El Dolor de la Culpa 6 vuelta a la realidad
14%

6 vuelta a la realidad

cYB

VUELTA A LA REALIDAD

LUCAS

Los días en la Isleta los dedico a descansar, hacer snorkel en las calas próximas —las más apartadas y casi siempre desiertas— y dejar que el tiempo se diluya sin prisas.

Estoy tentado de acercarme a la base de Salvamento Marítimo para saludar a Rafa.

Hace años que no nos vemos y, después de lo de Carla y su mudanza, nuestra relación se enfrió.

Aun así, siempre fuimos buenos amigos. Al final, no lo hago. Ni siquiera sabría qué decirle…

El domingo, antes de volver, lo paso en casa.

Compré comida suficiente para estos días aquí.

Un par de veces he almorzado en el restaurante Hospedaje Terraza, que tiene las mejores vistas del mundo; por la noche, me he conformado con algo más ligero, sentado en el porche mientras escucho cómo rompen las olas.

Entro en el dormitorio por última vez para asegurarme de no olvidar nada.

En realidad, sería poca cosa: con la moto sólo traigo una mochila con lo imprescindible.

El cabecero de hierro, que mandé hacer a un herrero de Níjar, vuelve a traerme a Azahara a la cabeza, como tantas otras veces durante estos días.

Hemos intercambiado algunos mensajes: le envié un par de fotos y ella respondió con emojis llorando de envidia y poco más.

El último fue ayer por la mañana. No quiero que se acostumbre…

ni yo tampoco. Pero su imagen atada a ese cabecero, siguiendo alguna de las técnicas que me gusta usar cuando tengo tiempo —cuando no es un polvo de urgencia—, me enciende solo de pensarlo.

Las cuerdas de coco, la atadura de Takate Kote o incluso alguna suspensión con Tsuri, verla rendida y confiándome todo el control… joder, me tienta demasiado.

Salgo de la habitación negando con la cabeza, reprimo una sonrisa y, tras comprobar que todo queda cerrado, conecto la alarma. Afuera, el sol cae despacio sobre el mar. Subo a mi moto y me despido de mi refugio, listo para volver a la vida real una semana más.

El lunes tengo turno de mañana en clínica porque sustituyo a una compañera.

Nada más llegar, reviso el listado de pacientes y constato que los conozco a todos.

La mayoría son revisiones rutinarias de lesiones antiguas, secuelas de accidentes.

Este tipo de consulta suele ser más llevadera, salvo cuando toca atender a víctimas de violación, maltrato o cosas peores.

No es agradable, pero al menos siguen vivos.

Una de las pacientes de hoy es uno de esos casos. Isabel, unos veinte años. La drogaron, la sometieron y acabó con lesiones graves.

—Hola, Isabel. Siéntate —le digo cuando entra—. ¿Cómo te encuentras?

Viene con su madre, y eso siempre me incomoda. No me gusta que los mayores de edad vengan acompañados, menos aún en estos casos. Si hay algo que no quieren contar delante de sus padres, tampoco me lo dirán a mí, y eso complica todo. Pero poco puedo hacer si insisten.

—Hola… bueno, ahí voy —responde, bajando la mirada.

—¿Duermes mejor? ¿Qué tal con la psicóloga? —Intento que el tono suene cálido, tranquilo.

—Sí… duermo más. Y he vuelto a salir algunos fines de semana. No he ido a ese sitio, pero… —Su voz se apaga.

Todavía le cuesta, a pesar de los meses. Su madre guarda silencio, pero sus manos crispadas sobre el bolso dicen lo que calla.

—Date tiempo, Isabel. Y sigue haciendo caso a tu terapeuta —le digo mientras reviso los informes.

Las heridas físicas han mejorado, aunque todos sabemos que las otras tardarán mucho más. El juicio se celebrará en unos días y mi informe es importante, o eso espero, para que los agresores sean condenados.

—Aquí veo que las lesiones están casi cerradas y la intervención fue un éxito. ¿Tienes alguna molestia?

Sé que preferiría que le hiciera estas preguntas sin testigos o que, al menos, fuera una doctora quien se las hiciera. Pero hoy soy yo. Y es lo que hay.

—Bueno… a veces… pero cada vez menos —responde, incómoda.

Según nuestras pruebas, la violaron hasta en cuatro ocasiones y no solo vaginalmente.

Hubo desgarros que requirieron cirugía. Nunca encontramos el objeto con el que le produjeron las lesiones, pero por la magnitud del daño sabemos que era algo grande y nada suave.

Detuvieron a tres chicos, algo mayores que ella, que alegaron que los provocó.

Como si eso pudiera justificar semejante atrocidad.

La miro. Es tan joven. Tan frágil. Y aún así está aquí, entera. Respiro hondo antes de continuar con la consulta.

El resto del turno transcurre sin novedades y, por fin, a las tres me voy a casa. No he vuelto a saber nada de Azahara, ni de mi amigo, ni de Carla, y se me hace raro pasar tantos días sin noticias de ellos.

Me despido de mis compañeros y, al salir, me encuentro a Mario esperándome junto a la puerta.

—¡Ey! Justo estaba pensando en ti —le digo a modo de saludo, dándole un golpe amistoso en el hombro—. Estás muy perdido.

—Yo no me fui en plena feria a cuatro horas de aquí.

—¿Te pasa algo? —Lo noto tenso, y no sé si es por el trabajo o por otra cosa—. Iba a casa de mis padres a comer, ¿te vienes? Ya sabes que mi madre te quiere más que a mí —bromeo.

