El Dolor de la Culpa 8 impás
20%

8 impás

IMPÁS

LUCAS

Andrea sigue rara, callada y distante. Y ella no es así. Empiezo a preocuparme en serio y, cuando llegamos a nuestra sala, ya no aguanto más. Tengo que saber qué demonios pasa.

—Andrea, ¿puedes decirme si ha pasado algo? ¿Te he hecho algo que deba saber para que estés así conmigo?

—Uy, yo mejor me voy. ¿Queréis café? —interrumpe Mía, aunque no espera respuesta. A continuación, sale disparada como una exhalación, dejándome clarísimo que algo ocurre y que yo, como un idiota, no me estoy enterando.

Me siento en el filo de la mesa. Andrea juguetea con el móvil, haciéndose la loca. Le paso la mano por delante de la cara para obligarla a mirarme.

—¿Vas a dejar de comportarte como una adolescente y vas a volver a ser la profesional que admiro? Y de paso, ¿me vas a decir qué coño pasa? —Su expresión se congela; deja el móvil sobre la mesa y alza la mirada, sorprendida.

—¿Tú me admiras? —pregunta, casi en un susurro.

—Claro que sí. A ti y a Mía. Sois la hostia.

¿Por qué crees, si no, que me encanta trabajar con vosotras?

Sois meticulosas, profesionales, detallistas, analíticas, respetuosas, discretas, empáticas, rigurosas...

Y tú, además, eres muy paciente, y eso no lo consigue cualquiera.

No sé si es porque lleváis poco tiempo, porque adoráis vuestro trabajo o simplemente porque he tenido la enorme suerte de teneros en mi equipo.

Y no quiero perder eso. Pero llevo días viéndote rara, y hoy ya...

—¿Por qué me da la impresión de que te has tirado a toda la ciudad menos a mí?

Ahora el que se queda de piedra soy yo. No esperaba esa pregunta. Ni tampoco que Andrea tuviera interés en mí.

—¿Y quieres ser una más? ¿Arriesgar lo que tenemos?

Porque mezclar placer y trabajo no es buena idea.

Y en mi caso... te aseguro que es aún peor.

—La miro a los ojos, que ahora se me antojan más marrones que verdes, intentando descifrar si de verdad le importaría mandar todo a la mierda por un polvo—. Andrea, yo no tengo relaciones.

—No te estoy pidiendo un anillo, Lucas. Es solo que...

Da igual, tienes razón. Somos compañeros, y es mejor que sigamos siéndolo.

Solo que el otro día te vi en el Notre Dame, te ibas con una chica y...

bueno, eso. No tengo derecho a decirlo. Lo siento, se me ha ido la pinza.

Olvídalo, ¿vale? No quiero que cambie tu concepto de mí.

—No te preocupes. No soy quién para juzgarte. Por mi parte, esta conversación, al menos la última parte, no ha tenido lugar. Y ahora, cuéntame tus hallazgos, que los incluya en mi informe, por favor.

—Por supuesto, jefe.

—Ay, la hostia... Si me llamas jefe, te dejo de hablar.

—Ja, ja, ja, ja —ríe ella, liberada.

Así nos pilla Mía cuando entra de nuevo, cargada con tres cafés fríos que, por el envoltorio, ha debido comprar en un súper cercano.

—Veo que habéis arreglado vuestras diferencias.

—Sí, solo ha sido una tontería mía —responde Andrea, ya con su habitual humor.

—Mejor así, que ya hay suficientes malas energías por aquí como para sumar más.

—Oye ¿y esas miraditas con la inspectora? —le pincha la rubia a Mía, con una mirada pícara.

—Pues mira, esas miraditas han acabado con su número en mi móvil, una llamada perdida en el suyo y un mensaje de «ya te he fichado» —explica, ufana.

—Anda, pues nada... a por todas. Parece un buen partido —comento, levantando mi café a modo de brindis improvisado.

—Eso no lo sé, pero que está buena un rato, salta a la vista —añade Mía, soltando una carcajada que termina de disipar cualquier resto de tensión en la sala.

Terminamos los informes y se los envío al juez. Manda huevos que tenga que hacer esto justo ahora, cuando sé que estoy en el punto de mira. Después, las chicas se relajan un rato en la sala mientras yo salgo a dar una vuelta y aprovecho para llamar a Mario y ponerlo al día.

—Ey, no te esperaba, pensé que estabas de guardia. Dame un segundo. (Sí, en el segundo cajón... Sí, voy, es Lucas).

—Siento interrumpir, es que es importante.

—He oído lo del homicidio. Siempre te toca lo jodido, colega.

—Pues espera a saber quién es —respondo, apoyándome en la barandilla del aparcamiento—. ¿Te acuerdas de Valeria?

—¿La del Florida? ¿La que estudiaba Derecho y ADE? La que vino con su amiga... ¿Irina, era?

—Sí.

—Hostia puta, Lucas. Por eso me llamas, ¿verdad? ¿Te van a implicar?

—Estuve en su casa. ¿Tú qué crees? Y escucha atentamente porque lo que te voy a decir es confidencial: desde este momento no eres mi amigo, eres mi abogado. Han encontrado una huella parcial en el cabecero de su cama.

—Y es tuya. Joder, joder, joder, Luc... Cuenta conmigo, por supuesto, pero... ¿cómo sabes eso? Eso debería ser información reservada. Espera, no me lo digas: tu inspectora, ¿verdad? Pues estás bien jodido, amigo.

—Gracias por tus ánimos —respondo con sarcasmo.

