El Dolor de la Culpa 9 dudas y más dudas
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9 dudas y más dudas

DUDAS Y MÁS DUDAS

AVA

Que el comisario me llame a su despacho me pone de los nervios.

A ver, siempre es justo y me trata con profesionalidad y camaradería, pero es que el caso de Caronte es distinto.

Quiero creerlo. Todos sus argumentos son válidos: es médico, no están «hechos» para acabar con la vida de nadie.

Solo por inercia, en el caso de que hubiera sido un accidente, habría intentado reanimarla.

Estoy segura. Habría más huellas, no esa mierda que no es nada.

Y, por supuesto, no se habría quedado sin tirársela. Es absurdo.

Me dijo que la conocía, que había estado allí... Por otro lado, no tiene coartada real. El dilema me carcome por dentro.

—Ava, dime que lo tienes todo bien planificado.

—Sí, Santaolalla.

—Déjate de Santaolalla ni hostias. Los formalismos para cuando haya gente, joder. —Su voz ronca llena el despacho—. ¿Qué tienes?

Me remuevo en la silla, sintiendo que su mirada me taladra.

—En realidad, lo que quiero es que me dé los nombres de su vecina, de su terapeuta y de los sitios donde estuvo de camino de Almería. Casasola quiere todo lo que tengamos —expongo con cierto temor.

—Sabes que este caso no se sostiene con una huella parcial de un tipo que te confirmó que ya había estado en casa de la víctima, y hacía tiempo, ¿verdad? —Se inclina hacia delante, apoyando los codos en el escritorio—. Esa huella, en el estado que está, lo corrobora. ¿Eres consciente?

El tono de su pregunta me obliga a enfrentarme a la realidad del caso. Asiento lentamente.

—Sí, y por eso quiero acabar con esto. Imagino que Caronte tiene que estar también en un sinvivir. Tampoco me parece justo para él.

—Entonces, ¿crees que es inocente?

La pregunta queda suspendida en el aire como una espada de Damocles. Trato de salirme por la tangente, pero sé que mi jefe es perro viejo, perspicaz y demasiado inteligente para mis evasivas.

—No soy juez.

—No me jodas, niña. —Sus ojos se entrecierran—. Te estoy preguntando tu opinión.

El sonido de unos toques insistentes en la puerta me salva del momento. El corazón me da un vuelco de alivio.

—Comisario, Ava. —El sargento Rubén Castaño asoma la cabeza por la rendija—. Caronte acaba de llegar con su abogada.

—Hablaremos después, Martín.

—Sí, comisario.

Salgo del despacho con las piernas como si fueran gelatina. Castaño me alcanza en el pasillo. Su sonrisa socarrona lo dice todo.

—Te acabo de salvar el culo, creo intuir, ¿no?

Me conoce demasiado bien. Le miro y le guiño un ojo, tratando de restar importancia al momento.

—Es posible. No me gusta dar opiniones, y ya sabes que a Santaolalla le encanta pedirlas.

—¿Quiere saber si crees que es culpable?

Asiento con la cabeza mientras caminamos rumbo a la sala donde vamos a encontrarnos con Lucas.

El soniquete de nuestros pasos reverbera en el pasillo.

Hoy Saray ha tenido que salir a una llamada en su antiguo barrio y se ha llevado al agente Ledesma, el novato, a ver por dónde salen, así que Castaño me acompaña.

—¿Y qué crees?

Me paro en seco y le clavo una mirada de advertencia.

—Ah, no, tú también no.

Cojo un par de botellas de agua de la máquina expendedora. El ruido metálico de las monedas al caer rompe momentáneamente la tensión que siento en el pecho. Entramos en la sala, cutre a más no poder, ocupada por una mesa rayada, sillas desparejadas y un fluorescente que parpadea intermitentemente.

Lucas está sentado junto a su abogada. Espectacular como siempre.

Pelo castaño con las puntas más claras recogido en una coleta alta impecable, un traje que apesta a dinero, unos tacones que en mi vida sabré llevar y un maletín de piel con las iniciales «MF» grabadas en dorado.

La perfección hecha mujer en una sala que parece sacada de una comisaría de los años ochenta.

Se levantan al vernos entrar y nos tienden la mano. Sus movimientos son precisos, calculados.

—Inspectora, ella es Mónica Fernández, una de mis abogadas. La inspectora...

—Nos conocemos. Buenos días, inspectora. —Su apretón es firme, profesional. Sus ojos me evalúan en una fracción de segundo.

—Caronte, ¿cómo se encuentra? —Mi voz suena más formal de lo que pretendo.

—He tenido otros días mejores. —Su respuesta viene acompañada de una sonrisa que no llega a sus ojos. No me quita la mirada de encima, y sé que detrás de sus palabras hay mucho más de lo que dice.

—Vamos, cuanto antes empecemos, antes acabaremos. Ah, él es el sargento Castaño. —Señalo a mi compañero, que saluda con un gesto de cabeza.

Lucas me mira con esa expresión divertida que tanto me descoloca. No me gusta nada lo que veo reflejado en sus ojos.

—Inspectora, ¿puede informarnos a qué hemos venido? —La voz de la abogada corta el aire como un bisturí.

—Quiero corroborar con su cliente algunos datos. —Coloco mi libreta sobre la mesa, con el bolígrafo preparado.

