El Dolor de la Culpa 9 dudas y más dudas #2
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9 dudas y más dudas #2

Se marchan, y no puedo evitar envidiar en cierto modo a Mónica.

Ese estilo impecable, esa seguridad en sí misma que se respira en cada uno de sus movimientos, esa forma tan profesional de manejar cada situación.

La veo caminar sobre esos tacones imposibles que yo sería incapaz de llevar sin tropezar y romperme la crisma, y me gustaría, a veces, poder ser así.

Dejar de verme como la niña asustada que escondo tras capas de fingida seguridad, esa que regresa a su infancia cada vez que alguien vulnerable aparece en escena.

Voy a salir de la habitación cuando Rubén me sujeta por el brazo. El contacto de sus dedos sobre mi piel me sobresalta, y cuando bajo la vista hacia donde me toca, él me suelta de inmediato con una disculpa.

—¿Qué coño ha sido eso, Ava?

No tengo ni idea de a qué se refiere.

—Un interrogatorio informal —respondo, encogiéndome de hombros—. No está detenido, solo estamos montando las piezas del rompecabezas.

—Mis cojones —resopla, pasándose una mano por el cabello con gesto exasperado—.

Nunca te he visto tratar a nadie como a él.

¿Y qué es eso de «quiero hablar en privado»?

¿Te parece profesional? —Sus ojos me perforan, buscando una respuesta que no estoy segura de querer darle—. ¿Qué tienes con ese tío?

Le miro directamente a los ojos. Nuestras alturas son similares, aunque su corpulencia equivale a dos de la mía.

Siento cómo mi sangre hierve como lava corriendo por las venas; si hay algo que me toca la moral es que me digan que no soy profesional, cosa que, por otra parte, sería la primera vez que ocurre.

—¿Cómo dices? —Mi voz se vuelve fría como el acero—.

Que tú no seas capaz de mantener la polla en los pantalones no te da derecho a juzgar a todos con tu mismo rasero.

Si por ti fuera, ya nos habríamos acostado hace tiempo.

—Las palabras salen disparadas como balas—.

No tengo nada con él, ni con nadie. Si me lo preguntas, no tengo ni tiempo ni ganas.

Sois agotadores, prepotentes, os creéis con todos los derechos, y en el momento en que alguien os lleva la contraria tiráis de poder o de fuerza.

No me toques los ovarios, Castaño, que habíamos conseguido llegar a un momento de calma muy beneficioso para los dos y para el equipo.

—A ver, Ava... —Rubén se pasa una mano por la nuca, delatando su incomodidad—.

Que una vez, estando algo bebido, te tirara los tejos no significa que quiera acostarme contigo cada cinco minutos.

Te pedí disculpas, y lo que pasó con Lina fue un error, ¿vale?

Ella estaba en un momento vulnerable y yo también.

No ha vuelto a suceder. —Su voz se suaviza ligeramente—.

Y te digo más: esa chica me gusta, y otra cosa, ambos somos libres, pero tal vez no sea el momento.

No voy follando con cualquiera. —Hace una pausa, clavándome la mirada—.

Pero es que me ha dado la sensación de que la tensión entre vosotros se podía cortar con un cuchillo, y te aseguro que la abogada lo ha notado también, y esa mujer es dura de pelar.

—Quiero creer que es inocente, Rubén —vuelvo a un tono cordial, bajando las defensas.

Es un buen compañero y cualquiera tiene un desliz—.

Hay cosas que no tienen sentido. Es un tío meticuloso, perfeccionista y muy detallista.

No iría dejando una huella si la hubiera matado; de eso estoy segura.

Pero tenemos que demostrarlo. En una ciudad como esta, donde los asesinatos, por fortuna, no suceden a diario, se va a volver mediático, y eso me da pavor.

No quiero que condenen a un inocente mientras un criminal sigue libre.

—Pero si me dices eso es que tienes dudas...

Unos golpes suaves en la puerta interrumpen la conversación. Saray asoma la cabeza, con una sonrisa apagada que no llega a sus ojos.

—Pasa —la invito, agradecida por la interrupción—. Si no tuviera dudas, no sería buena en lo mío, ¿no crees?

—¿Qué ha pasado? —pregunta mi compañera y amiga, cerrando la puerta tras de sí.

—Que, aunque aquí la Martín diga que no, hay un rollo raro entre ella y el forense —interviene Rubén con una sonrisa burlona—. Que, hija, ya te vale. Mira que hay profesiones... Buff, repelús me da. Ahora, la abogada...

—Sabes que está casada, ¿no? Y que el marido está para ponerle un piso en la zona más cara del mundo, ¿no? —respondo, arqueando una ceja.

—¿Y que tiene cincuenta y tantos te da igual? —dice divertido, y el mal rollo se evapora como humo.

—Y tanto. Si lo vieras, a ti también te daría igual. Bueno, a ti no. —Me echo a reír—. Ja, ja, ja, ja. Tú te quedarías con ella.

—No se os puede dejar solos, parecéis niños pequeños. Vaya dos —añade Saray, meneando la cabeza.

—¿Cómo te ha ido a ti, cariño? —Cambio de tema, sabiendo que volver a su barrio le resulta complicado. Sus padres no le perdonan que se fuera y no cumpliera la tradición, y aunque ha sido ella quien ha decidido ir, cuando regresa su humor no suele ser bueno.

—No me quejo, no he tenido problemas. He resuelto todo con rapidez y no ha habido detenciones.

Solo he tenido que hablar con ellos. —Su expresión se ensombrece—.

Ya sabes, querían llevarse a la niña del colegio y les he hecho prometer que la dejarán los días que quedan.

Es una tontería; esa cría el año que viene no regresará.

Asuntos Sociales hace la vista gorda allí, y yo no puedo salvar a cada chica en esa situación.

—Ya. Debe ser muy complicado para ti. ¿Has visto a tu...?

—No. —Su respuesta es tajante—. Imagino que intuían que iría yo y no han aparecido. Sí he visto a Manuel...

—¿Y? —le pregunto, notando la tensión en sus hombros.

—Chicas, me voy a por un café. ¿Queréis uno? —Rubén se levanta bruscamente—. Y, Ava, tendrás que enviarle a Casasola lo que haya sido eso que le has hecho al médico.

Sale de la sala y nosotras nos dirigimos al despacho.

—¿A este qué le pasa? —me pregunta Saray una vez que estamos a solas.

—Dice que la tensión con Lucas se podía cortar —respondo, dejándome caer en mi silla.

—Tiene razón, Ava. —Su voz adquiere un tono serio—. No te lo he querido decir, pero me da miedo que no seas objetiva.

Voy a interrumpirla, pero levanta una mano para detenerme.

—Para, para, que te vas a embalar. Sé que eres la mejor profesional que conozco, pero también conozco todos los detalles y que estos casos, en cierto modo, te tocan directamente. Y además...

—Soy objetiva. Estoy convencida casi al cien por cien de que no es un asesino.

—¿Imprudencia? —pregunta, ladeando la cabeza.

Niego con la cabeza y le doy los detalles que lo eximirían de serlo: no solo los que él me expuso, también lo que yo pienso. Ella se muestra de acuerdo conmigo, asintiendo lentamente.

—Quiero que acabe todo esto —suspiro, masajeándome las sienes—. Me temo que este verano se augura muy, pero que muy largo, y eso que en agosto no hay juzgados.

—La verdad es que es un marrón. Porque, aunque no me vayan los tíos, el forense está como quiere. —Esboza una sonrisa—. Es complicado, pero sabes que puedes contar conmigo siempre.

—Lo sé, amiga.