El Dolor de la Culpa 5 descanso
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DESCANSO

LUCAS

Puede que haya vivido la noche más extraña de mi vida.

Me despierto tarde; llegué pasadas las cuatro de la madrugada y caí en coma nada más tocar la cama.

En un mundo paralelo, uno donde quisiera una relación y Azahara no estuviera atrapada en una que ni ella sabe adónde la lleva, tal vez sería una opción. En este, no. Ni ella ni nadie.

Me doy una ducha rápida, preparo un café cargado y, mientras lo saboreo apoyado en la encimera, veo que tengo una notificación en Instagram.

@azah97_ Lo pasé muy bien, gracias por todo.

@luc_greeneyes Yo también. No me des las gracias.

Sonrío de lado. Marco el número de mi hermana y le pregunto qué planes tiene para hoy. Su respuesta me arranca una carcajada: que si quiero un par de niños incansables. Al final quedamos a mediodía en un McDonald’s y, de paso, le regalo la tarde libre.

—¡Titooooo! ¿Cuándo me vas a dejar subir en tu moto? —Nerea viene corriendo a toda velocidad en cuanto me ve aparecer.

—Cuando te lleguen los pies a donde tienen que llegar, peque —le contesto mientras la levanto en brazos y le doy unas cuantas vueltas en el aire. Su risa es, sin exagerar, uno de mis sonidos favoritos en este mundo.

—Hola, Luc —saluda mi hermana, dándome un abrazo breve y un beso en la mejilla.

Oliver, mi cuñado, me recibe con una palmada en la espalda. Adrián, mi sobrino mayor, se engancha a mis piernas en cuanto dejo a la enana en el suelo.

—Gracias por esto —dice Ali—. Estoy agotada.

—La semana que viene me voy a la Isleta. Si quieres, me los llevo.

—No, tan lejos y varios días no... pero te lo agradezco —responde.

—Ali, cariño, déjalos. Tu hermano tiene treinta y cuatro años, ya va siendo hora de que tenga los suyos —bromea Oliver, guiñándome un ojo.

—No, no, otro día te los quedas aquí, no me líes —responde ella, entre risas.

—A ver, espera... se me ocurre algo —digo, acariciándome la barba—. Ali, ¿me fío de ti para que te lleves a mi chica?

—¿Cómo? ¿Me vas a dejar tu joya? ¡Ay, Dios! Oliv, a mi hermano le ha dado un ataque de locura —dice, llevando teatralmente la mano a mi frente. Le aparto la mano, divertido.

—Hostia, cuñado, ¿en serio? ¿Cuándo le has dejado tú la moto a alguien? —pregunta Oliver, sin disimular la sorpresa.

—Hombre, a alguien no... solo a mi hermana mayor, alguna vez. Pero Ali, como le pase algo, te vendo a los niños.

Adrián, que estaba correteando a nuestro alrededor, se detiene de golpe y me mira, escandalizado.

—Titi, ¿qué has dicho?

No puedo evitar soltar una carcajada.

—Nada, enano, cosas de mayores —le respondo, despeinándolo con cariño.

Le paso a Ali las llaves de mi piso y le indico dónde están los cascos. A cambio, me entrega las llaves de su casa y del coche, que tienen aparcado en el parking cercano.

—Tenéis hasta la hora de la comida de mañana —le digo, dándole un ligero empujón para que se larguen ya.

—Chicos, os quedáis con el tito hasta mañana, pero en casa, ¿vale?

—¡Síííí! —grita mi pequeña princesa, dando palmas. Adrián, en cambio, pone morros. Me acerco a su oído y le susurro:

—Después de comer os llevo al Cortylandia.

Eso basta para ganármelo. Su mirada se ilumina como un árbol de Navidad.

Nuestra siguiente parada es el búrguer. Pedimos como si no hubiéramos comido en un mes y nos sentamos en la terraza; sorprendentemente hace un día fresco para ser finales de mayo.

Entre mordiscos de hamburguesa y sorbos de refresco, los observo y pienso que, pese a todo, tenerlos cerca siempre me salva de mí mismo.

Mi móvil vibra y me avisa de una nueva notificación de Instagram. Esto ya no sé si me gusta.

@azah97_ ¿Tienes planes hoy? Olvídalo, acabo de caer en que no somos amigos.

@luc_greeneyes Tengo una cita con una rubia preciosa de cinco años y un morenazo de siete que van a mantenerme ocupado.

Le envío una foto de los dos enanos sonriendo a mi lado. Nerea, tan lista como siempre, me mira con ojos curiosos.

—¿Es tu novia la que habla contigo? —pregunta, inclinándose sobre la pantalla.

@azah97_ ¿Tienes niños?