—Adelante. Yo decidiré si responde o no. —Se acomoda en la silla, cruzando las piernas—. Una cosa: ¿esto es un interrogatorio oficial?

—No, solo le estoy pidiendo que colabore, letrada. —Dirijo mi atención a Lucas—: Doctor, ¿puede aportar alguna prueba de que en la fecha que usted me dijo estuvo en la casa de la fallecida?

—Me crucé con su amiga cuando me marchaba. —Su voz se vuelve más seria—. Ella había estado con un amigo mío que la llevó a su casa sobre las cinco de la mañana.

—¿Puede confirmar la fecha exacta?

—¿Me deja el móvil o un calendario? —Su pregunta viene acompañada de un gesto de las manos—. Como usted podrá entender, no voy apuntando los días que me acuesto con alguien.

El comentario hace que Mónica apriete ligeramente los labios. Un matiz casi imperceptible.

—¿Y cómo lo va a comprobar?

—Había un partido de esos que a todo el mundo le llama la atención. —Se encoge de hombros.

—¿No le gusta el fútbol? —No sé a qué coño viene esa pregunta, pero me sale sin pensar.

—¿Eso es relevante, inspectora? —La abogada interviene con tono cortante.

—No importa, Mónica. —Lucas alza una mano tranquilizadora—. No, no me gusta. Soy más de motor.

Castaño le deja su móvil abierto en el calendario. Lucas lo maneja con soltura, sus dedos se deslizan por la pantalla hasta detenerse.

—El veintidós de marzo.

—Bien. —Apunto la fecha en mis notas—. ¿Tiene los tickets de haber pagado a la vuelta de su viaje? ¿A qué hora dice que llegó? ¿El alojamiento?

—Tengo el extracto de la tarjeta, y llegué sobre las ocho y media. No miré la hora exacta. —Se pasa una mano por el pelo—. Tengo una casa allí, no voy a ningún hotel.

—¿Alguien podría afirmar si salió o no de su casa de nuevo?

—Mi vecina conoce mis horarios mejor que yo. —Una sonrisa irónica asoma en sus labios—. Pero ignoro si estaba en casa esa noche.

—¿Puede darnos sus datos?

Mira a su abogada, que asiente casi imperceptiblemente. Está claro que ya lo habían hablado. Me dicta el nombre, la dirección y hasta el teléfono. Desconozco por qué lo tiene memorizado.

—¿Puede proporcionarnos la información de su terapeuta?

—¿Perdón? —Su expresión cambia completamente. Esta vez sí lo he pillado desprevenido.

—Sé que ha estado yendo a terapia. Necesito sus datos para hacerle algunas preguntas.

—Supongo que para eso necesitará una orden del juez. —Mónica salta como una leona defendiendo a su cachorro—. Como bien sabrá, los datos proporcionados en una consulta están protegidos por el secreto profesional. Paciente-médico, psicólogo, en este caso.

—Si es preciso, sí. —Mantengo el tono neutro, profesional.

—De acuerdo, díselo, Lucas. —La abogada le da permiso haciendo con un gesto con la mano.

Responde una a una todas las preguntas que le hago, mientras tomo notas meticulosamente.

Mónica no pierde detalle de la conversación, y mi compañero tampoco.

En algunos instantes me da la impresión de que ambos me juzgan, como si fuera yo la que estuviera siendo interrogada.

No tengo muy claro por qué me da esa sensación.

Casi una hora más tarde, he terminado con todas las preguntas que tenía preparadas, pero un torrente de dudas se agolpa en mi cabeza como pájaros enjaulados buscando una salida.

—¿Hemos terminado? El doctor es un hombre ocupado —me interpela la abogada. Su voz corta el aire cuando me ve hojeando mis notas sin formular más preguntas. Sus dedos, luciendo una perfecta manicura, tamborilean impacientes sobre su elegante maletín de cuero.

—Sí, solo hay un detalle más que me gustaría tratar a solas con él.

Los ojos de Lucas, que hasta entonces permanecían perdidos en sus manos como si buscaran respuestas en las líneas de sus palmas, se elevan bruscamente.

Me observa con un brillo extraño, casi perturbador.

No hay rastro de su habitual diversión burlona; la sorpresa se abre paso en su mirada como una grieta en el hielo, pero sus labios permanecen sellados.

—Me temo, inspectora, que si no es nada relacionado con lo que nos mantiene aquí, mi cliente no está obligado a responder, y menos en privado en una sala de comisaría. —Mónica se endereza en su silla—. Como usted comprenderá, es algo irregular su petición.

—Tiene razón, Ava —se inmiscuye por primera vez el sargento, desautorizándome con una naturalidad que me enciende las mejillas.

Le lanzo una mirada fulminante, pero él permanece impasible, como si fuera inmune a mi irritación.

—Está bien, esto es todo por el momento. —Las palabras salen de mi boca con un sabor amargo—. Gracias por su tiempo, doctor.

Le tiendo la mano y él la aprieta con firmeza, sosteniéndome la mirada sin parpadear.

Sus ojos verdes me escudriñan como si quisieran descifrar lo que pienso.

Al soltarme, creo intuir una caricia deliberada en mis dedos, un roce que dura una fracción de segundo más de lo necesario.

Pero solo es eso, una sensación fugaz que se desvanece ante la frialdad que emana de su mirada.