El Dolor de la Culpa 7 pesadilla #2
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7 pesadilla #2

—Vale, ¿y? —me lanza, clavándome los ojos sin un ápice de juicio, solo apoyo—. Cada uno es libre de disfrutar del sexo como le dé la gana, Lucas. No veo qué tiene que ver eso con que alguien la matara. Si, como dices, fue intencionado... ni siquiera hubo penetración.

—Pero tal vez ella no se habría ido con nadie si no lo hubiera hecho conmigo antes.

—¿Cuánta keta y fenta tenía? —insiste, obligándome a mirarla de frente, a aterrizar en los hechos—. Con esa dosis se habría ido con un talibán.

—Puede ser... —respondo, dejando escapar el aire que me oprime el pecho.

Los compañeros que terminan su turno se despiden al pasar junto a nosotros. Le digo a Inma que se vaya a casa, que ya va tarde, pero insiste en acompañarme a despedirse de Mía y Andrea, que aún revisan las últimas muestras.

—Chicas, ¿qué os queda? —les pregunto.

—Ya casi hemos terminado con lo que podemos hacer aquí. Falta guardarla —responde Andrea, sin levantar la vista del microscopio.

—Yo me encargo —digo—. Y después deberíamos ir a tomar algo.

Lanzo una última mirada a Valeria; un destello de su sonrisa, su mirada traviesa, sus mejillas encendidas y aquellas pupilas voraces me quema por dentro. Niego con la cabeza, la acomodo en la «nevera» —como dice la inspectora— y apoyo la frente contra la puerta de acero.

Una mano en mi hombro, cálida y firme, me devuelve a tierra. Es Mía.

Nuestro horario oficial ha terminado, así que, en lugar de quedarnos esperando, salimos a un bar cercano para meter algo en el estómago. En el mío no sé si entrará gran cosa.

—¿Qué tal los padres? —pregunta Andrea, rompiendo su mutismo.

—Imagínatelos… Un padre no debería sobrevivir a un hijo; va en contra de todas las leyes naturales. No quiero ni pensar qué clase de dolor es ese. Supongo que el más intenso de todos. Y no creo que se supere jamás.

—Es que no me lo podía creer cuando lo dijisteis. Aquí nunca pasa nada.

—Hasta que te cruzas con quien no debes, cuando no debes —añade Mía.

—Yo pienso que, incluso antes de nacer, decidimos en cierta medida no solo cómo y con quién vamos a vivir, sino cuándo y hasta cómo vamos a morir.

—Te creía más escéptico, doctor —bromea Mía, con una risita seca.

Nos sentamos en la terraza de un bar de barrio de toda la vida.

Junio no ha empezado especialmente caluroso y corre un aire agradable en la plaza.

Las chicas piden un bocata cada una; yo tardo en decidirme, pero al final pido un pepito de ternera —aquí los hacen de escándalo— y una Coca-Cola para acompañar, como ellas.

—He leído y escuchado a gente muy seria y preparada como para no darle crédito a ciertas cosas. Que neurólogos de urgencias y otros colegas crean en eso… te da que pensar.

—Pues sí, puede ser… —reflexiona Andrea, mordisqueando la pajita de su refresco.

Nos traen la comida, acompañada de unas patatas fritas que las chicas devoran como si llevaran días sin probar bocado. A mí, en cambio, me cierran aún más el estómago.

Mi móvil vibra sobre la mesa. Un número desconocido se refleja en la pantalla, pero no figura como spam. Insiste, cansino.

—¿No vas a contestar? —curiosea Mía, limpiándose los labios con la servilleta.

—No lo tengo guardado y no es un número oficial.

—Eres forense. ¿No deberías contestar? Y más si estás de guardia.

Tiene razón. Resoplo, cojo el móvil y descuelgo, a regañadientes. La voz al otro lado me hiela la sangre y me acelera el corazón.

—Lucas… —hay que joderse.

—¿Usando tus contactos para conseguir mi número? Lo de la protección de datos está sobrevalorado, ¿no?

—¿Dónde estás? Necesito verte.

—Anda, casi me lo creo. Estoy almorzando, ¿me lo permites?

—Dime dónde y voy.

—¿Nunca te han dicho que eres como un grano en el culo?

—Lo cierto es que sí, no eres nada original. Pero en serio, Caronte, es importante.

No le contesto. Le mando la ubicación por mensaje y luego escribo: ¿Necesito abogado? Me responde que no… aunque no sé si creérmelo.

Las chicas me miran sin dejar de masticar, esperando que les diga algo.

—Era la inspectora Martín.

—¿Y ese tonito? —pregunta Mía, arqueando una ceja, siempre tan perspicaz— Uy, uy, uy… ¿De verdad, doctor? ¿También a la inspectora?

—No sé a qué te refieres. Me lleva dando la tabarra desde lo del crío que atendimos, y esta mañana ha vuelto a la carga. Al saber que estuve en casa de Valeria… imagina.

—Que tú ¿qué? —Andrea se atraganta. No se había enterado y alucina.

—Estuve con ella hace dos meses. Una noche. Tenía que decirlo… igual hay huellas mías en su casa.

—Hostias, Lucas… ¿quedan tías en esta ciudad a las que no te hayas tirado? Aparte de mí, claro —suelta Andrea, entre carcajadas, pero no me ha gustado su tono.

La llegada providencial de la inspectora me salva de una conversación incómoda como pocas.

—Buenas tardes —saluda, plantándose junto a la mesa.

—Buenas tardes, inspectora. ¿Has comido algo?

—No he tenido tiempo. Os presento a la inspectora Saray Reyes.