@luc_greeneyes ¿De padre sí me ves? Son mis sobrinos.

@azah97_ He vuelto a prejuzgarte. Y sí, ¿por qué no? Ayer me dejaste clarísimo que no eres para nada como pareces. Te dejo que disfrutes de esas hamburguesas y de tus ‘niños’.

@luc_greeneyes Créeme si te digo que hay actividades mucho más placenteras…

@azah97_ No me cabe duda

No responde nada más. Apago la pantalla y me centro en los críos, que no paran de hablar a la vez.

Me cuentan, que el miércoles —«el día barato» de las atracciones— irán a la feria con sus padres y me insisten en que vaya con ellos.

Por suerte, ese día trabajo, así que tengo la excusa perfecta para librarme.

Además, el jueves, en cuanto termine de currar, pondré rumbo a la Isleta del Moro para desconectar unos días. Azahara cruza fugaz por mi mente; la idea de verla en mi cama no me parece nada mala. Niego con la cabeza, como si así pudiera espantar la imagen.

Adrián, siempre atento, frunce el ceño.

—Tito, ¿te pasa algo?

—No, enano, tranquilo. Es que a los mayores, a veces, se nos ocurren ideas que no molan nada.

—Ah —responde, con cara de estar viendo un unicornio—. Pues yo no quiero crecer.

—Bueno, también tiene sus cosas buenas… —empiezo, tratando de convencerlo.

Pero él estira los dedos, preparado para desmontar mi teoría.

—A ver: ir a trabajar, madrugar todos, todos los días, tener hijos llorones a los que hay que cambiar los pañales, pagar impuestos, aguantar un jefe… Sí, muchas cosas buenas —dice, con una seriedad que me desarma.

—¡Joder! —se me escapa sin querer. Me aclaro la garganta, intentando componerme—. Perdón, no digáis palabrotas o vuestra madre me mata. Pero es que, si te pones así…

Nerea, que juega distraída con el muñeco del Happy Meal, se mete en la conversación:

—Dime solo tres cosas buenas.

—Puedes montar en moto, puedes ir solo a donde quieras y… puedes tener novia.

—¡Puaj! —Adrián frunce la nariz—. Aparte de lo de la moto, lo demás apesta.

Me cuesta horrores no soltar la carcajada. ¿De verdad tiene solo siete años? Va a ser imprescindible una charla con Ali.

—Menuda visión que tienes de ser adulto, colega —le digo, divertido.

—Mira, titi: tú ni tienes novia, ni vas solo; ahora mismo estás con nosotros o, si no, con Mario o con alguno de tus amigos. Y encima tienes que hacer todo lo demás… y trabajas un montón, como papá.

Le revuelvo el pelo, conteniendo la risa.

Mi cuñado trabaja en un concesionario de coches y, aunque sea el jefe, no para ni un minuto.

Eso les permite vivir bien. Mi hermana, por su parte, estudió Traducción e Interpretación y Turismo, y ahora dirige una de esas empresas de guías locales que florecen en ciudades como esta.

—Eso sirve para tener cosas, tonto —le reprende Nerea, poniendo cara de sabelotodo.

—Pues yo prefiero tener tiempo —replica él, cruzándose de brazos.

—Lo mejor es tener un poco de cada cosa, Adri —le explico, con la esperanza de que lo entienda—. Si yo no trabajara, no tendría la moto que tanto os gusta ni habría podido arreglar la casa de los bisabuelos.

Adrián se queda pensativo, mirando la pajita de su bebida como si buscara ahí la respuesta definitiva. No sé si lo he convencido, pero al menos se ha quedado callado.

El resto de la tarde lo pasamos en el Cortylandia.

Sobre las ocho y media, y casi a rastras, consigo meterlos en el Hipercor para coger unas pizzas antes de llevarlos a casa.

Ducha, cena y una película de dibujos, una de las emociones que ya han visto mil veces, pero que a Adri y a Nerea les fascina como si fuera la primera.

Me llega un mensaje de mi hermana: «Tienes la cama con las sábanas limpias, usa la mía mejor que el sofá». Menos mal que, con buen criterio, cuando se mudaron decidieron comprar una cama enorme. Así, con los dos peques acurrucados a cada lado, dormimos sin pelearnos por el espacio.

Los niños caen rendidos nada más apoyar la cabeza en la almohada.

Lo mío es otra historia. Azahara se cuela de nuevo en mis pensamientos, como un fantasma.

Es algo nuevo para mí… y como si la hubiera invocado, mientras rebusco en mi app de lectura algo interesante —ayer terminé lo último de Falcones—, una notificación de Instagram parpadea en la pantalla:

@azah97_ ¿Ya en casa?

@luc_greeneyes Más o menos. ¿Y tú? ¿No has salido?