—Eso es porque yo molo más que tú. —Sonríe por fin, aunque enseguida se le borra la sonrisa—. Venga, me apunto… pero díselo tú. Y no, no me pasa nada. Bueno, nada que tenga arreglo.

—Uy, ya te lo advertí… —comento, intuyendo que tiene que ver con mi queridísima Carla.

—Venga, nos vemos en casa de tus padres.

Llegamos casi al mismo tiempo. Mis padres viven en un piso cerca de mi hermana; tener nietos tan cerca hizo que se mudaran a un ático de dos dormitorios en la misma manzana, para echarle una mano cuando hace falta.

Mi madre, maestra de infantil, se jubilará pronto; mi padre trabajaba en un banco, pero lo prejubilaron a los cincuenta y siete, y ahora vive la vida como un señor.

En fin, suerte de algunos… yo, a esa edad, aún tendré muchas autopsias por delante.

—¡Holaaa! —llamo al entrar, pero uso mi llave. Mi padre asoma la cabeza desde la cocina; mi madre o no ha llegado aún o estará en su dormitorio.

—Hola, hijo. Hola, Mario. Pasad. ¿Una cerveza? Mamá está cambiándose, acaba de llegar —nos dice, secándose las manos en un paño de cuadros.

—Venga esa cerveza —responde Mario, frotándose las manos.

—Hola, hijo. Menos mal que apareces por aquí —saluda mi madre, que sale justo en ese momento, arreglándose el pelo—. Oye, la playa te ha sentado bien; no tienes la cara de muerto de tus pacientes.

—Gracias, mamá. Tú estás igual de guapa que siempre —me acerco a darle un beso y ella me revuelve el pelo como si todavía tuviera ocho años.

—¿No te tomas nada? —pregunta, señalando el frigorífico.

—No, gracias —niego con la cabeza, y le quito a mi padre el mantel para empezar a poner la mesa en el salón.

Mi padre siempre ha sido un cocinillas, y desde que se jubiló, más todavía. Hoy nos sorprende con un risotto de setas y rabo de toro, tan típico de aquí, que hace que Mario repita plato sin pensarlo. Entre bocado y bocado, mi madre, con su #nofilter de toda la vida, suelta la pregunta bomba:

—Mario, ¿qué tal con Carla?

Él, que no se la espera, casi nos baña a todos en arroz.

—¿Cómo? —balbucea, atragantado.

—Vamos, hombre, que sé que estáis tonteando, o como lo llaméis ahora —insiste ella, mirándolo divertida.

Mario me fulmina con la mirada y yo niego con las manos en alto, inocente.

—Ah, no, ni se te ocurra mirarme así. Yo no he dicho nada, entre otras cosas porque ni sé lo que tenéis. Pero gracias por la información. Y luego no vengas a llorarme.

Así que por fin me entero que estos días los ha pasado con Carla. Mi ex. Manda narices, con la de chicas que hay.

—Ay, Lucas… cualquiera que te oiga diría que la pobre es el anticristo. Es buena chica —dice mi madre, encogiéndose de hombros.

—Sí, mamá. Si haces lo que ella quiere, es la mejor. —Señalo a Mario con el tenedor—. Pero dime tú si lo ves casado y con niños, como mi hermana.

—¿Por qué no? No todo el mundo se dedica solo a trabajar como tú —responde mi madre, lanzándome una mirada cargada de intención.

—Si fuera solo eso… —murmura Mario, entre dientes. Me lanza una sonrisa sibilina y yo pongo los ojos en blanco.

—Haya paz —interviene mi padre, conciliador, recogiendo los platos vacíos—. Voy a por el postre. ¿Queréis fruta, helado o unas natillas caseras que hice ayer?

—Te has convertido en todo un Arguiñano, José Luis —bromea Mario, levantando su copa—. Venga esas natillas.

—Te advierto que a Carla no le gustan los michelines —le pincho, aguantando una sonrisa.

—Ja, ja, ja… Al menos yo tengo a alguien a quien pueden gustarle o no mis michelines —se defiende, burlón.

—Te recuerdo que salió conmigo antes —replico sin inmutarme, dejando caer la servilleta sobre el plato—. La conozco demasiado bien.

Sobre las seis, Mario dice que se va, que ha quedado con un cliente, y aprovecho el momento para largarme yo también. El martes entro de guardia y me apetece pasar un rato en casa sin hacer nada en particular.

Me despido de mis padres y, en pocos minutos, estoy aparcando en mi plaza, junto a mi coche. Debería echarle un vistazo; con la suerte que tengo, después de tantos días sin usar seguro que la batería se ha muerto.

Me tumbo en el sofá, móvil en mano, perdiendo el tiempo en redes, cuando me salta un mensaje de Azahara:

@azah97_ ¿De vuelta a la realidad?

@luc_greeneyes Por desgracia… ¿Y tú? ¿Has trabajado hoy?

Me responde con una foto. En ella lleva puesto el pijama del curro, el pelo recogido a la carrera y cara de agotada.

@azah97_ Juerga de veinticuatro horas, ja, ja, ja.

@luc_greeneyes Mañana me toca a mí.

@azah97_ Podríamos desayunar juntos el miércoles, cuando salgas de la guardia. Ese día entro de tarde.

@luc_greeneyes No sé si es buena idea… yo…

@azah97_ Olvídalo, me he venido muy arriba. Te dejo, que acaba de entrar un paciente.

«Lucas, eres un capullo», me reprocho mentalmente. Estuve bien con ella, joder. Y sólo es un desayuno. Pero no… no quiero empezar algo que no voy a poder sostener.