6 vuelta a la realidad #2
No sé en qué momento me quedo dormido en el sofá. Ni me entero de nada hasta que el reloj suena a las siete. Me incorporo con un dolor de espalda que promete acompañarme todo el día. Con suerte, espero que sea tranquilo.
Desayuno a desgana un café y un par de galletas integrales de avena que no sé por qué sigo comprando si saben a cartón. Me pongo un vaquero y una camiseta, reviso el móvil —ningún mensaje nuevo— y salgo hacia el trabajo.
Apenas llego al Anatómico, entra una llamada del 112: han encontrado un cadáver y me requieren en la escena. Posible homicidio. Es posible que también vaya el juez. Me informan de que fue la amiga de la víctima quien encontró el cuerpo al regresar a casa.
Anoto la dirección en el móvil, cojo el equipo necesario para procesar la escena y, con el corazón en la garganta y el pulso desbocado, subo a la moto.
Me dirijo hacia la zona… que me resulta alarmantemente familiar.
He estado en muchas escenas, pero uno nunca se acostumbra a que le digan que probablemente es un asesinato.
No doy crédito cuando aparco y reconozco el edificio. Hay ya una ambulancia y un par de coches patrulla frente a la entrada. Es la zona de la Facultad de Derecho. Y yo… yo he estado aquí antes.
Saludo a los agentes mientras me identifico. Están con una chica, la amiga, supongo; su rostro también me suena, pero ahora mismo ella no parece registrar nada que no sea su propio horror. Subo a la planta sin preguntar. La sé de memoria.
—Doctor Caronte, qué honor —me recibe la inspectora, cargada de sarcasmo—. De todos los forenses que hay, ¿me tienes que tocar tú?
—Eso es lo que te gustaría, inspectora —le respondo, forzando la calma—, pero no creo que sea momento para bromas. Déjame hacer mi trabajo. ¿Qué ha pasado?
—Te va a sonar vagamente la escena, así que mejor me lo cuentas tú —dice, con un deje venenoso que no presagia nada bueno—. Pasa.
Siento el pulso retumbarme en los oídos mientras cruzo el umbral de la habitación. A simple vista, todo parece igual a la última vez que estuve aquí… salvo porque, cuando me fui, ella estaba viva.
—¿Algún problema, doctor? —espeta Ava, rozando la provocación.
—Deja de tocarme los cojones de una vez, Ava. Si no vas a ayudar, sal.
Ella da un paso más, tan cerca que puedo oler su champú, dulce, infantil… ¿chupachups de cereza? Trago saliva.
—Eso es lo que te gustaría —musita, tan pegada que noto su respiración.
—De hecho, sabes que no —la desafío, a un milímetro de su cara—. Por favor, déjame trabajar. ¿Quién la encontró? Según me dijeron, una amiga… ¿la que estaba abajo con tus compañeros?
—Sí. Se fue el fin de semana y volvió esta mañana. No quiero ni imaginar su cara al verla. —Su voz se apaga un segundo, luego retoma el temple—. Lucas… ¿crees que se le pudo ir de las manos… el juego?
Su mirada se desliza hasta la cama. La chica está desnuda, maniatada, con los ojos vendados. Y de golpe, se me hace un nudo en la garganta.
Me pongo los guantes y me acerco a ella.
Presenta todos los signos característicos de una muerte por asfixia: labios y lóbulos cianóticos, marcas en el cuello que empiezan a oscurecerse.
Aunque hubiera querido defenderse, no habría podido: tiene las manos firmemente atadas a un barrote de hierro del cabecero, antiguo, con vetas de óxido que cuentan su propia historia.
No espero encontrar huellas. Solo quedan los rastros mudos de la presión de unos dedos, claros para mí en la zona del cartílago tiroideo.
Paso los míos, enguantados, por su cuello con cuidado, sintiendo bajo la yema la fractura del hioides.
Casi puedo oír el crujido, aunque solo resuena en mi cabeza.
—Te diría que no, Ava, pero hasta que no le haga la autopsia completa no puedo darte todos los datos. —Hago una pausa, fijo la vista en su cuello y luego la miro a ella—. Creo que fue intencionado. Ven.
Le tomo la mano enguantada y le guío el dedo hasta la zona donde el hueso, casi imperceptible a simple tacto, delata la fractura. Sé que no lo notará, es más una certeza mía que una prueba sólida, pero necesito que empiece a ver lo que yo veo.
—La ha asfixiado —musita Ava, con la mirada fija en la garganta de la víctima—. O sea… es un asesinato. No un homicidio imprudente, ¿verdad?
—Apostaría que sí.
Me aparto de la cama y recorro la habitación despacio, sin tocar nada más de lo necesario.
Los agentes de la Científica asoman por la puerta, pero Ava alza una mano y les indica que esperen.
Mientras tanto, saco mi cámara y tomo las fotos que necesito: los nudos, el cabecero, la disposición de las sábanas…
cada detalle que podría contarme la historia sin palabras.
Cuando aparece el juez, con su semblante pétreo y ese maletín del que no se separa ni para dormir, apenas asiento.
No hay rastro de lucha. Ni en el dormitorio, ni en el salón, ni junto a la entrada. Quien hizo esto, entró sin forzar nada; o ella misma le abrió la puerta, o estaba tan drogada que no pudo resistirse.
Le tomo la temperatura corporal y calculo mentalmente mientras observo que el rigor mortis ya no es tan evidente.