El Dolor de la Culpa 7 pesadilla
18%

7 pesadilla

PESADILLA

LUCAS

Tengo borroso el recuerdo de cómo llego hasta mi trabajo.

La conversación con la inspectora, la amiga de Valeria, su cuerpo inerte…

y esa luz que tenían sus ojos la última vez que la vi con vida.

Su forma de vibrar conmigo, de confiar en mí sin conocerme, de lanzarse a experimentar cosas que jamás había probado.

Y si eso… ¿y si eso mismo es lo que la ha matado? ¿Si encontró a la persona equivocada? ¿Si fue ella quien lo propuso y el otro no supo parar, o lo llevó demasiado lejos?

Esa avalancha de preguntas sin respuesta me devora cuando, al llegar, Inma sale de su despacho para comprobar si queda alguien más fuera y se topa conmigo. Mi cara debe decirlo todo, porque enseguida me detiene con una mano en el brazo y me hace pasar dentro.

—No tienes buena cara. ¿Tan mal ha ido? —pregunta, ofreciéndome un café que se sirve para ella también.

—Otro caso como tantos… si no fuera porque sé quién es la víctima. Y porque no ha sido accidental.

—¿La conocías? ¿Era amiga tuya?

—No diría tanto...

Le resumo lo esencial. Inma, tan empática como siempre, me ofrece su ayuda. Propone quedarse ella para encargarse del análisis, aunque no sea su especialidad.

—No. Siento que se lo debo. Tengo que hacerlo yo —le aclaro. Justo entonces nos avisan de que el cuerpo ha llegado, y me dirijo a la sala de autopsias, donde mis auxiliares ya me esperan.

—Te echo una mano luego para hablar con la familia, si quieres —se ofrece. A eso no le pongo pegas.

Como siempre, Andrea y Mía me dejan los minutos que necesito para prepararme. Mientras ellas reparten las pruebas que recogí en casa de Valeria —algunas se analizarán aquí, otras irán a Sevilla—, yo me acerco a la camilla.

—Valeria… no es justo lo que te ha pasado. Espero que me dejes saber que, al menos, ese malnacido no te hizo sufrir. Y que donde estés, seas feliz.

Concluyo mi ritual con una cruz sobre su pecho y enciendo el reproductor de música, como cada vez que realizo una autopsia. Ordinary world y Woman son las primeras que suenan por el altavoz.

—Mía, ¿vamos? —Andrea sigue con las pruebas anteriores; Mía se coloca a mi lado, lista con el instrumental.

—Vamos allá. —Mira el cuerpo con atención; ahora, a la luz limpia de la sala, el tono azulado de sus labios y orejas destaca aún más.

La marca de presión en el cuello, la línea oscura de las ataduras en las muñecas…

Tal vez sí forcejeó después de todo. Mía rompe el silencio—: ¿Estaba atada? —pregunta mirándome con extrañeza.

—Sí. Al cabecero de su cama. También llevaba un pañuelo cubriéndole los ojos.

Volvemos a tomar fotografías. La luz directa de la sala de autopsias proporciona una imagen cruda de los golpes, rasguños y contusiones, y ahora podemos moverla sin miedo a comprometer la recogida de pruebas de la policía judicial.

—Mía, toma muestras del cabello y haz un análisis de tóxicos⁠*.

—¿Crees que la habían drogado? —pregunta mientras coloca las pinzas en su sitio.

—Si usaron algún inhibidor, puede que ya no queden rastros… salvo en el pelo o en el humor vítreo. Eso también quiero que lo analices.

Tras tomar todas las fotos, lavamos el cuerpo de la chica.

Mía le retira los pendientes, el piercing del ombligo y anotamos cada tatuaje que lleva; alguno de ellos me pareció terriblemente sexy en otro tiempo, cuando su piel aún latía bajo mis manos.

Mi cabeza se va sola, abandona esta sala fría y regresa a su cama, a su risa de hace dos meses...

—Era muy guapa —oigo decir a Mía. Su voz me arranca de golpe de ese recuerdo.

—Sí. Y simpática. Buena estudiante, extrovertida… —Mía me mira con los ojos muy abiertos; imagino que, tras la mascarilla, su boca también lo está.

—¿La conocías? —pregunta, casi con un hilo de voz—. Lucas, si quieres puedo seguir yo… De verdad, puedo hacerlo sola.

—No. —Niego despacio, mirando sus manos que sostienen el instrumental—.

Tengo que hacerlo yo. Y sí, puede decirse que la conocía…

un poco. A veces la vida te sacude de una hostia y te recuerda que somos una mierda.

Ella tenía toda la vida por delante hasta que ese hijo de puta se cruzó en su camino.

—¿Y si fue un accidente?

—¿Tú te largarías después de algo así? —le espeto, alzando la voz más de lo necesario—. Además, no hay huellas. ¿No has visto que en el cuello hay marcas, pero ninguna huella definida? Nadie folla con guantes, Mía. O eso quiero creer.

—Tienes razón... Yo creo que habría intentado reanimarla, pero no hay indicios de que lo hiciera.

—Estoy seguro de que tiene fracturado el hioides. Eso no ocurre con una simple presión. Fue a matarla.

—Joder… —susurra, y se centra en su tarea para no mirarme.

Pesamos cada órgano, anotamos, volvemos a colocarlos con precisión.

Cosemos su cuerpo y lo adecentamos hasta dejarla lista para la familia, aunque ya solo sea un recipiente vacío.

Confirmamos, sin margen de error, que murió asfixiada.