—Eeehh, no, no, no me malinterpretes. Estoy contigo, pero si el juez o la jueza te imputa, lo vamos a tener muy difícil. ¿Sabes quién es el instructor? ¿Cuándo murió?

—Por partes: el juez es Casasola. —El bufido que suelta al otro lado no sé si me tranquiliza o me pone más nervioso—. Y la chica murió el domingo, sobre las diez. Ni idea de cómo acabó en su casa, con ese hijo de puta, y drogada hasta dejarse hacer lo que hizo.

—Dime que no ha muerto por asfixia. Y bueno... hay jueces peores; Casasola es meticuloso y muy profesional. Le gusta tenerlo todo atado. Es bueno y no le gustan las presunciones, ni siquiera las de culpabilidad. Para él sigues siendo inocente hasta que se demuestre lo contrario.

—Asfixia. Hioides fracturado. Atada al cabecero. Y sin haber mantenido relaciones. Fue a por ella, Mario. Ese cabrón fue a matarla.

—¿Y si fue un accidente?

—¿Y no llama a emergencias? ¿Ni intenta reanimarla? Y, ¿por qué el estrangulamiento sin sexo? No, Mario. No cuadra. Yo no lo creo.

—Bueno, vamos a esperar a ver qué pasos da el juez y veremos. Tu vecina la metomentodo nos vendría de perlas ahora. ¿Sabes si estaba en casa el domingo cuando volviste de Almería?

—Ni idea. Llegué sobre las nueve o así. Pero ¿de verdad alguien va a creer que, después de un viaje en moto desde Almería, me planté en casa de Valeria para...?

—Espero que, al menos, te den el beneficio de la duda. Pero cuando el caso salga a la luz y los padres empiecen a meter presión, querrán un culpable rápido.

Mi móvil vibra con una llamada entrante. Miro la pantalla.

—Me entra otra llamada. Igual son las chicas; si ha pasado algo... Hablamos mañana.

—Me paso y desayunamos juntos. Tengo una vista a las once.

—Gracias, Mario.

—No me las des. Y reza.

Regreso al Anatómico. Mía me informa de que han traído a uno de los implicados en el accidente; lo llevaban al Reina Sofía, pero ha muerto al llegar. Tras las diligencias pertinentes, nos lo envían para que hagamos los análisis requeridos.

—Menudo día… A ver si se acaba pronto —comento nada más entrar.

—¿Pero vamos a hacerlo ahora? —se sorprende Andrea, dejándose caer en una silla.

—¿Para qué dejárselo a los compañeros de mañana? —respondo, mientras me coloco los guantes.

Los días siguientes son extraños. Me paso las horas esperando la llamada para declarar y, cuando empiezo a pensar que tal vez no llegará, el número de la inspectora aparece en mi pantalla.

—Martín, esperaba tu llamada —contesto, procurando mantener la formalidad; no sé quién puede estar escuchando.

—Doctor, tienes que ir mañana para tomarte declaración. A las nueve en la comisaría.

—Iré con mi abogado.

—Perfecto.

Llamo a Mario y le informo de la citación. Se muestra sorprendido de que hayan tardado tanto y me promete intentar averiguar algo. Unos minutos después me devuelve la llamada: no podrá acompañarme, pero Mónica, una de las socias de su bufete, irá en su nombre.

No tarda en llamarme ella misma.

—¿Sí?

—¿Lucas? Soy Mónica Fernández. Mario tiene un juicio mañana y no puede moverlo, así que te acompaño yo. No te preocupes, ya me ha puesto en antecedentes, pero me gustaría verte hoy para concretar algunos detalles —dice sin apenas tomar aire para respirar.

La conozco de un par de cenas de trabajo a las que he ido con Mario. Es una mujer de cuarenta y pocos años, espectacular y con una seguridad en sí misma que haría temblar a cualquiera, incluso a un juez, solo con el ruido de sus tacones.

—Vale, dime dónde te viene bien.

—¿Puedes pasarte por mi despacho sobre las cinco y media? Sé que hace calor y que es temprano, pero normalmente no trabajo por las tardes y…

—Si te viene mejor otro sitio u otra hora, me adapto. Donde digas.

—¿Queda muy poco profesional que te cite en mi casa? Mi marido está de viaje y así no tengo que pedirle a nadie que se quede con mi hijo.

—Ningún problema. Pásame la ubicación.

Antes de colgar, me llega un mensaje con la dirección. Le doy las gracias y nos despedimos. Le aviso de que estaré allí sobre las seis, para no llegar demasiado pronto, y ella acepta, dándome las gracias.

En estos días he pensado mucho en Azahara.

He estado a punto de escribirle, pero al final me he contenido.

Tampoco sabría qué decirle: «Hola, ¿sabes que igual me acusan de asesinato?

». No, definitivamente no es una buena idea.

Eso sí, de vez en cuando stalkeo su perfil y ya no sube fotos con su novio.

Creo que lo han dejado y, lo cierto, es que me alegro por ella.

Un tío —o una tía, da igual— que no tiene cinco segundos para un «hola, ¿qué tal tu día?

» no merece que pierdas ni uno de los tuyos.

Suena el móvil en el bolsillo trasero de mis vaqueros. Lo saco, compruebo la pantalla y no me sorprende: es mi hermana. Sus llamadas suelen llegar siempre en el momento exacto en que empiezo a ordenar mis pensamientos, como si tuviera un radar para mis miserias.

—Voy para tu casa con comida.

Cierro los ojos un segundo, intentando contener la carcajada que me sube por la garganta. Siempre actúa de igual modo: se planta sin preguntar y se cree con derecho a toda clase de explicaciones.