10 ¿esto es real?
¿ESTO ES REAL?
LUCAS
—¿Me explicas qué acaba de pasar, Lucas? —Su voz corta el aire como una navaja. Me acribilla con la mirada nada más avanzar dos pasos fuera de la comisaría—. Soy tu abogada y se supone que debo saber todo de ti, al menos si está relacionado con el caso. Y me da que me ocultas cosas. Muchas.
Ha venido caminando. No sé cómo puede con esos taconazos que repiquetean contra el asfalto agrietado.
El eco resuena entre los edificios grises de la zona policial.
Nada que ver con la Mónica de su casa, la que he visto jugando con su hijo y sus nietos, en chanclas de goma sobre la moqueta del salón.
—A ver, puntualicemos —me giro, notando cómo se me pega la camisa sudada a la espalda—. Mi abogado es Mario, que por otra parte es mi mejor amigo, y él tiene todos los datos. Y por otra parte, que yo sepa, no ha pasado nada. He respondido lo que me han preguntado y ya.
—«¿No me gusta el fútbol, soy más de motor?» —imita mi tono con una precisión que me pone los pelos de punta—. En ese tono, vamos, Lucas. Es más, Mario está implicado emocionalmente contigo, y esto no es un juego. Pueden acusarte de homicidio, ¿eres consciente?
Su mirada se clava en la mía. El viento arrastra el humo de un cigarrillo desde la entrada de la comisaría.
—Es cierto que León es un excelente abogado, pero no tiene la experiencia que tengo yo o Miki. No lo olvides: si la cosa se pone fea, supongo que preferirías al mejor, ¿no? O al menos que Mario tuviera nuestro respaldo.
—¿No lo tiene?
Joder, es buena acojonando a la peña, aparte de ser un auténtico espectáculo. Incluso ahora, con el ceño fruncido y esa expresión de abogada implacable salida de una serie de Netflix, hay algo en ella que me desarma.
—Por supuesto, pero me falta información. Estoy segura. He echado los dientes en esto, Lucas. Sé cuándo me mienten. Y sé que tú ocultas algo. Y no, no creo que la hayas matado. No me refiero a eso.
—Me dejas más tranquilo —respondo con sarcasmo, mientras sacudo la cabeza.
Hemos llegado a mi moto, que dejé en el aparcamiento del hospital de la Cruz Roja.
—Es complicado, Mónica, dame algo de tiempo, ¿vale?
—Vale, pero recuerda... —Se acerca un paso, hasta que percibo con total nitidez su perfume—.
Si lo único que me falta saber de ti es cuántos empastes tienes, cariño, y la talla de tus zapatos, no creo que me vaya a asustar ahora.
Si yo te contara... Cada uno en su cama puede hacer lo que le guste, siempre que sea consentido.
No entiendo ni los tabúes ni la manía de juzgar a nadie por eso.
—Ya, pero se sigue haciendo —murmuro, pasando la mano por el manillar de la moto.
—Créeme, lo sé. —Su expresión se suaviza por un momento, como si la sombra de un secreto cruzara su rostro—. Bueno, me marcho. Tengo una cita en el hotel.
Señala hacia el AC que se alza justo enfrente. La miro, esperando una explicación.
—Un cliente de Gerry viene de Barcelona y, al parecer, no ha encontrado abogados allí. —Se encoge de hombros con una sonrisa irónica—. En fin, mi marido puede ser muy intenso. Estamos en contacto.
Se acerca un poco más y se despide de mí con dos besos, dejando su perfume a flores impregnado en mi piel. El aroma persiste incluso después de que el ruido de sus tacones se desvanezca entre el rumor del tráfico.
Me paro a pensar. Había pedido el día de asuntos propios y ahora no sé si irme a casa, ir a trabajar, ir a nadar o coger la moto y dejar que el viento decida el rumbo.
Hace días que no sé nada de Azahara. Pienso que por qué no podemos ser simplemente amigos—tal vez es lo único que ella quiera y sea justo lo que yo necesito ahora—.
Pero ¿cómo le cuentas a alguien que apenas conoces que puedes estar en el punto de mira por un homicidio?
La pregunta me martillea las sienes mientras saco el móvil.
Entro en Instagram, y mis dedos vacilan sobre el teclado antes de escribir:
@luc_greeneyes Hola, espero que no te enfadaras conmigo hasta el punto de no querer hablarme. A veces soy un capullo. No se me da muy bien gestionar ciertas cosas y llevo unos días muy complicados.
@luc_greeneyes ¿Sigue en pie lo del desayuno? ¿O ya no tiene sentido? He pensado en ti y en nuestros mensajes. No me malinterpretes, como posibles amigos...
Le doy a enviar y me quedo mirando la pantalla. Su respuesta no se hace esperar, así que imagino que tiene las notificaciones activadas.
@azah97_ Hola, ¿y tú quién eres? Ahhh, ya, cierto médico de especialidad curiosa y los ojos más bonitos que he visto en mucho tiempo.
@azah97_ Salgo a las tres, ¿comemos juntos o prefieres desayunar después de una guardia?
Una sonrisa involuntaria se me escapa. Me la imagino algo sonrojada escribiendo eso, siendo más osada de lo que suele ser. Miro la hora en la pantalla: son casi la una. Puedo ir a casa, coger el otro casco y recogerla, si no ha ido en coche.
@luc_greeneyes Gracias por el piropo. ¿Especialidad curiosa? Soy raro, lo sé. Hagamos ese almuerzo. ¿Te recojo a las tres o has ido con tu coche?
