mi espalda, rodeando mi cintura con sus brazos.

En pocos minutos llegamos al restaurante. Es buena amazona; se ha adaptado al movimiento de las curvas y a mi cuerpo como si lo llevara haciendo toda la vida, y eso en novatos no es habitual.

—Oh, qué viaje más corto —exclama cuando nos bajamos. Al quitarse el casco su pelo cae en ondas despeinadas que enmarcan su rostro sonrojado.

—Luego, si quieres, lo hago más largo, pero ni tú ni yo llevamos ropa adecuada.

Nos llevan a la mesa que tengo reservada en la terraza. No hace mucho calor y apetece estar fuera. Es menos íntimo que dentro, ¿no? Las sombrillas proyectan sombras moteadas sobre el mantel blanco de papel, y una brisa suave mueve las hojas de los árboles que bordean el local.

Nos traen la carta y pedimos las bebidas.

Yo escojo una cerveza —luego me pasaré al agua o al refresco— y ella un vino blanco que el camarero le sirve en una copa empañada por el frío.

Pedimos unos calamares fritos, un revuelto de champiñones para compartir, y ella, dorada a la plancha; yo, pluma ibérica.

—¿Cómo es que me has escrito? —Hala, sin anestesia. Sus ojos me estudian por encima del borde de la copa mientras da un sorbo pequeño.

—Fui muy borde la última vez y tú no tienes la culpa de mis taras. Cada uno es como es. —Tamborileo con los dedos sobre la mesa—. ¿Crees que darnos los números estaría mal? Digo, si vamos a ser amigos... —Me tiro a la piscina.

—Lucas... —Ufff, suena muy seria. Deja la copa en la mesa con cuidado—. ¿Qué quieres de mí? Te portaste como un caballero, si es que eso sigue existiendo, cuando nos conocimos, pero es obvio que ninguno de los dos teníamos esos planes cuando me diste el papel y yo acepté enviándote mi dirección.

—¿Puedo ser sincero? —Me inclino ligeramente hacia delante, apoyando los antebrazos en la mesa—.

Ya sé que hablamos mucho ese día y después, pero hay cosas que quedaron sin decir.

Y ya te lo dije entonces: nunca obligaría a nadie a nada.

No soy así. El sexo debe ser consentido y divertido.

Si no, deja de serlo. Ahora mismo me gustaría que fuéramos amigos.

Sin más. Si es lo que quieres. Y sí, claro que en mis planes no entraba acabar en el zoco a las tantas riéndome con una desconocida, pero me gustó.

—Sin embargo, sí te acuestas con desconocidas...

El camarero interrumpe justo en ese momento con los entrantes, y creo que por su cara ha escuchado la última parte. Azahara se da cuenta y, aparte de ponerse como un tomate, comienza a reírse sin parar, tapándose la boca con la mano.

—Se va a pajear con tu imagen, que lo sepas —susurro con una sonrisa maliciosa.

Lo mira de reojo mientras el camarero se aleja, y se tapa la cara con ambas manos, avergonzada.

—Ay, por favor, no digas eso. Y no me has respondido.

—En realidad no has preguntado, has afirmado —le digo, cogiendo un trozo de palillo de pan del cesto y arrojándoselo para aligerar el ambiente—. Pero sí, es justo eso lo que hago, y no repito. Desde hace algo más de un año.

Sus mejillas no bajan de tono. Se quita la goma de la muñeca y se hace un moño alto con el pelo, exponiendo la curva elegante de su cuello. Imagino que tiene calor. Yo también, pero poco puedo hacer si lo que quiero es una amistad.

—Buff... Qué fuerte apuntas, doctor —dice, abanicándose con la servilleta.

—Pero quedaste conmigo. ¿Pensabas que íbamos a jugar a las cartas? —pregunto, arqueando una ceja.

—Sí, al strip póker, ja, ja, ja. —Se ríe con ganas, y sus ojos brillan con picardía—. No, claro que no. Por eso al final te dije que no. Es que no soy así. Pero me vino muy bien ese rato.

—Ya ves, a tu novio seguro que también se lo pareció.

—Es un capullo. No me escribió hasta el martes. —Su expresión se ensombrece mientras pincha un calamar con más fuerza de la necesaria.

—¿En serio? —Dejo el tenedor a medio camino entre el plato y mi boca y la miro alucinado—. Sí, es un capullo.

—Cuando se dignó a aparecer en mi casa, lo mandé a paseo. Creo que estaba con otra. Aunque no para de escribirme todos los días. —Mastica lentamente, como si las palabras le supieran amargas.

—No sé si decirte que lo siento o no.

—No, no lo sientas. Y come, que se enfría —me anima, señalando mi tenedor con una sonrisa que no llega del todo a sus ojos.

—Sí, mami —respondo en tono burlón, haciendo que se ría de verdad esta vez.