No llegó a penetrarla, no hay restos de látex ni de ningún tipo en su boca, vagina y cavidad anal, salvo los suyos propios. Solo la asesinó.

Sin darme cuenta, me descubro apartando un mechón de su frente, alisándolo con cuidado, un gesto que no es mío. Eso siempre lo hacen Mía o Andrea, que hoy está inusualmente callada, centrada en etiquetar pruebas como una hormiga laboriosa, sin mirarnos, sin preguntar nada.

Casi a la hora en que mi compañera Inma tiene que irse, Andrea termina con los análisis preliminares que hemos podido hacer aquí; el resto tendrá que esperar.

Como suponía, a Valeria la llevaron a su casa probablemente en contra de su voluntad, usando una mezcla de ketamina y fentanilo.

Cada vez es más fácil conseguirlos por internet.

La cantidad exacta la sabremos cuando lleguen los análisis más exhaustivos, pero, por mi experiencia, diría que era suficiente para dormir a un caballo y predisponerla a consentirlo todo.

—Lucas, los padres están aquí… —me informa Inma—. Te acompaño.

Trago saliva y respiro hondo. Me deshago del pijama y el resto del equipo y me pongo una bata limpia.

Me vuelvo a lavar las manos y la cara, pasándome agua por el pelo como si el olor que deja un cadáver pudiera desaparecer cuando lo tienes clavado en la pituitaria y en el cerebro, más en casos como este.

Cojo el móvil, lo guardo en el bolsillo y salgo, dejando a mis compañeras acabando de adecentar a Valeria.

No es mi primera entrevista con familiares, pero sí en un caso así. No hay un solo músculo de mi cuerpo que no tiemble.

—Doctor... —uno de los administrativos —o informático, nunca tengo claro lo que hace— se me cruza—.

Están aquí los familiares de la chica que han traído.

—Miro a Inma sin entender por qué me lo dice él—.

Yo ya me iba y me los he encontrado. Quería avisarle por si no lo sabía.

¿Es cierto que la han asesinado? —pregunta, cabizbajo.

—No es información que pueda compartir, lo siento, Álvaro —le respondo, sorprendiéndome de recordar su nombre—. Gracias por avisar.

—No hay de qué. Que tenga buena tarde, doctor.

Se marcha dejándonos a los dos sin entender muy bien qué ha pasado. Inma me mira, se encoje de hombros y me anima a entrar en la sala para recibir a los padres de Valeria.

—¿Les vas a decir que la conocías? —me pregunta antes de abrir la puerta.

—Sí. Si encuentran ADN mío en su casa y acabo siendo sospechoso, al menos que sepan que nos conocíamos.

—¿Y que te acostaste con ella?

—Improvisaré.

Entramos en la sala y nos acomodamos —por decirlo de alguna manera— detrás de la mesa Un segundo después, la puerta se abre y aparece una pareja de unos cincuenta y pocos, sosteniéndose mutuamente como si cualquier brisa pudiera derribarlos.

El parecido de la mujer con su hija me clava una punzada en mitad del pecho.

—Buenas tardes —rompe el silencio Inma, con una suavidad profesional—. Siéntense, por favor. Soy la doctora Inma Valiente López y él es mi compañero, el doctor Lucas Caronte Umbría.

—Díganos qué ha pasado, por favor… —la súplica del padre no deja espacio a rodeos.

—Supongo que la policía ya ha hablado con ustedes…

—Sí, pero… ¿cómo fue? ¿Es cierto que han asesinado a nuestra niña? Ella nunca hizo daño a nadie, era la mejor hija del mundo, buena, cariñosa…

—Buena estudiante y muy amiga de sus amigos. Lo sé —añado con la voz rota, sintiendo la botella de agua fría entre mis manos antes de darle un trago—. ¿Quieren agua?

—No, gracias, doctor. ¿Usted la conocía? —pregunta la madre, con sorpresa entre el temblor de su voz.

—Podría decirse. Coincidimos tomando unas copas hace unos meses. Me contó cosas de su vida.

El llanto se vuelve incontrolable. Inma aprieta mi rodilla por debajo de la mesa.

—La policía está haciendo su trabajo —continúo, forzándome a no temblar—. Tenemos muy buenos profesionales; confíen en la justicia. Sé que ahora mismo suena vacío, pero darán con quien lo hizo.

—¿Pero por qué mi niña…? —jadea la madre, un gemido que me atraviesa como una astilla. Pienso, con amargura: Tal vez por cruzarse en mi camino—. Dígame, doctor… ¿sufrió?

La pregunta del millón, la que siempre exige la misma respuesta, sea verdad o mentira.

—No —se adelanta mi compañera—. La necropsia indica que no.

No menciona la droga ni la ausencia de violación. No hace falta. Unos minutos después, el padre ayuda a su mujer a levantarse. Nos dan las gracias —todavía les queda ánimo para agradecernos la horrible noticia— y salen de la sala, dejándome como si me hubiera atropellado la vida con una excavadora.

—Lo has hecho bien, Lucas. Deja de flagelarte —me dice Inma, colocándose a mi lado.

—No es eso, Inma… Es que… ¿y si esto es culpa mía?

—Pero ¿cómo va a ser culpa tuya, criatura?

—Tal vez yo, o más bien ella y yo, hicimos algo que a ella le gustó demasiado. Quizá buscó repetirlo y…

—¿Te refieres a lo que creo? —pregunta, arqueando una ceja. Me encojo de hombros porque en realidad no sé lo que piensa que es.

—No lo sé.

—¿Juegos con ataduras y esas cosas…?

—Algo así.