Le envío una foto de los niños durmiendo a mi lado y ella responde con una imagen suya tumbada en la cama. Una que hace que mi imaginación se dispare. El cabecero de hierro forjado, lleno de posibilidades en mi mente, y esos tirantes finísimos que dejan ver demasiada piel para lo que pasó anoche…

Trago saliva, sintiendo cómo se me acelera la sangre. No sé si contestar o dejarlo correr. Nunca me relaciono con nadie fuera de mi círculo de amigos, y ella no lo es. O… ¿después de anoche sí?

@azah97_ No, ya te dije que la feria y yo no somos amigas.

@luc_greeneyes ¿Y tu novio?

@azah97_ Ni idea. Creo que se mosqueó por lo de anoche y no me ha escrito. Pero yo tampoco. Estoy empezando a darme cuenta de muchas cosas… y no quiero eso en una relación.

@luc_greeneyes Él se lo pierde.

¿Pero qué coño? ¿De dónde ha salido esa frase? Cierro la app de golpe y dejo el móvil en la mesilla. Respiro hondo, intentando despejarme para tratar de dormir.

Doy mil vueltas, encajonado entre dos cuerpecitos calientes, hasta que decido levantarme para no despertarlos y me escapo al salón.

Mi hermana vive en una de esas urbanizaciones modernas a las afueras de la ciudad, con piscina, jardines cuidados y terrazas enormes.

Tiene una espectacular con vistas al jardín.

Abro la puerta del balcón y dejo que la brisa nocturna me enfríe las ideas.

Me dejo caer en uno de los sillones de mimbre. El rumor del agua en la piscina me calma un poco. Abro el libro de novela negra que escogí —como si no tuviera bastante muerte en mi día a día—, pero la concentración me dura dos páginas. El teléfono vibra de nuevo.

@azah97_ Si fuera así, probablemente no estaríamos hablando por Instagram ni tú estarías preguntándome por mi novio después de lo de anoche. Te dejo dormir, que a veces me paso de intensa.

Sus palabras se quedan flotando entre el murmullo del jardín.

Tengo que cortar esto de raíz. No volver a responderle, ni ahora ni nunca.

No puedo tener nada con ella. Primero, porque tiene novio.

Segundo, porque yo no quiero una relación.

Y tercero… porque ella no parece de las que se conforman con un polvo contra la pared.

Ni soportaría mis juegos. Sí, necesito ese tipo de «alicientes» para sentir que respiro.

La adrenalina que a mis pacientes les falta, yo la busco a escondidas. Y sí… volveré a llamar a la psicóloga.

El jueves hay comida con los compañeros en no sé qué caseta, pero les digo que ya tenía planes fuera de la ciudad. En cuanto termino el turno —tranquilo, como suele ser en estas fiestas— y con la mochila lista desde la noche anterior, pongo rumbo a Almería, a mi refugio. A la Isleta del Moro.

Es una pedanía diminuta, apenas doscientas almas que viven casi en exclusiva del turismo y la restauración.

Mis abuelos heredaron allí una casita de pescadores, y pasé largas temporadas de mi infancia entre sus paredes encaladas mientras mis padres se perdían en sus jornadas interminables de trabajo.

No es un lugar bullicioso, pero si te gusta perderte entre calas de aguas cristalinas y jugar con las olas practicando deportes acuáticos, es sencillamente perfecta.

Me quedé con la casa cuando mis abuelos se mudaron a la ciudad, y soy el único de la familia que aún viene.

Lo agradezco más de lo que admito, porque aquí respiro.

Lo único malo son las casi cuatro horas de carretera que me separan de Córdoba, aunque no las cambio por nada.

Disfruto cada kilómetro a lomos de mi chica, mi moto, la única capaz de darme esa libertad salvaje que solo siento cuando ella y yo salimos juntos a devorar asfalto.

Nada más llegar, subo las persianas, abro todas las ventanas dejando que el aire salado del mar se cuele en cada rincón.

Por la noche, ese aroma se mezcla con el perfume dulce del jazmín y la dama de noche que trepan por el porche.

Ahora, de pie en mitad del salón, respiro hondo la fragancia a arena mojada, rocas húmedas, algas y salitre.

Si pudiera, me quedaría a vivir aquí para siempre.

Pero no es el caso. Aunque trabajar en el Anatómico de Almería sería una opción tentadora, pensar en ver a mis sobrinos y a mi hermana tan de cuando en cuando... Ahora entiendo por qué Rafa se mudó aquí y se niega a volver a Córdoba.

Me quito la chaqueta, la dejo caer sobre el respaldo de la silla de madera junto a la ventana abierta y sonrío, solo, con la certeza de estar exactamente donde quiero estar.