El Dolor de la Culpa 8 impás #2
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8 impás #2

—¿Vaale? ¿Es mi cumpleaños? Ah, no, que es en octubre. ¿Qué pasa, hermanita?

—¿No puedo pasar un rato contigo sin niños ni cuñado? —replica.

—Supongo que sí... pero a las seis tengo una cita.

—¿Sales con niñas de primaria ahora? —lanza, divertida, regodeándose en cada sílaba.

—Menos problemas tendría.

Ella suelta un bufido y sé que ha puesto los ojos en blanco, como siempre que cree que digo tonterías.

—¿Ves? Por eso voy a tu casa. Sé que pasa algo y no me lo has contado.

Me paso la mano por la nuca, incómodo. La conozco mejor que nadie y sé que si se ha plantado en «modo hermana mayor» no hay muralla que la detenga.

—Vale, Ali. Pero no me des mucho la chapa.

—No prometo nada. Nos vemos en veinte minutos.

Llega unos minutos después, cargada con táperes de ensaladilla, patatas bravas y un flamenquín del tamaño de la península itálica.

—Hola, bro. —Me planta un beso en la mejilla y entra como si viviera aquí.

—Pasa.

—Es lo que hago. Pon la mesa, que se enfría el flamenquín y las bravas.

—A sus órdenes, capitana —bromeo; cualquiera le lleva la contraria.

Coloco la mesa del salón. Solo estamos los dos, pero es más cómodo que la cocina. Le pregunto si quiere vino y me pide frizzante, que es su favorito en verano. Yo prefiero la cerveza o un buen ribera, pero saco una lata que me apetece más en este momento.

Me acerco al giradiscos y escojo uno de hace mil doscientos años.

Inuendo comienza a sonar; dejaré que esa maravilla de álbum nos acompañe durante la comida.

I’m Going Slightly Mad, Headlong son las que siguen ante las carcajadas de mi hermana, que nunca compartió mis gustos musicales «arcaicos», como ella los denomina.

The show must go on es la última de este que puede ser mi álbum favorito del mítico grupo.

El silencio se instala entre nosotros mientras masticamos, pero su mirada no me abandona.

—¿Vas a contarme qué te está pasando?

—¿Por qué tiene que pasarme algo?

Me mira enarcando una ceja, suelta la copa que tenía entre sus dedos y toma mi mano por encima de la mesa.

—Soy tu hermana mayor, te conozco desde siempre. —Su voz se suaviza—. Tus ojos me dicen que algo te preocupa, y mucho. No es una chica, y no son tus neuras habituales. Es otra cosa que me da mucho miedo, Luc. Por favor, confía en mí.

Le cuento todo desde el domingo que volví de Almería. En sus ojos, una miríada de sentimientos cruza cada instante, hasta sustituir el verde parecido al mío por un pardo amarronado que hacía siglos que no le veía.

Toma la copa y bebe un sorbo largo. Aparta su plato con un gesto brusco y busca mi otra mano.

—Luc, eso es muy serio. ¿Qué dice Mario?

—Que no tienen nada. Solo una huella parcial.

—Me paso la mano por el pelo, nervioso—.

Que yo afirmara que estuve allí hace meses podría culparme, o lo contrario.

Lo malo es que no tengo coartada. Bueno, la única es que me paré en una estación de servicio a las ocho y media, a cien kilómetros de aquí.

Y que mi adorable vecina Sofía diga que me vio llegar.

—¿La han llamado?

Me encojo de hombros porque no tengo ni idea.

—No sé nada. De hecho, yo ya pensaba que ni me llamarían, y esto me ha descolocado. Tengo la cita con Mónica, la socia de Mario. Él tiene mañana un juicio y no puede venir conmigo.

—¿Y el juez?

—Mario dice que es muy meticuloso, profesional, y que no se la juega si no está seguro. Dicen que es muy justo. —Suspiro—. El problema es que es un caso difícil y un tema que duele. Y luego está el lío mediático, si los padres se ponen a hacer ruido...

—Bufff. —Se pasa la mano por los labios, se deshace la coleta para volverla a hacer. Es un tic que creo que no sabe que tiene; lo hace cuando se pone nerviosa—. No sé qué decirte. ¿No podían irte las cosas más normalitas?

—Se ve que no.

—Supuse que había algo más profundo después de que dejaras a Carla tras tres años.

—¿Sabes que Mario y ella...?

—A Mario le gusta desde siempre, no me extraña. No sé cómo tú no te diste cuenta antes de liarte con ella.

—A ver, tampoco es que ella sea muy sutil que digamos. Si quiere algo, lo coge y ya. Me tocó a mí, y yo, pues bueno, me atraía, lo pasábamos bien y... eso.

—¿Puedo hacerte una pregunta incómoda? —Sus dedos tamborilean sobre la mesa—. No contestes si no quieres.

Le hago un gesto para que dispare, y ella se lanza:

—¿Cuántas...?

—¿Crees que las apunto? —La miro con incredulidad—. Joder, Ali, salgo. Si se da, bien, y si no, pues nada.

—¿Sales de caza?

—Si lo llamas así, suena fatal. No es eso, creo. Y no es que ellas no quieran. Además, antes les dejo claro todo.

—¿Ha habido quien se ha negado? —vuelve a interrogarme, clavándome esos ojos pardos.

—Sí.

—¿Y?

—Nada. Me he ido, o si ella ha preferido, nos hemos tomado una copa o hemos charlado.

No soy una máquina, Ali. —El tono me sale más defensivo de lo que pretendía—.

De hecho, la última fue el primer viernes de feria.

Ella se echó atrás cuando llegué a su casa y nos dieron las tantas en el zoco tomándonos una copa.

Después hemos hablado varias veces por Instagram.

Tengo sentimientos, ¿sabes? Y soy capaz de ponerme en el lugar de la otra persona.

—Eso lo sé. —Su voz se dulcifica—. No te enfades conmigo.

—Oye, ¿y los niños?

—Los recogía papá. —Hace una pausa, me estudia con detenimiento—. ¿Quieres que diga que estuve contigo el domingo?

—¿Quééé? —Casi grito—. No, ni de coña. No te vas a meter en esto. Yo no he sido. Ya no se trata de mí, sino de que, si me enchironan, un asesino queda libre. Y te aseguro que la inspectora es concienzuda y profesional, al menos por lo que sé de ella.

—Ya, pero es una mujer.