—Un placer, inspectora —le tiendo la mano, que ella estrecha con firmeza. Mis compañeras hacen lo mismo. No se me escapa el cruce de miradas entre Mía y la recién llegada. Uy, uy…—. Sentaos y pedid algo. No vaya a ser que os dé una bajada de azúcar y acabéis en una de nuestras «neveras».

—Eres tan gracioso, Caronte, que se me olvida reírme.

Se piden un bocata y un refresco. Ava tiene cara de agotada, aunque intenta taparlo tras una sonrisa forzada.

—Suéltalo —le digo, cuando llegan los refrescos acompañados de unas aceitunas de cortesía—. ¿Qué hay?

—Una huella parcial en el cabecero.

Me paso las manos por el pelo, retiro la silla hacia atrás y apoyo los codos en las rodillas, la frente entre las manos. Intento respirar, pero no consigo que el aire me llene los pulmones del todo. Oigo a mis compañeras soltar una exclamación ahogada.

—Me la estoy jugando —continúa—. Si mi jefe se entera de que estamos aquí y te lo cuento, me cuelga de los pulgares. Pero fuiste sincero conmigo y creo que lo mereces.

Levanto la cabeza, sorprendido por su sinceridad. Su compañera me sostiene la mirada un segundo y luego se encoge de hombros, resignada.

—Gracias… supongo. Era bastante previsible. Nadie limpia tan a fondo.

—Lucas, todo está ya en manos del juez. Mañana, como mucho pasado, tendremos que tomarte declaración para instruir el caso. Luego él decidirá. Vete buscando un buen abogado.

La mano de Mía se posa en mi brazo, apretándolo, como queriendo darme apoyo.

—Está bien. Luego hablaré con él. ¿Podemos hablar un segundo? En privado.

Me levanto y me alejo de la mesa. Camino hacia el centro de la plaza y busco refugio bajo la sombra de un árbol para escapar del sol que me martillea la nuca.

Ella se acerca a mí con paso elegante, aunque se adivina el cansancio en sus hombros. Lleva unos vaqueros ajustados y una camisa remangada que le aporta un aire de sobria informalidad.

—Tú dirás.

—¿Por qué lo haces? —pregunto, mirándola de frente. Ella me observa, sin entender a qué me refiero—. Me has contado lo de la huella, aun sabiendo que te la juegas. —Desvío la vista hacia su compañera.

—Ella no diría nada. Nunca. Es la única persona por la que me la jugaría.

—Y por mí —puntualizo.

—Es distinto. Tú fuiste sincero esta mañana y creo que mereces saber a qué te enfrentas. ¿Puedes adelantarme algo de la necropsia antes de que lleguen los resultados oficiales?

—Ah, o sea que esto es un quid pro quo...

—En realidad no era mi intención —dice, encogiéndose de hombros—. Se me acaba de ocurrir, pero no lo repetiré. Nadie sabe que estamos aquí. Saray me cubre. —Cruzo los brazos y la miro con sorna. Ella capta al instante el doble sentido—. ¿Siempre piensas en lo mismo?

—Llevo tiempo en sequía —respondo, con falsa inocencia—. Te digo dos cosas que ya supusimos esta mañana: iba hasta arriba de keta y fenta, y no la penetró.

—¿Cómo? ¿La ha matado sin ninguna finalidad sexual? ¿Por qué?

—Eso deberéis averiguarlo vosotros. Mi trabajo es darte los resultados, el vuestro, todo lo demás. Ah, y atrapar a los malos.

—Me has preguntado por qué hago esto por ti. Ahí tienes la respuesta. Si tú no lo hiciste y te cargan el muerto, entonces por ahí seguirá suelto un hijo de puta y el sistema habrá fallado.

—¿Y si he sido yo y me dejas libre?

—Caronte, no me toques los ovarios.

—Venga, anda, ve a comer. Se te va a enfriar el bocata, y te aseguro que no sabe igual.

Me lanza una mirada cargada de todo lo que no dice, se da la vuelta y camina unos pasos por delante de mí. Entonces mi móvil vibra. Es el número de emergencias.

Cuando llego de nuevo a la mesa, mis compañeras me observan, expectantes, hablar por teléfono.

Les indico, mientras me guardo el aparato en el bolsillo, que se ha producido un accidente de tráfico a la altura de Encinas Reales con, al menos, una víctima mortal.

los compañeros de la guardia de Lucena están más cerca para cubrir el suceso, pero que, si no pueden, me desplazaré enseguida.

Finalmente, una nueva llamada confirma que serán ellos quienes se hagan cargo.

—Me encanta vuestra compañía, pero tengo que volver. El papeleo no se hace solo —les anuncio, mirando a mis inesperadas acompañantes—. Saray, ha sido un placer, a pesar de las circunstancias. Espero no verte demasiado.

—Lo mismo digo, aunque me temo que no será posible —responde ella, entornando un poco sus enormes ojos oscuros, ahora desprotegidos tras haberse quitado las gafas de sol.

Saray es una preciosa chica de etnia gitana. Mientras la observo, me pregunto cuántas normas de su comunidad habrá tenido que saltarse para estar donde está. No debe de tener mucho más de treinta años, pero se nota que es de fiar. Si la inspectora Martín confía en ella a ciegas, es por algo.

Mía y Andrea también se levantan. Aunque les digo que pueden quedarse un rato más, prefieren volver a «la base» conmigo.

* En la mayoría de los institutos de medicina legal, este tipo de muestras se envía a otros laboratorios externos. Aquí, para el desarrollo de la trama, he decidido que en el mismo lugar se lleven a cabo las pertinentes pruebas.