El Dolor de la Culpa 6 vuelta a la realidad #3
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6 vuelta a la realidad #3

—Murió en algún momento entre la madrugada del domingo y la mañana del lunes —le digo a Ava, mientras ella toma nota sin apartar los ojos de mí—. El rigor ya está cediendo.

La inspectora asiente, pero su mandíbula se tensa. Sé que en su cabeza se están cruzando demasiadas hipótesis, y en ninguna salgo bien parado.

Termino mi análisis y guardo todo en el maletín. La observo de nuevo: cuesta creer que sea la misma chica con la que me acosté hace un par de meses. Entonces era vital, intensa, casi voraz. Ahora solo queda un cuerpo hermoso, pero vacío. Ella ya no está aquí.

—Lucas —su voz vuelve, suave, tan suave que sé que puede meterme en problemas—. ¿Tienes algo que contarme?

Suspiro, cansado de anticipar lo inevitable.

—Estuve con ella hace un par de meses. Es posible que encuentren huellas mías. Es obvio que no uso guantes para… —guardo silencio antes de completar la frase.

—Joder, Lucas, sabes que eso puede traerte problemas, ¿verdad? —Ava entrecierra los ojos, como si me analizara por dentro.

—¿De verdad crees que, si la hubiera matado, estaría aquí confesándote que me la tiré y que pueden aparecer mis huellas? Ava, mírame a la cara: ¿me ves capaz de matar a alguien?

Me sostiene la mirada. Ella no parpadea. No niega. Y ese silencio me hace tragar saliva.

—Tal vez no conscientemente.

Aprieto la mandíbula.

—Ava, sabes cómo soy. Yo no repito. Ni sentimientos, ni ataduras. Más de un polvo complica las cosas. Y yo no quiero errores.

—¿Por qué tengo que creer que fue hace dos meses y no el domingo?

—Porque el domingo, a la hora que ella murió, yo acababa de llegar de Almería. Cuatro horas de moto, Ava. Créeme, lo último que se te ocurre es buscar a alguien para follar cuando tienes la espalda hecha polvo. Al menos yo no.

Ava ladea la cabeza, evaluándome como si fuera una escena más del crimen.

—¿Puedes probarlo? No te estoy acusando de nada —se apresura a decir—, pero si aparecen restos tuyos, es evidente que se te va a investigar.

—Supongo que sí. Le mandé a una amiga una foto desde Almería. También tengo el tique de una gasolinera y de un restaurante. ¿Eso sirve?

—Imagino que poco tendrá que decir un juez si le llevas esas pruebas o no... No lo sé, yo solo armo el caso; lo que el juez considere válido ya no está en mis manos.

La tensión en la habitación me recorre la columna como un calambre. El pulso me retumba en los oídos y tengo la sensación absurda de estar caminando por una cuerda floja entre dos acantilados. ¿De verdad estoy metido en esto?

—Ava… ¿debería hablar con mi abogado? —pregunto, intentando que la voz salga firme de mi garganta.

Ella sigue mirando a Valeria —Valeria, así se llamaba—, sin dignarse a devolverme la mirada que le clavo, como si así pudiera obligarla a creerme. Al final, asiente despacio. Cuando habla, la voz le tiembla apenas un segundo.

—Hazlo. Es lo mejor para ti.

Su frase me perfora como un bisturí en manos de un primate. Se gira al fin, y sus ojos azules, que otras veces me han mirado con deseo o con furia, ahora son puro hielo. De pronto parece agotada, como si llevara años sin dormir.

—Espero que, al menos, hagas tu trabajo como siempre. Y no ocultes nada. —Su reproche cae como un martillo; me deja vacío.

Inspiro, busco algo que decir para defenderme, pero me lo trago. Elevo la barbilla y dejo que la máscara profesional cubra lo que por dentro se desmorona.

—Creo que he terminado de hablar con usted, inspectora Martín. —Recupero el tono frío y formal.

En cuanto lo digo, los de la Científica irrumpen en la habitación como una manada de hienas sobre un cadáver fresco. Ni se molestan en disimular la impaciencia.

Me cuelgo el maletín del hombro y salgo, sintiendo que con cada paso mi vida se complica un poco más.

Mi cabeza es una olla a presión. Dudo si detenerme a hablar con la amiga de Valeria, pero no me da opción: cuando salgo a la calle, es ella quien me ve primero y se lanza hacia mí.

—Eres Lucas, ¿verdad? —pregunta, pero no espera respuesta. Se aferra a mí como si me conociera de toda la vida. Imagino que, entre este caos de uniformes y preguntas, soy la única cara que le resulta mínimamente familiar.

—Lo siento. No sabes cuánto… Nadie se merece algo así —le susurro, mientras noto sus lágrimas filtrarse en la tela de mi camiseta.

—Le dije que se viniera conmigo a la playa, y mira… —solloza, apretándose aún más. A mí ya me incomoda; no es que no tenga empatía, pero el contacto físico nunca ha sido lo mío, y menos con desconocidos.

—No puedes culparte. Era adulta. Fue su elección, su destino —digo las palabras como un mantra aprendido, aunque sé que no consuelan a nadie—. Siento tener que dejarte, pero debo volver al trabajo. Pronto levantarán el cadáver y tengo que estar allí.

Ella asiente, pero no me suelta del todo.

—Tú la vas a… —empieza, pero se traga la pregunta.

—Es mi trabajo. Y es mi turno.

—Cuídala… aunque suene absurdo, dadas las circunstancias.

—No lo es. Para nada. Y lo haré. —Le aseguro, sosteniéndole la mirada un segundo antes de dar media vuelta y dirigirme al aparcamiento.