@azah97_ Hoy no, cada día cogemos un coche entre los compañeros, pero no tengo casco. Y no he subido mucho en moto.
@luc_greeneyes ¿Te da miedo? Puedo coger el coche. ¿Reservo en algún sitio?
@azah97_ No me da miedo, reserva si quieres, pagas tú. Es broma. ¿Me esperas en el aparcamiento?
@luc_greeneyes En la salida de personal si no te importa que me vean.
@azah97_ Menudo privilegio que me vean con alguien como tú, mis compañeras van a rabiar . Te veo a las tres, tengo que ir a triaje.
Vaya con la enfermera tímida. A veces, como en esta ocasión, me da rabia no ser «normal».
Luego recuerdo las palabras de Mónica, resonando en mi cabeza como un mantra: «Cada uno en su cama puede hacer lo que le guste, siempre que sea consentido».
Sé que tiene razón, pero entonces ¿por qué mi cabeza sigue considerando que lo que hago está mal?
¿Por qué ninguna pareja al uso estaría en la misma página que yo?
Entro en la agenda del móvil y busco el número de mi psicóloga, aunque tal vez debería buscar otra. Al final marco y decido darle otra oportunidad con la mente más abierta. Si lo espero de los demás, ¿por qué no hacerlo yo?
Me busca el primer hueco que encuentra y, para mi sorpresa, es ese mismo jueves por la tarde.
Anoto la cita en la agenda y pongo rumbo a casa para coger el casco.
Pienso dónde ir a comer y decido algo no demasiado ostentoso, pero donde pongan comida que esté bien, no muy lejos del hospital, para no tener a Azahara demasiado tiempo de paquete si no está acostumbrada.
—¿Cómo ha ido? —La llamada de Mario por el intercomunicador del casco me sobresalta.
—Hola a ti también —respondo, mientras esquivo un semáforo en ámbar—. Bueno, aparte de que tu jefa, socia o lo que sea sospecha de nosotros, lo demás como se suponía. Mario, estoy cansado y esto ni ha empezado. ¿A quién le he hecho daño en el universo para que me las esté devolviendo así?
—Ya, tío, a veces la vida es una putada. ¿Nos vemos luego?
—Te digo después, he quedado a comer con Azahara. Si tienes otro plan, nos vemos mañana... ah, no, hostia, que mañana entro de guardia. Pasado, cuando salga de la consulta de Itziar.
—¿No decías que no querías ir con ella? Espera... ¿has quedado con Azahara? ¿Y eso?
El tono de sorpresa en su voz me hace sonreír a pesar de todo.
—Me apetecía charlar con ella, ¿no puedo tener una amiga? Y lo de Itziar, bueno, le voy a dar una oportunidad.
—Claro que puedes, es que me extraña, porque nunca has querido tener amigas.
—Ha sido un impulso. Desde antes de toda esta mierda no habíamos hablado, fui algo borde con ella y hoy he querido compensarla. Voy para allá ahora, la recojo en el hospital.
—La leche, hasta servicio a domicilio. Bueno, avísame luego, he quedado con Carla ahora también. Hablamos de todas maneras.
Cuelgo y acelero por la recta que lleva al Reina Sofía.
No soy de ponerme nervioso. De hecho, a veces, cuando salgo a tomar copas con otra finalidad, me considero un depredador, aunque en ocasiones me la devuelvan con creces.
Pero ahora los nervios anidan en mi estómago como una rara sensación de vértigo.
Supongo que debería contarle las mierdas de mi vida...
o no. Si quiero que seamos amigos, joder, estoy hecho un lío.
Todavía sigo dándole vueltas cuando llego al hospital.
Miro la hora: son menos diez. Paro el motor y subo la moto al caballete, sintiendo cómo el metal caliente me quema ligeramente la pierna a través del pantalón.
Unos minutos más tarde comienza el trasiego de gente que sale: enfermeras con batas arrugadas, médicos con ojeras, auxiliares charlando en corrillos.
Algunos rezagados entran todavía, y entonces, riendo con las compañeras, la veo salir.
Lleva el pelo recogido en una coleta algo desastrada, pero aun así está muy guapa.
Una falda vaquera larga que se balancea con cada paso, una camiseta básica blanca que resalta su bronceado y unas Adidas rosas que le dan un toque desenfadado.
Me ve y su sonrisa se ensancha como si hubiera estado esperando este momento todo el día.
Se despide de sus amigas con la mano y se acerca a mí sin perder ese gesto radiante.
Veo cómo me examina con la mirada de arriba abajo, y un cierto escalofrío me recorre la espalda.
—Hola, doctor —me da un beso en la mejilla que no me espero, y el contacto de sus labios tibios contra mi piel me deja completamente descolocado.
Me rasco la nuca y sonrío algo azorado. ¿En serio? ¿Yo, que me llevo a cualquiera de calle, nervioso como un crío?
—Hola, enfermera. Joder, parece un cliché de novela romántica.
—Ja, ja, ja, ¿qué sabrás tú de eso? —Sus ojos brillan con diversión.
—Oye, chica, que leo de todo —replico, arqueando una ceja con aire desafiante.
—¿De verdad? —Asiento, sonriendo como un gilipollas al ver la cara de asombro que se le ha quedado. Le tiendo el casco mientras bajo la moto de su soporte y me subo, sujetándola con las piernas para que pueda montar detrás.