Descubro que me gusta cómo suena su risa, libre y contagiosa, mezclándose con el murmullo de las conversaciones de las otras mesas y el tintineo de los cubiertos contra la loza. Por un momento, todo lo demás —la comisaría, Mónica, mis demonios internos— se desvanece en el fondo, como ruido blanco.

Hablamos de todo y más, y cuando llega el momento del café, decido que voy a contarle lo de Valeria. Si va a ser mi amiga y quiero que sea así, tengo que contárselo.

—¿Qué pasa? Te has quedado muy serio. —Sus dedos juguetean con una servilleta de papel mientras me estudia con esos ojos oscuros que no pierden detalle.

—Es que tal vez, después de contarte esto, salgas corriendo y le digas a tu ex que se case contigo.

Me mira extrañada y niega con la cabeza, haciendo que algunos mechones sueltos se muevan alrededor de su rostro.

—Me extrañaría mucho. Anda, desembucha.

—¿Has oído lo de la chica que han encontrado...?

—No jodas, te habías acostado con ella. —Lo dice como una afirmación, no como una pregunta, y su expresión no cambia. Ni un parpadeo de sorpresa.

—Sí, hace un par de meses. Y la tuve que certificar yo, y practicarle la necropsia, y... —hago una pausa, soplo el maldito café que parece que lo ha preparado Lucifer en el mismísimo infierno— han encontrado una huella parcial mía en su casa.

—Hay que joderse, pues claro, si estuviste allí es normal, ¿no? —Me sorprende que sea tan vehemente y no se asuste ni me cuestione. Sus manos se apoyan sobre la mesa, inclinándose ligeramente hacia mí.

—Ya, pero...

—No, ¿en serio? ¿Creen que tú...? ¿Y ahora? —Me encanta esta chica, no sé si lo he dicho ya. Tal vez ser enfermera de urgencias curte más de lo que pensaba.

—Pues dependerá del juez. Y perdóname, porque hoy he estado en la comisaría y al salir he sentido la necesidad de hablar contigo. —Remuevo el café con la cucharilla, creando pequeños remolinos marrones que se desvanecen enseguida.

—¿Por qué tengo que perdonarte? Tengo claro que tú no has sido. —Hace una pausa, como conectando piezas de un rompecabezas—. Ahh, espera, eso es lo que te gusta en la cama. Ahora entiendo lo de consentido.

Me mira y, aunque espero que sus ojos me digan algo que no me guste, no lo hacen. Sigue tranquila, y eso me calma a mí también.

—No, no es solo eso. No te confundas; si no es todo consensuado, no deja de ser una violación, aunque antes quieras. Si en el último instante, incluso justo antes de... bueno, pues eso, dices que no, es que no. Con calentón o sin él. No hay más.

—¿Sabes que no muchos tíos piensan como tú? —dice en voz baja, y algo en su tono hace que se me encoja el estómago.

—Espero que no lo digas por tu ex... —No responde, y a mí se me acelera el pulso al imaginar que, en cualquier contexto, alguien pueda negarse y sentirse obligado. No lo concibo—. ¿Azahara?

—No tiene importancia. —Aparta la mirada hacia las mesas vacías de alrededor—. Me gusta como eres. Te han educado bien. Oye, están recogiendo, deberíamos irnos. Esto de que nos echen de los sitios no está bien.

Su sonrisa no llega a sus ojos esta vez, y hay una sombra de dolor que no había visto antes.

Levanto la mano para llamar la atención del camarero, que tarda exactamente un segundo en acercarse. Pues sí que se quieren ir. Pido la cuenta, que tarda menos todavía, y acerco el móvil para pagar por contacto antes de que ella saque el suyo.

Cuando el camarero se marcha, me recrimina:

—Oye, que lo de pagar era una broma.

—No te preocupes, la psicóloga me sale más cara. A la próxima, si la hay, invitas tú.

—¿Quieres que haya más? Más de esto, lo que sea—dice, señalándonos con un gesto vago de la mano.

—Si tú quieres. Ya te lo he dicho: estoy a gusto contigo, no consideras que soy un asesino y no has salido corriendo. Y, encima, para ser novata vas bien en la moto.

—Solo te falta saber cómo reacciono en otras situaciones... —Su voz baja una octava y me lanza una mirada que me atraviesa como un dardo.

Joder, directo a mi entrepierna. Qué difícil me lo está poniendo esta chica.

—¿Vamos? —pregunto, obviando su comentario y levantándome quizá demasiado rápido.

Llegamos a su casa más pronto de lo que yo desearía. Sostengo la moto para que pueda bajarse con facilidad. Me devuelve el casco —sus dedos rozan los míos un instante— y, antes de despedirse, me propone dar un paseo.

—Justo al lado hay un parque donde se está bien —dice señalando hacia los árboles que se recortan contra el cielo.