8 impás #3
—¿Y? —La miro con el ceño fruncido—. Tendrá un padre y a lo mejor hermanos, amigos... yo qué sé. No, Ali, no vayas por ahí. Quiero creer que harán su trabajo igual de bien que yo espero estar haciendo el mío.
Recogemos la mesa en un silencio solo roto con el tintineo de los platos al chocar. Mientras cargo el lavavajillas, mi hermana se aventura en mi caótico salón. El sonido de libros siendo movidos me pone los nervios de punta. ¿Pero qué coño le pasa a todo el mundo con querer ordenar mi vida?
—¿Es posible que dejes mis cosas a su libre albedrío? —La voz me sale más áspera de lo que pretendo—. Después no encuentro nada. Joder, que yo no voy a tu casa a ordenar el cajón de tus bragas.
Me asomo desde la cocina, secándome las manos con más fuerza de la necesaria.
—Carla hacía igual la última vez que vino.
—No te enfades. —Ali levanta las manos en gesto conciliador—. Solo estoy poniendo los libros en la mesa de tu despacho.
—¿Pero igual están ahí por algo, te lo has planteado?
Se gira hacia mí con una pila de libros en las manos.
—¿Lees cinco libros a la vez?
—Sí, a veces más. Según. —Me apoyo en el marco de la puerta, cruzando los brazos—. Necesito saltar de un tema a otro, y sí, me entero de todo.
—No, si que eres brillante, ya lo sé. —Va leyendo los títulos uno por uno—.
Pero joder: Lo que callan los muertos, La chica de Baelo Claudia…
Oye, este pinta bien, déjamelo cuando lo acabes.
La librería de los deseos, La casa en el mar más azul, La isla de los ausentes...
Lo dicho, de lo más variopinto. —Se detiene en uno, arqueando una ceja con gesto pícaro—. ¿Pero romántica?
Se refiere a La chica de Baelo Claudia y no puedo evitar una sonrisa defensiva.
—Es mucho más que eso. Es una historia muy real, con una trama intensa de trata de blancas y corrupción. Es bueno. —Me encojo de hombros—. Y oye, si de camino aprendo algo de relaciones, eso que me llevo.
—Ja, ja, ja, eres único, hermanito. —Su risa llena el salón de una calidez que hacía falta—. Oye, son las cinco y media. ¿No tenías que irte? ¿Dónde has quedado?
El recordatorio me golpea como un jarro de agua fría. La cita con Mónica.
—En su casa. No está su marido y me ha pedido por favor que fuera allí para no dejar a su hijo con nadie.
—Pues vamos, que ya es tarde. ¿Vas con la moto?
Me paso la mano por el pelo, sopesando las opciones.
—No, porque ni sabría dónde aparcar. Aunque... —Saco el móvil del bolsillo—. La llamo a ver si ella sabe dónde puedo dejarla. Tal vez por detrás de la iglesia o por el palacio de Viana...
—Por ahí lo dudo, pero llámala.
Nos despedimos en mi puerta con un abrazo que dura más de lo habitual. Ali me aprieta con fuerza, como si quisiera transmitirme toda su energía.
—Todo va a salir bien —me susurra al oído.
Mónica me ha dicho que meta la moto en su casa, que tiene sitio.
Pero al final decido ir caminando. Tendría que darle la vuelta a media ciudad para llegar, y por raro que parezca, no me apetece.
Necesito estos minutos para ordenar mis pensamientos, para prepararme mentalmente para lo que está por venir.
Llego al castizo barrio de San Andrés, donde las casas se aprietan unas contra otras en una encantadora mezcla de construcciones antiguas y modernas, como si el tiempo pasado se resistiera a ser devorado por el presente.
Busco el número en la dirección y, cuando estoy a punto de llamar, oigo mi nombre a mis espaldas.
Me giro para ver a Mario que viene apresurado, con el nudo de la corbata aflojado y el pelo ligeramente revuelto. Imagino que Mónica le ha dicho que nos acompañe.
—Eh, no te esperaba. —Le tiendo la mano, pero él me da un golpe amistoso en el hombro.
—Cambio de planes. Terminé antes de lo previsto.
—Hola, chicos, pasad.
La puerta se abre antes de que llamemos.
Mónica aparece caminando por un pequeño patio cordobés, con ropa cómoda que contrasta con la imagen seria que tengo de ella.
Lleva un moño medio deshecho que deja escapar mechones rebeldes, un pantalón corto que revela unas piernas bronceadas, una camiseta negra que se le pega ligeramente al cuerpo húmedo, y va en chanclas que hacen un suave plaf plaf contra el suelo de barro.
—Perdonad las pintas. —Se pasa una mano por la frente, apartándose un mechón—. Estaba con los niños en la piscina. Sé que no parece muy profesional, pero a veces soy madre antes que abogada.
De fondo se oyen voces infantiles mezclándose con alegres chapoteos. Risas desenfadadas y música bajita que crea una atmósfera familiar que contrasta brutalmente con el motivo de nuestra visita.
—Vamos, nos acomodamos en la zona del jardín. Se está fresco y no les quito la vista a los tres demonios estos. —Señala hacia la piscina con una sonrisa maternal—. No contaba con ellos, pero los nietos de mi marido y Mateo son como una unidad. Van siempre juntos.
—No te preocupes, estás en tu casa. —Las palabras me salen con genuina gratitud—. Gracias por atenderme.
—Adoro mi trabajo y los retos.
Mónica me mira con una mezcla de profesionalidad y calidez maternal que me tranquiliza.